Capítulo 14 #2
Nicoleta al fin le desabrochó el collar, Mateo le devolvió el porro con cara de espanto y después de que Lola se enamorara de unas cuantas cosas más, le dijo a Mateo:
—Pues ya estaría. Ahora pagas tú y date prisa que tengo un hambre…
Mateo que estaba loco por irse de allí, pagó todo y se fueron a un puesto de comida.
A Lola se le antojó pedir hamburguesas para todos y a Mateo por poco no le dio algo:
—¡Lo que me faltaba era que me sacaran zampándome una hamburguesa grasienta! Yo me pido una ensalada.
—Yo también —dijo Irene para acompañarlo.
—No hace falta. El sano tengo que ser yo. Tú puedes comer lo que quieras.
—De verdad que está bien la ensalada.
Se sentaron en unas mesitas a comer y cuando acabaron Lola exclamó entusiasmada:
—¡Y ahora al concierto!
—¿Qué concierto? —quiso saber Mateo, en guardia.
—Chico, no pongas esa cara de susto. Ni que te hubiera propuesto ir a la guerra.
—Pues casi.
—Actúa una banda muy buena un poco más allá.
—Uf —bufó Mateo, con el cuerpo en tensión.
—Vamos, por favor, que también os viene bien que os vean divirtiéndoos un poquito.
—Si queréis, podemos ir a escuchar a la banda —propuso Mateo por no quedar de aguafiestas—. Pero yo ni pienso bailar, ni cantar, ni beber.
—¡Planazo! —gritó Lola—. ¡Tú haz la momia mientras nosotras nos lo pasamos teta!
Lola enganchó a Irene del brazo y se fueron hasta el lugar donde la actuación acababa de empezar.
Se dirigieron a la barra. Irene y Mateo se pidieron agua y Lola un buen gin-tonic en copazo de balón.
Con las bebidas en la mano, las chicas se fueron a bailar y a cantar un tema de Bon Jovi, mientras Mateo las miraba rígido como un palo.
Sobre todo, miraba a Irene.
No podía dejar de mirar cómo se movía, cómo se reía, cómo se tocaba el pelo…
Tuvo que beberse la botella de agua del tirón porque se estaba poniendo malísimo.
Él también echaba mucho de menos a la Riva.
Se fue a la barra a por otra agua y ellas siguieron bailando y cantando hasta que Lola se acercó a él y le pidió:
—Agárrame el copazo, que me estoy haciendo pis.
Mateo le sostuvo la copa a regañadientes y le exigió:
—Vuelve rapidito.
Lola se fue al cuarto de baño y cuando regresó, le quitó la copa, cogió a Irene por banda y le cuchicheó:
—Tienes a mi hermano en el bote.
Irene la había escuchado perfectamente, pero aun así replicó:
—¿Qué?
—Nunca le he visto así. Lo vuestro de falso no tiene nada.
Irene la miró y no le quedó más remedio que reconocer:
—Es difícil no enamorarse de tu hermano.
—Tía, tú estás pilladísima por él.
A Irene le entró una risa nerviosa, Lola se rio también y en esto que se acercó a ellos Mateo señalando el reloj de su muñeca:
—Nos tenemos que ir. Una pareja muermazo como la nuestra no debe estar a estas horas fuera de casa.
Las chicas volvieron a reírse y regresaron a la villa con la sensación de que habían hecho las cosas bien.
Pero al día siguiente por la mañana, los medios no hablaron para nada de ellos.
No había fotos del mercadillo.
No había nada.
Hasta las nueve de la noche, que Dani le mandó a Mateo unas fotos que acababan de publicarse en el periódico deportivo de siempre, en las que salía en unas con un porro en la mano y en otras con un copazo de gin-tonic.
Le explicó todo, le dio las gracias por avisar, y desesperado llamó a Julio:
—Tío, hay nuevas fotos. ¿Las has visto?
—¡No me jodas! Voy a ver.
—Estoy muy jodido.
Julio se quedó unos segundos en silencio y luego soltó:
—Ya las tengo. ¡Qué putadón! ¿Quién puede odiarte tanto como para hacerte esto?
—Michele. En el mercadillo estaba la prima, ella debió llamarle y mandaron a alguien para inmortalizar el momento en el que me enredó para que cogiera el porro. Luego debieron seguirnos y cuando Lola se fue al baño y le sujeté la copa… me hicieron las otras fotos.
—¡Esto no puede seguir así! —exclamó Julio, muy indignado—. No voy a parar hasta que no dé con el hijo de puta que te está haciendo esto. Pero lo de Michele huele fatal.
—Siempre que me sacan haciendo cosas inapropiadas, él está de por medio.
—¡Aguanta, Mateo! Ese cabrón tiene los días contados. Vamos a pillarlo y yo mismo me voy a encargar de enseñar todas las pruebas, cuando las tengamos. El daño va a quedar reparado. ¡Te lo juro! ¡Confía en mí!
—Gracias, amigo —agradeció Mateo, soltando el aire.
Colgó y se quedó estupefacto al ver a través de la cristalera a Lola en la piscina con Archi, puesta delante de él.
Salió afuera y escuchó a su hermana decir:
—No, así no. Tienes que girar la cabeza.
—¿Así? —replicó Archi.
—No. Parece que estás intentando morder el agua.
—No sabía que esto exigía tanta técnica.
Lola le colocó la cabeza con las manos para que viera cuál era la postura y él se quedó mirándola.
—¿Qué? —preguntó Lola, risueña.
—Nada.
—¿Por qué me miras así?
—Porque ahora mismo me está costando mucho concentrarme en el crol.
Mateo no tenía ni idea que estaba pasando, tan solo se limitó a gritar:
—Lolaaaaaaaaaa.
Archi se puso nervioso y Lola preguntó como si ahí no pasara nada:
—¿Qué ocurre?
—¿Qué estás haciendo?
—Enseñando a nadar a Archi, fuera del horario laboral. Milda lo sabe y le ha dado permiso.
—Pasa dentro, por favor. Tengo que hablar contigo —le dijo muy borde.