Capítulo 16 #2
—Iban a preguntarse por qué había bebido, con quién estaba, qué hacía.
Empezarían a perseguirla a ella, a sacar sus fiestas, sus despistes, sus romances…
y acabarían convirtiéndola en un personaje público.
Jamás volvería a tener una vida normal. Es demasiado joven.
Y no te cuento el disgusto para mis padres. No podía permitirlo.
Irene lo miró conmovida y confesó sintiendo que no podía admirar más a ese héroe silencioso:
—Nunca creí que fueras un golfo, pero ni se me pasó por la cabeza que llevaras tiempo sacrificando tu reputación para proteger a tu hermana.
Él continuó explicándole todo…
—Preferí que pensaran que soy un mujeriego, un irresponsable y lo que quisieran decir de mí, antes de que la persiguieran a ella y la convirtieran en el centro de todo.
—¿Y nunca te importó que pensaran mal de ti?
Él sonrió con tristeza.
—Claro que me importó. Me hizo mucho daño. Pero me dolería mucho más verla sufrir a ella por mi culpa.
Irene le apretó la mano.
—Gracias por confiar en mí y contarme todo esto.
Mateo sonrió con cansancio.
—Necesitaba que supieras la verdad.
Hubo unos segundos de silencio y se escuchó el sonido del aire acondicionado.
—Pero ahora hay que hacer algo —dijo Irene—. No podemos permitir que te sigan destrozando la imagen.
Mateo asintió y suspiró clavándole la mirada:
—Sí. La solución parecía muy sencilla.
Irene sabía cuál era, pero aun así quiso oírlo de sus labios:
—¿Cuál?
—Buscar una novia falsa.
Ella sonrió con cierta ansiedad y le apartó un poco la vista:
—Pues la novia falsa no está dando muy buen resultado. Te han sacado con la falda en la cabeza, con la tienda de campaña, con un porro en la mano…
Mateo dejó escapar una risa y reconoció tras retirarle un mechón de pelo del rostro:
—Hay un problema mayor.
Ella frunció el ceño.
—¿Cuál?
Él asintió despacio, la miró directamente a los ojos y masculló:
—El problema... es que me he enamorado de la novia falsa.
Irene dejó de respirar, es que no podía ni pestañear. Luego, se le humedecieron los ojos y al final consiguió decir, casi en un susurro:
—Yo... ya tenía ese problema de antes.
Mateo frunció ligeramente el ceño.
—¿Antes?
Ella tragó saliva y por un momento pensó: «Díselo».
Llevaba años esperando ese momento y tan solo bastaba con pronunciar una frase: « Mateo, llevo enamorada de ti desde que te vi jugar por primera ve z ».
Pero al momento le asaltaron las dudas y los temores.
¿Y si, en lugar de emocionarse, pensaba que todo había sido una trampa? ¿Y si creía que había aceptado el contrato para acercarse a él? ¿Y si acababa concluyendo que llevaba semanas manipulándolo o que era una de esas admiradoras incapaces de distinguir la realidad de la fantasía?
No podía arriesgarse.
Lo que habían construido era demasiado bonito como para ponerlo en peligro con una verdad que todavía podía esperar.
Porque para ella aquello no era una mentira. Simplemente no le estaba contando toda la verdad, que era algo muy distinto.
Irene sí se había enamorado durante esos días, aunque él fuera su crush de antes.
Así que no estaba engañándolo, estaba esperando al momento adecuado para contarle el resto.
Respiró hondo, sonrió y eligió otra verdad.
—Quiero decir que sabía que esto podía pasar. Todos me advirtieron: Milda, Maica, mi madre… Todo el mundo me decía que tuviera cuidado, que al final podía enamorarme. —Sonrió con muchísima ternura y añadió—: Y tenían razón, porque yo también me he enamorado de ti.
Mateo que estaba escuchando con suma atención, soltó el aire y la abrazó:
—Me parece que no hemos sido muy buenos fingiendo.
Ella soltó una risa nerviosa.
—No. Muy malos.
Los dos sonrieron y, sin necesidad de decir nada más, volvieron a besarse.
Él le dio un mordisquito en el labio inferior, le pegó un tirón, Irene entreabrió los labios y gimió de anticipación.
Cerraron los ojos, las lenguas se encontraron, se enroscaron y el beso se hizo muy intenso y muy húmedo.
—Me encanta tu boca —masculló él, con los labios pegados a los suyos.
Irene le lamió con la punta de la lengua, despacio, de una comisura a otra, y luego él se apoderó de su boca, hasta que se quedaron sin aliento.
—Besas demasiado bien —musitó Irene.
Él le bajó con cuidado el tirante del vestido, le mordió suavemente en el cuello, sopló y descendió hasta el hombro.
Irene se incorporó un poco para empujar con los dedos el otro tirante y él acabó de tirar del vestido.
Mateo la acarició por encima de la tela del sujetador, que le quitó al momento sin que Irene ni se hubiera dado cuenta de cómo se lo había arrebatado.
Luego se quedó mirándola como no lo había hecho nadie. Por lo menos Irene no recordó haber visto en la mirada de un hombre lo que había en la mirada azul de Mateo.
No solo era deseo. Muchísimo deseo. También había algo más.
No parecía estar admirando un cuerpo. Parecía estar descubriendo a la mujer de la que acababa de enamorarse.
—Me gustas tanto —dijo Mateo—. Eres diferente a todas.
—No soy como la modelo brasileña que salva urracas y…
—Eran gorriones —le recordó él, entre risas—. Pero a mí me gustas tú.
—Yo.
—Sí. Me gusta cómo te brillan los ojos, cómo sonríes y se te marcan unas arruguitas en forma de M.
—¿De M? —repitió Irene que no se había percatado nunca de eso.
Ella sonrió y Mateo acarició muy despacio esos pequeños pliegues:
—Sí. De M.
—Será porque siempre…
Irene se mordió los labios y Mateo la miró extrañado:
—¿Siempre qué? Muchas veces tengo la sensación de que hay algo que no me has contado todavía.
—Ya.
—¿Eso es un sí?
—Eso es que me muero por besarte.
Irene se acercó a su boca y le besó con una desesperación infinita.
Claro que había algo importante que no le había contado, pero no podía hacerlo.
Le daba demasiado vértigo y tenía la sensación de que se lo estaba jugando todo.
No podía.
Mateo no la presionó.
Después del beso, le acarició la espalda, le besó las clavículas y recorrió los pechos con la lengua, mientras Irene sentía el corazón en las sienes.
Y él no se detuvo ahí, siguió hasta el piercing y ahí ella se arqueó entera al sentir un ligero tironcito.
Mateo entonces se desabrochó la camisa, porque necesitaba sentirla y cuando Irene le vio tuvo que respirar hondo para no marearse.
—¿Todo bien? —preguntó él.
Irene ya sabía que Mateo estaba bueno y que debajo de la camisa escondía semejante barbaridad. Aquello no era un torso, era un auténtico escándalo, pero no por ello se impresionó menos.
—Hiperventilando, pero bien.
Mateo sonrió, se tumbó a su lado y reconoció mientras ella le acariciaba la piel:
—Yo también estoy nervioso. Y mira que creía que había vivido de todo.
—Ojalá yo solo estuviera nerviosa.
—¿Cómo estás?
Irene miró una vez más el torso de Mateo, que era el de un deportista de élite: hombros amplios, pecho firme, brazos poderosos y un abdomen marcado sin resultar exagerado.
Pero había algo en aquel cuerpo que iba mucho más allá de la belleza. Transmitía fuerza, disciplina y años de esfuerzo.
Y, aun así, lo que más le costó soportar no fue verlo sin camisa, sino la naturalidad con la que él parecía ignorar el efecto que provocaba.
—A punto de morir —confesó Irene.
Mateo esbozó una sonrisa lobuna y replicó mientras le acariciaba el labio inferior con el dedo índice:
—De placer.
La abrazó con fuerza y se sintieron las pieles que ardían, a pesar del aire acondicionado.
Se perdieron en las miradas y volvieron a los besos y las caricias mientras se quitaban el resto de la ropa.
Ya desnudos, Mateo descendió con la mano hasta el vértice que acarició hasta que ella gimió.
—Dios.
Irene cerró los ojos, se mordió el labio y se dejó llevar por esas caricias que la llevaron al borde del orgasmo.
Mateo la conocía tan bien que ya la tenía a punto de estallar de placer.
—No es justo —dijo Irene—. Yo así y tú…
Irene bajó la vista hasta la erección que tocó impresionada, porque no había visto nada semejante.
Ni en sus sueños.
Sonrió y Mateo le preguntó intrigado:
—¿Qué?
—Nada. Estaba pensando —respondió ella.
—¿El qué?
—Que en mis sueños esto era de otra manera. No así. Tan… Tan… Tan…
—¿Tan qué? —quiso saber Mateo, expectante.
—Tan maravilla…
—Maravilla.
—En mis sueños no era así.
—Ah, ¿no?
—No.
—¿Era mejor? —inquirió Mateo entornando la mirada.
—Muchísimo peor.
—¿Peor? —repitió, divertido.
—Porque luego me despertaba.