Capítulo 2 #2
Ella creyó que esta vez sí que iba a perder el conocimiento. Aquello era insoportable. El corazón le iba a explotar. Mateo Rivelles estaba agachado delante de ella, con una sonrisa espectacular y una paciencia que no esperaba.
Pero luego pensó en todas las facturas que tenía que pagar y recordó las palabras de Milda:
—Espero que estés a la altura.
Se incorporó de un respingo y le pidió con un gesto de la mano que la siguiera.
Aparecieron en el salón que era enorme, blanco, con sofás de ocho plazas, ventanales al mar y una escultura abstracta sobre una peana que estaba valorada en quince mil euros.
Irene no entendía por qué. Le parecía un calamar con cabeza de oso, pero a su cliente no le importaba su opinión. Así que se limitó a decir tras coger la tableta que estaba sobre una mesa de cristal en la que descansaban tres libros de decoración que pesaban un quintal.
—La casa se controla desde esta pantalla. Luces, persianas, temperatura, música…
Tocó la pantalla, muy resolutiva ella, y sonó la última de David Guetta a todo volumen.
Irene se asustó, Mateo también.
—Perdón, perdón —musitó ella, tras echarse un mechón rebelde detrás de la oreja.
Con el corazón que se le iba a salir por la boca, intentó apagar el sonido. Pero subió el volumen más todavía.
—Me gusta David Guetta —dijo él, divertido, cruzando los brazos.
—Ah.
—Y esto está bien como prueba de sonido.
La música retumbaba por toda la casa, Irene no sabía cómo bajar el maldito sonido. Y tocó tres iconos más. Se bajaron las persianas, se encendió una luz violeta en el pasillo y la piscina empezó a burbujear.
—Madre mía —murmuró mientras pensaba que odiaba la domótica.
Esa tableta cabrona siempre le liaba alguna. Con lo fácil que era pulsar interruptores y bajar y subir las persianas tirando de la cinta gris y medio rota. Como en su casa.
—¿Puedo? —propuso Mateo que se acercó a ella por detrás.
Irene estaba tan agobiada que le pasó la tableta como si le quemara en las manos:
—Por favor.
Él tocó un botón, la música se apagó y el silencio volvió mientras le devolvía la tableta con una sonrisa preciosa.
—Gracias —musitó Irene convencida de que no iba a salir viva de ahí.
Le apartó la mirada y se fue hacia la cocina con él detrás:
—La cocina es tan grande que se podría vivir dentro y alquilar el resto de la casa a siete familias —le explicó.
—Ya veo.
Irene abrió el enorme frigorífico multipuerta y le informó también:
—Tiene una compra básica de bienvenida: agua, fruta, pavo, queso, café, bebidas…
Y tras decir esto, cerró de golpe la puerta, al recordar la suya con la foto de él y los imanes de corazones.
Mateo la miró y le preguntó:
—¿Todo bien?
—Sí, sí —respondió Irene dando la espalda al frigorífico.
—Has cerrado de golpe como si hubieras visto algo raro.
—Las neveras siempre esconden algo —replicó moviendo las manos.
—¿No será un paquete de mortadela de marca blanca?
—Ja, ja, ja. Qué gracioso.
—En serio. Me pirran.
—Mira, esto no lo sabía.
—¿Cómo que esto? —inquirió él, entornando la mirada.
—Da igual. Pero sí, las neveras esconden verdades. La verdad de lo que amas.
—Profundo —apuntó él, llevándose el dedo índice a la barbilla.
—Es lo que tiene trabajar en estos casoplones: te vuelve filosófica.
Irene siguió por el pasillo y le enseñó los dormitorios, los baños, el vestidor, las terrazas y el acceso al sendero.
Y en cada estancia le pasó algo bochornoso. Se golpeó la cadera con una mesa, casi tiró un jarrón, intentó abrir una puerta corredera empujándola en lugar de deslizándola y en el dormitorio principal tropezó con una alfombra de estampado animal y estuvo a punto de caer sobre Mateo.
Lo raro era que él parecía encantado con todo. Los clientes habituales solían molestarse por cualquier cosa. Una mota en el sofá, un pelo en el pasillo, una avispa flotando en la piscina o una toalla un pelín mal doblada.
A Mateo todo le parecía genial, incluso hasta su sucesión de torpezas:
—¿Siempre haces las visitas así? —preguntó él, cuando ya estaban de vuelta al salón.
—¿Así cómo? —replicó ella, toda digna.
—Con este riesgo físico.
—Esto lo reservo para los muy VIP.
—Vaya. ¡Me siento muy halagado!
—Deberías.
Él no pudo replicar nada porque su móvil empezó a sonar. Miró la pantalla y la expresión le cambió.
—Perdona.
—Claro.
Mateo se apartó hacia la terraza, pero no tanto como para que Irene no escuchara parte de la conversación mientras dejaba la vista fija en la escultura del oso-calamar que había quedado un poco torcida a su paso.
—Dime, Sergio —dijo Mateo al descolgar.
Era el representante.
En el salón Irene no quería escuchar. Su jefa se lo había exigido: discreción absoluta. Pero Mateo hablaba a pocos metros.
—Sí, ya he llegado… Sí, claro que puedo hablar.
Mateo miró de reojo a Irene y ella fingió estar profundamente concentrada en la obra de arte.
—Estoy viendo la casa.
La voz al otro lado sonaba rápida, insistente, como una ametralladora.
Mateo suspiró y le recordó:
—Todavía no son las ocho de la mañana.
Irene después de estudiar al oso-calamar empujó un milímetro la escultura y quedó más torcida:
—No voy a cenar con nadie. No insistas, por favor. He venido a desconectar. No quiero ver a nadie, Sergio. He dicho que no.
Mateo cerró los ojos y al momento saltó como un resorte:
—¿Gabriela? ¿Qué Gabriela?
Irene intentó no girarse, pero no pudo. Lo hizo un poco y vio cómo Mateo miraba el móvil.
Su representante le había mandado una foto. Se giró un poco más y vio a una chica espectacular, de piernas infinitas, sonrisa perfecta… y todo perfecto. Ni un grano, ni una arruga, ni una manchita en la piel, ni un tío pegado con imanes en la nevera.
—Una modelo brasileña, dices. No la conozco.
Irene agarró la escultura por los hombros de la ansiedad que tenía:
—¡Ponte recto, oso-calamar!
—Campeona de ajedrez —continuó él—. ¡Qué bien! Y con una fundación para la protección de los gorriones.
Irene apretó los labios. No debía estar escuchando ni mucho menos reírse, pero lo hizo, la escultura se resbaló y cayó sobre la peana de un golpe seco.
Mateo giró la cabeza, ella le sonrió y le dijo con gestos que lo tenía todo controlado.
—No es una buena idea, Sergio —habló Mateo sin dejar de mirar a Irene.
El representante alzó tanto la voz que ella le escuchó perfectamente:
—¡No me jodas! ¡Es la mejor idea! Necesitas una jodida novia fake y no vas a encontrar a nadie mejor. Además, ella está feliz de la vida con hacer el papelón.
Irene dejó la escultura de cualquier manera y él encontró que había doblado su valor.
Ahora era mucho más arte.
—Sí, es perfecta —replicó sin dejar de mirar a Irene—. Pero no necesito cenar con una modelo brasileña, campeona de ajedrez y protectora internacional de gorriones, porque ya tengo a la chica que sí que es perfecta.
Irene tardó un segundo en reaccionar y se le escapó un:
—¿Qué?
—Sí —dijo Mateo al teléfono—. La he encontrado…