Sabía que pasaría Capítulo 16
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Capítulo 16

La habitación era enorme, con una cama que Irene ni se atrevió a mirar y una terraza espectacular.

—Vamos fuera —dijo Mateo.

Irene le abrió la puerta de la terraza, salieron, se sentaron y Mateo le pasó su copa de helado que estaba empezando a derretirse.

Durante unos segundos ninguno habló, empezaron a tomarse los helados y después Mateo retomó la conversación:

—Estoy convencido de que Michele nos ha seguido. Lo de las bodas de oro de su tío es mentira.

—¿No te estarás emparanoiando un poco?

—Es él. Aunque me haya asegurado que quiere tanto a Lola, cuyo nombre lleva tatuado en el pecho, que jamás le haría daño a ella ni a su familia. Es más, el muy cínico me considera familia.

—A lo mejor es que es así.

—Ni de coña. Y si mañana salen las fotos de la pedida, obviamente las habrá filtrado él, porque de Dani no espero semejante faena.

—Si no aparecieran en prensa las fotos de la pedida, ya tendríamos a dos descartados.

—Perdona —le interrumpió Mateo—, pero yo a Michele no lo descarto, aunque no salgan las fotos.

Irene le vio tan agobiado con el tema que se le ocurrió:

—¿Quieres que llamemos a Lola para que nos confirme a través de Nicoleta que son las bodas de oro de sus padres?

—¡Quita, quita! —exclamó Mateo, moviendo las manos—. Como meta a Lola en esto ya sí que se lía a lo grande.

—Solo hay que preguntarle por lo de las bodas de oro.

—Con Lola nunca es solo una pregunta. Es una pregunta y el lío de pelotas que viene detrás.

—Con ella no te aburres —comentó Irene, risueña.

Mateo dejó escapar una risa breve.

—No. Pero tampoco me divierte sacarle de marrones a las tantas de la mañana. Algún día aprenderé.

Irene sabía que no, que él jamás iba a cambiar.

—No. Nunca vas a dejar de proteger a los tuyos.

—Soy un Caprichornio de pacotilla.

Irene soltó una carcajada y luego dijo convencida:

—Me encantan los Capricornios.

—Así. ¿En genérico? —replicó él con una sonrisa pícara.

—En lo concreto, tú eres un Capricornio que no está nada mal —admitió Irene, mientras disfrutaba de su helado poniendo unas caras como si aquello estuviera de vicio.

A Mateo le encantó su respuesta. Sonrió para sí y, incapaz de resistirse, le pidió:

—¿Me dejas probar tu helado?

—Es más bien una natilla.

Mateo metió la cucharilla, lo probó y confesó divertido:

—Tenías razón. El de manzana es mejor que el de mango.

—Si quieres te lo cambio. Aunque esté chupeteado —dijo Irene, ofreciéndole su copa.

—No tengo ningún problema, si la que ha chupeteado eres tú. Pero como buen Capricornio, prefiero proteger a mi gente. Quédate con el tuyo. Hazme caso. Está muchísimo más bueno.

Dicho lo cual, volvió a robarle otra cucharada.

—¡Oye!

—Solo estaba comprobándolo.

—Ah, vale. Entonces, sí… Yo el tuyo no lo voy a probar. Si es que no hay más que verlo —replicó Irene, poniendo cara de asco.

—Eres buena eligiendo helados. Lola también. Ella siempre los elige por mí. Y hablando de ella…

—Sí.

Mateo se quedó en silencio. Y luego decidió que había llegado el momento de contarle algo importante. No como una revelación dramática, sino como alguien que estaba cansado de cargar con eso.

—Verás, todo el mundo piensa que soy un golfo.

Irene prefirió no decir nada, siguió con el helado y Mateo continuó:

—No lo soy.

Irene pensó que no hacía falta que se lo dijera. Ella sabía muy bien cómo era, pero él prosiguió:

—Detesto las discotecas, las macrofiestas y todo ese rollo. La gente cree que vivo de juerga en juerga, pero lo que no saben es que acudo a esos lugares por Lola.

Mateo apuró su helado, dejó la copa sobre la mesa y siguió hablando mientras Irene escuchaba con atención:

—Lo de proteger a Lola me va a costar la carrera.

—¿Qué estás diciendo?

—La lesión por la que llevo meses parado no fue por lo que cuentan.

—Nunca hago caso de lo que cuentan —aseguró Irene, agitando al aire la cucharilla.

—Haces bien. En mi caso sucedió que Lola me llamó.

Estaba en una fiesta, había bebido demasiado, estaba fatal y no encontraba la salida.

Perdió a sus amigas, no respondían al móvil, así que acudió a mí.

Fui a buscarla y cuando por fin la encontré, salimos por unas escaleras.

Con tan mala fortuna que ella resbaló, la sujeté y logré que no se cayera, pero yo me torcí el tobillo.

—¡Madre mía! —exclamó Irene, espantada.

—Al día siguiente solo publicaron las fotos en las que aparecía saliendo de aquella fiesta. Y todo el mundo pensó lo mismo: «es un irresponsable que sale de fiesta dos días antes de un partido importante».

Irene sintió un nudo en la garganta y replicó:

—¿Por qué no diste una entrevista para contar la verdad?

—No quería que Lola cargara con esa culpa. Ni tampoco dar ese disgusto a mis padres.

Irene entendió muchas cosas, dejó la copa, le cogió la mano y confesó:

—En esas fotos vi la cara de alguien que estaba ansioso por irse de allí cuanto antes.

Mateo bajó la vista hacia sus manos entrelazadas. Permaneció unos segundos en silencio y, cuando volvió a hablar, lo hizo con una sinceridad que ni él mismo esperaba:

—Lo estaba. Apenas salgo y no soy mujeriego. Desde que dejé a mi última novia no he vuelto a conectar con nadie. Sí que ha habido algún escarceo, pero nada serio. Nunca encontraba a nadie con quien quisiera quedarme, hasta que apareciste tú.

Irene sintió que el corazón volvía a acelerarse y se abrió también:

—A mí me está pasando lo mismo.

Mateo le acarició el dorso de la mano con el pulgar y reconoció:

—Aunque nos hayamos conocido de la forma más rara del mundo, me gustaría seguir conociéndote cuando todo esto termine. Sin paparazzi que nos sigan, sin topos, sin ser novios falsos. Solo tú y yo.

Irene tuvo que tragar saliva de las ganas de llorar que le entraron.

—A mí también me gustaría —musitó ella, con un hilillo de voz.

Mateo respiró aliviado al comprobar que ella sentía lo mismo y confesó mirándola de un modo que Irene creyó que iba a derretirse:

—No quiero conocer a nadie más. Ahora mismo la única mujer que me interesa eres tú.

Irene tuvo que pestañear para que no se le escaparan las lágrimas y replicó temblando:

—Yo tampoco quiero conocer a nadie más.

Lo que no se atrevió a añadir fue que no quería conocer a nadie más desde muchísimo antes de conocerlo.

Pero todavía no era el momento de confesárselo.

O al menos esa fue la decisión que tomó.

Los dos se quedaron mirándose, sin nada ya que fingir.

No porque el contrato hubiera terminado, sino porque los dos acababan de reconocer, sin pronunciar todavía la palabra «amor», que querían seguir juntos cuando todo aquello terminara.

Y entonces él se acercó despacio.

Ella hizo lo mismo.

Y el beso no surgió del contexto.

O del supuesto contexto.

Surgió de ellos.

Y tras el beso, él la miró y le dijo con el pecho encogido:

—No sabes cuánto me alegro de estar vivo y, sobre todo, cuánto me alegro de estar aquí contigo.

Irene no dijo nada, tan solo suspiró, le acarició el rostro y segundos después musitó:

—Yo es que no sé si estoy viva, si estoy soñando, si estoy aquí o si estoy en una nube.

Mateo le agarró con suavidad por el cuello y volvió a besarla.

Esta vez despacio.

Sin prisas, como si quisiera memorizar cada rincón de su boca.

Irene le rodeó la cintura con los brazos y sonrió entre beso y beso.

—¿Y ahora qué? ¿Sigues sin saber dónde estás? —susurró él.

—Ahora estoy por alguna galaxia lejana.

Mateo apoyó la frente contra la suya y soltó una pequeña risa, de esas que nacen cuando uno deja de tener dudas.

Después la cogió en brazos.

—¿Qué haces? —preguntó Irene, encantada de estar en sus brazos.

—Llevarte a un sitio donde podamos seguir besándonos sin que medio Ibiza nos vea.

Ella soltó una carcajada, escondió la cara en su cuello y se dejó llevar.

Atravesaron la terraza sin dejar de sonreír.

Al entrar en la habitación, Mateo cerró la puerta con suavidad.

La dejó despacio sobre la cama, sin apartar la mirada de sus ojos.

Mateo se tumbó a su lado y durante unos segundos no hicieron nada.

Solo se contemplaron como si quisieran asegurarse de que aquello estaba ocurriendo de verdad.

—¿Ahora sí sabes dónde estás? —inquirió él.

—Llevo tanto tiempo soñando con esto que…

—¿Mucho tiempo? —le interrumpió él, intrigado—. ¿Cuánto? ¿Desde el primer día que casi te cargas al oso-calamar?

—No.

—¿Cómo que no?

—Vamos que sí —rectificó Irene.

—¿Si o no?

—Todo —zanjó ella, para acabar con aquello.

—Estoy empezando a sospechar que Michele te ha echado algo en el helado.

—¡Ay, no! ¡Más Michele, no! Por favor… —suplicó Irene, risueña.

Mateo rompió a reír y luego se puso más serio para confesar:

—Yo tampoco me creo que estemos aquí. Aquí de verdad. Sin contexto, sin contrato… Eres muy valiente. La vida de un futbolista es complicada, ya lo estás viendo.

—Y hasta te quieren matar con un bastón —bromeó ella.

—Estoy histérico. Entiéndeme. Es el sueño de mi vida. Llevo demasiado tiempo luchando y se supone que me vine a Ibiza a limpiar mi reputación, no a echarme más mierda todavía. Uf. Y ahora también soy un fumetas .

—Entiendo que quieras proteger a Lola, pero tendrás que acabar dando una explicación —le aconsejó Irene, alzando las cejas.

—Sergio me pidió desde el principio que lo hiciera.

Dani y Julio también. Son los únicos que lo saben todo desde el comienzo.

Desde que me sacaron fotos en la primera fiesta en Italia me dijeron: «Mateo, dilo de una vez.

Cuenta que fuiste a recoger a tu hermana y se acabó el problema».

Pero ¿sabes por qué nunca desmentí nada?

Irene negó con la cabeza, alucinada de estar ahí, hablando en la cama, como si se conocieran de toda la vida.

—Porque si explicaba la verdad, todo el mundo iba a saber que mi hermana estaba allí. No quería exponerla.

Irene se quedó callada conteniendo el aire y luego masculló:

—Ya.