Sabía que pasaría Capítulo 4
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Capítulo 4

Mateo sonrió convencido de que le estaba vacilando y replicó:

—¿Cómo que el Mercadona? ¿Quieres que vayamos a comprar comida para llevar?

Irene se puso muy seria, asintió y además afirmó:

—Te haría parecer cercano. Además, puedes ir a comprar mortadela.

Mateo contrarió el gesto porque, por desgracia, él no podía ir a comprar mortadela sin que pasara nada.

—Ya me imagino los titulares: «Así se cuida un deportista de élite y luego vienen las lesiones». «Gana millones de euros, para comer mortadela». « Por eso se estropeó el tobillo, tiene al nutricionista al borde del ataque de nervios».

Irene dio un paso atrás de lo mucho que la agobiaron aquellos titulares y zanjó el tema:

—Tranquilo. Yo compraré la mortadela y me pasearé por el Mercadona con ella. El titular dirá: «Acompaña a una misteriosa desconocida a comprar mortadela: lo que hace el amor».

—¿Misteriosa desconocida? —repitió él, divertido.

—A ver, no soy como la sofisticada modelo brasileña de los gorriones.

—¡Menos mal que no!

—Soy una chica…

—Original —le interrumpió, porque era así como la veía. No había conocido nadie igual en su vida.

Irene lanzó un suspirito un poco tonto, pero lo arregló al instante:

—La alergia.

—Ah. ¿Estás bien?

—Sí. Ya está. Se pasó —dijo tras soltar el aire—. Debe ser alguna partícula que ha arrastrado el aire de alguna ventana que debe estar abierta por ahí.

—Me alegro. Y nada, pues eso, que me encanta que seas normal.

—Bueno, normal lo que se dice normal…

—¿No eres normal? —preguntó él, arrugando el ceño.

—Soy normal porque no me conocen más que en mi casa, pero la isla está llena de paparazzi. Te adelanto que van a tardar doce minutos y medio en averiguar quién soy.

—Mejor. Una chica con un trabajo normal y unos ojos bonitos.

Mateo lo dijo con la misma naturalidad con la que habría enumerado cualquier otro dato objetivo y precisamente por eso Irene estuvo a punto de sufrir un colapso.

—También tengo más cosas —replicó, muy nerviosa—. Dos manos, dos pies, un bazo precioso…

—Seguro que sí —asintió él, sonriendo.

Irene se tenía que haber detenido ahí, pero no lo hizo y soltó:

—Tú también tienes los ojos bonitos.

—Gracias.

—En las fotos lucen preciosos, pero en persona son...

Se quedó callada al sentir que acababa de ponerse al filo de un precipicio verbal.

—¿Son?

—Un tema que no debería estar comentando —reconoció tras morderse los labios.

—Ahora tengo curiosidad.

—Azules.

—Ya lo sabía —replicó él, divertido.

—Pero no de un azul normal.

—¿No?

—Son de ese azul que hace que la gente tome malas decisiones.

Mateo soltó una carcajada y pensó en lo bien que se lo estaba pasando precisamente porque Irene no tenía nada que ver con las influencers y las modelos que Sergio le presentaba.

Todas parecían demasiado conscientes de quién era él. Y no veían más que al futbolista.

Irene, en cambio, parecía olvidarlo cada treinta segundos.

Hablaba de mortadela, del Mercadona, de su jefa lituana, de los paparazzi y de un bazo del que, al parecer, se sentía especialmente orgullosa.

No intentaba impresionarlo ni seducirlo. Tampoco parecía estar interpretando ningún papel.

Simplemente se limitaba a ser ella misma.

Y encontrar a alguien así se había vuelto tan raro en su vida que, cuando terminó de reírse, decidió seguirle el juego:

—¿Existe esa categoría?

—Estoy improvisando. No me presiones —bromeó ella.

—Hay que improvisar de vez en cuando.

—Yo, desde luego, no me voy a curar nunca de esa enfermedad.

Mateo negó con la cabeza, resignado:

—Yo soy de improvisar cuando no queda otra. Mi idea era encerrarme a descansar durante unos días en la villa, pero voy a tener que meterme en el Mercadona.

—Le va a venir genial a tu imagen que te vean haciendo cosas normales a horas normales junto al amor de tu vida —habló Irene, que se llevó la mano al pecho de la emoción que le dio escuchar semejante cosa.

—¿Tú crees que va a colar? —preguntó él, arqueando una ceja.

—No veas tú lo intenso que miro cuando me pongo. Hago algo como así…

Irene recortó la distancia que había entre ellos, se quedó apenas a un paso y le clavó la mirada como si quisiera hipnotizarle, sin pestañar, sin moverse y sin la menor vergüenza.

Mateo aguantó cinco segundos y murmuró:

—Da un poco de agobio, ¿no?

—Lo sé.

—Parece que estés intentando leerme el alma.

—También sé hacerlo —dijo ella muy seria.

—Vale. Te creo —replicó Mateo, porque de verdad que estaba sintiendo que su mirada podría llegar a causar estragos.

—Gracias —soltó Irene, entre risas y luego se apartó de él—. Y después del Mercadona, podemos ir a comer a un sitio de moda y caro, para que se vea que no escatimas. Tranquilo, que me los conozco todos.

Por su trabajo se lo conocía todo, pero ella jamás pisaba uno de esos sitios. Y qué mejor que hacerlo con él, pensó.

—Solo tengo fama de golfo. De momento, no me han colgado la etiqueta de tacaño.

—Nunca está de más potenciar lo bueno. Voy a reservar en el mejor restaurante. Tengo hilo directo. Una llamadita y me hacen un hueco en el rincón más romántico —le informó Irene que no podía creer que esa mañana, en la que se había despertado renegando, se estuviera poniendo tan emocionante.

—Y discreto —añadió él—, que tenemos que tratar el asunto del contrato.

—Los rincones románticos suelen ser discretos por definición. No los ponen junto a la puerta, debajo de un foco y al lado de los baños. No te preocupes por nada, está todo controlado.

—Eso me preocupa —replicó él, irónico.

—Pero si es un desastre, será maravilloso.

—Eso sí —asintió completamente en serio.

—Ni lo dudes. ¡Vamos a organizarnos entonces! A ver… —murmuró Irene, rascándose la coronilla—. Tengo el día complicado, pero te puedo venir a buscar a las dos y media y nos vamos a Mercadona.

—¿En la Vespa? —inquirió Mateo, que se lo temió.

—Es lo mejor para moverse por Ibiza en verano.

—No puedo montar en moto. La aseguradora me lo tiene prohibido.

—¿Y sí te permite tener novia falsa? —repuso Irene, con retranca.

—Me parece que todavía no han redactado esa cláusula, pero supongo que una visita al Mercadona es un riesgo asumible.

—Eso es porque nunca has ido conmigo —confesó Irene—. La última vez que fui a comprar unas aceitunas, me giré y tiré una torre de gazpachos.

—Tengo buenos reflejos —masculló alzando las cejas—. Soy defensa. Podremos remontar ese marcador.

Irene se puso tan nerviosa al escuchar a Mateo utilizar el nosotros por primera vez que murmuró:

—Seguro. Tú lo montas todo… —Mateo se quedó espantado y ella rectificó al momento—: Remontas. Remontas, quiero decir.

—Con lo que dicen de mí, entiendo el chiste.

—No era un chiste. Y te repito que no creo en las habladurías.

—Te lo agradezco.

—A cambio me vienes a buscar a Talamanca que tengo que hacer el check out de unos clientes. A las dos ya estoy libre.

—Perfecto. Y como esto está plagado de prensa, lo más prudente es que si nos meten un micrófono no hagamos declaraciones.

—No abro el pico. Sé hacerlo, aunque no lo parezca —aseguró Irene, muy convencida.

—Ja, ja, ja.

—En serio. Confía en mí. Si yo te contara lo que he visto y he escuchado desde que trabajo en Villas Sol y Luna… ¡Y me lo voy a llevar todo a la tumba!

—Vale. No hace falta que te quedes muda. Puedes saludar y ya está. Pero nada de inventarnos historias sobre cómo nos conocimos, que nos podemos liar.

Mateo le pidió un imposible porque Irene tenía la imaginación desatada:

—¡Ya lo tengo! ¡Por un tiburón!

—¿En Ibiza? —replicó él, burlón.

—La típica tintorera despistada.

—¿Te salvé?

—No. Te salvé yo. Obviamente. Los hombres suelen derretirse por mujeres que hacen cosas que jamás han hecho por ellos.

—No lo había pensado nunca.

—Hay estudios —afirmó Irene.

—No sabía.

—O quizá es lo que opina alguien al que escuché en TikTok.

—Da lo mismo. Aunque lo de la tintorera sea muy romántico, lo mejor será no decir nada sobre cómo nos conocimos. Solo tenemos que parecer una pareja normal.

—Define un poco pareja normal —le pidió Irene—, porque hay tantas formas de ser normal.

—¿Tantas?

—Hay parejas que se comunican poniéndose notas en la nevera.

—Estoy pensando en pasear, comer juntos y cogernos de la mano.

Irene tragó saliva de solo pensar que le quedaban horas para pasearse por el Mercadona de la mano del chico de sus sueños.

—Ah —masculló con la voz temblorosa—. Vale. Esa clase de normalidad.

Mateo le notó el quiebre repentino en su voz y le preguntó:

—¿Te parece bien?

—Sin problema.

—Y también convendría algún beso en la mejilla, por una cuestión de credibilidad.

—Y verosimilitud. Sí, sí, completamente de acuerdo.

—¿Todo te parece bien? —repuso él, extrañado.

—Sí.

—No estás negociando nada.

Irene pensó que cómo iba a negociar si estaba dispuesta a decir sí hasta irse con él al fin del mundo, pero lo que dijo fue con una sonrisa enorme:

—Es que me parece razonable. Y en Villas Sol y Luna somos así: proactivos y resolutivos. No creamos problemas, los resolvemos.

Mateo se quedó mirándola unos segundos y luego dijo:

—Es increíble.

—¿El qué?

—Cada vez que pongo una nueva condición, te pones más contenta.

—Tiene una explicación muy sencilla.

—A ver.

—Es por protocolo corporativo.

—Ah. Será eso.

—Claro, ¿por qué otra cosa iba a ser?

—Me choca que aceptes ser mi novia falsa sin exigir compensación económica o una evaluación psiquiátrica previa.

—Se te ve psiquiátricamente dentro de lo normal.

Mateo volvió a mirarla y soltó una breve carcajada:

—Eres rarísima.

—Me lo tomo como cumplido. ¡Gracias!

—Es lo que es.

—Gracias otra vez. Luego, te mandaré la ubicación de Talamanca para que vengas a buscarme.

—Allí estaré.

Irene se fue flotando de la villa.

Y así estuvo toda la mañana, que se le pasó tan deprisa que apenas la recordaría después.

Atendió llamadas, contestó correos, reservó un coche para una familia alemana, estuvo un buen rato buscando una carpeta, miró el reloj cada diez minutos y casi se tiró un café encima cuando le sobrevino por enésima vez el mismo pensamiento: era la novia falsa de Mateo Rivelles.

Cada vez que lo pensaba se le ponía una sonrisa tan boba en la cara que agradeció que Milda esa mañana no hubiera pisado aún la oficina porque la habría mirado una sola vez y habría concluido que estaba bajo los efectos de alguna sustancia.

Estaba en una nube tan grande que le mandó a Mateo la ubicación de una calle de Tanzania.

No daba pie con bola.

Al final, logró mandarle la correcta y, a su hora, el Mercedes negro y brillante apareció al final de la calle.

Irene se retocó el moño, mientras su cuerpo temblaba entero.

Mateo se detuvo a su lado y en ese momento fue cuando casi se olvidó de respirar.

Llevaba una camisa blanca impecable, unas gafas de sol negras de Versace y una expresión que Irene pensó que debería estar prohibida.

—¡Hola! —saludó él.

—¡Hola!

—¿Llevas mucho esperando?

—Acabo de llegar —respondió Irene, aunque era mentira.

Más que nada porque llevaba esperándole desde que le vio debutar en primera con diecisiete años.

Total, nada. Once años que llevaba esperando.

Pero la espera había merecido la pena.

Entró en el coche, que olía tan bien como él, y aquello tampoco ayudó.

Luego Mateo volvió a sonreírle y ella creyó que se moría, pero no lo hizo y él condujo tranquilo hasta el parking del Mercadona.

Una vez allí, apagó el motor y le preguntó algo inquieto:

—¿Preparada? ¿Estás nerviosa?

—Supongo que estoy preparada y en cuanto a los nervios llevo un rato repitiéndome que solo voy a comprar mortadela.

—Conmigo.

—Ya, la idea es que nos vean —replicó Irene intentando que él no notara que estaba a dos mil revoluciones por minuto.

Mateo asintió, salió del coche, le abrió la puerta y le tendió la mano:

—Madre mía. —Se le escapó a ella.

Irene miró la mano, después a él, volvió a dejar la vista clavada en la mano, finalmente la agarró y sintió que acababa de enchufarse a la corriente.

—¿Estás bien? —preguntó él, después de ver la cara que había puesto.

—Sí. Solo es que tu mano me ha dado calambre.

—No he notado nada.

—Yo sí, un chispazo. Pero está todo bien —dijo Irene, quitándole importancia.

—¿Cómo es eso?

Irene, que ni loca iba a decirle que acababa de sentir una descarga emocional porque era su crush , respondió con lo primero que se le ocurrió:

—Es por la electricidad estática.

—¿Seguro? —replicó él, con la mirada puesta en las manos entrelazadas.

—Completamente. Es por el plástico.

—¿Cuál? ¿El de la bolsa de Mercadona que aún no hemos comprado? —bromeó él.

—El de zapas —aclaró Irene, que levantó un pie para mostrarle la zapatilla.

—Ah.

—Son muy traicioneras.

—¿Entonces qué hago con mi mano? —preguntó Mateo, risueño.

—¡No me sueltes! —exclamó Irene que al momento añadió—: ¡En Villas Sol y Luna estamos siempre al servicio del cliente!

Mateo sonrió y pensó que él tampoco quería soltar su mano…