Sabía que pasaría Capítulo 14
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Capítulo 14

Los días siguientes se esforzaron en vender la imagen de la pareja más sana, estable y aburrida del planeta.

Desayunaron matcha frente al mar.

Resolvieron un puzle de mil piezas que Irene insistía en empezar por el centro mientras Mateo defendía que las esquinas eran sagradas.

Hicieron una cata de aceites de oliva.

Meditaron al amanecer.

Escribieron un diario de gratitud.

Recorrieron una cala en kayak donde el único que remó fue él, porque Irene dio tres paladas y se agotó.

Entraron en una librería donde ella salió con cuatro novelas románticas y Mateo con un libro sobre alimentación deportiva.

Visitaron la exposición de un pintor emergente.

Merendaron fruta en un pinar.

Contemplaron las estrellas.

Tomaron café mirando los barcos del puerto.

Incluso dedicaron casi media hora a elegir una vajilla porque Sergio aseguraba que una pareja estable también compartía ese tipo de decisiones.

Todo quedó perfectamente retratado en el Instagram de Mateo.

Una pareja tranquila.

Serena.

Aburrida.

Tan aburrida que la prensa dejó de prestarles la menor atención.

—Tenemos un problema —dictaminó Sergio una mañana que fue a visitarle a la villa, dejando el móvil sobre la mesa.

—¿Cuál? —preguntó Mateo.

—Os habéis pasado de discretos. No salís en ningún sitio.

—Pensaba que eso era exactamente lo que querías.

—Sí, pero tampoco hace falta que parezcáis dos monjes tibetanos haciendo turismo por Ibiza.

Irene soltó una carcajada.

—¿Y ahora qué hacemos?

—A partir de hoy, toda la rehabilitación del tobillo la vais a hacer arriba.

—¿Arriba? —inquirió Mateo, sin entender nada.

—En la terraza de arriba.

Mateo arqueó una ceja.

—¿Y eso por qué?

Sergio señaló las casas de alrededor.

—Porque desde ahí se os ve perfectamente con los teleobjetivos. Y creo que unas imágenes de Mateo Rivelles entrenando con su chica sí que pueden interesar a la prensa del cotilleo y la deportiva.

Y así fue como la recuperación del tobillo de Mateo pasó a formar parte de la estrategia.

Todas las mañanas, antes de entrar a trabajar, o al terminar la jornada, Irene subía a la terraza con Mateo.

Le sujetaba la banda elástica mientras él hacía ejercicios de resistencia.

Le contaba las repeticiones.

Le lanzaba balones para trabajar los apoyos.

Recogía los conos cuando él hacía cambios de dirección.

Cronometraba los ejercicios con el móvil.

Le colocaba la tobillera.

Le preparaba hielo al terminar.

Y, cuando el fisioterapeuta se lo permitía, le ayudaba a estirar el sóleo y los isquiotibiales.

Para cualquiera que los fotografiara parecía una novia pendiente de su pareja.

Para Irene era bastante peor: era la mujer más feliz de Ibiza.

Como aquella mañana en que Mateo estaba trabajando el equilibrio sobre un bosu.

—No me quites ojo —le pidió, concentrado.

—No creo que sea capaz de mirar otra cosa —confesó Irene, que no pudo más que decir la verdad.

—¿Cómo?

—El tobillo. He dicho el tobillo —rectificó Irene, como si fuera lo más obvio.

Mateo sonrió, flexionó ligeramente la rodilla, cambió el apoyo, el bosu se desplazó unos centímetros y perdió el equilibrio.

Irene reaccionó por instinto, corrió hacia él y lo sujetó por la cintura antes de que pudiera caer.

Mateo recuperó el apoyo enseguida, no llegó a tocar el suelo, pero ninguno de los dos se movió.

Ella seguía abrazándolo.

Él notaba el calor del cuerpo de Irene pegado al suyo.

—Gracias —dijo en voz baja.

—Pensaba que te ibas al suelo.

—Ahora ya no.

—¿Seguro? —insistió Irene.

Él sonrió.

—Ahora sí, porque me estás sujetando.

Irene bajó la vista y fue entonces cuando se dio cuenta de que seguía abrazándolo.

Se sentía tan bien abrazada a él…

Desde que eran la pareja más sosa del planeta solo se daban piquitos y unos abrazos que apenas duraban un suspiro.

Echaba tanto de menos la Riva.

Y Mateo también porque de repente ella sintió la erección presionando contra su cuerpo.

Y no podía ser.

Eran dos seres muy castos.

Así que lo soltó de golpe y Mateo tuvo que volver a abrir los brazos para recuperar el equilibrio.

—¡Perdón! —exclamó Irene, llevándose las manos a la cara.

—Tranquila.

Ella carraspeó y, procurando no mirar más abajo de la cintura, murmuró:

—Sí, bueno, he pensado que, si algún fotógrafo nos está enfocando, igual no conviene que inmortalice cierta tienda de campaña.

Mateo se quedó un instante sin saber qué decir y se excusó:

—Ha sido algo… orgánico.

Después rompieron a reír.

Sin embargo, ni la foto de la tienda de campaña ni ninguna de la rehabilitación del tobillo salió en los medios.

Nada de la vida de Mateo despertó el interés, hasta que fueron al mercadillo nocturno de Las Dalias.

A Mateo se le ocurrió que podía ser un buen plan comprar alguna cosita artesanal, tomar algo sanísimo y luego volver derechitos a casa.

A Irene le pareció genial y a Lola también.

Últimamente estudiaba a todas horas y quiso desconectar un rato.

Además, quería comprarle una pulserita a Archi.

A Mateo le pareció bien que se uniera a ellos, porque así transmitían la imagen de que Irene estaba muy integrada en la familia.

Irene se fue para allá en cuanto terminó de trabajar y ellos ya le estaban esperando cuando llegó.

Mateo la besó suave en los labios, la agarró de la mano y Lola, que no les quitaba ojo, le dijo a Mateo:

—Esta mujer que se ha puesto ese vestido blanco maravilloso, se ha hecho ese recogido tan ideal y se ha maquillado hoy especialmente para ti, se merece que la agarres bien por la cintura y le metas la lengua hasta bien dentro.

Irene se puso roja, porque eso era lo que estaba deseando. Mateo también, pero no se lo podía permitir.

Tocaba ser soso.

—Tú todavía no eres consciente de lo que me estoy jugando, ¿verdad?

—Te estás jugando que Irene se muera de aburrimiento.

—Lola: soy un jugador de fútbol que está limpiando su reputación.

—No. Eres un chico que ha quedado con una chica.

—Lola, ¡no enredes! Y vamos a recorrer los puestos tranquilamente.

Lola fingió el bostezo y se acercó al primer puesto porque vio una pulsera de cuero que le iba a encantar a Archi.

Luego, se fueron a otro donde compró un anillo que iba a volver loco a Archi.

Después, en un tercer puesto, se llevó otra pulserita que le iba a quedar genial a Archi.

—¿Quién crees que es Archi? ¿Tu muñeco Nenuco al que vas a llenar de complementos? —ironizó Mateo, harto ya.

—Archi es la razón por la que me levanto cada mañana.

—Bueno… —murmuró Mateo, poniendo el grito en el cielo.

—También me levanto por el otro Archi, por ti, por mamá y papá, por la familia entera, incluida mi cuñi Irene, por mis amigos, por mi pueblo… Pero cuando abro los ojos cada mañana, mi primer pensamiento es para mi Archi, el grande. Luego ya sí pienso en mi bebé perruno. No sé si me entiendes.

—Yo sí. Perfectamente —intervino Irene, asintiendo.

Lola miró a Irene con complicidad, la agarró por la cintura y dijo:

—Es que tú eres de las mías.

Y así, cogidas de la cintura, se fueron hasta el siguiente puesto, donde Lola se encontró con alguien que conocía:

—¡Nicoleta!

Lola se abrazó a ella y luego se la presentó a ellos como la prima de Michele.

Era una chica alta, de pelo largo, ondulado, vestida al estilo hippy y con un porrito en la mano al que no paraba de dar caladas.

Mateo se puso en guardia y les pidió que se fueran unos puestos más allá donde había visto unos atrapasueños preciosísimos.

—¡Tú odias los atrapasueños! ¡Te regalé uno y me dijiste que te provocaba insomnio! —le recordó Lola.

—El que tienen en aquel puesto es ideal. Lo necesito. ¡Ya!

—Pues vete y nosotras ahora vamos para allá. Nicoleta tiene unas cosas monísimas.

Mateo no se fiaba de nada donde estuviera por medio Michele y replicó:

—Me quedo.

Lola se enamoró a primera vista de unos pendientes de plata con la forma de las hojitas que recogía Archi cada día y pensó que le iban a encantar.

Luego, se flechó de un collar, de un abanico, de unas pulseras…

Y lo cierto era que Nicoleta tenía cosas tan bonitas que Irene no podía dejar de mirar unos aros con unos soles colgando.

—Pruébatelos —le dijo Lola.

Se los probó, miró a Mateo y encontró que estaba tan preciosa que le dijo:

—Llévate también el collar y la pulsera a juego.

—Es que ya se sube mucho. Es plata de la buena —murmuró Irene.

—Te lo regalo yo, por las molestias —repuso Mateo, alzando las manos.

—¿Qué molestias? ¡Adoro los mercadillos! —confesó Irene, riendo.

—¡Te lo regala porque le gustas más que Mafalda! —exclamó Lola, muerta de risa.

—Qué pesada con Mafalda —farfulló Mateo, ofuscado.

—Mi hermano le regaló a Mafalda unas pulseritas que hizo él mismo. Ahora ya no tiene tiempo de hacerlas, pero cuando este regala pulseras es porque siente maripositas en el estómago —comentó Lola, haciendo un corazón con las manos.

Irene se puso roja otra vez y Mateo de la vergüenza que tenía se probó unos anillos como si le fuera la vida en ello.

—Deja de decir chorradas —le suplicó.

—Digo la verdad. ¡Y ese anillo que te acabas de poner es perfecto para mi Archi! —exclamó Lola, quitándoselo.

—¿Dónde le vas a poner esto al gremlin?

—¡Mi Archi, el jardinero! Ay, ¡y ese collar de brillibrilli me encanta para mí!

Lola cogió el collar, se lo colocó alrededor del cuello, intentó abrocharlo, pero no pudo.

—Te ayudo —se ofreció Nicoleta, solícita.

—Genial.

—Sujétame el trócolo —le pidió Nicoleta a Mateo, mientras Lola se apartaba el pelo a un lado.

Mateo miró el porro como si fuera una bomba a punto de estallar y farfulló:

—No. No puedo.

—No muerde. Y solo es un segundo —insistió Nicoleta.

Lola se lo arrebató, le dio una calada y Mateo le miró horrorizado:

—¿Qué estás haciendo?

—Relajarme un poquito, porque me estás poniendo nerviosa. Estás rarísimo —respondió Lola.

Mateo, atacado, le quitó el porro que sostenía entre los dedos y se lo quedó él.

—Yo lo sujeto. Pero rapidito que no tengo todo el día.

Nicoleta le abrochó el collar, le pasó el espejo a Lola para que se viera y ella sonrió porque no podía gustarle más.

—¿A qué es para llorar de lo bonito que es? —preguntó Lola.

Todos dijeron que sí, menos Mateo que solo quería soltar el maldito porro.