Capítulo 7 #2
Sergio la miró sorprendido, porque no esperaba ese giro y encontró que hasta tenían algo en común:
—Entonces te dedicas a algo parecido a lo mío, ambos vemos tesoros donde otros ven trastos.
—Gracias por llamarme trasto, era lo único que te faltaba decirme —bromeó Mateo.
Maica, sin embargo, negó con la cabeza y le aclaró a Sergio:
—Yo soy la que trabaja con trastos. Tú te dedicas a vender personas.
—No, perdona. Yo organizo carreras —precisó él, molesto.
—Eso es lo que dicen todos los que venden personas.
Irene por poco no se atragantó, Mateo se rio por lo bajo y Sergio prefirió no replicar nada, tan solo sostuvo la mirada sobre Maica unos segundos.
Aquello la desconcertó más que cualquier réplica, porque por primera vez encontró un brillo divertido en sus ojos.
El tiburón parecía estar divirtiéndose.
La cena siguió, todo estaba buenísimo, aunque Irene apenas podía comer de los nervios que tenía.
Y más cuando Mateo la miraba a ratos como si no supiera muy bien qué hacer con ella.
Si retirarle un mechón del pelo, agarrarle la mano un segundo o hacerle una caricia en un brazo.
Así llegaron los postres, riquísimos también.
Cuando terminaron, Sergio dejó la copa sobre la mesa y fue al grano:
—Necesito entender una cosa, Irene. ¿Por qué estás haciendo esto?
Irene se enderezó, sonrió y respondió como si aquella fuera la respuesta más lógica:
—Por ayudar.
—No me lo creo. Lo siento, pero no creo en el altruismo. Eso no existe —replicó Sergio, sin pestañear.
—Claro que existe —insistió ella.
—Yo creo que también —apuntó Mateo que miró a Irene un segundo y ella creyó que se moría.
Maica, por su parte, fulminó a Sergio con la mirada y le dijo tras colocarse bien el tirante de su camiseta Patatas Sánchez:
—Yo era como tú, tampoco creía que existiera hasta que la conocí.
—Gracias —dijo Irene, que bajó la cabeza del corte que tenía.
—No me des las gracias —replicó Maica—. Es la pura verdad. Tú eres así. Tienes la absurda costumbre de hacer cosas por la gente sin pedir nada a cambio.
Sergio observó a Maica unos segundos.
Llevaba media vida rodeado de gente que quería algo de los futbolistas: agentes, marcas, periodistas, oportunistas y hasta familiares lejanos que aparecían de repente.
Por eso mismo sabía reconocer la sinceridad cuando la tenía delante.
Y Maica parecía sincera, pero con todo, miró a Mateo y después a Irene a la que le preguntó:
—¿No es por dinero?
—No —insistió Irene.
—¿Dinero? —repitió Maica—. Pero si Irene es de las que da hasta lo que no tiene. No es como yo. Cuando salimos, ella siempre vuelve sin un euro y yo con el mismo billete con el que salí de casa. Irene es de las que invita a todo el mundo. Yo soy una rata. Nos complementamos.
—¿Fama quizá? —insinuó Sergio.
Maica soltó una carcajada y dio tal manotazo en la mesa que la copa no se cayó gracias a los reflejos de Mateo.
—Sí, claro —ironizó—. El sueño de Irene siempre ha sido entrar en Gran Hermano como ex de un futbolista y con tres paquetes de mortadela en la mano.
Irene le dio una patada por debajo de la mesa porque ya no podía más con su forma tan encendida de defender su reputación. Ella estaba enamorada, pero no era tan pava como su amiga estaba dando a entender.
A ver, que sí, que todos los enamorados eran un poco panolis o un mucho tal vez en su caso, pero sabía defenderse bien sola:
—¡Auch! —se quejó Maica, tras la patada.
—Sergio me ha preguntado a mí —habló Irene—. Y no. No quiero fama. Tampoco dinero, ni aprovecharme de Mateo. Él necesita ayuda y yo puedo brindársela. Además —añadió para quedar como una chica muy seria y profesional—, es un cliente de Villas Sol y Luna y nosotros lo damos todo por el cliente.
—Proporcionar una novia falsa excede un poco las peticiones habituales de un cliente —opinó Sergio.
—Nos piden de todo. Es que ni os podéis hacer una idea.
—Ni quiero saberlo —dijo Sergio, tras dar un sorbo a su copa de vino.
Luego guardó silencio unos segundos. No creía que Irene estuviera allí por dinero. Tampoco por fama. Después de escucharla hablar y de observar cómo interactuaba con Mateo durante toda la cena, estaba bastante seguro de eso.
Sin embargo, seguía sin comprar del todo aquella historia del altruismo.
Había algo más.
Algo que se le escapaba.
No parecía una oportunista, ni una cazafortunas, ni una fanática dispuesta a cualquier cosa por acercarse a un futbolista. Pero tampoco una mujer que aceptara convertirse en novia falsa de un desconocido únicamente por espíritu de servicio.
Había una pieza que faltaba en aquel puzle.
Aun así, después de las últimas semanas, Irene seguía pareciéndole la mejor candidata con diferencia.
Y probablemente la menos peligrosa, a pesar de la tocapelotas de la amiga.
Mateo, por su parte, parecía haber llegado a una conclusión mucho más sencilla: Irene era exactamente lo que aparentaba ser. Una buena chica que estaba intentando echar una mano.
Sergio decidió dejar el asunto ahí.
Ya tendría tiempo de descubrir qué se escondía detrás de aquella historia.
—Bien —dijo al fin—. Entonces vamos a hablar del plan.
Vuestra historia de amor es sencilla. Os conocisteis hace un par de veranos por el alquiler de una villa.
Os caísteis bien, mantuvisteis el contacto y empezó una amistad que ha seguido hasta que hace unos pocos meses que os disteis cuenta de que había algo más.
Así que ya sabéis, nada de flechazos repentinos, ni de amores locos.
Lo vuestro es algo tranquilo, serio y estable.
Y esta es la versión que debéis de dar a todo el mundo.
—¿A mi preparador y a mis amigos en la prensa también?
—También. No podemos correr riesgos.
Maica levantó el dedo índice y le preguntó a Sergio:
—¿Puedo decir una cosa?
—Preferiría que no —respondió Sergio.
—Lo voy a decir igual. Esta historia es un peñazo.
—Exactamente —afirmó Sergio, satisfecho—. Eso es lo que necesitamos: aburrimiento.
Irene asintió muy seria, pero pensó que para ella cualquier plan que fuera con Mateo le parecía de lo más emocionante, incluso mirar una pared recién pintada.
—La historia de amor está clara. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos dejamos ver haciendo qué? —quiso saber Mateo.
Sergio se recostó en la silla, satisfecho consigo mismo, y continuó desarrollando aquel plan que llevaba días rumiando: