Capítulo 12 #3
Ella gimió de anticipación, entreabrió los labios y él empujó con la lengua, que se enroscó con la de Irene hasta que se quedaron sin aliento.
Permanecieron unos instantes así, con los labios rozándose, sin decir nada. Tan solo se escuchaba el sonido del mar chocando contra la embarcación.
Irene pensó que nunca había visto a Mateo mirarla así.
Después, él la besó en los labios. Irene gimió y cerró los ojos. Mateo entonces descendió al cuello y lo mordisqueó.
Se miraron otra vez y el beso que siguió fue tan apasionado que Irene acabó tumbada boca arriba con él encima.
Se devoraron las bocas mientras se acariciaban la piel con urgencia.
Irene sentía la presión de la erección contra su pubis, pero hubo un momento en que él movió la cadera y ella tuvo que gemir porque creía que se corría.
—Dios.
Él la miró y masculló con la mirada encendida por el deseo:
—Esto no es nada falso.
Irene sonrió, se miró los pezones en punta, le cogió una mano y la apoyó sobre su pecho:
—Esto tampoco.
Mateo esbozó una sonrisa lobuna, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y luego los labios como si quisiera comprobar que seguían ahí.
Los besó y siguió descendiendo con besos desde el cuello a los pezones que atrapó con su boca.
Ella gimió otra vez apretando su cabeza contra su cuerpo.
Luego Mateo la miró y reconoció con la respiración agitada:
—No sé qué me está pasando.
Irene le sostuvo la mirada sintiendo que esa frase acababa de atravesarle el corazón.
—Yo sí sé lo que te está pasando.
Irene pensó que estaba ocurriendo lo que ella sabía que iba a pasar. Lo que ya estaba pasando en ese otro universo paralelo.
Pero se lo tenía que callar.
No podía correr el riesgo de estropear ese momento con su verdad.
—Dime —le pidió él, con el corazón acelerado.
Irene llevaba años imaginando aquel instante y, aun así, la realidad estaba superando cualquier cosa que hubiera soñado.
Y no se le ocurrió nada mejor que decir:
—Nos estamos dejando llevar. Es verano. Es normal.
Mateo negó muy despacio porque para él no era eso, era algo mucho más profundo y masculló:
—No, no lo es.
Irene volvió a mirarlo y esta vez no quiso esconderse:
—No, no lo es.
Los dos sonrieron con esa mezcla de vértigo y felicidad que aparece cuando uno deja de fingir.
Y sin decir una palabra, se besaron otra vez, desatados, como si llevaran mucho tiempo aguantándose las ganas.
Luego, Mateo bajó por el cuello, por los pechos y continuó hasta el ombligo.
Tocó el piercing con la punta de la lengua y ella se tuvo que morder el nudillo para no gritar.
Mateo no quería precipitarse. Quería asegurarse de que los dos estaban exactamente en el mismo lugar.
La miró buscando una respuesta. Irene sostuvo su mirada y asintió muy despacio.
Mateo siguió acariciándola y luego descendió con la lengua hasta la cinta del bikini.
Tiró de ella con los dientes, después hizo lo mismo con la otra y lo apartó a un lado.
Se miraron y volvieron a pensar lo mismo.
Aquello no era normal.
No era solo el verano, no era solo un calentón.
Lo que se estaban diciendo con las miradas era algo que iba más allá.
Pero ninguno dijo nada.
Mateo se coló entre sus piernas, lamió sus muslos y luego acabó justo ahí. Irene arqueó el cuello, él le acarició entera con la mano, dio un tironcito al piercing y empezó a estimularla con la boca.
Irene se entregó a esas caricias, cerró los ojos, gritó, gimió, jadeó…
Era increíble.
Su crush , el que tenía pegado en la nevera con imanes de corazones, le estaba haciendo aquello como no se lo habían hecho jamás.
Quizá había tenido mala suerte y solo había dado con torpes.
Pero lo de Mateo era de otra galaxia.
Sabía lo que se hacía.
Y de qué manera.
Tuvo que agarrarse fuerte a la Riva para soportar aquello.
Era demasiado.
Parecía conocer su cuerpo mejor que ella misma.
A lo mejor era porque venía aprendido del universo paralelo, pensó.
Y se echó a reír.
Mateo levantó la cabeza y preguntó:
—¿Todo bien?
—Demasiado bien. No sé si estoy soñando o es verdad. No te digo más.
—Me pasa lo mismo.
—¿En serio?
—Joder… Eres…
—¿Cómo? —quiso saber Irene, con la voz temblorosa.
—No tengo con qué compararte.
—Ah, ¿no?
—Eres tú. Solo tú.
A Irene se le humedecieron los ojos de la emoción y a Mateo también.
Luego, no dijeron nada.
Se quedaron unos segundos mirándose y él volvió a darle placer con su boca.
Hasta que Irene ya no pudo más.
Llegó un punto de no retorno, en el que elevó las piernas, gritó y tuvo el mejor orgasmo de su vida.
No recordaba una cosa igual.
Creyó que iba a perder hasta el conocimiento.
Permaneció unos segundos con los ojos cerrados, intentando recuperar el aliento mientras pensaba que nada volvería a ser igual después de aquello.
Pero en ese momento pasó una lancha a toda velocidad y alguien gritó:
—¡Si necesitáis ayuda, nos lo decís!
Y la devolvieron a la realidad.
A la cruda realidad.
Los dos se separaron de golpe, se miraron y rompieron a reír.
Acto seguido, Mateo se dejó caer boca arriba sobre la colchoneta, pegado a ella y ninguno habló.
Aunque tuvieron exactamente el mismo pensamiento.
Aquello se estaba complicando demasiado.
Pero, en el fondo, ninguno tenía la menor intención de ponerle remedio…