Sabía que pasaría Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Irene negó con la cabeza, sonrió y dijo:

—No. Soy más que eso.

—Si piensas que así me estás tranquilizando…

—Te estoy diciendo la verdad. Siempre he sabido que esto iba a pasar.

—¿El qué? —preguntó Milda, mosqueadísima.

—Que acabaríamos juntos.

Milda la miró espantada, agarró una estilográfica, la estranguló y reconoció:

—No soporto el pensamiento mágico.

—Es una certeza emocional —matizó Irene con la voz un poco quebrada—. Es algo que siempre he sabido en lo más profundo de mi corazón.

Milda soltó la pluma, se llevó las manos a la nuca, luego alzó la barbilla para señalar el contrato y precisó:

—No estás con él. Él solo quiere utilizarte para limpiar su reputación.

—Ya, pero él no es un tío que use a las personas y luego las deje tiradas.

—Los hombres así las usan, las estrujan como un limón y las tiran.

—Él no es así.

—No me discutas lo que pone por escrito, Irene —le ordenó señalándola con la estilográfica que agarró otra vez.

—Esto es un contrato.

—Que has firmado sin leer —le recordó Milda, alzando las cejas.

—Vale. Sí. No debería haberlo hecho. Pero una cosa es el contrato y otra la realidad.

—¿Y cuál es la realidad? —preguntó Milda, dándose golpecitos en la barbilla con la pluma.

—Que él no es como dicen.

—¿Y por qué lo sabes?

—Porque lo sé.

—Ese no es un argumento de peso —concluyó Milda dejando la estilográfica junto al móvil.

—Lo es para mí.

Milda suspiró y por primera vez no parecía enfadada, sino agotada:

—Escúchame bien, quiero que tengas cuidado.

—Lo tendré.

Irene sonrió porque su jefa tenía una preocupación que ya era casi de amiga:

—Gracias por preocuparte tanto por mí. Y quiero que sepas que me llega a la patata —aseguró Irene, con una sonrisa agradecida.

—Tampoco vayamos a ponernos moñas ahora —dijo Milda, en un tono de regañina.

—Me quedo con que sé que te importo.

—Escucha —replicó Milda, tras apretarse el puente de la nariz—. Tú formas parte de mi proyecto. Y en el fondo estoy protegiendo los intereses de la empresa.

—Claro, pero también los míos.

Milda soltó el aire que tenía contenido y no le quedó más remedio que decir:

—Sí.

—Ajá —masculló Irene con una sonrisa gigante.

—¿Quieres dejar de sonreír así?

—¿Así cómo?

—Como si quisieras abrazarme —contestó Milda, como si aquello fuera algo asqueroso.

—¿Puedo? —bromeó Irene.

—No es el momento. Y hazme caso, cuídate mucho.

—Mateo no me va a hacer daño.

—No estoy hablando de Mateo —aclaró Milda.

—¿Entonces de quién? ¿De sus abogados?

—De ti. Tú puedes llegar a hacerte más daño a ti misma que una legión de abogados.

—¿Yo? —murmuró Irene, pestañeando deprisa.

—Llevas años imaginando cómo es ese hombre. No le conoces.

—He leído y he visto todo lo que hay publicado sobre él. Y cuando digo todo, debe ser todo.

—¿Todo? —repitió Milda, patidifusa.

—Hasta los podcast más random.

Milda se quitó las gafas y la miró con una preocupación añadida:

—A ver si por quien voy a tener que preocuparme es por Mateo.

—No estoy obsesionada, Milda. Si estuviera obsesionada, me habría presentado en Italia, me habría colado en los entrenamientos y tendría una colección de toallas sudadas en un armario.

Milda se quedó pensativa un momento y luego habló:

—Es un tanto inquietante que tu referencia para una obsesión sea esa.

—Insisto en que lo mío no es obsesión. Estoy enamorada de él.

—¿Crees que lo conoces porque te sabes de memoria lo que publican de él? —contraatacó Milda.

—Lo que tengo claro es que lo último que están publicando es todo mentira.

Milda la miró como si estuviera en serio peligro:

—Uf.

—Sé que él no es como lo pinta la prensa. Y esta es la oportunidad perfecta para conocerlo de verdad.

—Es la oportunidad para que descubras si el hombre real se parece al que llevas casi media vida construyendo en tu cabeza. Y me temo que el chasco va a ser morrocotudo.

—Sé que se parece, de verdad que creo que Mateo es un buen tío.

—Ojalá que tengas razón —repuso Milda, sin ningún convencimiento.

—La tengo.

—Y si no la tienes…

—Mateo no va a romperme el corazón —afirmó Irene, convencidísima.

—Podría hacerte un daño que ni puedes imaginar.

Irene notó un quiebre muy pequeño en la voz de Milda que le llevó a deducir:

—Milda, lo dices de un modo como si te hubiera pasado a ti.

—No estamos aquí para hablar de mí —dijo Milda, cerrándose en banda.

—Lamento que pasaras por eso.

—¡Preocúpate por ti, que menuda tienes encima! —exclamó Milda, agitando una mano.

—¿Te cuento una cosa?

—Me temo lo peor —bufó Milda.

—Es bonita. ¿Tú crees en la existencia de los universos paralelos?

—Por favor, dime que me vas a hablar de física cuántica —le rogó Milda, echando la vista al techo.

—De Mateo y yo —respondió Irene, con una sonrisita que Milda encontró de lo más boba.

—Me olía que había una trampa en la pregunta.

—Siempre he tenido la sensación de que, en algún universo paralelo, Mateo y yo ya estamos juntos.

—¿Y en ese universo lees los contratos antes de firmarlos? —inquirió Milda, mordaz.

—Milda…

Milda clavó la vista en la puerta y le exigió en un tono que no admitía enmienda:

—Vuelve al trabajo y ándate con mucho ojo. Yo desde luego que no pienso quitártelo de encima. Y como bajes el rendimiento, aunque solo sea un poquito…

—Ahora que Mateo por fin está en mi vida en este plano de la realidad voy a ser mejor. Ya lo verás.

—No puedo más —soltó Milda tras apurar el vaso de agua—. Me agotas tanto que creo que voy a tener que tomarme la tarde libre.

—¿Tú? —replicó Irene, porque Milda era de las que iba al trabajo con cuarenta de fiebre.

—¡Fíjate si me tienes frita!

—Perdóname, pero es que estoy tan feliz…

Milda no le dejó terminar la frase, señaló la puerta y gritó:

—Fuera de mi despacho. ¡Ya! ¡Y no me líes ninguna!

Milda gritó tanto que se le escuchó en el otro universo donde Irene y Mateo eran tan felices…