Capítulo 1 #2
—¿Pibonaco, dices? Naaa. Si llevo este trapo y me he maquillado sin mirarme en el espejo. Tú sí que estás guapo y hoy te brillan más los ojos. Claro, ¡después de la nochecita que hemos pasado! ¡Ay! Como sigas mirándome así, no voy a poder salir de casa.
Maica apareció en la puerta con un top rosa y en bragas y le preguntó como si aquello fuera lo más normal:
—¿Qué te dice tu futuro marido?
—Que estoy guapa. Es más mono.
—Y os habéis pasado la noche follando —replicó con sorna.
—Son cosas íntimas.
—Sí, sí. ¿Oye, adónde vas?
—A Santa Eulalia, un cliente me espera a las siete.
—¿De la mañana?
Irene abrió la nevera, sacó la leche y asintió con la cabeza:
—Pero voy a llegar. ¿Verdad que sí, Mateo?
Mientras Irene se preparaba el café, Maica se acercó a la nevera, observó la foto y ladeó la cabeza:
—Reconozco que el tío está muy bueno, pero ni sabe que existes.
A Maica le había llegado hasta hacer gracia el cuelgue de su amiga por el futbolista. Pero desde que estaba dejando pasar la oportunidad de conocer a chicos que merecían la pena por un estúpido crush , no paraba de intentar abrirle los ojos. Como esa mañana…
—Un detallito sin importancia —murmuró Irene.
—Toni me gusta para ti.
—¿Toni?
—El tío que conocimos el otro día. El bombero —le recordó Maica.
—Es majo, pero no. No va a funcionar. Me va a pasar como con los otros. Y mejor ni lo intento. Ya no. Para qué. Nadie es como él —afirmó Irene señalando la foto con la cucharilla.
—Me parece que se te está yendo de las manos. Y te lo digo con cariño. No puedes llevar años diciendo que te vas a casar con un futbolista que vive en Italia, que no te conoce y que además tiene miles de novias.
—No me voy a casar con un futbolista. Me voy a casar con Mateo Rivelles. El matiz es importante y no vive en Italia de manera definitiva. Solo juega allí. Y dicen que probablemente jugará en España la próxima temporada. Cada vez está más cerca de mí. Sé que ya viene hacia mí.
Maica se apoyó en la encimera y dijo mordaz:
—O sea que ya me voy buscando vestido para la boda.
Irene apuró el café y fregó la taza mientras replicaba:
—Te burlas porque no tienes fe. Y algún día tendrás que pedirme perdón por no haberme creído.
—Si algún día entra por esa puerta Mateo Rivelles y te dice que os vayáis juntos a vivir lo vuestro, te prometo que te pagaré el vestido de novia.
—Ya estamos viviendo lo nuestro en otro universo paralelo donde tenemos dos hijos y un perro —le recordó mientras buscaba las llaves de la moto.
—Y casa con porche.
—Y piscina en forma de balón —aseguró Irene, convencida.
Luego se colgó el bolso que tenía sobre una de las sillas de la cocina y se encogió de hombros.
Lo cierto era que no sabía explicar lo que le pasaba con Mateo Rivelles sin que sonara a que estaba como un cencerro.
Pero lo suyo no era una obsesión. Solamente sabía que iba a pasar. Que era él.
Lo había sabido desde la primera vez que lo vio en televisión, años atrás, cuando metió su primer gol en primera con diecisiete años y sonrió como si no supiera qué hacer con todo el ruido del estadio.
Todos veían al futbolista, ella intuía cómo era su corazón.
Y sabía que ni era un frívolo ni un mujeriego como decía la prensa.
—Me parece que vas a tener que conformarte con esa felicidad que tienes en ese universo, porque en este lamento decirte que ese tío es una perla. Una de mucho cuidado —canturreó Maica.
—No es como dicen.
—No es lo que dicen, son las fotos que aparecen cada dos por tres saliendo de afters , entrando en discotecas, rodeado de modelos y con una copa en la mano a las siete de la mañana.
—Son solo fotos. Y una foto no cuenta toda la historia.
—Cuando tienes quinientas iguales haciendo lo mismo, tienes la crónica de un golfo de campeonato. Sin embargo, Toni…
—¡No me gusta Toni! —exclamó Irene, negando con la cabeza.
—¿Te vas a pasar la vida entera hablando con una foto pegada en el frigorífico?
—No es una foto. Es él.
—¡La madre que te parió!
—Me voy, que llego tarde y me espera un cliente de última hora que exige discreción absoluta. Apuesto por un traficante de armas o un influencer con agorafobia.
—Uf. Me quedo con mis clientes del Mercadona —habló Maica, cruzándose de brazos.
—Ya te contaré. Y a ti también, mi amor —dijo Irene lanzándole un beso al frigorífico.
—Tía, esto vas a tener que superarlo.
—Me lo dice la chica que ha cambiado a los hombres por trastos viejos.
—Lo mío es sensato. Lo tuyo es…
—Es mío. Y no hago daño a nadie —repuso Irene, encogiéndose de hombros.
—Te lo estás haciendo a ti.
—Por mi no te preocupes que estoy feliz. ¡Me tengo que ir! ¡Nos vemos, chicos!
—¿Chicos? ¡Ah, claro! Mateo y yo —murmuró Maica, divertida.
—Mateo, tú y el retrato ese que estás restaurando del señor de bigotes.
Se despidieron entre risas y luego Irene se fue a la calle de atrás donde había aparcado la Vespa amarilla de la tía Casilda, se puso el casco y no hubo manera de que arrancara.
—No me hagas esto hoy —farfulló al tercer intento.
La Vespa tosió como si necesitara más argumentos para convencerla.
—Hay un tío muy tocapelotas esperándome a las siete en la otra punta de la isla. Y tengo una jefa que da miedo hasta cuando sonríe —le explicó nerviosa.
Después, le dio una patada y el motor rugió de repente, como si la Vespa hubiera reflexionado al respecto y por fin cedido.
—¡Sabía que no me ibas a fallar!
Irene puso rumbo a Santa Eulalia bajo la luz temprana de primeros de junio, el aire salado y la calma rara de antes de que la vida despertara del todo.
A las siete y dos minutos aparcó delante de la puerta de La Escondida que estaba en una zona discreta, elevada, con vistas al mar y un portón automático que se abrió después de que Irene introdujera el código correcto al cuarto intento.
Se quitó el casco, se quedó mirando la villa y una vez más confirmó que no podía ser más bonita. Era blanca, geométrica, llena de cristal, con una piscina infinita que parecía cortarse justo antes del horizonte.
Era la villa más cara y lujosa que disponía su jefa. La de los peces gordos y el suyo no parecía estar por ninguna parte.
O eso creía porque al momento apareció un coche negro, carísimo y muy de alguien que no usaba Vespas con carácter como la suya.
Bajó la ventanilla y entonces lo vio.
Pelo castaño, algo revuelto, ojos azules, nariz recta, boca perfecta, mandíbula cuadrada y ese lunarcito en el pomulazo inconfundible.
¡Era Mateo!
Su Mateo.
El de la nevera, el que tenía sujeto con ocho imanes de corazones. El mismo con el que en un universo paralelo tenía dos hijos y un perro.
El hombre con el que llevaba años diciendo que se iba a casar y que, para su más absoluto alucine, después de mirarlo y remirarlo ocho veces, confirmó que estaba allí a las siete y cuatro de la mañana, mirándola con cara de haber dormido poco y estar harto de todo.
Irene se pellizcó el brazo para confirmar que no era un sueño y luego escuchó que él pronunciaba su nombre:
—¿Eres Irene Soler? ¿De Villas Sol y Luna?
Irene quiso responder algo, pero no le salió nada. Toda la vida esperando ese momento y no podía ni asentir con la cabeza.
Era como si no estuviera ahí, como si aquello le estuviera pasando a otra y no a ella.
Casi igual a como si estuviera viendo una película.
Es que no podía ni parpadear ni dejar de mirarlo hasta que al final musitó juntando las manos:
—Dios, Dios, Dios.
Mateo la miró un segundo, chasqueó la lengua y le aclaró convencido de que esa chica estaba rogando a Dios que le apartara tremendo mal, como si él fuera el mismísimo diablo:
—¡Tranquila, mujer! No vengo de un after, ni estoy puesto hasta las orejas, ni tampoco hay tres mujeres en los asientos de atrás dispuestas a hacer realidad mis más oscuras fantasías…