Capítulo 11 #2
—En otras circunstancias te habría mandado a Rascafría, pero ahora tus fotos son providenciales. Precisamente, Sergio acaba de decirme que la forma de desactivar lo de la falda es publicar una foto de Irene y yo en plan pareja.
—¡Tengo fotos! ¡Y qué caras! ¡Dios! ¡Qué caras!
—Estábamos haciendo teatro —afirmó Mateo.
—¡Tú no valías ni para hacer de buey en el belén viviente!
—Déjame en paz y pásame las fotos.
Lola sacó el móvil, buscó las fotos y se las mandó mientras repetía tronchada de risa:
—Esto es imposible de fingir. Ya verás ya.
Mateo echó un vistazo a las fotos y lo cierto era que parecía que estaban pilladísimos.
Daban el pego que era lo importante y dijo muy serio:
—No puedo partirme la caja cuando está en juego mi futuro. Pero creo que pueden valer.
—Nunca te he visto con esa cara de imbécil. Ni cuando te colgaste por Mafalda —comentó Lola, entre risas.
—Te repito que es todo contexto. Y antes de mandárselas a Julio, se las voy a pasar a Irene. Necesito pedirle permiso antes de que se publiquen.
—¡Ya verás cuando las vea! ¡Se va a correr de gusto! Bueno, o se va a desmayar primero.
—¡No sé qué bobadas dices! —murmuró Mateo.
—Tengo ojos. Nada más. Y ahora, si no necesitas nada más de mí, me voy a dormir.
—Vaya horas de llegar. Michele es tan buena influencia… —replicó él, mordaz.
—Es toda una inspiración. Y que sepas que se ha ido al trabajo de empalmada.
—Seguro que se mete algo.
—Cola Cao.
Luego, Lola se acercó a su hermano, le dio un beso en la mejilla y Archi un mordisquito en la barbilla.
—¡Este perro…! ¿Seguro que no trabaja para Michele?
Lola se fue a su cuarto muerta de risa, Mateo se sentó en el sofá y escribió a Irene:
Buenos días, Irene. Cuando puedas, me llamas.
Irene, que apenas había dormido en toda la noche porque no había dejado de recrear aquel beso en su cabeza, se despertó en cuanto escuchó la notificación y le llamó tras aclararse la voz y peinarse el pelo con las manos, aunque no pudiera verla.
—¡Hola! ¡Buenos días! Estoy despierta, dime.
—Buenos días, te llamo porque no sé si has visto las fotos que ha publicado el periódico que me sacó con el gorro de brócoli.
—No, no he visto nada.
—Pues salgo con la falda de lunares en la cabeza.
—Pero ¿cómo es posible? —preguntó Irene, incrédula.
—Creo que las filtra Michele. Y el chaparrete también está en el ajo.
—¿Salvatore?
—Sí, vienen a por mí. Me odian. El que más Michele, que piensa que soy el culpable de que mi hermana pase de él. Quiere destruirme y debe haber filtrado las fotos.
—Pero desde donde se encontraba era imposible que hiciera la foto.
—Pudo mandar a algún amiguito italiano que estuviera por ahí.
—Lo encuentro raro, la verdad. No veo que Michele te tenga tanta inquina como dices. Y aprecia muchísimo a tu hermana —opinó Irene.
—No me fío. Y tengo un buen marrón encima. He estado hablando con Sergio y la única forma de salir de esta sería neutralizando esas fotos con otras. Y creo que las tenemos.
—¿Cuáles? —quiso saber Irene, intrigada.
—Lola nos hizo unas fotos cuando nos besamos... por el contexto.
Irene se puso muy nerviosa y atinó a decir:
—Ah, sí, por el contexto.
—Exacto. Mi hermana hizo unas fotos del beso porque es una cotilla, pero esta vez me ha venido genial que sea así.
Si salen a la luz, no seré el del brócoli que ahora se pone una falda en la cabeza, sino un futbolista haciendo el tonto con su novia.
Julio puede filtrar las fotos, pero para eso necesito antes tu permiso.
Irene, que estaba loca por ver las fotos, replicó:
—¡Ay, las quiero!
—¿Cómo dices?
—Que quiero tener la posibilidad de desactivar el daño.
—La tienes, claro que sí —aseguró Mateo.
—Y si eso implica subir esa foto, hazlo.
—Te lo agradezco en el alma, Irene. De verdad que no sabes el favor que me haces. Y también sería conveniente, si te parece bien, que diéramos una imagen de pareja más tranquila.
A Irene todo le venía bien y murmuró sin pensarlo:
—Ah, vale.
—Genial. ¿Qué te parecería si, a la hora de comer, quedamos en el puerto y nos damos un paseo en barco?
A Irene le pareció tal planazo que exclamó entusiasmada:
—¡Yo te alquilo la Riva! ¡Sin problemas! En Villas Sol y Luna ya sabes cómo somos. Solo tienes que pedir y te lo damos —comentó para disimular un poco.
—Me parece muy buena elección. Adoro las Rivas.
—En cuanto los de las embarcaciones me den la info, te mando la ubicación del pantalán. ¿Nos vemos allí a las dos y media?
—Si quieres comemos en la embarcación —respondió Mateo con esa ocurrencia repentina.
—Me iba a llevar a la ofi una ensalada y unos filetes empanados que le sobraron de la cena a Maica.
Mateo escuchó filetes empanados y aquello le sonó más apetecible que si hubiera dicho caviar:
—¿Sobraron muchos?
—Mogollón.
—Llévatelos y nos los comemos en el barco. Dani me los tiene prohibidos, pero no se va a enterar. Por un día que los coma, tampoco va a pasar nada.
—¡Estos están que te mueres! A Maica le salen buenísimos, ya verás.
—También llévate un libro, por favor. La idea es pasarnos por una cala que está petada de paparazzi y hacer el paripé de la pareja tranquila leyendo. Luego, nos iremos a un sitio discreto a bañarnos y darnos el filete.
A Irene por poco no le dio algo y preguntó:
—¿Cómo?
—Comernos los filetes —rectificó Mateo, apurado—. ¿Te parece?
Irene hundió la cabeza en la almohada para no gritar y luego habló con la voz entrecortada:
—Sí, sí. Nos vemos.
Y se vieron.
Porque a las dos y media en punto Irene estaba en el puerto subiéndose a una Riva maravillosa en la que, según Milda, iba a encontrar su perdición.
«Las Riva las carga el diablo», le había dicho antes de salir de la oficina.
«Y llévate condones».
Pero Irene estaba convencida de que no iba a pasar nada, aparte de dejarse ver un poquito y comerse unos filetes empanados.