Capítulo 3
La casa se quedó en silencio y el mar seguía brillando mientras a ella le temblaban hasta las pestañas.
Estaba tan nerviosa que dio un par de pasos hacia atrás no fuera a ser que volviera a liar otra con la escultura.
Mateo colgó, entró en el salón y durante un segundo ninguno de los dos habló.
Se guardó el móvil en el bolsillo y la miró como si acabara de tomar una decisión muy importante de la que no estaba seguro si iba a arrepentirse después.
—Era una llamada de trabajo.
—Ah.
—De Sergio. Mi representante.
—Vale.
—Soy futbolista —confesó él, encogiéndose de hombros.
—Ya —asintió Irene, tratando de que no se le notara que lo sabía todo sobre él. O por lo menos todo lo que se había publicado.
—Juego en la liga italiana y me he perdido los últimos partidos y el Mundial por una lesión en el tobillo. Una rotura de… Es un nombre muy complicado.
—Rotura parcial de la sindesmosis tibioperonea distal del tobillo izquierdo —soltó Irene del tirón porque en su día esa lesión le dolió casi tanto como a él.
Y había leído el diagnóstico tantas veces que se lo sabía de memoria.
Mateo se quedó estupefacto.
—Vaya.
—¿Qué? —replicó Irene, mordiéndose el labio a ver si así lograba no seguir hablando más de la cuenta.
—¿Te gusta el fútbol o la traumatología? —bromeó, asombrado.
—Me gusta el fútbol y tengo buena memoria, me quedo con los nombres de las lesiones. Es un placer culpable —respondió Irene con la primera tontería que se le ocurrió.
Él sonrió y al momento se puso serio para decir:
—Entonces también sabrás que la prensa dice que me lesioné durante una noche de fiesta.
—La prensa dice muchas cosas —repuso ella, sin darle importancia.
Mateo alzó las cejas, bufó y luego le siguió contando:
—Desde que llegué a Italia hace dos años parece que no hago otra cosa que ir de fiesta en fiesta.
—La última en la que saliste con el gorro de brócoli tuvo que ser…
Irene se tapó la boca para no seguir pifiándola.
—No me hables.
Ella juntó las manos y se excusó sintiéndose fatal:
—Lo siento.
—No, no lo sientas. Yo también me arrepiento de aquel gorro —dijo él con una sonrisa tan graciosa que Irene se echó a reír.
—A ver, el gorro te quedaba bien —comentó Irene, divertida.
—Fue perfecto para acabar de hundir mi reputación.
—Pero antes tú eras tan…
Mateo terminó la frase por ella:
—Aburrido.
—O sea, quiero decir que no ibas a fiestas, te gustaba pasar tu tiempo libre en el campo con tu perro Curro.
Mateo se sorprendió de nuevo un montón y exclamó:
—¡Sí que tienes memoria!
—Lo de Curro lo sé porque lo leí cuando fui al dentista —improvisó haciendo gestos exagerados con las manos—. Ese día había mucha gente y me leí el reportaje entero que te hicieron el ¡Hola! de seis páginas.
Reportaje que guardaba en los carpetones dedicados a él que escondía debajo de su cama.
—Curro murió justo antes de ir a Italia —recordó Mateo con pena.
—Leí la carta de despedida que le dedicaste en tu Instagram. Me cayó en mi feed de casualidad —mintió descaradamente.
Porque, obviamente, Irene se sabía de memoria la cuenta del Instagram de Mateo, que era la única en la que entraba varias veces al día.
—Gracias.
—Se le veía que era muy cariñoso y listo.
—Así era —asintió él.
—Imagino que lo echarás de menos.
—Mucho. Y, por cierto, me viene genial que sepas tantas cosas de mí.
—Ah, ¿sí? —replicó Irene, aliviada.
Más que nada porque a esas alturas estaba casi convencida de que había metido la pata hasta el fondo y ese hombre estaba a punto de confirmar que era una fan loca de atar.
—Sí, porque verás… —Mateo se quedó callado unos instantes, tomó aire y habló entre avergonzado y resignado—: Mi representante cree que necesito limpiar mi imagen, si quiero volver a jugar en España.
—Ajá —farfulló Irene, inclinándose un poco hacia él, como si así no se perdiera ni una sola palabra.
—Según él, la solución pasa por parecer un hombre serio y estable, con una novia formal con la que he sentado cabeza.
El corazón de Irene se desbocó, porque ella ya había sido su novia formal en otro universo paralelo. Y había sido tan perfecto…
—Entiendo —disimuló lo mejor que pudo.
—Detesto las mentiras. Pero según mi representante esta es la forma más rápida y eficaz de limpiar mi reputación. Y yo deseo volver a la liga española.
—Y yo. O sea… —corrigió al momento—. Todos queremos eso.
Mateo se pasó la mano por el cogote y con una cara de agobio tremenda confesó:
—Con la fama que tengo últimamente no solo se me han caído varios contratos publicitarios, sino que los clubes dudan de contratar a un lesionado al que le pillan a las cinco de la mañana bailando con un gorro de brócoli.
Irene lo miró y él no vio en su mirada lo que solía ver habitualmente:
—Lo que sé es que eres un gran defensa y que esa lesión fue una faena muy gorda.
—Te agradezco tus palabras y en cuanto a la lesión…
tuve una mala suerte tremenda. Pero mi preparador me está dando mucha caña y va muy bien.
Estaré listo para la nueva temporada que ojalá sea en España.
Para eso mi representante me está buscando novias falsas.
Me parece absurdo, pero entiendo que es la forma más rápida de superar esta maldita crisis reputacional.
El problema es que he perdido la cuenta de la de influencers , actrices, modelos y demás que según él serían la novia falsa perfecta.
Porque ninguna me encaja —lamentó bajando la vista al suelo.
Irene sintió un cosquilleo recorriéndole la espalda y pensó que cómo iban a encajarle si la perfecta era ella y se le escapó:
—Normal.
—¿Cómo dices?
—Que esto de encontrar novia falsa es complicado —respondió batiendo las pestañas.
—Hasta que has aparecido tú.
—¿Yo? —replicó Irene haciéndose la sorprendida.
—A lo mejor te parece un disparate, pero pienso que eres la chica que estamos buscando.
El silencio se instaló entre ellos.
Mateo esperaba sorpresa, tal vez incredulidad, quizá una carcajada.
Lo que no esperaba era que Irene sonriera como quien acabara de confirmar algo que ya sabía.
Lo que él ni podía ni figurarse era que Irene en ese justo instante pensó en la foto pegada en la nevera, y en todas las veces que había dicho que aquello acabaría pasando y los demás la miraban como si estuviera como una cabra.
Y solo pudo responder:
—Lo soy.
Mateo frunció el ceño.
—¿No te parece un disparate?
—No.
—¿Eso es todo?
—Lo raro habría sido que no pasara.
—¿Cómo dices? —preguntó Mateo, sin entender absolutamente nada.
Irene se mordió mucho los labios porque la estaba pifiando a la grande y se justificó:
—En este trabajo me piden cosas tan variopintas que tu propuesta me parece de lo más normalita. Y si necesitas una novia falsa: cuenta conmigo —dijo llevándose la mano al pecho—. En Villas Sol y Luna hacemos de todo para satisfacer a nuestros clientes.
—¿De todo?
—Todo lo legal. Y todo lo decente.
—Ya. Ya. Lo pillo —le interrumpió, sonriendo.
—Si necesitas una novia falsa, aquí estoy —dijo envarándose.
—¿De verdad? A lo mejor tu novio…
—¿Novio? ¿Qué es eso? ¡Estoy solterísima!
—Mejor. Quiero decir, que así es todo más fácil.
—¡Por supuesto que sí! ¡Además, en Villas Sol y Luna lo estamos dando todo al cliente desde hace trece años!
—¿Llevas trece años en la empresa? —preguntó sorprendido.
—No. Solo dos. Mi jefa es la de los trece años.
—Es que por tu edad me parecía tan raro que llevaras tantos años.
—Tengo veintiocho. Como tú. Nacimos el mismo año.
Tú el ocho de enero y yo el doce de marzo —soltó Irene, temiendo que, por su tendencia a hablar más de la cuenta, estuviera a punto de traspasar el límite de información que una persona normal recordaría—: Lo sé porque me encantan los horóscopos y el signo de Capricornio lo suelen ilustrar con tu foto y tu fecha de nacimiento debajo.
Y como tengo tanta memoria fotográfica… —se justificó.
Y lo cierto fue que no estaba mintiendo del todo porque era una fanática de los horóscopos.
—Una memoria prodigiosa —matizó él, flipado.
—Nada, no es para tanto —musitó Irene, lamentando ser tan bocachancla desde el día que nació.
Y se prometió a sí misma que ese era el último dato enciclopédico que soltaba.
Menos mal que Mateo no parecía mosqueado, aunque el tema le despertó cierta curiosidad:
—¿Y qué tal compatibilidad tienen nuestros signos? Aunque no soy de horóscopos.
—Es muy típico de Capricornio ser descreído.
Y en cuanto a la compatibilidad, los Capricornio y los Piscis hacen muy buena pareja.
Nosotros somos muy intuitivos, solemos decir con frecuencia: «sabía que iba a pasar esto y lo otro», y los Capricornio soléis tener en la boca el: «esto no tiene sentido».
Pero no pasa nada, porque al final los Piscis siempre tenemos razón —respondió entre risas.
—¿Tú crees?
—Siempre. Cien por cien. No falla. Y juntos hacemos una pareja ideal porque Capricornio protege a todo el mundo y Piscis entiende a todo el mundo.
—Ya —replicó pensando que lo había clavado, pero lo que añadió fue—: Yo es que estas cosas te repito que…
—Estás a punto de decir que no tienen sentido —soltó ella, sin parar de reír.
—Pues casi.
—Capricornio cree en los hechos, planifica, controla, es racional…
A Mateo no le quedó más remedio que asentir, porque acababa de leerle el pensamiento:
—Si te digo la verdad, ya estoy pensando en que deberíamos empezar cuanto antes con nuestro noviazgo falso.
—Vale.
—¿Vale? —repitió por la tremenda disposición que tenía esa chica.
—Los Capricornio sois de ejecutar rápido. Con vosotros las cosas funcionan así.
—¿Así de fácil?
—No exactamente —aclaró Irene—. A ver cómo se lo toma mi jefa.
—¿Por fingir ser mi novia?
—Por aceptar tan deprisa. Milda es Virgo. Considera que la improvisación es una enfermedad y sé que me va a decir que antes de darte el sí, teníamos que haberlo analizado fríamente juntas. Le gusta tenerlo todo bajo control, es de las que lleva una agenda para organizar la agenda.
—Si quieres hablarlo con ella antes…
Irene pensó que no tenía nada que hablar, que bastante tiempo llevaba esperando a que el amor de su vida apareciera y replicó: