Sabía que pasaría Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

El caso es que se presentó allí con el bikini más pequeño que tenía, la pamela más grande, un vestidito blanco y una cesta de paja en la que llevaba de todo... menos preservativos.

Mateo le tendió la mano para ayudarla a subir y, durante un instante, a Irene le entraron unas ganas irrefrenables de salir corriendo a la farmacia más cercana.

Porque acababa de descubrir que Milda tenía razón.

Las Riva eran una perdición.

Disimuló como pudo, aceptó la mano y le regaló una sonrisa enorme.

—¡Hola!

—¡Buenas tardes!

Ya a bordo, Irene solo podía pensar en lo guapísimo que estaba. Llevaba una camisa azul remangada y un bañador que dejaba al descubierto unas piernas de futbolista tan trabajadas que parecían esculpidas para hacerle perder el juicio.

Suspiró y, como siempre que se ponía nerviosa, dijo la primera tontería que le vino a la cabeza:

—Di mejor «buenos días», que aún no te he comido.

Mateo soltó una carcajada.

Irene, muerta de la vergüenza, rectificó:

—¡Hemos... hemos comido!

—Entiendo —respondió él, divertido—. ¿Todo bien?

—Sí. Todo genial.

Mentía fatal.

Mateo arrancó la embarcación y puso rumbo a Cala Comte con tal ímpetu que a Irene por poco no se le voló la pamela.

Se la quitó y se la sujetó entre las piernas.

El viento le azotaba la cara.

Y Mateo los bajos instintos.

Porque no podía dejar de mirar aquella espalda ancha, los brazos fuertes que gobernaban el timón con una facilidad insultante y el bañador, que se empeñaba en marcar un culo que solo le hacía tener pensamientos impuros.

Encima hacía un calor tremendo.

O eso quería creer ella.

Porque empezaba a sospechar que la temperatura tenía bastante menos que ver con el sol que con el hombre que tenía delante.

Suspiró resignada.

Si seguía así, iba a necesitar un baño mucho antes de llegar a Cala Comte.

Y, con semejantes padecimientos, alcanzaron por fin la cala.

Aquello parecía la M-30 un viernes de agosto.

No cabía un barco más.

Mateo echó el ancla y le propuso que se tumbaran en las colchonetas de proa a leer un poco.

Lo que Irene no esperaba era que él se quitara la camisa tan pronto.

Y se quedó boquiabierta.

El torso de aquel hombre era un auténtico escándalo.

Parecía esculpido con una paciencia infinita y rematado con muy mala idea.

Tenía los hombros anchos, el pecho firme, el vientre plano y unos brazos que explicaban perfectamente por qué era capaz de aguantar noventa minutos peleándose con delanteros de dos metros.

Irene tragó saliva.

«Eres una profesional. Seria. Muy seria. En Villas Sol y Luna nunca dejamos de estar a lo que se está», se recordó.

Pero era complicado concentrarse cuando el hombre de sus sueños acababa de decidir, con la mayor naturalidad del mundo, tomar el sol prácticamente delante de sus narices.

Lo peor era que él ni siquiera parecía consciente del efecto que provocaba.

Se limitó a extender una toalla sobre las colchonetas de proa, dejar a un lado el manual de Derecho Financiero y Tributario que le había cogido prestado a Lola, un auténtico tocho con el que perfectamente se podía hacer entrenamiento de fuerza antes de comer y, con un gesto de la mano, le indicó que se tumbara a su lado.

Irene se quedó completamente rígida.

«Eres una profesional», volvió a repetirse.

«Lo haces por el cliente.»

«Por el cliente.»

Respiró hondo, dejó la cesta de paja en el suelo, metió la pamela, se quitó el vestido blanco y se tumbó junto a él procurando que entre los dos quedara una distancia prudencial.

Abrió el libro que había cogido de casa de Maica y entonces Mateo giró ligeramente la cabeza.

—¿ Ardiente tortura ? —leyó en voz alta.

Irene cerró los ojos un segundo.

De todos los libros que había en aquella estantería tenía que haber cogido precisamente ese.

La portada era una auténtica reliquia de los noventa: un hombre descamisado besando con una pasión desmedida a una joven que parecía debatirse entre el desmayo y el incendio espontáneo.

Mateo soltó una risa.

—Veo que la literatura romántica ha evolucionado... un poco.

—No te rías. Tiene una trama muy interesante.

—Lo imaginaba por el título.

—Hay mucho desarrollo psicológico —dijo muy seria.

—Y pectoral —bromeó él.

Irene se echó a reír y agradeció que el bochorno le hubiera aflojado un poco los nervios.

Mateo volvió la vista hacia el mar.

O al menos eso intentó.

Porque al cabo de unos segundos terminó mirándola otra vez.

Los labios.

El cuello.

La piel dorada por el sol.

El escote.

Y entonces lo vio.

—¿Llevas un piercing?

Irene bajó la vista hacia su ombligo y sonrió.

—Desde la universidad.

Mateo tardó un instante más de la cuenta en apartar la mirada.

No sabía por qué un detalle tan pequeño le había llamado tanto la atención y por qué le había provocado una erección tan inoportuna como traicionera.

Sacudió la cabeza y, fingiendo naturalidad, se dio la vuelta y se tumbó boca abajo.

—¿Tan interesante está el Derecho Financiero que lo lees del revés? —preguntó Irene, divertida.

Mateo bajó la vista.

El libro estaba, efectivamente, del revés.

Cerró un momento los ojos y luego respondió con la mayor dignidad que le fue posible:

—Es una asignatura muy complicada.

—Ya veo.

—Una cosa descomunal…