Capítulo 13
A la mañana siguiente, Lola salió al jardín a las ocho en punto. Archi estaba regando unas buganvillas mientras tarareaba en voz baja una melodía muy despacio.
Ella se quedó escuchando unos segundos y le preguntó:
—¡Buenos días, Archi! ¡Eso que tarareas es Ludovico Einaudi!
Él levantó la cabeza, sorprendido:
—¿Lo conoces?
—Claro. Estudio con él muchas veces. Cuando necesito concentrarme, me lo pongo de fondo.
Archi tardó un instante en responder:
—No me lo habría imaginado.
—¿Y qué te habías imaginado?
—Bad Bunny o música electrónica.
—¡También me gusta!
Y tras decir esto, Lola se quitó el vestido de tirantes, se quedó en bikini y se sentó en el bordillo de la piscina.
—¿Te vas a bañar?
—Sí, ¿tienes algún problema?
—Antes tengo que quitar las hojas que hay en el agua.
—¡No me molestan!
—Mi trabajo es retirarlas.
—Yo te ayudo a quitarlas.
—Pero es que no necesito ayuda —insistió él, firme como una roca.
Lola se tiró de cabeza, le salpicó y nadó hasta el centro de la piscina donde cogió una hoja.
—Ven a por ella —le dijo, retándole con una sonrisa enorme.
—No estoy para jueguecitos.
—No estoy jugando, voy en serio —le advirtió Lola.
—Mejor céntrate en estudiar.
—Es lo que llevo haciendo desde las cinco de la mañana.
—¿A esa hora llegaste anoche? —supuso Archi.
—Qué va. Me metí pronto en la cama y estas horas de estudio me han cundido mucho. Voy a nadar un rato y a seguir estudiando. Pero ¿vas a coger la hoja o no?
Archi agarró el recogehojas y con mucho cuidado se acercó al borde de la piscina.
Entonces, ella se cambió al otro lado, muerta de la risa.
Archi se fue a su lado y ella volvió a moverse al contrario:
—¡Para! —le exigió Archi, poniéndose serio.
—¿Por qué?
—Porque no puede ser. Tú estás jugando y yo trabajando. No pienso confundir una cosa con la otra.
Lola nadó hasta donde él se encontraba, se sentó en el bordillo, le pasó la hoja y le dijo:
—Te equivocas. Nunca juego con las personas que me importan.
—Lo que veo es una chica con ganas de divertirse —replicó guardándose la hoja en el bolsillo—. Y yo llevo demasiado tiempo sacrificándolo todo como para permitirme ahora una distracción.
—Quiero ser algo más que una distracción.
—Me estoy dejando la piel para pagar un máster y construir la vida que quiero. No pienso jugar con mi futuro, ni con el corazón de nadie.
—¡Yo tampoco quiero jugar con el corazón de nadie!
—Tú vienes aquí a disfrutar de unos días de verano. Yo he venido a ganarme el futuro. No estamos en el mismo momento de la vida.
Lola cogió un poco de agua con la mano y se la lanzó mientras decía entre risas:
—¡Estamos aquí y ahora!
Archi dio un salto, echándose para atrás para evitar mojarse y, en ese momento, se escuchó a Mateo gritar desde el porche:
—¡Lolaaaa! ¡Ven, ya!
Lola se levantó, cogió una toalla que había sobre una hamaca, se la enroscó en el cuerpo y farfulló:
—A ver qué le pasa a este. ¡Pero seguimos hablando, Archi! Y por mucho que te resistas, somos más parecidos de lo que parece.
Archi no pudo evitar sonreír un poco y ella se fue tarareando la canción que él había estado cantando antes.
Entró en casa donde Mateo la estaba esperando en el salón para recriminarle:
—¿Qué estás haciendo con ese pobre chico?
—¿Yo? —inquirió ella, poniendo cara de que no había roto un plato—. Nada.
Y, de pronto, apareció Archi, el perro, que se encaró con Mateo y lo gruñó.
Lola se lo agradeció cogiéndole y haciéndole unas carantoñas:
—No te preocupes, Archi. El tío Mateo es un gruñón, pero en el fondo es bueno.
—Solo te pido que dejes de incordiar —le ordenó Mateo.
—He bajado a darme un chapuzón.
—A las ocho de la mañana. No es muy normal en ti.
—He estado tres horas estudiando —le informó Lola, orgullosa.
—¿Esperas que me crea que te has levantado a las cinco a estudiar?
—Vete empezando a creértelo porque este va a ser mi nuevo día a día.
—¿Cuál? ¿Dar por saco al jardinero cada mañana? ¿Ese es tu plan?
—Respeto muchísimo el trabajo de Archi.
El perro le lamió la barbilla a Lola al escuchar su nombre y le aclaró:
—No me refiero a ti, bebé. Me refiero al otro Archi.
—¡No respetas lo que hace! ¡Le estabas tirando agua! Y está trabajando. ¿Cómo puedes ser tan inconsciente? —farfulló Mateo.
—Quería que trabajara más fresquito.
—¡Déjale en paz! —le advirtió apuntándola con el dedo índice.
—Solo estábamos hablando.
—Sí, ya. Hablando. Como Michele se entere de que estás tonteando con él, ya verás. Es muy chungo, Lola. Yo ya no sé cómo te lo tengo que decir.
—¿Qué dices? Michele no es como lo pintas.
—Me la ha vuelto a liar —replicó Mateo, enojado.
—No sé de qué hablas.
Mateo se apretó el puente de la nariz y le contó desesperado:
—Acaban de publicar unas fotos tremendas en el periódico ese donde me sacan siempre.
Lola agarró el móvil que estaba sobre la mesa y buscó las fotos mientras Mateo le pedía:
—Mejor no las veas.
Lola, sin dejar de buscarlas, le preguntó en un tono burlón:
—¿Son muy subidas de tono?
Mateo se pasó la mano por la cara avergonzado. Ella encontró las fotos y abrió muchísimo los ojos:
—¡Te han sacado empalmado! —exclamó Lola, tronchada.
—Es una mala foto —se justificó él, sin saber dónde meterse.
—¡Y en esta sales leyendo mi manual de Derecho Financiero y Tributario al revés!
—¡Deja las fotos, por favor! Ya te has podido hacer una idea del despropósito que es.
—¡Y aquí te han sacado comiendo filetes empanados!
—Para —exigió Mateo.
—¡Y en esta otra dándote el filete! —exclamó Lola, a carcajada limpia.
—Son besos contextualizados —dijo él, muy serio.
Pero Lola no podía parar de reír, sobre todo cuando vio la última foto:
—¡Ay qué graciosa esta foto de Irene en la barca con las patas para arriba!
—No es lo que parece —se apresuró a aclarar.
—¿Y qué es? —inquirió Lola, divertida.
—Estaba colocándole bien el piercing.
—Porque antes… ¿se lo arrancaste con la boca?
Mateo resopló y decidió centrarse en lo que de verdad importaba:
—¿Tú le comentaste a Michele que iba a navegar hasta mi rinconcito favorito?
—¿Cuándo? Si ayer me pasé durmiendo hasta las tres de la tarde y no me enteré de nada. Cuando desperté ya te habías ido y no tenía ni idea adónde. ¿Recuerdas?
—Pero le has tenido que contar que me gusta navegar por esa zona.
—¿Para qué? ¿Para propiciar un encuentro? ¡Cómo te cae tan bien…!
—Tal vez me ha puesto un detective —concluyó Mateo.
—Él no es como tú. Michele no hace esas cosas. ¿Y tú? ¿Le contaste a alguien que ibas a comer en tu rinconcito?
—A Dani. A Sergio y a Julio solo les dije que iba a navegar.
—Dani… —repitió Lola, en un tono más que misterioso.
—¿Qué pasa con él? ¿Por qué has puesto esa cara tan rara?
—¿Tú has visto su Instagram?
—No. ¿Por qué? —quiso saber Mateo, mosqueadísimo.
—Últimamente está muy melancólico.
—¿A qué te refieres?
Lola abrió el Instagram de Dani y le mostró una foto de él en un campo de fútbol vacío y leyó el texto que lo acompañaba: «Hay sueños que algunos cumplen y otros los ayudamos a cumplir desde la banda».
Lola miró a su hermano y le dijo tras encogerse de hombros:
—La frase da qué pensar. Pero esta foto con las botas colgadas es más extraña porque pone: «La vida no te da siempre el papel que soñabas».
—No encuentro nada de extraño en esa frase.
—Creo que sigue dolido por no ser futbolista profesional.
—No sé a dónde quieres llegar —repuso Mateo, arqueando una ceja.
—Quiero llegar a que aquí hay una foto tuya entrenando y pone: «Deseando verte pronto donde siempre quisiste estar».
—Es la pura verdad —dijo Mateo cruzándose de brazos.
—¿Pero si en realidad le costara aceptar tu éxito más de lo que aparenta?
—¿Qué éxito? ¡Aún no me han fichado donde siempre quise estar!
—No sé, yo le noto diferente. Mira esta foto antigua de los dos en la que comenta: «Los dos soñábamos con llegar juntos, pero la vida tenía otros planes». Hay algo en esta frase que me da pena, es como si aún le doliera que no sea él quien esté a punto de fichar por un club grande.
—Lo que veo es que todo lo que me has enseñado me parece normal. Tuvo que renunciar a su carrera a los dieciocho y a veces recordará lo que pudo haber sido —opinó Mateo, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Sí, pero creo cuando alguien sufre mucho por un sueño perdido, una parte de ese dolor nunca desaparece.
—¿Qué quieres decir, Lola? —preguntó Mateo, ya harto.
—Que igual te quiere muchísimo y al mismo tiempo le duele verte viviendo la vida que soñaba. Las dos cosas pueden existir a la vez.
—¿Y estás insinuando que sería capaz de darme la puñalada trapera? ¿Me estás diciendo que Dani ha llamado a la prensa para que me pillen…?
—Con los filetes.
—¡Lola! —gritó para que dejara de decir tonterías.
—Solo te estoy ayudando a terminar la frase. Pero yo no he dicho que sea el topo. Solo te digo que le noto últimamente más amargado.
—No lo veo así. Y desde luego que tengo fe ciega en él. ¡Jamás me haría nada así! —exclamó abriendo las manos.
—Ojalá tengas razón.
—Lola, me cabrea que dudes de él —murmuró, para que parara.
—No le estoy acusando, solo estoy planteando una posibilidad.
—Pues deja de hacerlo. Julio acabará encontrando al cabrón que está haciendo esto.
—Me preocupo por ti, bro .
Lola le dio un beso en la mejilla y Archi por poco no le mordió en la barbilla.
—¿Qué hace el gremlin?
—¡Mi Archi también se preocupa! —exclamó entre risas.
Lola se marchó a su cuarto a cambiarse y Mateo se fue a entrenar, pero a la media hora le sonó otra vez el teléfono.
—¡Mateo! Me he desayunado con la noticia y he llamado al periódico —dijo Julio.
—¿Sabes algo?
—Lo único que me han dicho es que las fotos llegaron anoche. No sueltan la fuente.
—Yo sigo convencido de que ha sido Michele.
—Puede ser. Oye, una cosa. ¿Al final fuiste a la cala esa?
—¿Qué cala?
—La que te enseñé hace un par de años. Cerca de Cala Llentrisca.
Mateo frunció el ceño.
—¿Cómo sabes que era allí? En el periódico no pone dónde están hechas las fotos.
Julio se rio.
—Porque te conozco. Cuando quieres esconderte de los paparazzi, siempre acabas en ese sitio. Además, fui yo quien te lo descubrió. ¿No te acuerdas?
Mateo sonrió.
—Es verdad.