Capítulo 11
Lola siguió la fiesta después del concierto de Calvin Harris y llegó a casa a las ocho de la mañana.
En cuanto cruzó la puerta del jardín se encontró con Archi trabajando y se le escapó un gemidito de admiración.
Madre del amor hermoso, pensó.
Archi estaba buenísimo.
Alto, moreno, con los ojos grandes y oscuros, cejas pobladas, nariz griega, mandíbula potente, la piel tostada por el sol y de un mazado que daba gusto verlo.
Llevaba una camiseta blanca tan ceñida que le marcaba hasta músculos cuya existencia Lola desconocía, un sombrero de paja algo desflecado y un pantalón corto de trabajo.
Y ni se percató de la presencia de Lola.
Estaba tan concentrado revisando el riego que ni se enteró.
—¡Buenos días! —lo saludó Lola.
Él se giró, saludó y siguió a lo suyo porque allí estaba trabajando. Por eso le pagaban y por eso estaba ahí. No para hablar con una loquita sexy que venía de marcha.
—¡Me gusta mucho tu sombrero! —exclamó Lola, con una sonrisa gigante.
—Gracias —replicó él y se puso a podar.
—No a todo el mundo le quedan bien los sombreros. Y más esos de ala un poco ancha y desflecado. Pero a ti sí.
—Gracias —murmuró sin dejar de trabajar.
—¿Dónde lo compraste?
—Me lo encontré en la calle.
Lola sonrió porque para ella eso solo podía significar una cosa:
—Te estaba esperando.
Archi dejó las tijeras de podar en el seto y preguntó arrugando el ceño:
—¿Cómo?
—El sombrero. Creo en esas cosas. El sombrero estaba ahí para ti. Las personas y los objetos aparecen en nuestras vidas siempre por alguna razón.
Archi pensó que lo que menos necesitaba en su vida era una loquita, sexy y mística y volvió a la poda.
—Creo que alguien lo perdió. No hay más.
—Tú eres muy racional.
—Y me va muy bien así.
Lola se fijó en ese amasijo de músculos en tensión y murmuró encantada:
—Ya lo veo. ¿Y qué tal el trabajo? ¿Se porta bien el palmerín?
—Palmito —le corrigió sonriendo apenas—. Estos días necesita más agua, porque el viento lo castiga bastante.
—Ah. Tu trabajo es muy interesante y necesario.
—Me encanta. Prefiero estar con las plantas que con las personas.
—Pero no estarás todo el día trabajando. ¿Cuándo te diviertes?
—Ahora. Las plantas es lo que me divierte. —Lola se rio y él intentó despedirse—: Si no te importa…
—Ya me voy.
Pero no se fue, porque tenía una pregunta más que hacer:
—¿Este verano no tienes vacaciones?
—Me lo voy a pasar trabajando. Tengo que pagarme el máster.
Lola sabía lo del máster porque se lo había contado Irene, pero prefirió hacerse la tonta y preguntar:
—¿Cuál?
—Estudié Ingeniería de Caminos y quiero hacer un máster en el IE.
—Esos cuestan un riñón.
—De momento, prefiero conservarlo y trabajar duro en Ibiza.
—Yo estudio Derecho. Me han quedado algunas, pero este verano voy a darle mucha caña.
Él le miró la pulsera Vip y no pudo evitar ironizar:
—Se ve.
Lola bajó la vista y se justificó convencida de ello:
—Solo pensaba salir un rato y la cosa se complicó. A veces me pasa. ¿A ti no?
—No salgo. Solo trabajo. Soy jardinero mañana y tarde y por la noche pongo copas. Luego, duermo seis horas en la caseta del perro que me ha dejado un amigo y al día siguiente lo mismo.
—¿Vives en una caseta de perro? —inquirió Lola, patidifusa.
—Un perro grande y pijo.
Tal vez porque escuchó la palabra «perro» con su oído supersónico, el perro Archi apareció de pronto, se lanzó encima del jardinero y empezó a hacerle fiestas.
—¡Le has caído bien!
—Será porque duermo en una caseta.
—No. ¡Es porque sois tocayos! Os llamáis igual.
—¿Tu perro se llama Archi?
—Sí. ¿No te parece una señal?
Archi miró al perro, luego a Lola y replicó:
—No. Es una casualidad como cualquier otra. No creo en las señales.
—Pues yo creo que indica que debemos tener una conexión a otros niveles.
El perro se volvió hacia la casa, él sonrió un poco y al momento volvió a ponerse serio porque esa chica era la típica rubita tsunami y lo mejor que podía hacer era alejarse:
—No tengo tiempo para ir a más niveles. Es lo que pasa cuando no eres un VIP —dijo señalando la pulsera.
—Yo soy una chica normal de Rascafría.
—He ido a tu pueblo muchas veces en bicicleta. Soy de Madrid.
—Lo sé —se le escapó a Lola.
—¿Lo sabes?
—O sea, sé que a los de Madrid os gusta subiros a mi pueblo en bicicleta —respondió para no decirle que Irene le había contado un montón de cosas sobre él.
—Y eres una chica tan normal que veranea en una villa de lujo —ironizó él.
—Estoy invitada. El dinero es de mi hermano. Yo solo me dejo querer. Pero soy de gustos sencillos. Disfruto más de unas patatas bravas en la plaza de mi pueblo que de un aperitivo gourmet en un local de moda.
Él no se creyó nada, pero asintió y cerró la conversación diciendo:
—Me parece muy bien. Si me disculpas, voy a seguir trabajando.
Le dio la espalda, cogió la manguera, empezó a regar y Lola se quedó ahí… mirándolo y pensando que no había nada más sexy que un tío con una manguera. Si bien lo que dijo en un tono soñador fue:
—Me encanta el olor a tierra mojada.
Él que creía que ella se había ido, giró la manguera y, sin querer, la mojó.
Los dos se quedaron quietos y él se excusó con un apuro tremendo:
—Perdona. Creía que te habías ido.
—No pasa nada —dijo ella, con el pelo chorreando.
—Lo siento.
Ella lo miró y pensó que era tal cañonazo que solo pudo mascullar:
—Me mojo entera. —Archi se quedó completamente rígido. Entonces Lola abrió muchísimo los ojos y corrigió al instante—: O sea que está tan fresquita que no me importa que me mojes entera.
Él se mordió los labios para no troncharse y replicó:
—No puedo. Soy de los que siguen las normas y dicen que no puedo regar a los clientes.
Ella se retiró un mechón de pelo mojado, muy digna y le advirtió:
—Ya se te abrirán las entendederas, Archi, y ese día te invitaré a un helado para celebrarlo.
Lola se dio la vuelta, se metió en la casa, Archi la siguió con la mirada y sonrió muy ligeramente.
Cuando entró en casa, se encontró con Mateo que estaba con el móvil en la mano.
—¡Buenos días! —canturreó ella.
Mateo levantó la cabeza y replicó con un cabreo tremendo:
—Buenos días serán para ti. ¿Y por qué vienes así?
—¿Así cómo?
—Con el pelo mojado y esa cara de flipada. ¿Te han obligado a consumir algo esos impresentables?
—Pero si sabes que soy antidrogas. Me chuto con la vida. Y Michele igual.
—Eso dirá él. No me creo nada.
—Pues yo sí. Y el pelo me lo ha mojado el jardinero —confesó Lola, con una sonrisita.
—Voy a pedir que nos cambien de jardinero. Más que nada por el bien de él.
—Deja, que es muy buen chico, muy estudioso y trabajador. Está feliz en la villa con su palmerín.
—¿Qué palmerín?
—Ese que hay fuera. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué estás que muerdes?
Al escuchar la palabra «muerde», Archi salió de no se sabía dónde y le metió unas buenas tarascadas a Mateo en el tobillo.
—¡En el tobillo lesionado no, maldito gremlin!
Lola se fue corriendo a por su bebé, lo cogió en brazos y le dijo:
—¡Deja tranquilo al tío Mateo, que no te merece!
—Ahora el malo seré yo —refunfuñó Mateo.
—Eres muy malo con mi bebé.
—Uf. ¡Me tienes contenta! Sergio acaba de mandarme unas fotos que acaba de publicar el periódico deportivo que me sacó con el gorro de brócoli en la cabeza.
Mateo las buscó, se las enseñó y ella soltó una carcajada. Incluso Archi, el perro, ladró de un modo que parecía que se tronchaba también.
—¡Te queda genial la falda! —exclamó Lola, divertida.
—¡Esto ha sido todo por tu culpa!
—Perdona, las fotos no las he hecho yo.
—¿Para qué me pusiste la falda en la cabeza?
—Era una gracia como otra cualquiera.
—Por tu gracia, ya no soy el del brócoli. ¡Ahora soy el que se va de fiesta y se planta una falda en la cabeza!
—Lo encuentro gracioso —dijo ella, encogiéndose de hombros.
—Pero ¿tú qué pretendes? ¿Arruinarme la vida?
—Respira, anda, respira.
Mateo en vez de respirar hondo, explotó con la vena del cuello hinchada:
—¡Estoy harto de ti, Lola! Lo mejor que puedes hacer es volverte a Rascafría. ¡Pero ya!
—No me puedo ir porque estoy enamorada.
—¡No me jodas que te has vuelto a liar con Michele!
Lola negó con la cabeza, como si la sola idea fuera disparatada.
—No. Michele es un amigo —precisó Lola—. Me he enamorado del jardinero, lo que te viene genial, porque así saldré poquito de casa. Como viene por las mañanas y por las tardes, voy a estar aquí disfrutando de cómo riega y cómo poda.
—¿Y cuándo piensas estudiar?
—En los ratos que él no riegue.
—¡A ti lo que no te riega es el cerebro! —soltó Mateo, de los nervios.
—No me mandes a Rascafría, por favor. ¡Te prometo no volver a ponerte más cosas en la cabeza!
—Más te vale. Lo que no entiendo es cómo se enteraron que estaba allí. O sí... —Mateo de pronto tuvo una corazonada—: ¡Ha debido ser Michele! Siempre sospeché de él, pero ahora tengo claro que me odia y quiere vengarse.
—Michele no es un chivato y no te odia —aseguró Lola.
—Te equivocas. Aquel día en que le exigí que se alejara de ti, me la juró, estoy seguro. Justo desde entonces empezaron mis males.
—¡Michele no es quien filtra las fotos a la prensa! ¡Te repito que abomina de los chivatos!
—Como todos los mafiosos. He visto muchas películas.
—Él es un buen tío —insistió Lola—. Él no está detrás de esa foto.
Habrá sido alguien que te reconocería y no me extraña con las pintas que llevabas.
Bad Bunny iba así vestido el otro día cuando salió a pasear de incógnito por Madrid.
Todos los famosos os vestís igual, con sudaderas gordas en verano y dais el cante.
—No me reconoció nadie. Bueno, solo un tío, le dije que me llamaba Enrique y luego lo despisté.
—¿Cómo? —preguntó Lola, con curiosidad.
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Besé a Irene —respondió él, a toda velocidad.
—Ja, ja, ja.
—Fue por el contexto.
—¿Contexto? ¡Pero si os vi y teníais caras de estar deseando comeros enteros!
—¡No me cabrees más!
—Es la pura verdad. ¿A que tenías ganas de comerla entera?
—Uf.
—Tengo fotitos.
—¿Del beso? —preguntó Mateo, atónito.
—¡Sí! Es que fue tan especial…