Sabía que pasaría Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Mateo se tapó la boca con la mano, por si los supuestos mafiosos sabían leer los labios y respondió:

—Contraté un detective hace meses.

—¿En serio?

—No encontró nada.

—Entonces, ¿por qué desconfías de ellos?

—Porque si no encontró nada es porque son muy buenos.

Irene rompió a reír, puesto que no veía peligrosa a esa gente:

—O porque de verdad que no tienen nada que esconder.

—¿De dónde sacan la pasta para tanto coche bueno, tanta fiesta, tanto reloj caro…?

—Los negocios parece que les van bien.

—Los restaurantes son tapaderas. Por eso se pasan el día enganchados al móvil.

—Hablando de pedidos de tomate, mozzarella y aceite de oliva. Al menos, fue lo que yo escuché.

—Hablan en clave. Como todos los mafiosos. Solo espero que no metan a Lola en líos.

—Eso ya está más complicado, Lola parece traer los líos de serie.

Mateo sonrió sin poder evitarlo y dijo:

—Creo que como tiene una familia muy normal y estructurada va buscando líos fuera.

A Irene le gustaba tanto cómo era Mateo que no pudo decir bien la siguiente frase:

—Y tú le sacas de ellos como buen Caprichornio .

—¿ Caprichornio ? ¿Eso qué es? ¿Una mezcla de capricho y unicornio?

—Capricornio —corrigió, risueña—.  Siempre tan protectores…

Mateo sonrió al comprobar una vez más que esa chica no le veía como el resto y cuando iba a replicar algo, empezó a sonar uno de los temas más conocidos de Calvin Harris.

Todo el público levantó los brazos, Irene se arrancó a bailar y Mateo tras observarla unos segundos masculló:

—Gracias por haber venido.

—No tienes que darme las gracias —replicó Irene que dejó de bailar.

—Sí, porque me has salvado la noche.

—Ha sido un placer ayudarte. Y me encanta estar aquí.

Mateo la miró y se sorprendió a sí mismo preguntando:

—¿Conmigo?

Irene sintió que el corazón le daba un vuelco y se apresuró a precisar:

—Aquí… con Calvin Harris.

Mateo soltó una carcajada y en ese momento el tipo de la mesa de al lado se acercó mirándolo fijamente:

—Perdona…

Mateo bajó un poco la visera de la gorra y poniendo voz grave replicó:

—Sí.

—¿Tú eres Mateo Rivelles?

—No.

—Te pareces muchísimo.

—Me pasa a menudo. Pero yo soy Enrique y estoy con mi novia.

El hombre volvió a mirarlo, claramente poco convencido.

Mateo comprendió que, como hiciera una pregunta más, en menos de un minuto tendría medio Ushuaïa alrededor pidiéndole fotos.

Tenía que hacer algo.

Y lo hizo.

Sin pensarlo siquiera.

Miró a Irene.

Ella todavía sonreía, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir.

Mateo le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia él.

Irene sintió que el mundo entero dejaba de moverse.

Lo miró a los ojos.

—Dime… —susurró ella, sin entender.

—Es por el contexto.

—Ya. El contexto —replicó Irene con un hilillo de voz y sin tener ni idea de lo que estaba hablando.

—Creo que hay que seguir.

—Vale —musitó Irene, por decir algo.

Mateo le clavó la mirada, acarició apenas la mejilla con el pulgar y, antes de que ella pudiera preguntarse qué estaba pasando, apoyó los labios sobre los suyos.

Fue un beso breve.

Lo justo para que cualquiera que estuviera mirando pensara que eran una pareja de verdad.

Pero también lo bastante largo para que Irene olvidara dónde estaba, quién cantaba sobre el escenario y hasta cómo se respiraba.

Cuando Mateo se apartó apenas unos centímetros, los dos tardaron un instante en volver a abrir los ojos.

El tipo de la mesa de al lado carraspeó.

—Perdona, Enrique. Me he confundido.

—No te preocupes —respondió Mateo, todavía con un brazo alrededor de la cintura de Irene.

Ya solos, ambos se quedaron mirándose.

Los dos tenían exactamente la misma pregunta en la cabeza.

¿Aquello había sido fingido?

La respuesta parecía tenerla Michele.

Desde la mesa de al lado levantó la copa hacia ellos con una sonrisa de oreja a oreja y brindó en silencio.

Mateo desvió la mirada como si aquello le diera vergüenza y, sin saber muy bien por qué, empezó a moverse al ritmo de la música.

—¿Estás bailando? —preguntó Irene, divertida.

—No.

—Mateo...

Él miró sus propios pies.

—Pues parece que sí.

Irene rompió a reír y se acercó un poco más.

Acabaron bailando frente a frente.

Luego cada vez más cerca.

Y, sin que ninguno de los dos recordara quién había dado el primer paso, terminaron moviéndose al mismo compás.

Unas canciones más tarde, Mateo notó que empezaba a darle demasiado calor su atuendo.

Se quitó primero la gorra.

Después las gafas de sol.

Por último, se desprendió de la sudadera y se la anudó distraídamente a la cintura.

—¿Mejor? —inquirió Irene.

—Un poco.

Pero no era verdad.

Porque el calor no tenía nada que ver con la noche de Ibiza.

Tenía que ver con ella.

Con su perfume.

Con la manera en que sonreía.

Con la cercanía de su cuerpo cada vez que la música los empujaba a encontrarse otra vez.

Irene levantó la vista y, por un instante, volvió a quedarse atrapada en aquellos ojos azules.

No recordaba haberlos visto tan de cerca.

Y tuvo la sensación de que, si seguían bailando un minuto más, volverían a besarse.

Pero esta vez sin necesidad de fingir nada, sin ningún tipo de duda…