Capítulo 3 #2
—Mejor se lo voy a poner encima de la mesa como hecho consumado.
—¿Consumado?
—Por mí podemos empezar ahora mismo. Ahora que también se lo tendré que contar a Maica.
—¿Quién es Maica? —preguntó intrigado.
—Mi amiga. Vivo con ella en San Antonio. En el pisito que heredó de su tía soltera. Y tengo que contarle que soy tu novia falsa antes de que lo lea en la prensa.
—Claro, para que no se asuste, con la reputación que tengo… —supuso él, muy a su pesar.
—No es por ti. Ella es de las que cree que los hombres son una mala inversión y que las sillas antiguas tienen más futuro. Pero también te digo que, si lo leyera en la prensa, no se lo creería.
—Le parecería improbable.
—A ella sí —asintió Irene.
—Lo entiendo. ¿Qué persona normal querría estar conmigo?
Para ella aquello era tan inevitable que respondió:
—¿Y por qué no?
—¿Tú estarías?
—Yo tengo otra mentalidad —inventó—. Ah, y también se lo tendré que contar a mi familia, más que nada por mi madre. Si no la aviso, cuando la prensa publique las fotos, ya estará comparando restaurantes para la boda.
—Es una mujer muy eficiente.
Irene pensaba que más que eficiente estaba harta de escucharla decir que se iba a casar con él.
Como todo el mundo, pero lo que replicó fue:
—Muchísimo. No te puedes hacer una idea. Y ya estaría. Aparte de eso, discreción absoluta. Si quieres, firmo un contrato de esos llenos de cláusulas donde se estipule hasta la duración de los besos.
—No —dijo él, muy serio.
—Ah, que no va a haber besos —replicó ella sin saber dónde meterse.
Mateo la miró y pensó que si quería que lo de la novia colara a lo mejor sí que iban a tener que besarse y masculló:
—A lo mejor sí. Bueno, no sé.
—Dependerá del contexto —supuso Irene, con una sonrisa que no pudo evitar.
—Eso es.
—Las cosas hay que hacerlas bien. Y si por coherencia de guion hay que besarse, pues nos besamos y listo —zanjó ella.
—A eso me refería.
A Irene se le aflojaron las rodillas de solo pensar que iba a besarse con el hombre con el que llevaba años soñando y dijo en el tono más profesional que encontró:
—Perfecto.
—Y por supuesto que te compensaré por el tiempo y las molestias.
—No hace falta, lo hago encantada porque soy muy servicial —se apresuró a explicar—. Ya te digo que por mi empresa hago lo que sea. De hecho, el otro día me tuve que recorrer la isla entera buscando un pienso para un mastín leonés.
—¿Qué? —inquirió él, desconcertado.
—No estoy comparando hacer de novia falsa con buscar comida para perros.
—Ah.
—Lo que te quería decir es que estoy acostumbrada a dar respuesta a peticiones de todo tipo. Ese es mi trabajo. Mi misión es que el cliente se vaya de la estancia en Villas Sol y Luna plenamente satisfecho.
—No creo que mi petición sea muy frecuente.
Irene negó con la cabeza y de pronto se acordó de la última excentricidad de un cliente:
—Me han pedido cosas peores. Como una piedra que estuviera alineada con el mood del cliente.
Y yo tenía ni idea de cuál era su mood .
Era un tío que trataba a gritos a su asistente y le hablaba a susurros a los árboles.
Me fui al campo que hay detrás de mi casa y le llevé la piedra más fea que encontré.
Me miró muy raro y, cuando estaba convencida de que la iba a tirar por la ventana, me dijo que había acertado.
—Ya, pero hacer de novia falsa es otra cosa, vas a tener que emplear tiempo fuera del trabajo, te va a ocasionar molestias, apariciones públicas…
—Son gajes del oficio. Va con el sueldo.
—No, no va con tu sueldo. Eso hay que pagarlo aparte —De pronto sonó la notificación del móvil de Mateo, lo miró y le dijo a Irene—: Espera un momento que me ha escrito mi repre un ladrillo.
—Sí, claro.
Mateo leyó el mensaje y se lo resumió a Irene obviando el dato de que Sergio le estaba exigiendo que le contara quién era esa chica, de la que esperaba que tuviera muchas referencias.
Y no, no las tenía. Pero sin duda era la mejor de todas porque, entre otras cosas, había aceptado sin saber lo que iba a cobrar, no parecía interesada en el dinero, ni en hacerse famosa, le hacía reír y no tenía nada que ver con las modelos explosivas.
Tenía los ojos grandes y chispeantes, una sonrisa preciosa, un cuerpo bonito y algo que no había visto en su vida: era una patosa sexy .
—Pues mira, mi representante me acaba de comentar que tenemos que hacer un contrato donde quede reflejada la duración del acuerdo, la confidencialidad, las apariciones públicas, la compensación económica, qué pasa si la prensa descubre la verdad…
Todas esas cosas. Para mí no hace falta, pero él insiste en que sí.
—De repente no sé si estoy en una entrevista de trabajo, en una novela romántica o en un banco hablando de plazos para la hipoteca —bromeó ella.
—Lo entiendo. Lo siento —comentó apurado.
—No pasa nada, si por algo salen siempre los contratos estos en las novelas románticas.
—Lo van a redactar sus abogados y si estás interesada… —propuso Mateo, temiéndose que se echara para atrás.
Y también lo entendía, lo del contrato con un montón de cláusulas que hablaban de dinero, de tiempo y de advertencias sonaba fatal. Sin embargo, cuál no fue su sorpresa que a ella le faltó tiempo para exclamar:
—¡Claro que lo estoy! Por mí como si empezamos ahora mismo. ¡Tengo mucho sentido del deber!
Mateo sonrió aliviado y, a la vez que le entraba un nuevo mensaje de Sergio, dijo:
—Tu jefa tiene que estar muy contenta contigo.
—Depende del día.
Mateo leyó el mensaje y le informó a Irene:
—Sergio dice que a las dos de la tarde tendrá listo el contrato. Si no tienes otra cosa que hacer, te invito a comer y firmas.
—Perfecto.
—Convendría que nos vieran en un sitio de moda.
A Irene se le iluminó la mirada.
Conocía el mejor sitio del mundo para que los vieran y para que alguien incrédula viera que los sueños se cumplen:
—Yo tengo el sitio.
—¿Cuál?
—El Mercadona de San Antonio.