Sabía que pasaría Capítulo 15
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Capítulo 15

Mateo llevaba más de media hora despierto cuando decidió que ya no tenía sentido seguir dándole vueltas.

Cogió el móvil, buscó el nombre de Dani y lo llamó:

—¡Buenos días! —contestó el preparador con la voz somnolienta—. ¿Qué haces despierto tan temprano?

—Necesito contarte una cosa.

—¿Ha pasado algo con el tobillo?

—No. No es el tobillo.

—¿Entonces?

Mateo soltó el aire y le contó despacio:

—Podía haber esperado unos meses, incluso al final de la próxima temporada, pero ya no puedo más. Necesito hacerlo antes.

Dani tardó unos segundos en responder bastante preocupado:

—No me gusta cómo suena eso.

—¿Por qué?

—Porque me está sonando a que quieres hacer una locura y no sé si eres consciente de que este es el peor momento para que te pongas a hacerla.

—Y esta no es una locura cualquiera: es una de las grandes.

Dani acabó de despertarse y le exigió en un tono de clara advertencia:

—¡No sometas al tobillo a ningún esfuerzo raro! ¡Ahora mismo no puedes permitirte hacer tonterías!

—Esto no va a afectar al tobillo, sino a la rodilla.

—¿La rodilla? No entiendo nada —dijo Dani, frunciendo el ceño.

—Esta noche voy a pedirle matrimonio a Irene.

Y tras decir esto, Mateo tuvo que respirar hondo.

Era curioso. Sabía perfectamente que aquello era mentira. Y, sin embargo, de solo pronunciar aquellas palabras notó un cosquilleo extraño en el estómago.

Al otro lado se hizo un silencio enorme y, de repente, Dani soltó una carcajada:

—¡Joder! ¡Estaba cantado!

—Ah, ¿sí? ¿No te sorprende?

—¿Sorprenderme? Pero si se os ve a kilómetros lo enganchados que estáis. Y yo nunca te había visto así. Pareces otro. Y ella parece una buena chica que se preocupa por tu tobillo más que tú.

—Ja, ja, ja.

—En serio. No tienes más que ver todas las videollamadas que me hace para asegurarse de que está ayudándote a hacer bien los ejercicios.

—La recuperación está acelerándose gracias a ella.

—Es una persona que aporta y aparte es un cielo de chica.

Mateo miró un instante a la escultura del oso-calamar y pensó en ella, en cómo había aparecido en su vida, en el beso en el Ushuaïa, en la Riva, en cómo le sujetaba el tobillo, en cómo le contaba las repeticiones, en cómo había conseguido que, por primera vez en mucho tiempo, dejara de pensar durante un buen rato en el fútbol.

—Sí que lo es.

—Pues si es lo que deseas…

—¡Con todas mis fuerzas! Nunca he tenido nada tan claro. Lo que siento por ella, no lo había sentido jamás por nadie.

En cuanto terminó la frase, se quedó completamente quieto porque acababa de darse cuenta de que no estaba mintiendo.

Todo aquello era verdad, por eso se notaba tan sincero. Salía tanto del corazón que Dani exclamó:

—Tío, si es que se nota. ¡Estás coladísimo!

Mateo dejó escapar una sonrisa sin darse cuenta y después continuó con el plan:

—La voy a llevar esta noche al Parador, a la tercera mesa al fondo, la que tiene unas vistas espectaculares. Allí voy a hacerlo, pero no quiero que lo sepa absolutamente nadie. Quiero sorprenderla.

—Tranquilo. No saldrá de aquí. Y, hermano, ojalá seas muy feliz.

—Gracias —replicó Mateo con un nudo en el estómago de la culpa que sentía.

Porque sabía que Dani le estaba deseando lo mejor de verdad. No era postureo. Él sentía que era eso: un hermano.

—Gracias a ti por dejarme vivirlo.

Cuando colgó, Mateo se quedó varios segundos mirando el móvil mientras se recordaba a sí mismo que, aunque odiaba mentir, y menos a Dani, necesitaba descartarlo de una vez por todas.

Después se fue a entrenar y al mediodía salió de casa a comprar el anillo con tantos nervios que tuvo que repetirse un montón de veces que solo era un anillo de pega.

Y así llegó la noche…

Mateo llegó unos minutos antes a la cita, le llevaron hasta la mesa que habían reservado, la tercera del fondo que ofrecía unas vistas mucho más increíbles de lo que había pensado.

Pidió una botella de agua y le dio un trago largo. Tenía la garganta completamente seca.

Unos minutos después, la vio entrar y el mundo pareció detenerse.

Irene llevaba un vestido azul de tirantes, con una abertura que dejaba ver la pierna casi entera al caminar y unas sandalias de tacón alto.

Se había recogido el pelo y lucía los pendientes artesanales que él mismo había comprado en Las Dalias.

Estaba impresionante, pensó.

Irene se quedó sin aliento al verlo. Llevaba un traje de lino y una camisa blanca que le resaltaba más el bronceado.

Irene suspiró porque parecía sacado de cualquiera de sus sueños.

Se miraron, sonrieron al verse y ambos comprendieron al momento que estaban muchísimo más nerviosos de lo que esperaban.

Mateo se levantó, le apartó la silla y ella se sentó.

Él hizo lo mismo y durante unos segundos nadie supo qué decir, hasta que Irene rompió el hielo.

—Pareces nervioso.

—Lo estoy.

—No eres el único.

Mateo bebió más agua y reconoció arqueando una ceja:

—He hablado con Dani y está feliz con mi compromiso. Feliz de verdad. Y yo le estoy tendiendo una jodida trampa.

—Entiendo cómo te sientes.

—Pero hay que hacerlo —dijo Mateo, encogiéndose de hombros.

—Es necesario.

Mateo asintió, aunque los dos sabían que aquella no era toda la verdad.

Si estaban así no solo era por la trampa, sino porque había entre ellos algo que era cada vez mucho más fuerte de lo que estaban dispuestos a reconocer.

—Está bien que estemos nerviosos, porque así hace esto más real —opinó Mateo.

—Le da credibilidad.

El camarero apareció para tomar nota y, en cuanto se marchó, Mateo comentó:

—Quizá deberíamos cogernos de la mano, por el contexto…

—Ya, claro, sí.

—Si hay fotógrafos, mejor que parezca natural —añadió Mateo.

—Tienes razón.

Irene le tendió la mano, él la agarró y, en cuanto sus dedos se entrelazaron, los dos sintieron el mismo estremecimiento.

Aunque ninguno dijo nada al respecto.

Simplemente siguieron con la cena.

Mientras hablaban, Mateo vació casi sin darse cuenta una botella de litro de agua.

Todo sin dejar de mirarse con intención, de tocarse y de desear al otro como no recordaban haberlo hecho antes.

Y entre plato y plato, ella confesó al tiempo que Mateo pensaba que se moría por besarla:

—No le he contado nada de esto a nadie. Maica es la única que sabe que no voy a dormir en casa esta noche.

Pero no le he dicho dónde, ni mucho menos lo de la pedida.

Si mañana sale en la prensa, no me quedará más remedio que contarlo.

Pero de momento, nadie sabe que estoy aquí en mi pedida de mano falsa.

—A ver si sale bien. Estoy un poco… atacado.

—Seguro que sale bien.

—Espero haber acertado con la talla del anillo.

Irene sonrió sin creer que estuvieran hablando del anillo de pedida que le iba a poner en el dedo el chico del que llevaba enamorada toda la vida.

Y, aunque fuera mentira y aunque fuera solo una trampa, le costó respirar.

Disimuló como pudo su nerviosismo y se relajó un poco al suponer que la petición sería al terminar los postres.

Pero estaba completamente equivocada, pues nada más retirar el camarero el segundo plato, Mateo empujó la silla hacia atrás.

Se levantó, rodeó la mesa y clavó una rodilla en el suelo.

Así.

Sin más.

Irene abrió muchísimo los ojos y la copa casi se le escapó de las manos.

—¿Qué? ¿Ya? ¡Pero estas cosas se avisan! —susurró entre dientes.

Mateo, que ya no se aguantaba más los nervios, replicó:

—Ya no puedo más.

Le cogió la mano, la miró a los ojos y se dio cuenta de que no debía inventar nada porque solo tenía que dejar hablar a su corazón.

—Nunca me había sentido así con nadie.

Irene dejó de respirar y solo le dio tiempo a decir con el corazón en la garganta:

—Dios.

—Eres la mujer más especial que he conocido.

Cuando estoy contigo, me olvido del futbolista.

Me olvido del ruido, de los medios, de la presión, de todo.

Contigo solo soy Mateo. El chico de Rascafría que soñaba con jugar al fútbol cuando era pequeño.

Y, por primera vez en mucho tiempo, siento que alguien me mira de verdad.

No al futbolista. A mí —dijo con la voz ligeramente quebrada—.

Siento que me entiendes, que luchas por mi sueño como si fuera el tuyo.

Y ya no concibo estos días sin ti. No quiero imaginar cómo habría sido todo esto si no hubieras aparecido.

Irene no pudo contener las lágrimas, intentó replicar algo pero no pudo.

No podía hablar.

No le salían las palabras.

Entonces, Mateo metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó una pequeña caja, la abrió y dentro brillaba un anillo precioso.

Irene se llevó la mano a la boca.

—Qué bonito —susurró. Le temblaban tanto las piernas que tuvo que agarrarse a la mesa—. Ni en mis sueños…

Mateo sacó el anillo, la miró con los ojos vidriosos y dijo con la voz tomada por la emoción:

—Irene, ¿te quieres casar conmigo?

Irene sintió cómo dos lágrimas se resbalaban por las mejillas y que el corazón le iba a estallar.

Quiso contestar, pero solo consiguió asentir una y otra vez. Le tendió la mano y Mateo deslizó el anillo por su dedo.

Entró perfecto.

Los dos se quedaron mirándolo y ella por fin logró susurrar:

—Parece hecho a medida.

—Es que era para ti. Solo para ti —dijo Mateo, maravillado de lo bien que le quedaba.

Irene, que seguía llorando, alzó la vista lentamente.

Mateo sacó un pañuelo y se lo tendió:

—Perdona —musitó ella, tras cogerlo—. Lo de las pedidas y los anillos me ponen muy moñas.

Mateo la miró de un modo tan intenso que Irene se estremeció, carraspeó y dijo:

—Hay una cosa que quiero decirte…

—Dime.

—Todo lo que acabo de decir, no era mentira.

Irene volvió a emocionarse y fue tan sincera como él:

—Para mí tampoco lo es. Estos días están siendo muy especiales. Te admiro muchísimo. Y nunca había conocido a nadie como tú. Estoy tan a gusto que no quiero que esto termine.

Mateo se encogió de hombros y replicó hablando entre dientes, por si acaso les estaban grabando y luego intentaban leerle los labios:

—Fingir un noviazgo falso es una forma de conocerse como otra cualquiera.

Los dos rompieron a reír, Mateo se incorporó y ella le preguntó:

—¿Y ahora qué?

—Ahora creo que toca un beso, pero tampoco es obligatorio.