Capítulo 2
Irene logró parpadear un par de veces y replicar sin pensarlo ni un segundo:
—Lo sé.
Él frunció el ceño y replicó muy extrañado:
—¿Lo sabes?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque no eres como dicen.
Mateo la miró un segundo.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—De la misma manera que sabía que iba a entrar en el concierto de Bad Bunny cuando me fui a Madrid sin entrada.
—¿Perdón?
—Es una historia larga.
Mateo se quedó perplejo. Él esperaba que le respondiera lo que todos: que le conocía de verlo en la tele, que sabía que era un futbolista famoso y todo lo demás.
Pero esa chica era tan diferente al resto que se quedó mirándola unos segundos. No parecía impresionada por el hecho de que fuera quien era. Más bien le observaba con una curiosidad tranquila, sin prejuzgarle lo más mínimo.
Y eso le desconcertó tanto que le preguntó:
—Espera, ¿tú sabes quién soy?
Irene lo miró y él sintió que le miraba distinto.
Era algo tan extraño que Mateo sintió un escalofrío que le subió por el cogote y más cuando la escuchó responder.
—Sí.
—¿De qué me conoces?
Irene pensó en los años que llevaba siguiéndole, leyendo sus entrevistas, viendo partidos, preocupándose por él, dándole los buenos días a la foto del frigorífico, contándole sus cosas, diciendo a los suyos que se iba a casar con él…
Sonrió y luego se percató de que debía tener los pelos horribles después de haberse quitado el casco, pero le dio lo mismo y respondió:
—De toda la vida.
Y lo dijo de una forma que sonó tan íntima que pareciera que conocía algo de él que nadie más conocía.
Mateo se quedó callado unos instantes, luego arqueó una ceja y masculló:
—Suena inquietante.
—Un poco —musitó Irene, que se mordió los labios porque era consciente de que había dicho demasiadas cosas en su primer minuto con el cliente.
Aunque fuera su futuro marido.
—¿Un poco? —inquirió Mateo, atónito.
Irene no encontró mejor forma de salir del brete que decir:
—Bastante si se saca de contexto.
—¿Qué contexto? ¿Hay un contexto? —repitió Mateo, absolutamente perdido.
Irene pensó que como le dijera que llevaba años convencida de que él iba a clavar la rodilla en el suelo, derretido de amor, para pasar el resto de su vida con ella, iba a salir por piernas.
Y con razón. Por mucho que estuviera ante el amor de su vida, Mateo Rivelles de momento era solo un cliente exigente que necesitaba discreción absoluta.
Y no podía decepcionar a Milda que le había dado la oportunidad de tener el mejor trabajo que había tenido nunca.
Así que se puso en modo profesional, le dedicó una sonrisa impecable, se recolocó el bolso sobre el hombro y le respondió:
—Olvídalo. De momento.
—¿Cómo?
—Nada. Soy Irene Soler —dijo tendiéndole la mano—. Trabajo para Villas Sol y Luna y vengo a entregarte las llaves y enseñarte la casa.
Mateo le estrechó la mano y siguió observándola unos segundos más, como si aún intentara averiguar qué demonios acababa de pasar allí.
—Mateo —atinó a decir.
Irene se echó a reír y asintió con la cabeza:
—Ajá.
—Quiero decir que soy Mateo.
—También lo sé.
Esbozó una sonrisa involuntaria, porque él no quería reírse, pero ahí estaba enseñándole todos los dientes a esa chica que le tenía descolocado.
—Vale.
—Y también sé que quieres discreción, así que yo no sé nada. No sé si me entiendes.
—Creo que algo.
—Algo ya es bastante —repuso ella.
—Genial.
—Perfecto. Prometo no volver a decir ninguna cosa inquietante durante los próximos diez minutos.
—¿Solo diez? —replicó él, mordaz.
—No quiero crear expectativas imposibles. Entremos en la villa, sígueme por favor. Yo soy la de Vespa amarilla.
Mateo volvió a sonreír, Irene se acercó a la moto, se puso el casco y trató de arrancar, pero nada:
—Vespa, por favor, que se supone que soy la imagen de una empresa de alquiler de villas de lujo. Pórtate, tía. Vamos, ¡arranca con estilo!
Pero la Vespa no estaba por la labor.
Mateo detuvo el coche junto a ella, se bajó, se agachó y soltó uno de los cierres de la tapa lateral.
—¿Qué haces? —preguntó Irene porque un cliente exigente no solía hacer eso.
Claro que él era Mateo. Su Mateo. Y en el universo paralelo sabía desatascar váteres con una pericia que daba gusto verlo.
—Voy a echar un vistazo —respondió él.
Retiró la tapa, observó el motor unos segundos y enseguida localizó el problema.
—Aquí está.
Metió la mano y encajó una pieza que parecía haberse aflojado.
—¿El qué está?
—La pipa de la bujía —contestó él, como si tal cosa.
—¿Eso es un insulto o es la avería?
—¿Cómo que un insulto?
—Suena a eso, ¿no? A que te has frustrado y has dicho: ¡La pipa de la bujía! No sé, si alguien me gritara: «¡pipa de la bujía!» desde un coche, me sentiría ofendida.
Mateo se quedó mirándola unos segundos y soltó una carcajada inesperada y tan espontánea que Irene pensó que durante un instante él parecía que tenía cinco años menos.
—Te aseguro que es una pieza de la moto.
—¡Menos mal! Ya estaba pensando en incorporarlo a mi vocabulario.
—¿Para insultar a la gente? —quiso saber Mateo, divertido.
—Por supuesto. Tiene muchísimo carácter.
—Tenía una moto como esta y le solía pasar lo mismo. La pipa de la bujía no hacía bien el contacto.
Volvió a colocar la tapa, se incorporó y le pidió sin dejar de sonreír:
—Prueba ahora.
La Vespa arrancó a la primera, Irene dio un gritito de pura alegría y se dirigió hacia el porche con Mateo que iba detrás con su coche.
Aparcaron. Ella se quitó el casco, se peinó con los dedos y le dijo:
—Muchas gracias, es que de estas pipas no sé nada. Solo sé de las de girasol. De las de Tarancón, que es el pueblo de mi abuela. Ella las sembraba en abril y las recogía en septiembre.
—Ya —replicó Mateo que estaba alucinado con la agente de las villas. En la vida había conocido nada igual.
Irene por su parte se mordió el labio para evitar seguir hablando de más y remató el tema diciendo:
—Y la moto la arreglo siempre a patadas, pero con cariño. ¿Sabes?
—Entiendo.
Él sonrió y ella pensó que esa sonrisa era de verdad. Sentida. No era una de esas, educada o de compromiso, que ponía cuando un fan le pedía una foto.
—La villa tiene un parking donde podría meterse un Boeing 747, pero mejor te enseño antes la casa. ¿Te parece?
—Por favor —asintió Mateo que estuvo a punto de soltar una carcajada otra vez.
Se dirigieron a la puerta principal, Irene abrió el bolso, sacó la tarjetita donde había apuntado los números de la clave secreta y se dispuso a teclear los seis números.
Pero la puerta no se abrió.
Ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera.
—Creo que el cuatro es un nueve —le sugirió él.
—¿Tú crees?
—Mi hermana hace los nueve igual que tú: medio rapados.
Irene se rio mientras cambiaba el cuatro por un nueve y por fin la puerta se abrió.
—Pues tenías razón era un nueve rapado.
Empujó la puerta y Mateo le pidió que pasara.
Irene por poco no se deshizo con su caballerosidad, pero al momento se metió de nuevo en su papel de profesional de las villas de lujo, entró con decisión y se tropezó con el felpudo de diseño minimalista tan grande, tan plano y tan gris que parecía una lápida colocada estratégicamente para acabar con los invitados.
—¡Cuidado! —exclamó Mateo, sujetándola por el codo.
Y eso evitó que acabara perdiendo tres dientes, como los borrachines en los bordillos de las piscinas.
—¡Dios! —farfulló Irene con el corazón acelerado.
No porque ese hombre hubiera evitado una tragedia y un roto en su economía porque los dientes en la isla estaban carísimos.
Es que tenía la mano de Mateo sobre su piel. Y qué mano. No pudo evitar mirarla, tan grande, tan fuerte, y con esos dedos largos y de manicura impecable.
Luego, lo miró a él que parecía tan preocupado por ella y sus dientes que creyó que iba a desmayarse.
Pero no podía hacerlo. Milda no se lo iba a perdonar jamás. Así que respiró hondo un par de veces y se apresuró a decir:
—¡Estoy bien!
—¿Seguro?
A Irene no se le ocurrió otra cosa que responder:
—Sí, es que el felpudo es un poco: « Pick me ».
—¿ Pick me ?
—Busca con desesperación atención y validación. Como es algo en lo que la gente no suele reparar… Y así consigue que estemos hablando de él.
Él volvió a sonreír, esta vez un poco más y luego le soltó el brazo.
Irene pensó que no se iba a lavar esa parte de su piel en dos años y encendió las luces del recibidor, aunque no hacían ninguna falta porque toda la casa estaba bañada por la claridad azulada de la mañana.
—Huele muy bien —dijo él, en cuanto entró en la casa.
—Es un ambientador que ha sacado hace poco un arquitecto escandinavo —se inventó porque no tenía ni idea de qué ambientador habían puesto ese día.
—No es ese olor.
Y la miró de un modo que Irene se abanicó con la mano porque estaba hiperventilando.
—Ah. Entonces es Flower by Kenzo. Lo compré de oferta.
—Será ese olor.
—Bueno, pues una vez identificados los olores, te doy la bienvenida a La Escondida. Tiene cinco dormitorios, seis baños, una piscina climatizada, otra que se funde con el mar, acceso directo a la cala por un sendero privado, cocina equipada, sistema de sonido integrado, alarma…
Irene dijo todo aquello de memoria, intentando con todas sus fuerzas que no se notara que estaba enseñando la villa al hombre que llevaba años pegado a su nevera.
—Ajá —masculló él, que escuchaba atentamente.
Luego, Irene abrió el bolso y sacó otra tarjeta:
—La clave del wifi está aquí.
—A ver si hay suerte y no hay alguna A que parezca una C.
Él sonrió otra vez y se le marcaron unas arruguitas en las mejillas. Irene creyó que se moría. Se le cayó la tarjeta. Se agachó demasiado rápido a por ella, el bolso resbaló y acabó estampado en el suelo.
Mateo se inclinó para ayudarla y ella se excusó apurada:
—No hace falta. Ya lo cojo yo. Y lo siento. Lo siento mucho.
—¿Lo siento por qué? —replicó él tras coger el bolso—. Así me he percatado de la maravilla de estos suelos. Deben ser de lo mejor de la isla.
Irene recogió la tarjeta, le sonrió agradecida y él le pasó el bolso rozándole los dedos.