Sabía que pasaría Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—En cuanto he visto las fotos he pensado: «Seguro que ha llevado allí a la novia».

No tiene más misterio. Por cierto, esta noche voy al programa de televisión donde colaboro.

Contaré que estás entrenando como un animal, que la recuperación va muy bien y que cualquier persona tiene derecho a salir un día en barco con su novia. A ver si bajamos un poco el ruido.

—Gracias, tío.

—No me las des.

—Sí. Porque eres un amigo.

Colgaron y lo primero que hizo Mateo fue escribir a Irene.

Después del paseo en la Riva la acompañó hasta la oficina, pero ninguno de los dos fue capaz de mencionar lo que había ocurrido entre ellos.

El silencio no significaba que ambos no hubieran pasado la noche reviviendo una y otra vez lo que había sucedido sobre la Riva.

De hecho, al ver las fotografías, el primer impulso de Mateo fue llamarla. Sin embargo, prefirió esperar a tener toda la información.

Cuando por fin la tuvo, le escribió un único mensaje:

Cuando puedas, hablamos. No sé si has visto las fotos.

Irene contestó al momento:

Me las ha enviado Milda hace un rato.

Mateo la llamó y lo primero que hizo fue disculparse:

—Lo siento mucho, de verdad.

—No te preocupes. Por mi parte está todo bien.

Y por supuesto que no le contó que Milda le había dicho que sabía que no iba a salir ilesa de la Riva, que se estaba metiendo en la boca del lobo y que todo iba a terminar fatal.

Irene le aseguró que solo fueron a comerse unos filetes empanados y que lo otro no tenía importancia.

A lo que Milda replicó mordaz que: «No tiene importancia que te lo coma el tío del que llevas colgada toda la vida. Ahora, que lo tienes loquito, porque la tienda de campaña que luce en la foto es de todo menos falsa».

Y, después de que Mateo escuchara que estaba todo bien, repuso:

—Me alegro que te lo tomes así. Yo estoy que trino. ¡Ahora soy el del trípode que come filetes empanados a dos carrillos!

Irene se tronchó:

—Ja, ja, ja. Perdona.

—Mejor tomarlo así. Julio de todas formas está intentando descubrir quién filtró las fotos. De momento no sabe nada. Y con Sergio no he hablado, pero tiene que estar tan indignado como yo.

—Ya. Entiendo.

—Lo que se me ha ocurrido para no dar más pábulo a esto es mostrar normalidad. ¿Te parece si quedamos a dar un paseo esta tarde por la playa?

—¿Qué playa? —inquirió Irene, dando palmas.

—Elige tú. Una donde podamos pasear de la mano y ver atardecer.

—¡La tengo! Ahora te mando la ubicación.

—¿Te busco mejor a la salida del trabajo?

Irene estuvo a punto de gritar, se mordió el nudillo y respondió:

—Vale.

Horas después, caminaban descalzos por la orilla de Ses Salines.

Mateo llevaba las zapatillas en una mano.

Irene, las sandalias en la otra.

Él le sujetaba la mano con naturalidad y de vez en cuando alguna ola les mojaba los tobillos.

Daba la imagen que necesitaban: una pareja tranquila, sin aspavientos, simplemente paseando como cualquier otra.

Pero no lo eran.

Porque Irene iba emocionadísima de la mano del chico por el que llevaba años suspirando, intentando que no se le notara que estaba viviendo un sueño.

Y Mateo caminaba preguntándose cómo era posible que, con su novia falsa, se estuviera sintiendo mejor que con todas sus novias de verdad.

Apretó un poco su mano y, tras unos segundos caminando en silencio, comentó:

—Hacía un montón que no hacía esto. Y me viene bien para reforzar el tobillo.

—Me lo refuerza todo —dijo Irene sin pensar.

—¿Todo? —replicó él, con una sonrisa mordaz.

—Sí. Me tonifica en general —masculló ella, divertida.

Mateo sonrió y pensó que no recordaba haber sentido una paz parecida.

Con Irene no tenía que medir cada palabra, ni tratar de impresionarla, ni portarse a todas horas como un futbolista famoso.

Irene parecía alegrarse de estar a su lado por el simple hecho de estarlo.

Y aquella sensación era tan inesperada como inquietante, porque empezaba a sospechar que lo más falso de aquella relación era precisamente el contrato.

Mateo siguió caminando unos metros en silencio.

No quería que aquel paseo terminara.

Se sentía mejor que nunca, a pesar de que los desastres no paraban de sucederse: la falda en la cabeza, los filetes empanados en una Riva, los rumores, la prensa, las llamadas de Sergio, la presión por recuperar la reputación…

Hasta había acabado empalmado leyendo un manual de Derecho Financiero y Tributario.

Pensándolo fríamente, no recordaba una época más caótica.

Y, sin embargo...

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan tranquilo.

Quizá porque, por primera vez en meses, cuando estaba con Irene dejaba de pensar en todo lo demás.

Desaparecían la prensa, la presión, las críticas y el miedo a no poder cumplir su sueño de futbolista.

Solo existía ella.

Y sintió un pellizco en el estómago, una especie de vértigo y un cosquilleo incómodo y agradable al mismo tiempo que le revolvió el pecho.

No le gustó.

Porque hacía mucho que no sentía algo así.

Y no podía permitírselo.

No cuando se estaba jugando tanto y se recordó que aquello no era un paseo romántico.

Estaban allí por una razón, así que respiró hondo y decidió volver a un terreno mucho más seguro:

—Creo que hay paparazzi detrás de aquellas sombrillas. Si nos hacen unas cuantas fotos aquí, pienso que ayudarán bastante.

—Y saldrán unas fotos preciosas —dijo Irene, con una sonrisa amplia.

—Es que todo es precioso.

—Todo —repitió Irene, con una sonrisa que no se le quitaba de los labios.

—Aún no he hablado con Sergio. No me devuelve las llamadas. Debe tener un cabreo infinito por las fotos.

—¿Sabes que ayer se pasó por el Mercadona de San Antonio?

—Ayer se supone que estaba en Madrid.

—No. Estaba aquí. Entró justo antes del cierre.

—¿Y qué hacía allí? —preguntó Mateo, sorprendido.

—Buscar a Maica.

—¿A Maica? —murmuró Mateo, sin entender nada.

—Sí. Quiere que le restaure un cuadro que pintó su abuelo cuando él era pequeño.

Mateo sonrió y supuso lo que habría pasado dados los antecedentes:

—Y ella le mandó bien lejos.

—Le dijo que iba a cobrarle un suplemento por tener que verle la cara durante unos días. Aunque sea su cara de cuando tenía siete años.

Los dos se echaron a reír.

—¿Y al final cerraron el negocio? —quiso saber Mateo.

—Sí. Pero luego pasó una cosa que me extrañó un poco.

Mateo la miró con curiosidad:

—¿Qué pasó?

—Maica le comentó lo de la foto con la falda.

—¿Y qué dijo?

—Sergio le quitó importancia.

—¿Cómo? —preguntó Mateo, entornando la mirada.

—Le dijo algo así como: «Las fotos no son buenas, pero tampoco dramatices. Lo peor para un personaje público es que dejen de hablar de él. El silencio hace mucho más daño que una mala foto».

Mateo frunció ligeramente el ceño. Aquella frase era muy de representante. Muy profesional.

—Es muy de Sergio.

Y, sin embargo, Irene continuó despacio:

—Supongo que sí. Pero yo no he dejado de darle vueltas a lo que dijo.

—¿Por qué?

—Porque si para él es tan importante que se siga hablando de ti, igual no le preocupa tanto que salgan esas fotos.

Mateo negó con la cabeza casi al instante porque entendió por dónde iba.

—No. Sergio jamás haría algo así.

—No digo que lo haga.

—Lleva conmigo desde que empecé. Ha peleado por mí cuando nadie daba un duro por mi carrera. Si hoy sigo jugando al máximo nivel, en parte es gracias a él.

Irene asintió y volvió a insistir:

—Solo te digo lo que me pasó por la cabeza al oírle.

Mateo guardó silencio unos segundos. Era verdad que la frase daba que pensar. Aunque seguía sin poder imaginar a Sergio perjudicándolo deliberadamente. Sacudió la cabeza y dijo:

—Lo entiendo, pero es imposible que Sergio esté detrás de esas fotos. Es imposible. Además, confío en que Julio va a acabar desenmascarando al malnacido que me está haciendo esto. Mejor dicho que nos está... No creo que te hiciera mucha gracia salir en esas fotos.

Irene pensó en que se había muerto de la vergüenza al ver la foto en la que salía en la barca con las patas para arriba, pero al mismo tiempo era la prueba de que aquello no lo había inventado su cabeza.

—Bueno, qué le vamos a hacer. Mi madre también la ha visto.

—¡Dios! ¡Lo siento en el alma, te lo juro! —exclamó Mateo, sintiéndose muy culpable.

—Tranquilo, que le he dicho que me estabas ayudando a buscar el piercing.

—Ja, ja, ja. A Lola le he dicho algo parecido. ¿Y tu madre qué piensa de todo esto? —quiso saber Mateo, ya serio.

Irene estaba tan relajada que respondió con la verdad:

—Que al final me he llevado al gato al agua.

Mateo giró la cabeza y le preguntó sin entender bien la respuesta:

—¿Qué?

—No, ¡nada! —rectificó Irene, apurada—. Que los filetes le parecían buenos. Los filetes empanados.

Los dos se rieron y Mateo no pudo evitar decir después:

—Estuvo genial.

—Sí que lo estuvo.

—Y no me arrepiento de nada —masculló, clavándole la mirada.

—Yo tampoco —replicó Irene, con un hilillo de voz de la emoción.

—Pero lo mejor es que bajemos un poco revoluciones. Estamos en un momento tan crítico que no podemos correr más riesgos.

—Lo entiendo.

—La próxima semana tiene que ser muy tranquila.

—¡Perfecto! —exclamó Irene, intentando como pudo disimular su entusiasmo.

Porque a ella todo le parecía bien.

Si había que buscar un piercing, era genial; pero si había que fingir que eran la pareja más sosa del universo, también fenomenal.

Lo importante era estar a su lado.

Con él todo estaba bien.

Daba igual lo que hicieran.

Luego, Mateo se fijó en algo, se detuvo y le dijo señalando a un punto del horizonte:

—Mira el sol.

Y ella miró exactamente hacia dónde estaba mirando él…