Sabía que pasaría Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—¡Es adorable! Y es como te veo… Entonces, Irene, cuéntame: ¿tú nunca has sido enamoradiza?

—No. Cuando me enamoro, me centro en esa persona. Para mí el resto desaparece.

—A mí nunca me había pasado eso, hasta que conocí a Michele.

Lola señaló a Michele que estaba hablando con unos clientes al otro lado del local.

—Y no le conoció en una biblioteca —ironizó Mateo.

—Michele tiene treinta y cinco años, ya había dejado la universidad hacía tiempo.

Cuando le conocí, yo estaba con varios a la vez, pero al poco los dejé a todos y empecé una relación cerrada con Michele.

Me enamoré hasta las trancas o eso creía en ese momento.

Él era muy apasionado, muy fogoso, muy entregado…

Fueron seis meses increíbles, pero no pudo ser.

Michele quería casarse y tener hijos ya mismo.

—Desde el primer día te lo advertí. No sé qué hacías con un tío que tenía muchos más años que tú.

—Solo catorce —le recordó Lola.

—Y todavía te parecerán pocos.

—Lo importante es cómo son las personas por dentro. Y Michele es pura vitalidad.

—Estaba tan lleno de vida que se pasaban las noches de fiesta —contó Mateo.

—Mateo cogió un día por banda a Michele y le pidió que me dejara en paz. Hasta se pensaba que era un mafioso porque es muy generoso y me hacía regalos carísimos. Bueno, lo cierto es que lo sigue pensando. Ya has visto antes —murmuró Lola.

—No me fío. Por mucho que digan no me fío. Y te recuerdo que tú fuiste a Italia a estudiar, no a quemar la ciudad.

—Salíamos mucho, pero cumplíamos.

—Cumplías tanto que te quedaron casi todas para septiembre.

—¡Y las aprobé! Como lo haré también este año.

Y Michele es festero, pero muy trabajador.

Es ideal, lo que pasa es que quería un compromiso muy serio para el que no estaba preparada.

Yo soy aún muy joven y tengo que vivir mucho.

Me agobié y le dejé. Lo que ocurre es que él sigue enamorado de mí, me dijo que no me iba a olvidar nunca y que siempre va a estar para mí. Uy… Voy a callarme que viene...

Michele apareció junto a la mesa con una libreta en la mano y una sonrisa profesional que se volvió un poco menos profesional al ver a Lola.

—¿Os tomo nota, amigos? ¿Lo tenéis ya?

—Yo sigo intentando entender la mitad de las palabras —reconoció Irene.

—Dime qué no entiendes.

—Mejor recomiéndanos algo —le pidió Lola.

—Os recomiendo la burrata. La traemos de Italia. Y pizza. Un clásico, pero es la mejor. El tomate es San Marzano. La mozzarella llega dos veces por semana y la piedra del horno la trajimos expresamente de Sicilia.

—¿De Sicilia? —repitió Lola, sorprendida.

—Del Etna.

—¿Y eso se nota? —preguntó Irene.

—Claro que se nota.

—¿En qué? —inquirió Mateo, incrédulo.

—En todo.

—Eso no explica nada —replicó Mateo.

—Porque hay cosas que no se explican. Se sienten —aseguró Michele, llevándose la mano al pecho.

—Madre mía —murmuró Lola, que le echó una miradita a Irene como diciendo: «así es de intenso».

—Nápoles es así —masculló Michele, sacando pecho.

Lola asintió y le preguntó con un dedo apoyado en la sien:

—¿Y por qué acabaste montando un restaurante en Ibiza?

Michele se encogió de hombros y respondió:

—Porque es el lugar perfecto para crecer. Mucha gente, mucho turismo, mucho dinero, oportunidades...

—¿Y vas a pasarte el verano en Ibiza? —quiso saber Lola.

—Sí —respondió con cierta desgana.

—Eso ha sonado poco convincente —apuntó Lola.

—Porque nada es como Nápoles.

—¡Ya estamos! —soltó Lola, risueña.

—El aire es distinto.

—El aire es aire en todas partes —dijo Mateo, borde.

—No, en Nápoles es mucho mejor.

—Es su Nápoles. Él lo vive así —comentó Lola.

—No es que yo lo viva así, es que el sol napolitano es distinto —afirmó Michele como si no hubiera más verdad que esa.

—Es el mismo sol en todas partes —insistió Mateo.

—No es el mismo. Nada es lo mismo. —Michele hizo una pausa—. Ni las papeleras.

—¿Las papeleras también son especiales?

—Las papeleras de Nápoles son las mejores del mundo.

—¡Estás fatal! —murmuró Mateo.

—Eso dicen algunos, yo solo digo la verdad. ¿Entonces, marchamos lo que os he dicho?

Le dijeron que sí, Lola sonrió mientras él anotaba y le preguntó:

—¿Y qué tal va el restaurante?

—Muy bien. Muchísimo trabajo.

—Pareces cansado.

—Un napolitano siempre está cansado —reconoció Michele.

—Eso no vende mucho el negocio —opinó Mateo.

—Se cansa, pero siempre está trabajando —apuntó Lola.

—Y si esto fuera mal, haría otra cosa —aseguró Michele.

—¿Así de fácil? —inquirió Mateo, tras dar un sorbo a su copa de agua.

—Claro.

—¿Y si tampoco funcionara?

—Pues otra cosa.

—¿Y después?

—Otra.

—¿Y después? —insistió Mateo, desafiándole cada vez más con la mirada.

—Otra.

—Empiezo a detectar un patrón.

Michele sonrió.

—Porque un napolitano siempre lucha.

Lola lo observó unos segundos y no pudo evitar soltar:

—¿Lo dices también por mi corazón?

La sonrisa de Michele se suavizó.

—También.

Ella bajó la vista.

—Michele...

—Un napolitano cuando da el corazón, lo da para siempre.

Lola sintió una pequeña punzada de culpa.

—Lo siento.

—No tienes que sentir nada.

—Sí que tengo.

—No.

Michele negó despacio.

—Tú decidiste. Y yo respeto tu decisión. Siempre la he respetado.

—Gracias.

—Además, me alegra verte tan bien.

Durante unos segundos se quedaron mirándose. Entonces Michele cerró la libreta y antes de irse lanzó una propuesta:

—Esta noche vamos al Ushuaïa a ver a Calvin Harris. Tenemos mesa, si queréis venir…

Lola ni se lo pensó, se le iluminó la mirada y exclamó:

—¡Por supuesto que voy! ¡Y estos dos también!

Mateo por poco no se atragantó y se apresuró a aclarar:

—Nosotros nada de fiestas, ni de discotecas, ni de problemas, ni de titulares.

—Por un día no va a pasar nada —dijo Lola, entusiasmada—. ¡Una fiesta y ya está! Para matar el gusanillo. Luego, me escribes, Michele, y ya me dices dónde quedamos.

En cuanto Michele se fue, Lola le contó a Irene:

—Ahí donde le ves a Michele tan trabajador y centrado, cuando se divierte es imposible seguirle el ritmo. ¡Monta unos fiestones que ni imaginas! ¡No te lo pierdas, porque tú no sabes lo que este hombre!

—¿De verdad que vas a quedar con él? —preguntó Mateo, atónito.

—¿Por qué no? Es mi amigo y le tengo mucho cariño.

—Sigue enamorado de ti. Y seguro que ha montado el restaurante en Ibiza porque sabe que es donde veraneas.

—A lo mejor sí. Pero tiene buen encaje y es una buena persona.

—Esa es tu opinión —repuso Mateo, con cara de contrariedad—. Y que te quede claro que nosotros no vamos a ir a fiestas ni a nada. Hay que estar tranquilos.

—No va a pasar nada por ir un rato a ver a Calvin Harris —insistió Lola—. El concierto dura hora y media y luego para casa.

—Las otras veces tampoco iba a pasar nada —dejó caer Mateo, en un tono de reproche.

—Te agradezco que te preocupes tanto, pero mi vida es solo mía. Y Michele es historia. Así que hablemos de otra cosa más actual: Archi.

—¡No me lo puedo creer! —farfulló Mateo, llevándose la mano a la cara.

—Calla, que necesito que Irene me cuente.

—Dime —le dijo ella.

—Necesito saber algunas cositas sobre él.

Por ejemplo, así para empezar: si es jardinero vocacional, si trabaja todo el año o solo es algo estacional, si estudia, si tiene pareja, si vive cerca, su edad, si gusta el mar, si lee, si cocina, si tiene perro, si cree en las señales… ¡Cuenta, cuñi fake ! ¡Cuenta!

Mateo bufó desesperado y miró a Irene con cara de la que nos ha caído...