Sabía que pasaría Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Ya, pero por el contexto hay que hacerlo.

Mateo la agarró por la cintura, la estrechó contra él, se miraron y se dieron un beso espectacular.

Un beso intenso y apasionado que los dejó a ambos muertos de deseo.

Tanto que Mateo se sentó para evitar que le sacaran otra vez empalmado.

Irene hizo lo mismo, levantó la mano y miró el anillo. No podía dejar de hacerlo:

—Si hay fotógrafos, estarán frotándose las manos. Les hemos dado mucho material —comentó ella.

—Y del bueno.

Irene volvió a mirar el anillo y supuso lo que iba a pasar después:

—El anillo te lo tendré que devolver cuando…

Mateo negó con la cabeza y, para sorpresa de Irene, replicó:

—No, quédatelo.

—¿Cómo que me lo quede? —replicó Irene, frunciendo el ceño.

—No es prestado. Lo compré para ti. Es tuyo. Por las molestias.

Irene se quedó estupefacta y preguntó con la voz temblorosa:

—¿Hablas en serio?

—Desde luego.

—Pero si no es ninguna molestia. Al contrario, estaba loca por conocer el Parador.

—Ya conoces el Parador y ahora también te llevas un anillo.

—Es que me parece…

—Perdí el ticket —le interrumpió Mateo— y si se lo doy a Lola, se lo va a dar a Archi. No puedo correr ese riesgo —dijo divertido—. Quédatelo, por favor.

Irene acarició el anillo con el pulgar y masculló:

—Vale. No me lo voy a quitar jamás. —Mateo la miró extrañado y ella aclaró—: Es que es tan bonito…

—No hace falta que lo lleves puesto toda la vida —bromeó—, pero me encantaría que lo guardaras de recuerdo de estos días que han sido tan especiales… a pesar de todo.

Irene respiró hondo y solo pudo ser sincera:

—Para mí está siendo el mejor verano de mi vida.

—Eres muy amable, pero no creo que…

—Lo es. Es para tanto —insistió ella.

—Me alegro. Yo, a pesar de los disgustos como el de ayer que me sacaron con el porro y la copa, solo puedo decirte que los momentos en que estoy contigo hacen que todo lo demás no importe. Me olvido de Mateo Rivelles, el futbolista, que no es poco.

Irene suspiró, sonrió y le dio las gracias con una sonrisa enorme:

—Gracias.

—A ti.

Luego, él miró la botella de agua casi vacía y sonrió con resignación:

—Creo que voy a tener que ir un momento al cuarto de baño. He bebido tanta agua de los nervios que estoy a punto de hacérmelo encima.

Irene soltó una carcajada:

—Ve. Yo te espero.

Mateo salió, atravesó el pasillo y entró en el baño.

Cuando acabó, se lavó las manos, respiró profundamente y miró su reflejo en el espejo.

Seguía impresionado por lo que acababa de hacer.

No esperaba que aquella mentira le hubiera salido tan de dentro.

Y todavía la noche no había hecho más que empezar.

Sintió una especie de mariposeo en el estómago y cuando abrió la puerta para salir, chocó de frente con alguien.

Los dos dieron un pequeño paso atrás.

—¡Michele!

El italiano sonrió, como si se alegrara muchísimo de verlo.

—¡Mateo! Hombre, ¡qué casualidad!

Mateo se quedó rígido y se fijó en que Michele llevaba un bastón antiguo, de madera oscura, con un pomo de plata.

Tragó saliva y clavó la vista inmediatamente en él, con las alertas completamente disparadas.

—¿Qué haces aquí?

—Estamos celebrando en los salones las bodas de oro de mi tío Genaro, el padre de Nicoleta.

Mateo apretó las mandíbulas y murmuró a la defensiva:

—No me lo creo. Me has seguido hasta aquí.

Michele soltó una pequeña carcajada y le aconsejó en un tono que ofuscó más todavía a Mateo:

—De verdad, deberías relajarte un poco.

Mateo señaló el bastón y le preguntó alzando las cejas:

—¿Y eso?

—El bastón de mi tío Genaro. Está bailando y me ha pedido que se lo guarde. No se fía de nadie más.

Mateo siguió sin apartar la vista del bastón y quiso saber sin creerle una palabra:

—¿Y te lo has traído al baño?

—Claro. Es una joya —respondió alzándolo un poco para que Mateo lo viera bien—.

Ébano napolitano, pulido a mano hasta tal punto que puedes afeitarte mirándote en él.

El pomo es de plata maciza, cincelado por un orfebre de Nápoles, con un ónix negro en el centro.

Pesa lo suyo, ¿eh? —dijo agitándolo y Mateo ni se movió.

No pensaba dejarse intimidar por él—. Mi tío Genaro dice que un caballero debe llevar siempre un bastón que pueda durar tres vidas.

Este incluso lleva un mecanismo secreto.

Aprietas aquí y... Bueno, ya te lo enseñaré.

Mateo le fulminó con la mirada y le preguntó airado:

—¿Y qué sale? ¿Una navaja? ¿Una pistola? ¿O acaso piensas partirme las piernas y arruinarme la vida? ¿O quizá directamente matarme?

Michele abrió muchísimo los ojos y respondió alucinado:

—Tío, tú estás fatal. Solo he venido a hacer pis.

—Seguro que has dado el chivatazo, me han hecho fotos de la pedida de mano a Irene y ya muerto, esas fotos valen mucho más.

—¿Y por qué vas a morir?

—Porque supongo que has venido a matarme.

—Va a ser que no. Lo siento mucho, le has pedido matrimonio y ahora te aguantas y apechugas. Yo no voy a matarte.

Mateo esbozó una sonrisa de medio lado y dijo mordaz:

—¿Te conformas con dejarme en una silla de ruedas?

Michele negó con la cabeza, chasqueó la lengua y respondió: