Capítulo 6
Después de la comida, Mateo la acercó al trabajo y, a las cinco en punto, Irene se sentó a su mesa sin saber todavía si aquello había sido realidad, un sueño o una insolación particularmente creativa.
Y justo cuando estaba reviviendo en su mente el momento en que Mateo había retirado la silla del restaurante carísimo y de moda, en el rincón más romántico y coqueto, y ella, de los nervios, había trastabillado hasta acabar chocando la espalda contra el pecho firme y maravilloso de ese hombre que olía como los dioses… Milda la llamó.
Y Milda casi nunca lo hacía en la oficina.
Milda escribía correos, a veces enviaba wasaps o la llamaba a través de recepción, pero solo descolgaba el teléfono ella misma cuando pasaba algo.
Sin embargo, esa tarde, a Irene le dio lo mismo lo que fuera que tuviera que decirle.
Se levantó y cruzó la oficina intentando parecer una persona normal, pero era muy difícil porque tenía la absurda sensación de estar flotando y no podía dejar de sonreír.
Sobre todo cuando, antes de llegar al despacho, recordó a Mateo sujetando el brócoli como si fuera un ramo de novia y tuvo que morderse los carrillos para no soltar la carcajada.
—Ay.
Respiró hondo, se puso todo lo seria que pudo y llamó a la puerta.
—Pasa.
La voz de Milda sonó tan seca que a Irene se le borró la sonrisa al instante. Entró y comprendió que la situación era peor de lo que imaginaba.
Milda estaba sentada detrás de la mesa, tenía el portátil abierto, el móvil al lado, tres cafés vacíos y la expresión de quien está considerando cortar alguna cabeza.
—Siéntate.
Irene obedeció, Milda giró lentamente la pantalla y le exigió:
—Explícame esto.
Era una fotografía borrosa de ellos entrando a Mercadona cogidos de la mano que alguien había subido a X.
Luego, siguió bajando por el hashtag #Mateoliándolaotravez y apareció empuñando el brócoli y ella al fondo con las piernas cruzadas para no hacerse pis encima.
Después se pasó a TikTok para enseñarle a las inglesas cantando junto a las cervezas y a la señora de Toledo gritando que seguía con las bragas en el suelo.
Siguió con Instagram donde aparecía un reel entrando en el restaurante y otro saliendo. Y acabó con un montaje musical con corazones de ellos dos con todo el material que había.
Mientras su jefa le enseñaba el apocalipsis mediático, Irene solo podía pensar en que en cuanto regresara a su mesa iba a guardarse ese vídeo de miradas robadas, brócoli y mortadela… en favoritos para verlo cincuenta veces antes de dormir.
—Anda —dijo Irene.
—¿Qué te parece?
—El vídeo ha quedado muy mono. Y esa canción es taaan romántica. Lleva semanas sonando en todas partes.
Milda cerró los ojos y le advirtió tras abrirlos al instante:
—¡No me vaciles!
—Te estoy diciendo la verdad.
—¿Me quieres decir qué es esto? —preguntó señalando la foto del brócoli.
—Esa foto ha quedado bien. La luz está genial.
—Estás a un tris de agotar mi paciencia. ¡Responde de una maldita vez! ¿Qué diablos es todo esto? —inquirió Milda señalando con rabia la pantalla con ambas manos.
Irene decidió que lo mejor era recordarle a Milda lo profesional y seria que era y respondió:
—Todo esto es que en Villas Sol y Luna hacemos las cosas bien. Porque mira la repercusión que ha tenido.
—¡Toda la isla está hablando de vosotros!
—A lo mejor es un poco exagerado decir eso.
Milda agarró el móvil y replicó con un enojo que iba en aumento:
—He recibido veintisiete mensajes.
—¿Veintisiete? —repitió Irene, porque no tenía ni idea de qué decir.
—Diez de clientes que te conocen.
—Qué majos.
Milda la fulminó con la mirada y siguió hablando:
—Cinco de colaboradores y tres de mi madre que lo está siguiendo todo por TikTok.
—¿Tu madre tiene TikTok?
—¡Eso no es lo importante! —gritó Milda estampando el móvil contra la mesa.
Irene se froto el cuello y durante unos segundos solo se escuchó el aire acondicionado.
—¿Recuerdas la norma que te di cuando llegaste aquí? —le recordó Milda tras apretar fuerte los dientes.
Irene estaba tan nerviosa que en ese momento no se acordó más que de una norma:
—¿La de que vaya muy preparada con los alemanes que son los que más preguntan?
—La de que donde tengas la olla no metas…
—Ya. Ese refrán te lo enseñé yo. Tú me dijiste uno lituano que no recuerdo.
—Deberías habértelo tatuado en la frente, porque aquí sales cogida de la mano de un cliente —bufó señalando la pantalla.
Irene negó con la cabeza y replicó cruzándose de brazos:
—Esto no es un donde tengas la olla en estricto rigor.
—¿Y qué es? ¡Explícamelo!
Irene tomó aire, descruzó los brazos y le contó, convencida de que tenía la respuesta que iba a desactivar su cabreo en un segundo:
—Mateo Rivelles me comunicó que necesitaba una novia falsa y yo…
Milda le clavó aún más la mirada y le interrumpió más enfadada todavía:
—¿Qué?
—Una novia falsa. Fake . Trucha. De pega.
—¡Sé lo que es una novia falsa! —gritó Milda, dejándose caer contra el respaldo—. Y me estás poniendo de una mala leche que voy a necesitar algo más fuerte que café.
—¿Te traigo un pacharán? —propuso Irene, solícita.
Tan solícita que su jefa entró en erupción:
—¡Irene! ¡Deja de tocarme los ovarios y justifícame esta mierda de cualquier manera que no sea que has aceptado ser su novia falsa!
—He aceptado. Y vengo de firmar el contrato —replicó Irene, como si aquello fuera algo de lo más sensato.
—¡O sea que el desastre ya es total! ¿Me quieres explicar la razón por la que has firmado una locura ante abogados?
—Porque era lo que el cliente necesitaba —contestó Irene, parapetándose detrás de la profesionalidad.
—¿Y si mañana necesita un riñón?
—Depende cuál.
—No estoy de humor —repuso Milda, airada—. ¿Todavía no ves el humo que estoy echando por las orejas y el fuego que sale de mis ojos?
—Vale. Olvídalo.
Milda se masajeó las sienes, bebió un poco de agua y le preguntó:
—¿Y cuánto te paga?
—No lo sé —respondió Irene, encogiéndose de hombros.
Milda se quedó a cuadros y volvió a preguntarle:
—¿Cómo es que no lo sabes?
—No me he fijado en lo que he firmado.
—¡No me fastidies! ¿En serio que firmas cosas sin leerlas antes?
Irene pensó que estaba como para fijarse en nada, en su primera cita… aunque fuera falsa con el amor de su vida.
—Yo solo quiero ayudar.
—¿Ayudar? —preguntó Milda, atónita.
—Sí.
—¿Y cuánto te paga por ayudar?
—No lo sé. ¡Ya te lo he dicho!
—¡Esto es el colmo! —exclamó Milda haciendo grandes aspavientos con las manos.
—Pero el contrato es mío. Villas Sol y Luna no tiene nada que ver —aclaró Irene, para que su jefa se calmara un poco.
—Perfecto. Entonces la única que puede arruinarse la vida eres tú. Dame ese contrato que quiero saber exactamente hasta dónde te va a llegar la mierda.
Irene se fue a su mesa a buscarlo, regresó con él, se lo pasó, Milda se puso las gafas de pasta roja, empezó a leer a toda velocidad y a medida que iba pasando páginas cada vez parecía más indignada.
—¿Qué pasa? ¿Por qué pones esas caras tan raras?
—Porque tienes menos instinto de supervivencia que un conejo cruzando la autopista.
—¿Ese es el resumen del contrato? —quiso saber Irene, sin poder creer que Mateo le hubiera hecho firmar un contrato leonino.
—Es el resumen de la situación. Tenías que haber pedido el triple para pagar la terapia cara que vas a necesitar.
Tras decir esto, Milda se detuvo, volvió atrás, leyó otra vez y levantó lentamente la cabeza:
—¿Cómo has podido firmar sin leer la página veintitrés?
—Me fio de Mateo —respondió Irene, sin pensarlo.
—Al que conoces desde hace seis horas. Aquí pone que: «La participación en el presente acuerdo no implica obligación alguna de mantener relaciones sentimentales, afectivas, sexuales o íntimas».
A Irene le pareció algo tan razonable que respiró aliviada y replicó:
—Pues me parece bien. Esto es una operación de imagen. Cualquier cosa que ocurra fuera de eso tendrá que ser voluntaria. ¡Nadie está obligado a nada!
Milda lanzó el contrato sobre la mesa y habló a grito pelado:
—Pero tú habrías firmado igual si hubiera puesto lo contrario. ¡Ese es el problema!
Irene pensó que Milda tenía razón, pero lo que dijo fue:
—Lo importante es que la cláusula me protege y demuestra que Mateo está haciendo todo de manera correcta.
Milda volvió a agarrar el contrato, lo agitó al aire y le dijo muy seria:
—Estos hombres son peligrosos.
—Mateo no.
—Todos los ricos y famosos tienen abogados que pueden arruinarte la vida con un solo chasquido de dedos.
—¡No creo que sea para tanto!
Milda le pasó el contrato a Irene y le contó bajando la voz:
—Soy lituana y sé bien cómo funcionan los imperios.
—No estamos hablando de Rusia —habló Irene que cogió el contrato y lo dejó sobre la mesa.
—Siempre estamos hablando de Rusia. Lo quieren todo. Y sé que pronto vendrán a por nuestros puertos.
—¿Qué puertos?
—¡Los de Lituania! Con ellos nunca estamos a salvo. Y los abogados de los poderosos son igual.
—No tengo puertos. ¡Estoy a salvo! —canturreó Irene, sonriente, alzando las manos y moviendo los dedos.
Milda la taladró con la mirada y le dijo muy seria, como si una gran amenaza se cerniera sobre ella:
—No lo estás. Porque él posiblemente quiera tu corazón.
—Ah, sí es por eso… ¡Ya lo tiene! —exclamó Irene, dando un manotazo al aire.
—¿Cómo que ya lo tiene? —inquirió Milda, revolviéndose en la silla—. ¿En seis horas has firmado un contrato y le has entregado tu corazón? —Luego, se quedó dos segundos callada y volvió a la carga—: ¿Dónde te lo has follado? ¡Solo espero que no tenga también que ver imágenes de eso!
Irene resopló y decidió que había llegado la hora de contarle su historia a Milda aun a riesgo de que acabara de confirmar que la tragedia no tenía remedio.
—Milda, por favor… No ha pasado nada entre nosotros. Pero llevo enamorada de él desde los diecisiete.
Milda puso una cara de incredulidad tremenda y replicó convencida de que solo podía ser un chiste sin gracia:
—¿Cómo?
—Llevo toda la vida enamorada de él.
Milda la miró espantada y cabreada a partes iguales y soltó:
—¿Y me lo dices ahora?
—Porque pensaba que no tenía ninguna importancia.
—Ya ves que sí. Entonces, eres una fan de este tío.