Capítulo 16 #3
A Mateo le encantó la respuesta y luego le preguntó:
—¿Has soñado mucho?
—Uf —bufó Irene.
—¿Cuánto?
—Demasiado.
Irene decidió que lo mejor era callarse. Por no meter la pata y porque se moría por tenerlo dentro.
Le acarició el torso, lo lamió y descendió hasta la dureza que estimuló con la boca.
Fue poco a poco, centímetro a centímetro, recorriendo, lamiendo, sintiendo…
Mateo gruñó de placer.
Ella siguió y él también, no dejó de tocarla hasta que al poco tuvo un orgasmo que la dejó estremecida.
Mateo la tomó por los hombros, ella se incorporó y se besaron apasionados.
—Quiero hacértelo —le susurró él, al oído.
Irene asintió con la cabeza, porque se moría igualmente de ganas.
Él cogió el condón que tenía en la cartera que estaba sobre la mesilla, lo abrió, se lo puso y ella sintió que no había visto jamás tanto deseo en una mirada.
Era lo típico.
Lo había leído tantas veces en las novelas románticas.
Pero la mirada de Mateo era justo así.
Estaba hambriento de ella y la miraba como si no existiera nadie más en el mundo.
Se tumbó sobre ella, se miraron con una intensidad que los encendió más todavía, él buscó la entrada y la penetró despacio.
Irene jadeó con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Estás bien? —preguntó él—. Si estás…
—Estoy donde siempre he querido estar.
Mateo cerró un momento los ojos. Aquellas palabras le atravesaron el pecho:
—Irene…
—Es la verdad. Estás tan dentro de mí…
Mateo se movió un poco y luego la penetró otra vez, para que le sintiera más todavía.
A Irene se le cayeron dos lágrimas porque no podía creerlo.
Estaba pasando.
Estaba haciéndolo con el amor de su vida, que la miraba como si para él aquello estuviera siendo algo más que hacer el amor.
Mateo le retiró las lágrimas con los dedos y dijo después:
—Preciosa, ¿de verdad que estás bien?
—Lloro porque no puedo ser más feliz.
Mateo sonrió y la besó con una mezcla de ternura y deseo.
Después, volvió a hundirse dentro de ella y poco a poco fue incrementando el ritmo, hasta que Irene le pidió que cambiaran de postura.
Se puso encima de él, se apoyó en los tobillos y él soportó su peso.
Así se quedaron quietos unos segundos.
Él le acarició la cara, le apartó un mechón, sonrió y le pidió:
—No dejes de mirarme.
—No puedo —replicó ella, apartando un poco la mirada.
—¿Por qué?
—Porque cuando te miro se me olvida respirar.
Luego, empezó a mover las caderas y hacérselo de una manera que Mateo se volvió loco.
No podía dejar de mirarla.
Sonreía.
Cerraba los ojos.
Se mordía el labio.
Era la mujer más bonita que había visto jamás.
Y así estuvieron hasta que él se incorporó, la cogió en brazos y se quedaron de pie.
Irene enredó una pierna alrededor de él, que le ayudó a mantener el equilibrio y de nuevo volvieron a fundirse.
Siguieron haciéndolo así y luego Mateo la cargó en sus brazos, ella colocó los suyos alrededor de él, que la mantuvo agarrada a la altura de los glúteos mientras la penetraba.
Se besaron desatados, el placer se hizo mucho más intenso, la excitación fue a más todavía y ella ya no pudo resistirlo: estalló en un orgasmo que la dejó sin aliento.
Se miraron con una sensación de complicidad y de unión que no se atrevieron a comentar, solo a sentir.
Pero que ahí estaba.
No podían negar lo que estaba pasando.
Mateo la besó con dulzura. Luego se sentó en el sillón que estaba al lado y ella se colocó encima.
Él la rodeó con sus brazos fuertes y ella sintió una sensación de protección que la conmovió entera.
Luego, cuando Irene recobró un poco el aliento, él flexionó las piernas, de manera que formó un ángulo de noventa grados, y ella se sentó encima, sintiéndole otra vez muy dentro de ella.
Se miraron otra vez y se tuvieron que morder los labios para no decir esas dos palabras que estaban deseando pronunciar.
Después, Irene apoyó las piernas en los hombros de él, que la levantó agarrándola por los muslos y lo hicieron de la manera más pasional y salvaje, hasta que ella sintió que se corría otra vez.
Él ya no pudo más y sucumbieron a un orgasmo que les hizo gritar jadeantes.
Irene bajó las piernas, pero no se separaron, se quedaron así, abrazados y con las respiraciones agitadas, sintiendo cómo latía fuerte el corazón del otro.
Estuvieron durante unos instantes en silencio, hasta que Mateo tuvo la necesidad poderosa de confesarle algo:
—No tengo palabras. Ha sido…
—No te puedo decir, porque yo tampoco tengo palabras.
—Pero sí quiero decirte algo. Verás, en todo este tiempo, desde los tiempos de Mafalda…
Irene sonrió, porque el comentario le despertó mucha ternura:
—Ajá.
—A pesar de que mis relaciones no hayan funcionado, siempre he sentido que había alguien ahí, esperando por mí. A lo mejor te parece una tontería…
A Irene se le llenaron los ojos de lágrimas, negó con la cabeza y musitó:
—No. No me lo parece para nada.
¿Cómo le iba a parecer una tontería saber que él la hubiera sentido en todos los años que llevaba esperándolo?
Porque ella siempre había estado ahí para él.
Siempre.
—¿De verdad que no? —insistió él.
—No, porque yo también lo he sabido siempre…