Capítulo 15 #3
—Mateo: amo el futbol. Me encantaría verte jugar algún día en el estadio Diego Armando Maradona, pero no te voy a partir las piernas porque prefieras el Bernabeu. No seas tan desconfiado.
—No seas tú cínico. Jamás me vas a perdonar lo de Lola.
Michele sin decir una palabra, se desabrochó los botones de la camisa y dejó al descubierto un tatuaje en el pecho en el que podía leerse una sola palabra: Lola.
—Lola va a estar siempre aquí —afirmó dándose una palmada en el pecho—. Hay personas por las que uno sería capaz de cualquier cosa. La quiero tanto que jamás le haría daño. Ni a ella. Ni a los suyos. Todos sois familia.
—Me da una tranquilidad que me consideres familia… ¡No te creo absolutamente nada!
—Entiendo que como defensa siempre estés esperando que alguien la lie. Los buenos defensas sois desconfiados. Es una virtud. Lo que ya no es una virtud es pensar que todo el mundo quiere matarte.
Mateo dio un paso hacia él.
—No, todo el mundo, no. Tú y tus amigos que lleváis un tiempo jodiéndome la vida.
Entró un hombre en el baño, les saludó con un «buenas noches» y Michele le dijo a Mateo:
—Una cosa es anticiparse al delantero y otra muy distinta creer que todo Nápoles conspira contra ti.
Mateo dio otro paso hacia él y le advirtió:
—Estamos a punto de desenmascararte. Voy a tener pruebas muy pronto y, cuando caigas, no pienso tener ninguna compasión.
Mateo salió del baño convencido de que acababa de sobrevivir a un intento de asesinato.
Y fue directo a buscar a Irene.
Ella en cuanto lo vio llegar, sonrió. Aunque la sonrisa le duró apenas dos segundos.
Algo en su cara había cambiado. Mateo estaba muy serio:
—¿Qué ha pasado?
Mateo miró alrededor, comprobando que nadie pudiera escucharlos y le pidió:
—Vámonos a la habitación.
Irene tragó saliva, miró los postres que acababan de traer y replicó:
—¿Y los helados?
—Cógelos. ¡Nos lo llevamos a la habitación!
Ella pestañeó varias veces, cogió las copas de helado, se levantó y lo siguió.
Mientras caminaban por el pasillo, ella no podía dejar de darle vueltas a cuál sería la razón por la que Mateo había tardado más de la cuenta en volver del cuarto de baño.
¿Habría estado reflexionando un poco? ¿Se habría dado cuenta de que la quería de verdad y ya no podía aguantar ni un segundo más sin dar rienda suelta a la pasión? ¿Por eso le habían entrado esas prisas?
Irene tembló entera y por poco no se tropezó al entrar en el ascensor.
Menos mal que Mateo con sus reflejos de futbolista la sujetó y luego le cogió las copas al vuelo.
Las puertas se cerraron, hubo un silencio incómodo, pero Irene ya no pudo aguantar más:
—¿Qué ha pasado en ese cuarto de baño que has vuelto con otro semblante?
Mateo resopló, puso cara de circunstancias y respondió bajando la voz:
—He sobrevivido a un intento de asesinato.
Irene dio un respingo porque esperaba escuchar cualquier cosa menos esa.
—¿Qué?
—Michele.
—¿Michele estaba en el cuarto de baño?
—Ha entrado detrás de mí, con un bastón.
Irene tardó unos segundos en reaccionar. Ella esperaba un: «te amo, vamos a follar hasta mañana» y le tocó escuchar un thriller de mafioso con bastón:
—Un bastón… ¿Bastón de los de toda la vida del abuelo? —murmuró ella.
—Un bastón rarísimo.
—¿Qué tenía de raro?
—Ese bastón escondía algo. Estoy seguro.
—¿Qué escondía? —preguntó Irene a la que todo aquello le pareció surrealista.
—No lo sé. Una espada. Un cuchillo. Una escopeta. Un dardo envenenado. Algo.
Irene ya no pudo más y soltó una carcajada, que provocó que Mateo la mirara indignado.
—¿De qué te ríes?
Las puertas del ascensor se abrieron, salieron y ella respondió:
—Perdón, pero ¿de verdad piensas que Michele ha ido al baño de un hotel para asesinarte con un bastón?
—No era un bastón cualquiera. Era napolitano. De un tío suyo. El tío de Nicoleta, que cumple las bodas de oro y dice Michele que le ha dejado el bastón mientras bailaba.
Irene volvió a partirse de risa mientras se dirigían a la habitación:
—Pues suena más creíble que lo del asesinato.
—Lo veo justo al revés. Me ha seguido, me ha visto clavar la rodilla y ahora quiere matarme porque esas fotos van a valer muchísimo más.
—Mateo… Cuando he llegado he visto a un montón de italianos vestidos de boda.
—Él venía a por mí. Entró detrás de mí. Eso no puede ser casualidad. Y encima me enseñó el bastón. Quería intimidarme.
—¿Y luego?
—Partirme las piernas o darme matarile. Luego entró otro hombre.
Irene se mordió el labio para no volver a reírse:
—Era un baño público, lo normal es que entre gente.
—Tenía acento de Cáceres, pero tampoco me fío. Ese también podía ser de la mafia perfectamente.
Irene trató de contenerse, pero soltó una carcajada.
Mateo, muy serio, replicó justo cuando llegaron frente a la puerta de la habitación:
—Tú te estás riendo, pero esto es muy grave.
Irene miró la puerta y pensó que tenía razón. Estaba a punto de atravesar el umbral del lugar donde iba a pasar una noche entera con el tío que tenía pegado en la nevera.
El chico con el que sabía que acabaría casándose.
Y ahora tenía un anillo de compromiso en el dedo.
Así que sí.
Aquello era muy grave.
Pero ya no había vuelta atrás…