Sabía que pasaría Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Y tú lo que querías era un abrazo —repuso Mateo.

Guardaron unos segundos de silencio.

El mar golpeaba suavemente contra el casco de la Riva y entonces Irene confesó:

—Y un día te descubres preguntándote: «¿por qué me siento tan sola si estoy con alguien?».

—Y te despiertas a las tres de la mañana con un agujero aquí dentro —Mateo se llevó la mano al pecho— y acabas delante de la nevera.

—Porque estás tú —se le escapó a Irene.

Mateo frunció el ceño y replicó:

—¿Cómo que yo? ¡Me he perdido!

—Porque lo que ves en la puerta de la nevera es tu reflejo —improvisó Irene.

—Ah, ya. Sí. A tu soledad en compañía.

—Eso es. Y tampoco es que pida tanto. Es algo tan sencillo como decir: «Mira esto».

—Y que la otra persona mire exactamente hacia dónde tú estás mirando —terminó Mateo la frase por ella.

—O que se alegre de las mismas tonterías.

—O que se preocupe por las tuyas.

—O que, si un día estás triste, no intente arreglarte la vida. Solo sentarse a tu lado un rato.

Mateo permaneció callado, con la sensación de que aquella conversación le estaba haciendo mucho más bien de lo que habría imaginado.

—Creo que llevamos demasiado tiempo rodeados de gente que nos escucha para responder y no para entender —habló Mateo, desde lo más profundo de su corazón.

Irene lo miró y solo pudo asentir.

—Me temo que sí.

—Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, siento que alguien me está entendiendo de verdad.

Mateo le sostuvo la mirada de un modo que Irene no pudo resistir.

Era demasiado.

Le apartó los ojos, se echó un poco hacia atrás y soltó un pequeño grito.

—¡Auch!

—¿Qué te pasa? —preguntó él, sobresaltado.

—Nada —respondió Irene, muerta de vergüenza—. Me acabo de dar cuenta, al apoyarme en el cojín, de que me he quemado la espalda. Con las prisas se me ha olvidado ponerme protector solar.

Mateo se levantó, abrió uno de los compartimentos de la embarcación y sacó un bote de crema.

—Los de la empresa de alquiler cuidan muy bien a sus clientes, pero no tanto como Villas Sol y Luna —bromeó, tendiéndoselo.

Irene sonrió, le dio las gracias y empezó a extenderse la crema por los brazos, las piernas y los hombros.

Cuando llegó a la espalda, frunció el ceño.

Lo intentó una vez.

Y otra.

Y otra más.

Pero era imposible.

Acabó haciendo unos contorsionismos tan extraños que hasta ella misma empezó a sentir vergüenza.

Mateo la observó unos segundos antes de preguntar con toda naturalidad:

—¿Te ayudo? ¿Te la pongo yo?

Irene pensó que tampoco pasaba nada si aceptaba. Total, solo era crema solar. Por mucho que Milda hubiera dicho que las Riva las cargaba el diablo, ella estaba convencida de que no iba a perder la cabeza porque un hombre le untara protector en la espalda.

Qué tontería.

No era para tanto.

—Si eres tan amable, te lo agradezco.

Irene respiró hondo y al sentir la mano de Mateo sobre su piel, un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo.

Y a él le ocurrió algo parecido.

La piel de Irene era cálida y suave, y el simple gesto de extender la crema dejó de parecerle tan inocente como había imaginado.

Sin darse cuenta, respiró más despacio.

—¿Te deshago el nudo del bikini para llegar mejor?

Irene tragó saliva, se mordió los labios y se repitió a sí misma que ya que se habían puesto, mejor hacer las cosas bien.

Solo era crema. No pasaba nada. Todo estaba controlado.

—Vale.

Mateo dudó un instante. No era el bikini lo que le imponía respeto. Era ella.

Luego, cogió la punta de la lazada, deshizo el lazo con cuidado, el bikini aflojó la tensión y cayó unos centímetros.

Irene se quedó con el pecho al aire, sintiendo el calor del sol y las manos de Mateo recorriéndole despacio la espalda.

Durante unos instantes no existieron ni el mar, ni las gaviotas, ni el suave balanceo de la Riva.

Solo el sol calentando la piel y las manos de Mateo haciéndolo mucho más.

Tuvo que cerrar los ojos para soportar semejante tortura.

Ardiente tortura, como el de la protagonista de la novela que descansaba abierta junto a la toalla.

Mateo terminó de extender la crema lentamente y cuando acabó, permaneció unos segundos inmóvil.

Después rodeó la proa y volvió a sentarse frente a ella.

La miró a los ojos y le propuso como si fuera lo siguiente que había que hacer para rematar bien el trabajo:

—Creo que también deberías ponerte un poco por delante.

Irene levantó la vista y fue entonces cuando comprendió que Milda tenía razón.

Las Riva las cargaba el diablo, porque dejó de mirar el protector solar y empezó a mirarle a la boca.

Después a los ojos y otra vez a la boca.

Los dos se quedaron quietos. Ninguno dio el primer paso o quizá lo dieron los dos al mismo tiempo.

Se acercaron y sus labios se encontraron despacio, como si todavía estuvieran comprobando si aquella era una buena idea.

Se besaron lento y suave.

Aquello duró apenas unos segundos, hasta que dejó de bastarles.

Irene le rodeó el cuello con los brazos y Mateo la acercó un poco más por la cintura.