Sabía que pasaría Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Mateo obedeció y al principio apoyó solo las manos en el asiento de la Vespa, procurando guardar cierta distancia. Después, cuando Irene arrancó, y la moto dio el primer tirón, tuvo que sujetarse un poco mejor.

Ella sintió el roce de sus brazos. Y durante unos segundos dejó de escuchar el motor, el tráfico y el viento que le revolvía el pelo. Solo notaba que él estaba allí. Muy cerca.

Tanto que podía notar el calor de su cuerpo detrás del suyo.

Cada vez que la Vespa cogía un bache, él se pegaba un poco más y a Irene el corazón le daba un vuelco.

«Por favor, que haya muchos badenes», pensó, mientras se mordía el labio para que no se le escapara una sonrisa completamente boba.

Suspiró y procuró concentrarse en la carretera, aunque resultaba bastante complicado cuando el hombre del que llevaba media vida enamorada la sujetaba por la cintura con una naturalidad que amenazaba seriamente con fundirle las pocas neuronas que aún le seguían funcionando.

Lo peor era que Mateo ni siquiera parecía darse cuenta del efecto que tenía sobre ella.

O eso creía, porque él tampoco salió mucho mejor parado.

La cintura de Irene era estrecha y cálida bajo la tela ligera del vestido. Sus manos apenas la sujetaban, solo lo justo para no perder el equilibrio, pero aun así el contacto le resultaba sorprendentemente agradable.

El perfume de ella se mezclaba con el aire salado que llegaba del mar y, cada vez que Irene giraba ligeramente la cabeza para mirar el tráfico, un mechón de pelo le rozaba la mejilla.

Aquello era una tontería.

Solo iba sentado detrás de una chica en una Vespa.

Y, sin embargo, no podía evitar pensar que llevaba mucho tiempo sin sentirse tan a gusto.

«Concéntrate», se ordenó.

Pero le estaba costando bastante más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Quiso pensar que era la Vespa, la noche de verano o el aire del mar. Cualquier cosa menos Irene.

Lo cierto era que se sentía bien. Demasiado bien. Libre y feliz como no recordaba haberlo sido en mucho tiempo.

Estaba tan a gusto que no le habría importado pasarse la noche entera dando vueltas a la isla.

Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa en ir a ninguna parte.

Lo que él ignoraba era que Irene estaba pensando exactamente lo mismo.

Pero llegaron al aparcamiento y la música ya retumbaba desde afuera.

Había mucha gente entrando sin parar, Irene sacó el móvil y buscó los códigos.

Llegaron al control y pasaron rápidamente.

Irene se sentía flotar.

Ni en sus mejores sueños podía haber imaginado que el día iba a acabar con una pulsera VIP en el Ushuaïa y al lado de Mateo Rivelles.

Pero ahí estaba.

Dentro por fin. Y con él de la mano.

Porque lo primero que hizo Mateo al entrar, además de ponerse la capucha, fue darle la mano como si fuera algo natural. Como si fueran pareja de verdad.

Se sentía tan bien así que no le soltó la mano ni cuando tuvo que coger el móvil.

Era Lola.

—¿Dónde estáis? ¡Va a empezar la actuación y yo en tanga! —exclamó a grito pelado.

A pesar del ruido y del follón, Mateo logró escucharla y respondió:

—Dentro.

—Estoy al lado de la columna enorme que ahora tiene las luces azules.

—¡Hay muchas columnas!

—¡La azul! Azul solo hay una.

Mateo localizó la columna y levantó una mano que los viera:

—¡Estamos aquí!

—¡Ya os veo! ¡Tú eres el único que va con el uniforme de famoso de incógnito!

Mateo se abrió paso entre la multitud sin soltar a Irene la mano. De vez en cuando giraba la cabeza para comprobar que seguía detrás de él y ella, cada vez que él la miraba, le sonreía.

No podía creerlo. Mateo parecía estar pendiente de ella porque le nacía, no porque el contrato lo dijera.

Así llegaron hasta el lugar donde Lola seguía pegada a la pared, sin moverse ni un centímetro.

—¡Me ha pasado de todo en la vida, pero esto es la primera vez!

Irene sacó la falda del bolso y se la tendió:

—Es la que creo que va más con tu estilo.

—¡Ni tan mal! ¡Me chiflan los lunares! ¡Y además queda perfecta con la camiseta que llevo! ¡Sois mis salvadores! ¡Gracias, chicos!

Y, en un arrebato de gratitud y felicidad, no se le ocurrió nada mejor que plantarle la falda en la cabeza a su hermano.

—¿Qué haces, loca? —chilló Mateo, sin ver nada.

—¡Como gorrito también te queda bien! ¡Otro día que te la preste Irene! ¡Así no te tienes que asar de calor con la capucha de la sudadera esa!

Mateo se quitó con rabia la falda y entonces vio que las chicas estaban muertas de risa.

—Póntela tú mejor y deja de incordiar.

Lola se puso la falda y las luces se apagaron…

La actuación estaba a punto de empezar.

—¡A la zona Vip! ¡Vamos!

Lola se echó a correr y ellos fueron detrás mientras Mateo le decía a gritos:

—No pienso compartir mesa con los italianos. ¡Nosotros vamos a la nuestra!

—¡Como quieras!

Accedieron por fin a la mesa, que estaba a escasos metros de la de Michele.

Desde allí llegaban las risas y vieron cómo levantaba la copa al ver a Lola.

Ella respondió con un saludo exagerado y Mateo se puso de los nervios.

—Ya está. Esta se va a quedar con ellos toda la noche.

Y así fue.

La actuación empezó y Lola acabó sentada con Michele y toda la panda de italianos.

Cantaban absolutamente todas las canciones, aunque no se supieran la letra, tocaban silbatos, brindaban cada cinco minutos, hablaban todos a la vez, se abrazaban como si llevaran veinte años sin verse y hacían más aspavientos que el propio Calvin Harris con los brazos.

Uno agitaba una servilleta blanca sobre la cabeza, otro intentaba enseñar a bailar a un grupo de inglesas y un tercero convenció a media mesa para hacer un brindis que nadie entendió muy bien, pero que terminó con todo el mundo gritando:

—¡Salute!

Lola se había integrado por completo.

Reía, bailaba y gesticulaba exactamente igual que ellos.

Mateo contempló la escena resignado, entre bufidos:

—Cinco minutos y ahí la tienes soplando el pito.

Irene lo miró.

—¿Qué?

—Cinco minutos y Lola ya es una más. Ahí la tienes con el silbato. No me gusta nada esa gente.

—Parecen majos —opinó Irene.

—Es lo que quieren que pienses.

—¿De verdad que crees que son mafiosos?