Capítulo 8 #2
—Bueno, lo leí en algún sitio… —Luego, cogió una fresa para salir del brete y añadió—: Las fresas son una pasada y eso que ya no son de temporada.
—Están muy buenas —dijo él tras probar una.
—Deliciosas —insistió Irene, comiéndose otra.
—Te has manchado aquí —comentó él, que no pudo evitar que la vista se le fuera a la boca de Irene por enésima vez.
No sabía qué le pasaba, pero no podía dejar de mirar los labios carnosos.
Irene tocó la comisura derecha con el dedo índice y preguntó:
—¿Aquí?
Mateo se acercó a ella y le señaló con un tono de voz que a Irene le puso cardiaca:
—Un poquito más abajo.
Irene se frotó la zona, mientras Mateo no podía dejar de pensar en lo sedosos que parecían sus labios.
—¿Ya? —preguntó Irene, tras pasarse la lengua por los labios.
—Sí —respondió Mateo, que estaba como absorto mirándola.
Luego, pestañeó unas cuantas veces y siguió con el tema—: Pues lo que te decía, yo tenía que haber sido carpintero.
De hecho, siempre que voy al pueblo ayudo a mi padre y sé que también en lo más profundo desea que un día vuelva a montar estanterías.
—Antes tendrás que jugar en el Real Madrid —dijo Irene con una sonrisa enorme.
—De momento, tienen reparos en fichar a alguien que creen que se pasa las noches de fiesta.
—Eso es absurdo.
—Por eso te agradezco tanto que me estés ayudando.
Irene tragó saliva y musitó sin poder aguantarle la mirada:
—Haré todo lo que pueda.
—Hasta venir a verme con el estómago vacío.
—Ya estoy bien.
Se quedaron mirándose, sonriendo y justo cuando aquello empezaba a parecer peligrosamente una cita, sonó el timbre.
Mateo se sobresaltó y preguntó tras beber un poco de agua:
—¿Esperas a alguien?
—No.
Mateo fue a abrir y segundos después Irene escuchó una voz femenina que decía:
—¡Hola, hola, parejita!
Mateo puso cara de resignación y apareció detrás de él una chica rubia, bajita, con curvas y vestida con un mono negro que le dejaba parte de los glúteos al aire, arrastrando un maletón fucsia y detrás de ella un perro pequeñísimo, un bichón maltés blanco, que se lanzó sobre Mateo.
—¡Archi! ¡Déjame tranquilo! —gritó Mateo, porque el perro le estaba mordiendo los tobillos.
La chica se tronchó, dio dos besos a Mateo mientras el perro seguía dándole tarascadas y después se presentó a Irene:
—Soy Lola, la hermana de Mateo. Y él es Archi.
Irene besó en las mejillas a Lola y luego se agachó con cierta prudencia para saludar a Archi.
—¡Tranquila! —exclamó Lola—. Archi solo muerde a Mateo. Le cae fatal por aguafiestas.
Irene saludó al perro y lo cierto fue que con ella resultó de lo más cariñoso:
—¡Hola, Archi!
—Es lo que te digo. Tiene una tirria tremenda a mi hermano.
—¿Y tú qué haces aquí? ¿No estabas en Rascafría estudiando? —preguntó Mateo, ceñudo.
Lola tenía veintiún años y estaba en tercero de Derecho.
—Sí, hasta que he visto que mi hermanito se ha echado novia y he tenido que cogerme un avión con carácter de urgencia para conocer a mi futura cuñada.
—No es mi novia —aclaró, en un tono de lo más radical.
—¡Pero si os han pillado! —exclamó Lola, incrédula.
—Te lo digo en serio —insistió Mateo.
—Y yo también. ¡Hacéis una pareja monísima! —opinó batiendo rápido las pestañas.
—No somos pareja —repitió Mateo.
—Vale, os estáis conociendo.
—¡Qué pelma eres! —farfulló Mateo, cansado.
—¡Y tú que asquerosamente reservado eres para tus cosas! —exclamó Lola—. Archi, ¡muérdele otro poco hasta que diga la verdad!
Archi no obedeció, lo que hizo fue salir disparado al salón y al momento se escuchó un ruido muy fuerte.
—¡Ya ha liado alguna! —gritó Mateo, cabreado.
—Luego dices que te tiene manía, pero te lo ganas a pulso.
Los tres se fueron al salón y comprobaron que el pequeño Archi había tirado al suelo la escultura del oso-calamar.
—¡Coge a tu gremlin antes de que destroce la casa! —le exigió Mateo.
Lola cogió a su perro, le dio besito en la cabeza y le habló como si fuera un bebé:
—No hagas caso al tío, mi amor, que ya sé que lo has hecho sin querer.
—Te advierto que la escultura se pasa más tiempo en el suelo que en la peana —le contó Irene, que empatizó con Archi.
Lola miró a Irene con complicidad y luego su hermano al que le dijo:
—Nunca te había visto tan feliz y no me extraña porque Irene es un encanto.
—¡No me toques las narices! ¡Estoy que trino! ¡No acabas ni de poner un pie y ya está liada!
—Mateo, deja de disimular —le pidió Lola—. ¡Me he visto todas las imágenes y los vídeos! ¡Esta chica te tiene loquito! ¡Y mamá piensa lo mismo! Dice que es la primera vez en su vida que no te ve renegando en el Mercadona y eso es por Irene.
—No inventes.
—Estás pilladísimo por ella, porque es tu tipo.
—¿Qué estupideces estás diciendo? —inquirió Mateo, agobiado.
—Es igual que Mafalda.
—¿Qué Mafalda? ¿La de los dibujos? —preguntó Mateo, extrañado.
—La chica aquella que vino a Rascafría un verano y no te hizo ni caso. Era muy parecida a Irene. Aunque Irene es más guapa. Pero vamos, que es como te gustan.
Mateo no pudo más y no le quedó otra que contarle la verdad:
—Para ya de hablar, porque no hay nada entre nosotros. Irene es mi novia falsa.
Mateo le contó todo el plan para limpiar de una vez su reputación y su imagen y le pidió discreción absoluta.
Lola escuchó muy atenta, aferrada a Archi que parecía poner la misma atención, y cuando terminó dijo:
—No me lo creo.
—¿Qué no te crees?
—¡Nada! —exclamó Lola.
—Lo que dice es cierto —intervino Irene.
—No insistáis.
—¿Por qué no nos crees? —quiso saber Mateo.
—Porque antes de entrar he estado cotilleando un poco desde fuera y estabais a punto de comeros los morros en la cocina.
—¡No, no! ¡Para nada! —exclamaron los dos a la vez.
—¿A ti no te gusta mi hermano? —soltó Lola a bocajarro.
—Yo estoy aquí para ayudar.
—Ya, guapa, pero le miras de un modo, que no sé. Yo creo que hay tomatón —aseguró Lola.
—¿Puedes dejar de…?
—Y tú calla que la miras igual —le interrumpió Lola.
—No tienes ni idea de lo que dices.
Lola soltó una carcajada y entonces vio algo en el jardín que le llamó la atención.
—¿Y ese quién es?
Irene siguió su mirada y respondió porque no había nadie más:
—¿Te refieres al jardinero?
—Sí.
—Es Archi.
—¿Archi? ¿Archi de Archibaldo?
—Sí.
Lola se quedó inmóvil y soltó mientras su hermano la escuchaba temiéndose lo peor:
—¡No me jodas!
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Mateo.
—¿Qué va a pasar? Que mi bebé se llama Archibaldo.
—¿Y?
—Es una señal.
—Lola, no empieces —le exigió Mateo.
—El universo acaba de poner otro Archibaldo en mi camino —canturreó Lola, tan feliz.
—El universo lo que quiere es que apruebes las cuatro asignaturas que has suspendido. ¡Y por eso te vas a volver a Rascafría!
—Me concentro más en una habitación con vistas al mar —dijo Lola, alzando las cejas.
—Aquí no puedes quedarte. Necesito tranquilidad.
—¿Y a qué crees que he venido? Voy a estudiar y a trabajar a favor de obra. ¡Contad conmigo como cuñadísima falsa!
—No, necesitamos para nada una cuñada falsa —zanjó Mateo.
—¡Te equivocas! —protestó Lola—. Tenemos que organizar unas salidas tranquilitas para que vean que Irene está integradísima en la familia.
—Lola…
—¡No se hable más! Así todos ganamos —habló Lola, sin dejar de mirar al jardinero—. Yo desde luego no pienso moverme de aquí y más ahora que acabo de conocerle. ¿Habéis visto lo que acaba de hacer?
—Está podando los setos —respondió Mateo, borde.
—No. Está haciendo magia —le corrigió Lola—. No puedo definirlo de otra manera. Y luego es tan guapo… ¿Me lo puedes presentar, Irene?
—¿A quién quieres que te presente? —inquirió Mateo, para que se dejara de tonterías.
—Tú puedes llamarlo mi futuro problema —respondió Lola.
Mateo bufó y comprendió que cualquier esperanza de tranquilidad que tuviera se acababa de desvanecer…