Capítulo 5
No lo entendía, pero se quedó callado un segundo y luego dijo:
—¿Seguro? ¿Y las chipas?
—Son chispas llevaderas —respondió Irene, poniendo el pie en el suelo.
—Me quedo más tranquilo.
—No te preocupes por nada. En Villas Sol y Luna somos así. Tú necesitas una mano falsa y nosotros te la damos.
—Ja, ja, ja. ¿Una mano falsa? —repitió Mateo, muerto de risa.
Irene pensó que no tenía falso ni el moño, pero se rio también y replicó tirando suavemente de la mano de él:
—Tú me entiendes. Entremos.
Mateo se echó a andar de la mano de Irene y se sorprendió de lo sencillo que era. Es que ni tenía que fingir, era como si aquello fuera algo natural que llevaran haciendo desde hacía tiempo.
Irene sintió lo mismo, pero ella ni se sorprendió porque estaba harta de pasear de su mano por el universo paralelo aquel.
Cuando por fin pasaron al supermercado, ella se fue directa a la caja número dos.
Levantó el brazo para mostrar las manos entrelazadas y gritó con una sonrisa que no le cabía en la cara:
—¡Maica!
Maica levantó la cabeza, miró a Irene, luego a él, después a las manos y se quedó entre el infarto y la incredulidad.
Tanto fue así que volvió a mirarlos, sobre todo él, para asegurarse de que no era un doble y no pudo seguir pasando productos por el lector.
La clienta que iba con prisa, le preguntó torciendo el gesto:
—Perdona, pero no puedo esperar.
—Un momento, por favor.
—No tengo momentos —replicó la señora, muy borde.
Maica pasó los productos a toda velocidad, le cobró y aprovechó que no había nadie más esperando, para salir de detrás de la caja y exclamar reprimiendo las ganas de zarandear a Irene:
—¡No!
—¡Si, tía! ¡Sí! —susurró Irene que no podía tener los ojos más brillantes.
—¡No! —musitó Maica, tras mirar a Mateo otra vez y comprobar que era él.
Mateo se colocó las gafas de sol en la cabeza, a modo de diadema mientras seguían:
—¡Sí!
—¡No!
—¡Sí, sí, sí! —canturreó Irene.
—¡No puede ser! —exclamó Maica, llevándose las manos a la cara.
—Te dije que pasaría.
Mateo arqueó una ceja porque ya no podía más con la intriga y preguntó:
—¿Qué iba a pasar?
Las dos amigas se quedaron calladas, Irene negó con la cabeza y respondió:
—Nada.
—Absolutamente nada —confirmó Maica—. Son tonterías nuestras.
—Eso es. ¡Bobadas! —zanjó Irene, agitando la mano libre—. Mira, Maica, te voy a presentar: él es Mateo, Mateo ella es Maica.
Maica le dio dos besos sin creer que aquello estuviera pasando y escuchó una voz grave que decía:
—¿Aquí no atiende nadie?
Maica se excusó, pero antes de regresar a su caja, apartó un poco a Irene y le cuchicheó:
—¿Qué le has hecho para llevarlo de la mano?
—Ya te contaré —respondió Irene con una sonrisita nerviosa.
Maica abrió mucho los ojos, se puso seria y le preguntó:
—¿No le habrás dado algo?
—Una pócima —bromeó Irene.
Maica se quedó patidifusa y preguntó:
—¿Le has drogado?
—¿Por quién me tomas? —repuso Irene, bajando más la voz.
—Entonces, ¿qué es esto? Como sea una cámara oculta, te dejo de hablar.
—No es una cámara oculta.
—¿Una alucinación colectiva? —inquirió Maica, sin dar crédito.
—Tampoco.
—Pues yo sí que alucino. Y en carne y hueso está más buenorro que en el frigorífico.
—Ya, tía. ¿Qué me vas a contar? —replicó Irene, que estaba exactamente igual que ella.
—Cajera… —interrumpió el cliente, un hombre de cincuenta años, con las gafas de sol puestas, la camisa negra arrugada y el pan de molde en la mano.
Maica juntó las manos y le suplicó:
—Caballero, esto es una emergencia.
—¿Qué emergencia? —preguntó el señor, mirando a todas partes porque no veía ningún peligro.
—Llevan años preparándome para este momento y no quería creerlo.
—¿Han entrado los extraterrestres a comprar protector solar o qué? —se guaseó el cliente.
—No puedo hablar. Vaya a la caja tres, por favor, que está libre.
El señor se fue de mala gana con el pan de molde en ristre y Maica le susurró a su amiga:
—Escúchame una cosa.
—¿Qué?
—¿Te acuerdas de todas las veces que dijiste que acabarías con él?
—Sí.
—Retiro oficialmente todas las veces que te llamé flipada.
El cliente, que aún no se había ido a la caja tres, de pronto se fijó en algo:
—¿Ese no es Mateo Rivelles?
—Señor, caja tres, si es tan amable… —le rogó Maica.
Sin embargo, Mateo sonrió, asintió y sacó de dudas al señor:
—Soy yo.
—¡No puedo creerlo! ¡Te admiro muchísimo!
—¿Sigues la liga italiana? —supuso Mateo.
—Paso de fútbol —negó el hombre—. Sigo la prensa del cotilleo. Y soy de los tuyos. Festero total. ¿Me firmas un autógrafo en el pan de molde, por favor?
—Cómo no —respondió Mateo, sin perder la sonrisa.
—Cajera, ¡préstame un rotulador! —exigió el cliente festero.
Maica volvió a su puesto, le pasó un rotulador azul, Mateo le firmó el pan de molde y el cliente se fue tan contento.
—¡Oiga, que no ha pagado! —le gritó Maica.
—Yo invito —le dijo Mateo a Maica—. Luego, lo cargas a mi cuenta. ¿Entramos? —le pidió a Irene a la que le tendió la mano otra vez.
Ella le agarró de la mano, pasaron al supermercado, aunque tampoco pudieron avanzar demasiado.
La primera foto llegó en la sección de lácteos, la segunda en la de los yogures, la tercera delante del congelador de las tartas.
—¿Eres Mateo Rivelles? —le preguntó una señora que arrastraba a un niño de seis años que parecía venir de pelearse con siete.
—Sí.
—Pregunto porque eres mucho más guapo y más alto que en el cromo.
—El cromo del álbum de este año es criminal.
Irene no estaba de acuerdo, estaba tan enamorada de él que hasta en esa foto le parecía que estaba espectacular. Pero no dijo nada, fue la señora la que habló:
—Es el favorito de mi nieto. Eres su ídolo. ¿Verdad, Dieguito?
El niño se medio escondió detrás de su abuela de lo impresionado que estaba y susurró:
—Sí.
—Quiere ser futbolista de mayor. De momento, ya me ha roto seis veces el cristal de la ventana de la cocina.
Mateo miró al niño con una complicidad que a Irene le estremeció y dijo:
—Yo era igual. Esa es muy buena señal.
—¿Has escuchado, Dieguito? ¡Que vas para figura! —Luego, se dirigió a Mateo otra vez y le rogó—: ¿Le puedo pedir a esta chica que nos haga una foto?
—Es mi novia —aclaró Mateo.
La señora le miró extrañada y le preguntó frunciendo el ceño:
—¿Pero tú tienes de eso?
—Ahora sí, señora.
—Evelina —se presentó la señora, llevándose la mano al pecho.
—Es mi novia, señora Evelina —insistió Mateo, mirando a Irene de un modo que ella tuvo que apoyarse en el congelador de las tartas para no caerse de lo que le temblaban las rodillas.
La mujer los miró de arriba abajo y sonrió:
—Se nota que hay chispas.
Irene, que aún no se había recuperado de escuchar de labios del hombre de su vida que era su novia, abrió la boca para decir:
—Es la electricidad estática de las zapatillas.
—Ay, ¡qué graciosa! —exclamó la señora, entre risas—. ¡Toma, guapa! —le pidió pasándole el móvil—. Haznos unas cuantas fotos. Si no te importa, Mateo Rivelles…
—Las que quiera —dijo él, con una sonrisa arrebatadora.
Irene agarró el teléfono, la señora se enganchó del brazo de Mateo, el niño se puso delante de la abuela y los tres no pararon de decir: cheese .
Irene les hizo un montón de fotos sin dejar de pensar que Mateo no podía ser más mono y más cañonazo y tras despedirse pasaron por la sección de panadería.
Allí les abordó otra señora de unos sesenta años, con el móvil en la mano, que le preguntó directamente a Mateo:
—¿Te importa saludar a mi prima? En cuanto te he visto pasar por donde los dentífricos, le he hecho una videollamada y la tengo aquí al borde del parraque.
—Pásemela, por favor.
—Mariiiiiiiii —chilló la señora tanto que casi los deja sordos.
—¿Qué? —replicó Mari, desde el otro lado.
—Mira.
—¿Qué miro?
—La pantalla, leñe.
La mujer enfocó a Mateo y al otro lado hubo un grito:
—¡Madre de Dios!
—¡Hola! —saludó Mateo alzando una mano.
—¡Estoy en Toledo! —exclamó la señora, a grito pelado también.
—Me alegro mucho, Mari —replicó Mateo, sonriendo.
Y de pronto se escuchó en todo Mercadona cómo la señora gritaba desde Toledo:
—¡Y yo más que me voy a tener que poner tirantes para sostenerme las bragas!
Irene tuvo que apartarse para soltar una carcajada y Mateo replicó como si aquello fuera un encuentro diplomático:
—¡Encantado, Mari! Que tenga un buen día.
Irene se tronchó otra vez y luego les abordó un grupo de italianos que le reconocieron al instante:
Luego les abordó un grupo de italianos que lo reconocieron al instante.
—¡Mateo!
—¡ Capitano !
—No soy capitán —protestó él entre risas.
—Para nosotros sí.
Le pidieron una foto y uno de ellos señaló el tobillo.
—¿Cómo va la recuperación?
—Mucho mejor.
—Te necesitamos. La defensa es un desastre sin ti.
—No exageres —le pidió Mateo.
—No exagero. Mi nono dice que eres el alma del equipo.
—Dale recuerdos a tu nono .
—Se los daré. Y le diré que te he visto muy bien.
Los italianos se hicieron la foto y, antes de marcharse, uno de ellos señaló a Irene.
—Aunque dicen que quieres jugar en España, ¿la razón no será ella?
Mateo e Irene intercambiaron una mirada.
—Ella es la razón de todo —respondió él, encogiéndose de hombros y pensando que, aunque odiaba mentir, con ese teatrillo se lo estaba pasando genial.
—¡Por fin! —gritó el italiano.
—¿Por fin qué? —preguntó Mateo.
—Nada. Era evidente que necesitabas novia. ¡Convéncele para que no se vaya de Italia! —le pidió a Irene.
Después de ese grupo, apareció otro de inglesas de treinta que no sabían cómo habían acabado en la isla, pero sí que reconocieron a Mateo junto a la sección de cervezas.
Montaron tal jaleo que se acercó mucha más gente y Mateo los atendió a todos.
Hasta un par de jubilados que no tenían ni idea de quién era él, pero querían una foto igualmente:
—¿Y usted quién es? —inquirió el señor del sombrero.
—Un futbolista —respondió Mateo.
—¿Muy famoso? —quiso saber el otro.
—Algo.
—Pues coge el móvil, majo, y haznos la selfi.
Mateo se colocó entre ellos, agarró el teléfono y les pidió:
—Venga, péguense bien.
Mientras tanto Irene había cogido tres paquetes de mortadela.
Cuando le dejaron seguir comprando, Mateo se fijó en que Irene llevaba tres paquetes de mortadela en la mano y preguntó:
—¿Por qué llevas tanta?
—Para que se vea bien en las fotos que te metes en el Mercadona para darme el capricho de la mortadela.
Mateo resopló y comentó porque aquello se había ido completamente de madre:
—De verdad que no sé si esto va a acabar por hundirme.
—¡Qué va! ¡Es al revés! ¡Sígueme! —le pidió Irene, que parecía entusiasmada.
Ella se dirigió a la sección de frutas y verduras.
Mateo se fue detrás.
Y detrás de Mateo, media tienda.
Irene caminó hasta que se paró frente a los brócolis y una idea maravillosa se le cruzó por la cabeza.
Cogió uno, lo levantó y se lo entregó a Mateo con una sonrisa gigante:
—Toma.
—El brócoli no me trae buenos recuerdos —le recordó en voz baja.
—Este es el brócoli bueno.
—¿Cómo que el bueno? —inquirió él, sin entender nada.
—El que te va a ayudar a arreglar tu reputación. ¡Cógelo!
Mateo suspiró resignado, agarró el brócoli del tallo, como si fuera un ramo de flores y veintiocho móviles inmortalizaron el momento.
—¡Viva el novio! —gritó alguien.
—¡Tira el ramo, que da suerte! —exclamó una señora con un fuerte acento francés.
—¡Ramo, ramo, ramo! —corearon un grupo de japoneses.
—¿Ves? —susurró Irene—. Ya no eres el chico del gorro de brócoli.
—¿No?
—Ahora eres el novio del brócoli.
—¿De verdad crees que hemos mejorado la situación? —preguntó él, que no soltaba el brócoli.
—Yo creo que sí. Tiene más recorrido mediático.
—Porque ahora parezco idiota.
—Pareces comprometido con las verduras —bromeó Irene, muerta de risa.
—Mi agente me mata.
—¿Por qué? ¡Ni que tuvieras una metralleta en la mano!
—Después de esto nadie va a creer que soy una persona seria —replicó él, agitando el brócoli al aire.
—Yo sí.
Mateo la miró y durante un segundo volvió a sentir como si Irene lograra ver mucho más allá del futbolista.
Y eso le hizo sentir menos imbécil.
Cuando por fin llegaron a la caja de Maica, el Mercadona entero sabía que Mateo Rivelles estaba allí, con la novia, la mortadela y el brócoli.
Maica seguía sin recuperarse del shock :
—Te juro que aún no me creo —murmuró mientras Mateo se hacía una foto con el señor que estaba detrás de ellos en la fila.
—Tendrás que acostumbrarte —le adelantó Maica.
—¿En qué momento este tío ha pasado de estar en la nevera a ir contigo de la mano? —preguntó Maica, que no podía más con la intriga.
—¡Calla! Ya te contaré.
—No me lo explico —insistió Maica.
—Luego te digo.
—Es que no me cabe en la cabeza.
—Te cabrá —le aseguró Irene.
—No.
—Sí.
Mateo apoyó la compra sobre la cinta y les preguntó divertido:
—¿Siempre habláis como en clave?
—No, lo que pasa es que tú te has incorporado a una historia empezada —respondió Maica, alzando las cejas.
—Ni caso —murmuró Irene.
Maica sonrió y le pidió algo Mateo, ya que estaban metidos en faena:
—Oye, ¿te importa hacerte una fotito conmigo? No quiero ser la única que se quede sin ella.
Mateo la agarró por el hombro y Maica, sin abandonar su puesto en la caja, le pidió a su amiga:
—¡Hazme la foto que tengo el móvil en la taquilla!
Maica puso unas caras muy graciosas y su amiga inmortalizó el momento muerta de risa.
Luego, Irene volvió a lo suyo, pasó la mortadela por el lector y mientras tres personas más le pedían una foto, Mateo llegó a la conclusión de que, si después de aquello alguien seguía dudando de que tenía novia, tendría que plantearse pasearse por la isla con una pancarta…