Sabía que pasaría Capítulo 9
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Capítulo 9

Cuando faltaban unos minutos para las dos, Irene estaba respondiendo un correo a un cliente, aunque realmente la cabeza la tenía en otro sitio.

Llevaba así toda la mañana, intentaba concentrarse, pero era muy difícil después del desayuno con Mateo.

Mateo.

Volvió a repetir su nombre una vez más y justo entonces entró un mensaje.

Cogió el móvil que estaba sobre la mesa y sonrió incluso antes de leerlo.

Era él.

Hola. A Lola le ha entrado antojo de pizza. He visto que hay un italiano cerca de la villa. Si te apetece venir…

Irene tenía en la nevera de la oficina una ensalada de pollo del día anterior que pensaba comerse. Pero luego volvió a mirar el mensaje y pensó que no había color.

¡La pizza siempre me apetece!

La respuesta llegó al instante:

Perfecto. Te mando ubicación.

Al momento apareció el mapa y a Irene se le puso tal cara que Milda se lo olió:

—El futbolista.

—Sí, pero no.

—¿Cómo que sí pero no?

—Que está todo bien, que no hay peligro. Voy a comer pizza con él y con su hermana. Todo de chill .

—Muy chill sí. Se te ve super chill . Cuídate y te quiero aquí a las cinco en punto.

—¡Como un clavo, Mil!

—Sabes que odio que me llamen Mil.

—Ya, pero a veces se me olvida.

—¿Dónde tendrás la cabeza? ¡No respondas! ¡Ya lo sé!

Irene sonrió y se fue directa al cuarto de baño. Se retocó y salió pitando en la Vespa a la pizzería.

No la conocía y le pareció que era una preciosidad. Tenía paredes blancas, madera clara, macetas enormes, buganvillas fucsias y el mar brillando detrás de la terraza.

Mateo y Lola estaban esperándola junto a la entrada.

Lola la saludó agitando los brazos como si llevaran meses sin verse. Mateo simplemente sonrió y a Irene le pareció más que suficiente.

—¡Hola, chicos!

—¡Hola! Has venido —dijo Mateo, que no podía dejar de sonreír.

—Pues claro que ha venido, tonto. ¿No ves que está aquí? —bromeó Lola.

—Me encanta la pizza. ¿Cómo no iba a venir?

—Nadie rechaza una margarita —soltó Mateo.

—No solo es la margarita —insinuó Lola.

—Ah, ¿no? —replicó Mateo.

—Tío, paso de explicártelo —respondió Lola.

Mateo miró a su hermana de una manera muy graciosa y durante un segundo Irene volvió a olvidar que aquel hombre era famoso, que estaban fingiendo una relación y que ella llevaba años enamorada de él.

—Mejor entremos —dijo Mateo.

Lola se puso en medio de ellos, les cogió de las muñecas y les forzó a darse la mano:

—Vosotros de la manita. ¡Si lo estáis deseando!

Irene no sabía dónde meterse, Mateo tampoco pero carraspeó y afirmó tras agarrar la mano de Irene:

—En esto tienes razón.

—¡Lo sabía! ¡Lo estabas deseando! —exclamó Lola.

—Tienes razón en que tenemos que dar la imagen de pareja.

—Sí, sí, lo que tú digas —farfulló la hermana.

Lola se metió en el restaurante. Ellos fueron detrás de ella, de la mano, y entonces ocurrió.

Lola se quedó parada de repente y habló como si acabara de ver un fantasma:

—No puede ser.

Mateo se colocó a su lado y preguntó extrañado:

—¿Qué pasa?

Lola señaló a alguien con un gesto de la cabeza y Mateo lo vio.

Irene se fijó en que caminaba hacia ellos un hombre con absoluta tranquilidad y seguridad, de unos treinta y cinco años, alto, moreno, perfectamente peinado, atractivo, con la camisa remangada y la sonrisa de italiano peligroso.

—¡Hola, Lola! —saludó cuando estuvo frente a ella.

Lola se llevó la mano a la boca y solo pudo exclamar:

—¡No me lo creo! ¿Qué haces aquí?

Se saludaron y él respondió sin quitarle la vista de encima:

—Yo estaba preguntándome exactamente lo mismo.

Mateo dio un paso más y saludó a ese hombre sin mostrar demasiada efusividad.

—Michele.

—Mateo.

Y se estrecharon las manos de un modo que parecía más un pulso que un saludo.

Luego, le presentó a Irene y después habló Lola:

—¿Qué haces en Ibiza?

—La pregunta correcta es qué haces tú en mí restaurante.

—¿Esto es tuyo? —replicó Lola, alucinada.

—Este y otro.

Michele no pudo seguir hablando porque en ese momento apareció otro hombre. El socio de Michele, que era más bajo, más robusto y con una sonrisa enorme:

—¡Lola!

—¡Salvatore! —gritó Lola, abrazándose a él.

—¿Cómo estás?

—¡Ya me ves! ¡Divina como siempre! ¿Y tú? ¿No te ibas a volver a Siracusa?

—Me ha enredado Michele en este nuevo proyecto. ¡Y es un exitazo!

Salvatore saludó a Mateo. Y este ni se molestó en disimular que no le agradaba para nada ese encuentro y, a regañadientes, le presentó a Irene.

Segundos después, Salvatore se disculpó con una sonrisa porque le acababa de entrar una llamada.

Sacó el móvil, se alejó unos pasos y los demás escucharon perfectamente cómo decía:

—Sí, soy yo.

Acto seguido, hubo una pausa.

—No, no. Ese pedido entra esta noche.

Mateo levantó una ceja.

—Sí, pero que no os vea nadie descargando por la puerta principal.

Mateo se envaró y entornó la mirada, como si así pudiera escuchar mejor.

—Entrad por detrás, como siempre.

Lola siguió hablando con Michele y con Irene, pero Mateo no perdía ripio:

—No, el blanco va arriba.

Mateo tragó saliva.

—Y las piezas grandes las escondéis debajo.

Mateo miró lentamente a Michele, a ver si reaccionaba, pero seguía tan tranquilo.

—No, no quiero ni una sola caja rota. Si alguien pregunta, aquí no ha llegado nada.

Mateo carraspeó.

Salvatore terminó la llamada, guardó el teléfono y volvió sonriendo.

—Perdonad. Los proveedores.

Mateo lo señaló con el dedo.

—Una pregunta.

—Dime.

—¿Qué demonios descargáis por detrás?

Salvatore lo miró y respondió como si fuera algo de lo más habitual:

—Mozzarella.

Mateo frunció el ceño, porque seguía sin creérselo:

—¿Mozzarella?

—Sí.

—¿Y las piezas grandes?

—Las hormas de parmesano.

—¿Y por qué las escondéis debajo?

—Debajo de las cajas de tomate. Si no, se aplastan.

Mateo se quedó callado y Lola empezó a reírse.

Michele negó con la cabeza.

—Siempre piensa que somos mafiosos —le contó a Irene.

—Porque habláis demasiado raro —se justificó Mateo.

—Hablamos de queso.

—Pues parece otra cosa —murmuró Mateo.

—La última vez en Italia creyó que estábamos traficando —recordó Michele.

—¡Porque dijiste que había que mover quinientos kilos sin levantar sospechas!

—Eran quinientos kilos de harina.

—Eso no lo aclaraste.

—Pensé que era evidente.

—No lo era.

Todos se rieron menos él y cinco minutos después estaban los tres sentados en la mejor mesa del restaurante.

Una con sombra, brisa, vistas al mar y una pizza pasando por delante de ellos cada treinta segundos.

Irene percibió la incomodidad de Mateo y comentó como la que no quiere la cosa:

—A Michele y a Salvatore… ¿los conocéis de Italia?

—Michele es mi ex —dijo Lola.

Mateo resopló, porque se temía lo que venía después.

—No estoy para escuchar historias larguísimas que ya conozco.

—Tú sí, pero Irene no. Verás —explicó Lola, acomodándose en la silla—. Cuando Mateo se fue a Italia, yo me marché con él.

—A estudiar Derecho. El plan era estudiar —puntualizó Mateo.

—Sí.

—Pero luego hiciste muchas más cosas que estudiar.

—Porque Italia es un país muy completo.

—Sí, seguro que fue por eso.

—Tiene cultura, historia, gastronomía, playas…

—Y chicos —añadió Irene.

—¡Eso lo que más! —exclamó Lola.

Irene soltó una carcajada y Lola la miró divertida:

—Gracias por entenderme.

—No la animes —pidió Mateo.

—Mi hermano no paraba de decirme a todas horas que como suspendiera me volvía a Rascafría y eso ayudó a que estudiara a ratos. Porque Italia tiene algo… ¿Has estado, Irene?

—Un par de veces.

—Entonces, lo sabrás. La vida se vive de otra manera, más intensamente y es tan fácil enamorarse que me dio por las relaciones abiertas. Era un desperdicio quedarse con uno, cuando había tantos chicos increíbles.

—Es todo muy normal —ironizó Mateo.

—Tú es que eres muy convencional. Yo no. Y tú Irene tienes pinta de que te enamoras de uno y vas a piñón con él. Me da que lo tuyo es amar para toda la vida. ¿Me equivoco?

Irene agradeció que apareciera el camarero para tomar nota de las bebidas porque así se libró de responder.

Pero no fue así, porque en cuanto el camarero se fue, Lola continuó:

—Supongo que las relaciones abiertas no son lo tuyo.

—No.

—¿Eres tipo pingüino, con una sola pareja para toda la vida? —insistió Lola.

—Me da que sí —respondió Irene.

—¿Nunca se te ha pasado por la cabeza tener relaciones abiertas? —quiso saber Lola.

Mateo estaba tan intrigado que se inclinó un poco esperando la respuesta.

—Ni de broma —contestó Irene, tajante.

—Te pega mucho —replicó Lola.

Cómo no iba a pegarle, pensó Irene, si tenía la foto de su hermano pegada en la nevera desde la noche de los tiempos.

Claro que en su lugar lo que comentó fue:

—Creo que existe un amor para toda la vida.

—Es bonito. Reconozco que bonito… es bonito —reconoció Lola.

—Y sé que está aquí —remató Irene.

Lola se frotó las manos y replicó divertida:

—¿Aquí? ¡Es Mateo! ¡No puede ser otro!

Mateo estaba que no salía de su asombro, mientras Irene trataba de justificarse:

—Aquí, lo que se dice aquí mismo no. Quiero decir… aquí, en este universo.

Lola se rio y Mateo también, aunque mucho menos.

—Ah, te refieres al universo. Ya. Pero ¿cómo es tu pareja ideal? —preguntó Lola, que siguió presionando.

El camarero llegó con las bebidas, las sirvió y Lola le apremió a Irene para que respondiera la pregunta que se había quedado en el aire.

Irene bajó la vista al vaso, para evitar la mirada de Mateo que escuchaba con una atención increíble, y describió a su hombre ideal así:

—Buena persona, trabajador, protector, familiar, responsable, divertido…

Vamos, que describió a Mateo.

Lola pegó un manotazo cariñoso a su hermano en la espalda y exclamó:

—¡Aquí tienes a tu hombre!

Mateo protestó con una especie gruñido y le pidió encarecidamente:

—Deja de decir tonterías, por favor.

Si bien Lola insistió y le aseguró a Irene:

—¡Tú hombre es clavadito a mi hermano! Bueno, realmente, solo te ha faltado añadir que sea un poco gruñón para que sea un calco.

—Gracias por lo de gruñón.

—Lo eres, pero en las distancias cortas eres un capibara de peluche.

—¿Un capibara? —repitió Mateo.

—Eso es.

—¿No has encontrado un animal más ridículo? —refunfuñó Mateo.