Capítulo 10
Mientras el sol empezaba a esconderse sobre Ibiza, Mateo terminaba la última llamada del día estirando la pierna sobre la esterilla del salón.
Al otro lado de la línea estaba Dani Cabrera, su preparador físico y amigo desde que ambos compartían vestuario en categorías inferiores.
Los dos habían soñado con llegar juntos a Primera División, pero una lesión de rodilla cuando Dani apenas tenía dieciocho años lo obligó a cambiar las botas por la preparación física.
Ahora trabajaba readaptando deportistas de élite y era una de las pocas personas en las que Mateo confiaba ciegamente. No solo conocía cada una de sus cicatrices físicas, sino también las que nunca salían en los periódicos.
—¿Qué tal con la fisio? —preguntó Dani.
—Mucho mejor. Hemos trabajado estabilidad y cambios de apoyo y cada semana noto el tobillo más seguro.
—No tengas prisa.
—No la tengo. Aunque te confieso que empiezo a sentirme futbolista otra vez.
—Te acabo de mandar una tabla nueva de ejercicios. Vamos a aumentar la carga poco a poco. Si todo sigue como hasta ahora, vas a llegar perfecto al inicio de temporada.
—Cada día lo veo más cerca y… Espera, por favor...
Mateo no pudo seguir hablando porque le entró un mensaje de Lola que leyó al momento:
Necesito que vengas al Ushuaïa. Me ha pasado algo terrible.
Mateo leyó el mensaje otra vez y resopló tanto que Dani se preocupó:
—¿Ha ocurrido algo?
—Lola.
—¿Qué ha hecho esta vez?
—Dice que vaya al Ushuaïa, que le ha pasado algo terrible.
—¿Cómo?
—Voy a enterarme. Luego hablamos.
—Espero que no sea nada.
Mateo marcó el número de Lola que aceptó la llamada al primer tono:
—¡Mateo!
—¿Qué ocurre?
—¡He perdido la falda!
Mateo bufó porque no sabía cómo se las apañaba su hermana que siempre lograba sorprenderle.
—¿Cómo que has perdido la falda?
—Pues lo que oyes. He entrado al local y cuando iba en dirección a la mesa de Michele, se me ha enganchado la falda con algo, he pegado un tirón, la falda se ha caído al suelo y hay tanta gente que ha desaparecido.
—Es imposible que desaparezca una falda. ¡No me fastidies!
—Me he agachado, me he puesto a palpar el suelo y nada. Le han debido dar una patada y lo mismo anda por Formentera.
—¡No puede ser! —exclamó Mateo, sin dar crédito.
—Como te cuento.
—Y ahora, ¿dónde estás?
—Pegada a una pared.
—¡No estoy para bromas! —farfulló Mateo.
—¡Te estoy hablando en serio! Llevo un tanga hilo dental y no quiero cruzarme medio Ushuaïa enseñándole el culo a todo el mundo. Y mucho menos presentarme así delante de Michele. Le generaría expectativas.
Mateo se llevó la mano a la frente.
—Lola…
—¿Me vas a echar la bronca? Porque no creo que sea el momento. ¡Ven a buscarme!
Lo siguiente que escuchó fue un ladrido y, después, a su hermano gritar:
—¡Ay! ¡Serás cabrón!
—¿Qué ocurre?
—Tu maldito gremlin me acaba de morder el tobillo.
—¡Bien por mi bebé! —gritó Lola.
—No celebres eso.
—Mi bebé sabe que su mami está en apuros y es su forma de decirte que muevas el culo. ¡Ven, ya!
—¿No le puedes pedir a alguien una toalla o algo? Esas situaciones seguro que están previstas —supuso Mateo, apelando a la sensatez.
—Me niego a ver el concierto con una toalla enroscada en la cintura. ¡No voy a poder bailar ni moverme!
—No puedo aparecer por allí.
—¿Me vas a dejar tirada en tanga?
Mateo se quedó callado un segundo y respondió:
—Sabes que no.
—¡Por eso eres mi hermano favorito! —exclamó Lola, lanzando un gritito.
—Ojalá tuviéramos más hermanos y les cayera a ellos el marrón.
—¿Y lo bien que te lo pasas conmigo? Le voy a pedir a Michele el QR de las entradas.
—No —le exigió Mateo, espantado.
—¿Seguro? ¿Y cómo vas a entrar?
—Ya me busco yo la vida.
—¡Te quiero, bro !
—Ya…
Mateo colgó porque además le estaba entrando una llamada de Sergio:
—¡Buenas! ¿Cómo va todo? Acabo de ver unas fotos que os han hecho comiendo en una pizzería con tu hermana. Han quedado bonitas y muy familiares. Así sí.
—Pues voy a tener que ir al Ushuaïa esta misma noche. Ya sé que dijimos que nada de fiestas. Pero no me queda otra.
—¿Qué? —replicó Sergio, seguro de que no había escuchado bien.
—Lola ha perdido la falda.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Ojalá.
—Escúchame. Ve, rescátala y sal de allí cuanto antes. Si alguien te reconoce, que sea con Irene. Nada de fotos solo. Nada de alcohol. Nada de bailar encima de una mesa. ¿Estamos?
Mateo fue a cambiarse de ropa y cuando estaba casi listo recibió la llamada de Julio Sanz, periodista y amigo suyo desde que debutó.
—¡Mateo! ¿Cómo va la vida?
—Me pillas con muchas prisas.
—No te preocupes. Hablamos en otro momento. Solo quería comentarte que parece que tienes novedades sentimentales. ¡Se te ve muy bien! ¿Quién es la chica?
Mateo dudó un instante y repitió exactamente la versión que Sergio había preparado.
—Se llama Irene. Trabaja en una empresa de alquiler de villas. Nos conocemos de hace un par de veranos.
—No me habías comentado nada de ella.
—Bueno, soy muy reservado para mis cosas. Ya sabes. Ella y yo hemos estado hablando todo este tiempo, y últimamente hemos descubierto que hay algo más.
Mientras hablaba Mateo sintió un pequeño pinchazo de culpa. No le gustaba mentir y menos a Julio, pero estaba convencido de que más adelante acabaría entendiendo por qué tuvo que hacerlo.
—Me alegro por ti. Se te ve tranquilo.
—Lo estoy. Pero tengo que dejarte porque mi hermana está metida en otro lío.
—¿Otro lío? —preguntó Julio, sin que le extrañara para nada.
—Ha perdido la falda en el Ushuaïa y me voy para allá.
Julio se echó a reír y luego exclamó mientras Archi no paraba de ladrar:
—¡Cómo es nuestra Lola! ¡Nunca decepciona!
Mateo se despidió de su amigo, se terminó de vestir y lo siguiente que hizo fue llamar a Irene.
Ella, al ver que le llamaba, se levantó del sofá y se humedeció un poco los labios:
—¡Hola, Mateo! Dime… ¿Cómo estás?
—Más o menos. Mi hermana acaba de llamarme, ha perdido la falda en el Ushuaïa y está con el tanga pegado a una pared.
—Ja, ja, ja.
—Esto es…
—Perdona que me ría.
—No hay nada que perdonar. ¡Esto es un chiste! Tengo que llevarle una falda, pero no quiero que me vean entrando solo en una fiesta. Lo he hablado con Sergio y piensa como yo. Si hay que hacer una excepción, lo mejor es que parezca una noche de concierto con mi novia y…
Irene aceptó antes incluso de que terminara de hablar:
—¡Claro que voy!
—¿Y podrías conseguir dos entradas? —le pidió Mateo.
—Las mejores.
—¿Y una falda?
—Ja, ja, ja. Perdona, perdona… ¡Cuenta con la falda también!
—Muchas gracias. ¡Quita, aparta! ¡Fuera! —gritó Mateo, desesperado.
—¿Cómo?
—Es el perro de mi hermana. Está mordiéndome los zapatos. ¡Tengo que salir cuanto antes!
—Conmigo Archi es un amor.
—¡Lo es con todo el mundo, menos conmigo!
—Oye, ¿y cómo vamos? —quiso saber Irene.
—En tu Vespa. Es imposible aparcar allí.
—Pero no decías que…
—Ya, pero esto es una emergencia.
—¡Me visto y voy para allá! —replicó Irene, intentando disimular lo contenta que estaba.
—Gracias de verdad. No paro de molestarte y siempre eres amable, cuando esto excede bastante las funciones de una novia falsa.
—¡En Villas Sol y Luna somos muy flexibles con las funciones! —exclamó Irene, intentando sonar lo más profesional que pudo.
—Creo que me estoy tomando demasiadas libertades con el contrato.
—¡De verdad que no! ¡Y me encanta Calvin Harris!
Era verdad. Le encantaba Calvin Harris. Aunque la realidad era que habría ido igual, incluso si el plan hubiera consistido en acompañarlo a comprar tornillos en un polígono.
—¡Te espero entonces!
Colgaron e Irene llamó a Milda mientras sacaba del armario el vestido de lentejuelas que solía ponerse en Nochevieja y una falda roja de lunares.
—¡Buenas noches, Milda! Perdona que te moleste…
—Pues no lo hagas.
—Ya, pero es que necesito dos pases para la zona Vip del Ushuaïa.
—¿Vas a verte otra vez con el futbolista? —supuso Milda.
—Es una emergencia.
—Lo vuestro va tan deprisa que vais a descarrilar antes de llegar a la primera estación.
—No va a pasar nada —aseguró Irene, con el corazón desbocado.
—¿En qué mundo vives? ¡Vas a pasar un rato pegada a tu crush , sudando, bailando, cantando y haciendo el idiota!
—Me ha pedido el favor de que le acompañe a llevarle una falda a su hermana.
—¡Es la excusa más peregrina que jamás he escuchado para invitar a alguien a un concierto!
—Es verdad. Su hermana ha perdido la falda.
—Mira, estoy metida en la piscina con un copazo intentando relajarme. No me rayes más. Te mando los códigos y mañana te quiero puntual en tu puesto de trabajo.
—¡Como siempre!
—¡Como siempre no! Que esta noche como te descuides pierdes la falda... y lo que no es la falda.
—Va a estar todo bien —dijo Irene en un tono que no le convenció ni a ella.
—No, no lo va a estar. Solo espero que no afecte a tu trabajo.
Irene colgó. Se vistió, se maquilló a toda velocidad y Maica apareció justo cuando ya se iba…
—¿Te ibas a ir sin decirme nada?
—Ahora iba a entrar a la cocina a contarte.
Maica la miró de arriba abajo y comentó divertida:
—Y hay mucho que contar, porque te llevas ropa de recambio.
—Es para Lola. Ha perdido la falda en el Ushuaïa.
Maica estalló en una carcajada porque tampoco se lo creyó:
—¡Vaya invento más estúpido para sacarte otra vez de casa! Pero si has firmado un contrato: que te llame y listo. ¿Para qué tiene que inventarse estas historias? ¿Quién pierde una falda?
—Lola. Lo entenderás cuando la conozcas. Es muy divertida y muy de perder faldas. ¡Y me voy que no llego!
Irene llegó unos minutos después a la villa. Mateo la estaba esperando fuera con una gorra calada hasta las cejas, unas gafas oscuras y una sudadera con capucha.
Ella detuvo la Vespa justo delante de él y se quitó el casco.
—¿No crees que vas algo disfrazado? —preguntó risueña.
—Bastante —respondió Mateo, encogiéndose de hombros.
—Parece que vas a robar un banco.
—No puedo correr el riesgo de que me reconozcan. Me juego mucho.
Irene le tendió el casco de repuesto y le dijo:
—En el concierto la gente va a lo suyo. No te van a reconocer. ¡Sube!