Capítulo 12
Dejaron Cala Comte y Mateo condujo la Riva hasta una pequeña ensenada rocosa, donde no había barcos, cerca de Cala Llentrisca.
Irene encontró el lugar de lo más romántico y Mateo le dijo que era un lugar discreto, en el que era muy difícil que llegaran los teleobjetivos.
Echó el ancla bajo la sombra de un acantilado, rodeados de un agua azul turquesa que parecía una piscina.
—¿Comemos primero y luego nos damos un baño? —propuso Mateo.
—Por mí, perfecto.
Con él todo le parecía perfecto.
Luego, sacó la ensalada y el táper con los filetes empanados y a Mateo se le pusieron los ojos brillantes:
—No he dejado de pensar en ellos desde que me dijiste que te los traías.
Se rieron y empezaron a comer.
Mateo se fue directamente a por el filete empanado y puso los ojos en blanco en cuanto los probó:
—¡Están de lujo!
—Ya te lo dije.
—Felicita a Maica, aunque me da que no le caigo muy bien.
—¿Por qué dices eso? —quiso saber Irene, entornando la mirada.
—Después de que haya visto lo de la falda en las redes…
—No he hablado con ella todavía, pero le contaré lo que pasó —replicó Irene, quitándole importancia.
Mateo abrió una botella de vino y otra de agua que le regalaba la empresa de alquiler por cortesía mientras decía:
—No me cabe duda de que es Michele quien está detrás. Me ha tendido una trampa como la del brócoli.
—¿Qué pasó en esa ocasión? —preguntó Irene, tras probar la ensalada.
—Fue un escándalo, pero realmente acudí a esa macrofiesta a buscar a mi hermana —contó Mateo, mientras le servía una copa con agua y otra con vino—.
Que conste que me negué a que fuera, porque le había invitado Michele.
Ella insistió en que era su amigo y fue igualmente.
Allí participó en un concurso absurdo en el que le tocó una botella de tónica de dos metros de corcho y un gorro de brócoli.
—¿Quién patrocinaba aquello? —quiso saber Irene, muerta de risa.
—Una marca de tónica y otra de verduras.
—¿Qué? —replicó Irene, que por poco no se atragantó con el vino—. ¿Y de verdad que alguien desea que le toque un gorro de brócoli?
—Al parecer era el premio estrella. Todo el mundo quería uno.
—¡No puedo creerlo!
—Yo tampoco. Pero ahí estaba mi hermana, abrazada a una botella de tónica de dos metros y orgullosísima de su gorro.
—Ja, ja, ja.
—Mejor no esforzarse en encontrarle sentido. ¡No lo tiene! Con Lola nunca lo tiene.
—Con ella no te aburres —dijo colocándose bien el tirante del bikini.
—¡No, para mi desgracia, no! El caso fue que se subió al escenario a recoger su premio y cuando regresó a la pista, se desorientó y los perdió de vista a todos. A Michele. A Salvatore. Y a toda la pandilla.
—Esas macrofiestas son tan grandes que lo normal es perderse —comentó Irene, tras comer un poco de filete.
—No sé si tan normal. Pero los llamó y como no respondían, me llamó a mí para que fuera recogerla con el coche grande para transportar la escultura de corcho. Le pregunté que para qué quería eso y me respondió que era una obra de arte, una maravilla, con la que iba a flipar.
—Es que una botella de tónica de corchopan tiene su punto —replicó Irene, divertida.
—Es una maravilla tan grande que la usa de perchero —ironizó Mateo, sin dejar de comer filetes empanados.
—Y fuiste a buscarla —aseguró Irene—. Un Capricornio siempre está ahí para los suyos.
—¡Preferiría ser un Caprichornio ! ¡Mitad capricho, mitad unicornio!
—se lamentó Mateo, pero Irene soltó una carcajada—.
Pero qué iba a hacer. Me pidió que fuera a buscarla porque ni sabía salir de allí ni los taxis iban a aceptar llevarla con la botella de tónica gigante.
En fin, que a las tantas de la madrugada me planté en la fiesta y enseguida la vi bailando subida a una tarima abrazada a la botella de tónica. ¡Imagina la estampa!
—Ja, ja, ja. ¡Qué pena que no haya fotos de eso!
—En cuanto se bajó de la tarima, me puso el gorro de brócoli en la cabeza y yo tenía tal agobio que solo quería pirarme de allí como fuera.
Salí a toda velocidad, con ella detrás y la tónica.
Lo que menos podía imaginar era que, a la mañana siguiente, fuera a aparecer en la prensa una foto mía saliendo de una macrofiesta con el puñetero gorro de brócoli en la cabeza.
Y el titular: «Así se recupera de la lesión».
La imagen dio la vuelta al mundo —habló Mateo con un nudo en la garganta de recordarlo.
—Yo vi esas fotos. Y para nada tienes la típica cara de un tío que está juerga.
Mateo la miró intensamente porque nadie le había dicho nunca eso:
—Debes ser la única que interpretó mi cara así.
—Vi la cara de alguien que estaba ahí porque no le quedaba otra —repuso Irene, tras beber un poco de agua.
Mateo bajó la vista, pues le costaba creer que alguien hubiera interpretado aquellas fotos de una forma completamente distinta.
—¿Me estás diciendo esto para que me sienta mejor? —inquirió Mateo, sorprendido.
—Estoy diciendo la verdad.
—Ojalá la gente hubiera visto las fotos con tus ojos, pero fueron tal escándalo que afectó muchísimo a mi reputación.
Esas fotos me hicieron un gran daño y estoy convencido de que Michele me tendió una trampa.
Invitó a Lola y la dejaron sola para obligarme a ir a ese antro y que me hicieran las fotos.
Es exactamente la misma encerrona que me hicieron ayer en el Ushuaïa.
—¿Tú crees? —preguntó Irene, extrañada.
—Es el mismo modus operandi. Ayer uno de los suyos seguro que le arrancó la falda.
—De verdad que me parece rarísimo —insistió Irene, que no terminaba de verlo.
—Me temo que fue así. Provocaron esa situación para que yo acudiera y una vez allí retratarme de la manera más ridícula posible. ¡Cosa fácil cuando tienes una hermana que le da por plantarte cosas en la cabeza! —exclamó Mateo, que seguía devorando filetes.
—Ja, ja, ja. Perdona que me ría…
—Ríete. Aunque esto es una tragicomedia. Michele no va a parar hasta que destruya mi carrera. Tiene una sed de venganza infinita porque cree que soy el culpable de que mi hermana lo dejara.
—Él conoce bien a Lola y sabe la personalidad que tiene.
Ella vive su vida a su manera. No se deja influir por nadie.
Y eso Michele lo sabe y creo que por eso sigue tan enamorado de ella.
Es una tía muy libre —Irene apuró la copa de agua y trató de ser lo más racional posible—: ¿Le contaste a alguien más que ibas a ir al Ushuaïa?
—Se lo conté a Dani, pero tengo confianza ciega en él.
Empezamos juntos en categorías inferiores, él se lesionó y se metió a preparador físico.
Trabajamos juntos y somos como hermanos.
Sería la última persona que querría destrozarme la carrera.
No le veo llamando a la prensa para contar que voy a ir al Ushuaia.
—¿No se lo contaste a nadie más? —quiso saber Irene.
—También lo sabía Sergio y como comprenderás no va a tirar piedras contra su propio tejado.
—Lo digo porque si tuviera que desconfiar de alguien, desconfiaría antes de quien sabe todos tus movimientos que de unos italianos que apenas te conocen. Me da la sensación de que el topo es alguien cercano, que conoce tus planes y tiene acceso a la prensa.
Mateo negó con la cabeza porque aquella hipótesis no tenía ni pies ni cabeza:
—Sergio me representa desde que debuté en primera. Daría un brazo antes de hacerme daño. Y el otro que sabía dónde iba a ir es Julio, un periodista que conozco desde que empecé y que siempre ha dado la cara por mí. Lleva defendiéndome en los medios de comunicación desde mis inicios.
—Lo sé —dijo Irene, y aquello sonó tan rotundo que aclaró al instante—: Porque sigo un poco la prensa deportiva y siempre habla bien de ti.
—Es un amigo. Siempre está ahí. En lo bueno y en los momentos más difíciles de mi carrera. Es un gran apoyo y pongo la mano en el fuego por él. Ninguno de ellos me está traicionando.
—Cuando pasó lo del brócoli, ¿ellos también sabían dónde ibas? —preguntó Irene, porque no descartaba nada.
—Claro, es mi círculo de confianza. ¡Y es imposible que alguno de ellos quiera arruinarme mi carrera! ¡Pero Michele, sí!
—También podría ser que todo sea una casualidad y tengas la mala suerte de que siempre haya alguien que te tome una foto.
—Eso dice Lola. ¡Menos mal que gracias a ella vamos a poder neutralizar la foto de la falda! Y cuando nos saquen leyendo, tranquilos y tal, espero que todo se apacigüe.
—Ojalá. Tú cuenta conmigo para todo lo que pueda ayudar —dijo Irene, agitando la copa de vino al aire.
—De momento, me estás haciendo feliz con estos filetes. ¡Menuda delicia! Aunque si Dani nos viera ahora mismo, me quitaba la licencia de futbolista.
Ambos se rieron y luego Irene comentó, tras echar un vistazo al mar:
—Los filetes son increíbles, pero el entorno también hace mucho. Este sitio es muy bonito.
—La última vez que estuve aquí fue con mi ex. Rompimos cuando me marché a Italia.
Irene lo sabía por la prensa, pero la verdad era que no tenía ni idea de qué había pasado entre ellos:
—¿Y por qué?
Él bebió un poco de agua, respiró hondo y fue absolutamente sincero:
—¿Has tenido alguna vez la sensación de estar con alguien que se preocupa por ti y, aun así, no te da lo que más necesitas?
Irene sintió un pellizco por dentro porque le entendía demasiado bien:
—Eso es lo que me suele pasar en mis relaciones.
—En nuestro caso no es que no hubiera amor, es que no nos queríamos de la forma que el otro necesitaba —confesó Mateo, abriéndose con ella como no lo había hecho con nadie.
Irene asintió y fue igual de sincera que él:
—Cuando alguien te quiere de una forma que no te llega, te quedas siempre con hambre.
—Es como si te dieran algo que tiene valor, pero no lo que más necesitas —replicó Mateo.
—Es exactamente así. La última persona con la que estuve, se ponía a hablar de geopolítica cuando estábamos mirando una puesta de sol.
Mateo sonrió.
—Y tú solo querías compartir ese momento tan especial con él. Nada más. Mirar el atardecer juntos.
—Así es. Y cuando le contaba que estaba preocupada por algo, me daba una explicación lógica.