Sabía que pasaría Capítulo 7
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Capítulo 7

Irene llegó a casa todavía sin creerse que hubiera paseado por Mercadona de la mano de Mateo y que luego hubiera comido con él tan embelesada que hasta podía haber firmado su propia sentencia de muerte.

Aunque según Milda, aquello era exactamente lo que había hecho.

Maica estaba tirada en el sofá, bajo el ventilador de techo renqueante, con el mando en una mano y una bolsa de patatas fritas en la otra.

En cuanto la vio, saltó y media bolsa salió disparada por los aires:

—¡Cuéntamelo todo! ¡Me tienes en un sinvivir!

Irene dejó el bolso colgado en la silla y respondió tras resoplar:

—En un ratito.

—No puedo esperar. Tía, no puedo más. Necesito saber. ¡Me urge, más bien!

—Déjame que me relaje un poco que he tenido que aguantar a Milda hablándome durante una hora de abogados, de Rusia, de puertos lituanos y de corazones pisoteados.

—Ahora estoy más intrigada todavía.

Irene se fue a la cocina a beber agua y Maica la siguió:

—Solo dime dónde le has conocido.

Irene saludó a la foto de Mateo como hacía siempre que abría la nevera, sacó el agua y se sirvió un vaso grande hasta arriba.

—Era el cliente con el que he quedado a las siete de la mañana —le contó Irene tras beberse el agua del tirón.

—¿Y qué pasó después? ¿Un flechazo tan grande que os entraron ganas de comer brócoli y mortadela? —ironizó Maica—. Respóndeme, tía, que me va a dar algo.

—Necesitaba una novia falsa y yo me he postulado como candidata —dijo Irene, como si aquello fuera una cosa muy normal.

—¡La madre que te parió! ¡Venga, dime la verdad!

—Esa es la verdad.

—No, tía.

—Sí, tía, sí —afirmó Irene, tras servirse más agua y sonreír sin querer.

—¿Y esa cara que estás poniendo?

—¿Qué cara?

—Esa de «me he metido en un lío de tres pares de narices y estoy feliz de la vida».

Irene se bebió el agua, se sentó en el taburete y, sin parar de mirar la foto de su crush , se lo contó todo.

La llamada de su representante, las otras candidatas y la propuesta que la dejó anonadada como a Maica, que escuchaba con los ojos cada vez más abiertos.

—¿Y aceptaste sin reparo? —preguntó, sin dar crédito.

—¿Qué reparo voy a poner si llevo toda la vida enamorada de él?

—Precisamente por eso.

Irene se molestó un poco con el comentario porque ya había tenido bastante por ese día con la chapa que le había dado su jefa.

—Ya estamos —murmuró.

—Me preocupo por ti. Solo te digo que tengas cuidado.

—Milda me ha puesto la cabeza como un bombo con lo mismo. Pero todo está bien. He firmado un contrato.

—¿Leíste bien la letra pequeña antes de firmar? —preguntó sabiendo que no.

—Ni la grande ni la pequeña. Lo ha leído Milda cuando ya estaba firmado.

Maica fue a replicar algo, pero no pudo porque sonó el móvil de Irene, que sacó del bolso, y al instante comprobó que en la pantalla ponía Mateo.

—Es él —dijo Irene, con el corazón que se le iba a salir por la boca.

—¡Cógelo!

—Ya sé que tengo que cogerlo, pero estoy que me cago —murmuró Irene, llevándose la mano al vientre.

—Vete al baño y habla allí mientras plantas el pino.

—¿Cómo voy a hablar con él mientras edifico?

—Igual se piensa que estás orgasmando.

—¡Calla! —estalló Irene, entre risas—. ¡No me pongas más nerviosa! Madre mía, lleva cinco tonos. ¡Va a colgar! —exclamó atacada.

—¡Cógelo!

Irene descolgó, carraspeó un poco y saludó intentando sonar normal:

—¡Hola!

—¡Hola, Irene! Siento molestarte…

—No, tú nunca molestas —dijo mientras Maica corría al salón a por la bolsa de patatas fritas.

—Eres muy amable —repuso Mateo con un tono de voz que Maica encontró tan sexy que por poco no se licuó—.

Pues verás, te cuento… Mi representante se ha plantado en Ibiza de urgencia.

Tiene casa aquí también. Resulta que quiere conocerte.

Ha visto las fotos de Mercadona y tal y tiene mucha curiosidad por saber quién eres. Ya sé que está siendo todo muy rápido…

—No pasa nada —mintió Irene como una bellaca, porque le estaba pasando de todo.

—Él es así. No te lo tomes a mal. Solo quiere confirmar que está todo en orden.

—Lo entiendo.

—Tiene tantas ganas de conocerte que quiere que cenemos en una hora.

—¿Una hora? —replicó Irene, que estaba tan ansiosa por verlo que le sobraban minutos.

—¿Tenías algún plan?

—El tuyo es mejor —se apresuró a decir.

—Te lo agradezco. Y si la situación te resulta demasiado intimidante, tráete a una amiga y así, de cara a la galería, parecerá una cena informal con amigos.

Maica, que había vuelto a la cocina y estaba escuchando mientras zampaba patatas sin parar, negó con la cabeza:

—Sí, claro. Llevaré a Maica.

Maica puso una cara de pánico tremenda mientras Mateo decía:

—Perfecto. Te mando la ubicación.

Colgaron y Maica le informó antes de que Irene dijera nada:

—De aquí no me mueve nadie.

—Por favor.

—No pienso ir.

—No me dejes sola con el representante, te lo ruego. Milda dice que estos tíos son lo peor.

—Por eso me niego a cenar con un tiburón.

—Maica…

—No —repitió hablando con la boca llena.

—Te necesito más que nunca.

Maica tragó, aguantó tres segundos callada y luego exclamó porque en el fondo sabía que Irene estaba tan colgada por Mateo que de verdad sintió que la necesitaba:

—¡Vale! Voy, pero con la intención de meterle lo primero que pille por las branquias cuando te intente morder.

—Gracias —musitó Irene, abrazándola.

—Te lo digo en serio. Si ese tío me cae mal, no pienso disimular —le advirtió tras deshacer el abrazo.

Irene sonrió y se fue directa al baño a darse una ducha rápida. Después se puso rímel, colorete y pintalabios, dejó que el pelo se secara al aire y le pidió a Maica un vestido rojo, corto y entallado, que era sexy y elegante.

—¿Y tú qué te vas a poner?

—Yo ya estoy vestida —respondió Maica, que llevaba unos Levi’s cortados por la ingle y la camiseta blanca de tirantes que ponía Patatas Sánchez con la que estaba por casa.

—¿Vas a ir con la camiseta de Patatas Sánchez?

—Es vintage .

—Mil años debe tener, sí —bromeó Irene, tras leer un mensaje que acababa de entrarle—. Ya tengo la ubicación y nos van a invitar al mejor sitio de Santa Eulalia.

La noticia no impresionó lo más mínimo a Maica:

—Yo no voy a pagar. Y tampoco me voy a poner tacones y un vestido que me impida respirar para impresionar a un tiburón.

—Por lo que sé de él por la prensa, es un tío serio, pero no parece una mala persona.

—Me da igual cómo sea, no me pienso poner de punta en blanco por nadie. Y si no te gusta como voy, me quedo en casa.

Irene cogió el bolso y la empujó hasta la puerta, después se subieron a la Vespa y llegaron un poco tarde porque había tráfico y Maica se equivocó con los atajos.

El restaurante era bonito, elegante y todo el mundo parecía vestido para un anuncio de perfume carísimo.

—Soy la única que va vestida como si hubiera venido a cambiar una bombilla —dijo Maica, en cuanto entraron.

—Ya te advertí de que este sitio era muy elegante.

—Me da lo mismo. Solo estaba comentando el hecho.

Maica no pudo seguir hablando, porque Mateo se levantó al verlas y a Irene por poco no le dio algo.

Estaba guapísimo, con una camisa oscura, unos pantalones de lino y una sonrisa que la derritió.

A su lado estaba Sergio Beltrán. Era alto, guapo, estiloso, controlado y con esa seguridad típica de los hombres que creen que el mundo funciona mejor cuando ellos lo gestionan.

Mateo fue a saludarlas y las acompañó hasta la mesa donde les presentó a Sergio.

Sergio saludó a Irene muy correcto, pero con Maica fue distinto.

La miró de arriba abajo y le preguntó con una sonrisa mordaz:

—¿Vienes directamente de regar las plantas de tu abuelita? ¿O se te ha olvidado cambiarte?

Maica sonrió despacio y replicó con la misma mala baba que ese tío que iba vestido como para una portada de Forbes:

—¿Y a ti se te ha olvidado traer la amabilidad de casa?

Irene y Mateo se miraron temiendo que esos dos se engancharan, pero Sergio lo que hizo fue arquear una ceja y responder:

—Interesante.

—Ya veremos lo interesante que te parece después de la cena, majo —le previno Maica, divertida.

Se sentaron en la mesa…

Mateo intentaba suavizar la tensión, Irene hacía esfuerzos ímprobos para no parecer demasiado feliz y flipada, Sergio observaba a Irene como si fuera una operación de alto riesgo y Maica miraba a Sergio como si fuera un mueble bonito, pero carcomido por dentro.

Cuando acabaron con los entrantes, Sergio rompió un silencio incómodo preguntándole a Maica:

—¿A qué te dedicas?

Y la verdad era que esa chica menuda, de media melena, castaña y lisa, sonrisa afilada y tan expresiva que se le podía leer el pensamiento en la cara antes de que abriera la boca, le había despertado curiosidad desde el primer momento.

Había que tener mucha personalidad para plantarse con esas pintas en un restaurante de gente guapa vestida de lino del bueno.

Aparte de que no se arredraba, le mantenía la mirada desafiante, como justo en ese instante en que respondió:

—Trabajo en Mercadona. Una de las fotos que me he hecho con Mateo con la lengua fuera y los ojos en blanco la han sacado en un programa de la tele.

—¿Qué dices? —inquirió Irene, alucinada.

—Como te cuento.

—Lo del Mercadona ha sido… —habló Sergio, poniendo el grito en el cielo.

Sin embargo, Maica terminó la frase por él:

—Perfecto.

—¿Perfecto? —repuso Sergio, perplejo—. ¡El resultado ha sido tan escandalosamente público que parecía que Mateo estaba en una campaña electoral! Como sigamos así, esto se va a convertir en una patochada. Y es lo que menos necesitamos en este momento.

—Queríamos un impacto rápido y lo mejor era Mercadona —se justificó Mateo.

—Pero a partir de ahora no más numeritos en el Mercadona —zanjó Sergio. Después, volvió a interpelar a Maica—: Y tú, ¿cómo es que trabajas allí?

—Siempre soñé con trabajar en un supermercado.

—¿En serio? —replicó Sergio, incrédulo.

—De pequeña no jugaba a las muñecas, jugaba a los supermercados. Tenía mi caja registradora, mi carrito de la compra, mis hortalizas de plástico…

—O sea que eres cajera vocacional.

—También estudié Restauración y Conservación. Es mi otra pasión, restauro muebles, cuadros y cualquier cosa que la gente normal tira.