Capítulo 8
Al día siguiente, a las siete en punto de la mañana, Irene recibió un mensaje y tardó medio segundo en incorporarse de golpe sobre la cama porque el mensaje era de Mateo.
Buenos días. He pensado que podríamos desayunar juntos. Sergio quiere que empecemos a mover las redes y se me ha ocurrido hacer unas fotos de desayuno saludable. Si te apetece, claro.
Irene leyó el mensaje tres veces, luego una cuarta y una quinta por si había cambiado.
Y respondió tan rápido que por poco no se lo mandó a su madre, pero en el último instante pudo enmendar la pifia:
Claro que sí. Me parece buena idea. Entro a trabajar a las nueve, pero tengo tiempo. ¿Voy para la villa?
A su madre aún no le había contado nada de su romance falso. Obviamente se había enterado como todo el mundo, le había llamado cinco veces y le había escrito dieciocho mensajes, pero ella de momento solo le había respondido con un lacónico:
Está todo bien. Ya te cuento en cuanto esté menos liada.
De momento, no le apetecía escuchar otra voz que le dijera que tuviera cuidado y que podían patearle el corazón.
Irene solo quería que la dejaran vivir el momento y nada más. No quería consejos, advertencias ni recomendaciones.
Solo vivir cada segundo con intensidad junto a Mateo.
Y justo cuando estaba pensando en eso, la respuesta de Mateo llegó:
Perfecto. Te espero. Nos vemos ahora.
Irene soltó un gritito pequeño, pero suficiente como para despertarse del todo.
¡Mateo quería verla y zamparse con ella una tortilla de zanahoria y muesli de avena integral!
Trece minutos después estaba duchada, peinada y maquillada con la raya, el rímel, el colorete y el gloss.
Treinta segundos después rebuscaba en el armario su lencería más sexy .
Solo era un desayuno saludable donde lo más sensual que iba a pasar era que él le partiera un aguacate, pero decidió ir con todo.
Estaba tan nerviosa como si fuera una primera cita, aunque no lo era. Se recordó a sí misma que en el fondo era una reunión de trabajo, pero ni ella misma se lo creyó.
Después de probarse varios vestidos, acabó eligiendo uno amarillo de tirantes, sencillo y fresco, que le gustaba y le hacía un tipo bonito.
Se miró en el espejo y pensó que a lo mejor se había arreglado demasiado para un desayuno saludable.
Pero también era verdad que, no todos los días, una se levantaba para desayunar con Mateo Rivelles.
Así que se perdonó el exceso de rímel.
Cogió el bolso y, cuando estaba a punto de salir apareció Maica en bragas, con un top, bostezando y sospechando también que estaba ocurriendo algo interesante.
—¿Dónde vas?
—A desayunar.
—Tú siempre desayunas en casa y nunca a estas horas.
—No pasa nada por hacer un día algo distinto.
—Venga, tía. Menos rollos que me caigo de sueño. Es Mateo, ¿no?
—Sí. Quiere que desayunemos juntos algo para subir a las redes.
—Llévale un chocolate con churros.
—Voy con prisas.
—El otro día compré panceta. Os lo ponéis con unos huevos.
—¡Me piro!
—No sabes divertirte, nena.
Irene salió disparada antes de que Maica siguiera sugiriendo formas de subirle el colesterol al pobre de Mateo.
Cogió la Vespa que, gracias al truquito de Mateo, arrancó a la primera y durante todo el trayecto tuvo el corazón desbocado porque era la primera vez que iban a estar completamente solos como novios… falsos.
Cuando llegó a la villa, Mateo ya la estaba esperando haciendo unos estiramientos ligeros en el porche.
Sonrió al verla y ella pensó que esa sonrisa debería estar prohibida porque acababa de medio matarla.
Además, estaba haciendo unos movimientos de caderas con unos pantalones tan cortos que se le marcaba todo.
Y aquello era demasiado, pensó Irene.
—¡Buenos días! —saludó él.
—¡Buenos días!
—Has venido rápido.
Él paró con los movimientos, se quedaron frente a frente y ella se sorprendió a sí misma diciendo:
—Tengo hambre.
Sin saber bien qué tipo de hambre tenía más…
Porque le estaban entrando unas ganas de abrazarle que se moría.
—Yo también —dijo él, mientras pensaba que ese día Irene estaba preciosa.
El vestido dejaba a la vista la piel bronceada, el escote precioso, el cuello largo, los brazos bonitos…
Durante unos segundos ninguno supo qué decir. Luego, Mateo la hizo pasar y la condujo hasta la cocina, donde Irene se quedó alucinada al ver el desayuno.
Aquello parecía una campaña publicitaria del Ministerio de Sanidad para promover la comida saludable.
Había fruta cortada, fresas, arándanos, melón, piña, yogur griego, pan integral, aceite de oliva, tomate rallado, calabacín, huevos cocidos, leche, café, zumo natural, un bol enorme con frutos secos…
—Madre mía —soltó Irene, impresionada—. Parece que vas a alimentar al equipo entero de fútbol.
Mateo se metió las manos en los bolsillos de ese pantalón tan corto y dijo:
—Mejor que sobre que no que falte.
La vista de Irene, durante un nanosegundo, se fue justo ahí, a la entrepierna. Luego, volvió a mirar la comida y masculló:
—Ya veo, ya.
Mateo sacó el móvil y le contó una idea que se le había ocurrido con cierto reparo, por si a ella le parecía una chorrada.
—He pensado una cosa. No sé qué te parecerá.
—Dime. Seguro que es una idea estupenda.
—Gracias por la confianza. Pero tú escucha primero.
—A ver.
—Quiero hacer una foto del desayuno.
—Vale.
—Y que tú salgas al fondo un poco desenfocada.
—Me parece bien. Y así sin texto.
—No. Se me había ocurrido poner algo como: «Los desayunos contigo son mejores».
Irene estuvo a punto de caerse redonda, literalmente. Tuvo que agarrarse a una silla y empezar a hacer respiraciones profundas.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Te has puesto blanca.
—Bueno, a lo mejor se me ha bajado un poco la tensión o el azúcar.
O las bragas, pensó Irene, pero eso no lo dijo.
—Eso va a ser porque no hemos desayunado.
Cinco minutos después Irene estaba sentada frente a él con una tostada de pavo y aguacate en la mano, que Mateo le había preparado.
La mejor de su vida.
Irene no sabía qué había hecho ese hombre con la tostada, que no había probado nada igual.
Por no hablar de lo mala que se había puesto mientras la preparaba, porque no podía ser más sexy .
—Come.
—Estoy comiendo —dijo ella, tras probar esa delicia.
—Más.
—Estoy haciendo lo que puedo.
—Pareces mareadilla —comentó Mateo, preocupado.
—Se me va a pasar. Esto está tan rico que resucita a un muerto.
—Las materias primas son de calidad.
—Y tus manos.
—¿Qué? —replicó Mateo, risueño.
—O sea, que la elaboración también cuenta.
Se quedaron sonriendo y luego siguieron con el desayuno.
La conversación fue sorprendentemente fácil y natural, como si se conocieran desde hacía mucho tiempo.
Y, cuando estaban terminando, Mateo se puso un poco más serio y le dijo:
—Gracias.
—¿Por qué? —replicó Irene tras apurar su zumo.
—Por querer ayudarme.
—No tienes que darme las gracias —dijo Irene tras coger un arándano.
—Sí que tengo.
Mateo miró al mar y luego le clavó la mirada para decirle:
—Sergio está hablando con varios equipos españoles y todos están dispuestos a pagar lo que pide mi club.
—Vas a volver a jugar en España —aseguró Irene, con una convicción absoluta.
Mateo respiró hondo y le confesó algo que sabía solo su círculo más íntimo:
—Mi sueño es jugar en el Real Madrid.
—Lo intuía —soltó Irene y luego se metió otro arándano en la boca porque para variar estaba hablando más de la cuenta.
—¿Cómo?
—No hay fotos tuyas de pequeño con la camiseta de ningún equipo, pero…
—Pero ¿qué? —le interrumpió Mateo, intrigado.
—No, nada. Sigue —dijo Irene, como si aquello no tuviera ninguna importancia.
Sin embargo, para Mateo sí que la tenía y mucha:
—Sigue tú, ¿qué intuías?
—Que quieres jugar en el Real Madrid —respondió Irene, encogiéndose de hombros.
—Es mi sueño desde que me dedicaba a romper los cristales de la casa de mis abuelos en Rascafría a balonazo limpio.
—Ja, ja, ja.
—Desde pequeño siempre decía que iba a jugar en el Real Madrid y todos pensaban que era una bobada, que un niño de pueblo jamás llegaría tan lejos.
Todos me decían que era un sueño imposible…
excepto mi abuelo. Mi abuelo siempre creyó en mí.
Era el que me llevaba a los entrenamientos, a los partidos, aunque tuviéramos que ir al quinto pino.
Siempre estuvo ahí. La pena es que ya no esté.
Irene sabía lo de su abuelo porque le había dedicado un post muy emotivo cuando falleció y le dio muchísima pena porque sabía lo unido que estaba a él:
—Lo siento.
—Fue el año pasado. Lo pasé fatal —confesó Mateo, con los ojos vidriosos.
A Irene le entraron ganas de cogerle de la mano para reconfortarlo, pero en su lugar dijo:
—No me extraña. Adoro a mis abuelos y tiemblo de solo pensar en que un día no estarán. Aunque en el fondo nunca se van, de alguna manera creo que siguen con nosotros y que sé que tu abuelo te verá desde el cielo cumplir tu sueño.
—¿Tú crees? —preguntó Mateo, con un nudo en la garganta de la emoción.
Porque estaba teniendo con esa chica una intimidad que hacía mucho que no tenía con nadie.
—Sí.
—Ojalá —masculló Mateo—. Y te confesaré algo: siempre he tenido el convencimiento de que mi sueño se va a cumplir. Es algo que sé, no sé si me entiendes.
Irene asintió y solo pudo replicar con la verdad:
—Demasiado.
—¿Y eso?
Irene se mordió los labios y en vez de confesarle que ella llevaba años soñando que se iba a casar con él, para que no pensara que era una loca peligrosa, decidió contarle algo que también era verdad:
—Vengo de familia de farmacéuticos. Mis abuelos lo eran, mis padres lo son, mi hermano también y todos esperaban de mí que estudiara Farmacia.
Pero no es lo mío. Puedo estar un rato vendiendo caramelos para la garganta y ya.
Cuando me matriculé en ADE a mis padres por poco no les dio algo y aún hoy siguen esperando a que vuelva a la farmacia. Nunca lo voy a hacer, mi sitio es otro.
Mateo asintió porque sabía bien de lo que estaba hablando:
—Mi familia se dedica a la carpintería.
—Lo sé.
—¿Por?
Irene pensó que, porque se sabía hasta su grupo sanguíneo, si bien en su lugar respondió: