Sabía que pasaría
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Capítulo 1
A las seis y siete de la mañana sonó el teléfono móvil que estaba sobre la mesilla.
Irene abrió un ojo, luego el otro y después los párpados se le cayeron.
El móvil siguió sonando y desde la habitación de al lado se escuchó un golpe sordo, un quejido y luego una voz arrastrada por el sueño:
—¡Cógelo de una vez!
—¡No espero ninguna llamada! —masculló Irene, tapándose la cara con la almohada.
—Perdona, soy yo la que ya no cree en los hombres —le recordó Maica.
—Eso es verdad.
Irene sonrió sin darse cuenta, alargó la mano, tiró al suelo un libro, un vaso vacío y algo que esperaba que no fuera una araña, hasta que consiguió cogerlo.
Miró la pantalla y aparecía un nombre.
Milda.
Irene se incorporó de golpe y se planchó los pelos con la mano, como si su jefa pudiera verla, aunque fuera una llamada solo de audio.
Milda no llamaba jamás antes de las ocho, salvo que un cliente hubiera perdido una llave, quemado un horno o se hubiera dejado tres dientes contra el bordillo de la piscina.
Carraspeó, abrió los ojos como pudo y descolgó con toda la energía de la que logró hacer acopio.
Vamos, con ninguna.
—¡Estoy despierta! —mintió con la voz de una zombi.
—No, no lo estás —respondió Milda con su acento lituano, preciso y absolutamente incompatible con la compasión.
—Bueno, técnicamente tengo los ojos abiertos.
—Necesito que vayas a La Escondida.
Irene miró el reloj y marcaba las seis y nueve.
—¿Ahora? ¿Pero esta gente no puede dejar de liarla?
—No son gente. Son clientes.
—Qué desgracia.
Irene se mordió los labios después de que se le escapara el comentario. Milda lo ignoró y replicó:
—Es urgente. ¡Para ya!
Milda era lituana, llevaba diecisiete años en Ibiza y dirigía Villas Sol y Luna con la eficacia de una generala.
Era alta, rubia y elegante. Tenía la espalda recta de una gimnasta olímpica y una forma de mirar que hacía que la gente revisara sus errores incluso antes de saber cuáles eran.
Llevaba siempre el pelo recogido en un moño bajo tan tirante que le achinaba los ojos. Lucía vestidos de lino de colores vivos sin una arruga incluso después de doce horas de trabajo, lo que hacía que Irene sospechara que tenían mezcla de titanio, el mismo material del que estaba hecha su jefa.
Luego estaban las sandalias de tacón que podían ser consideradas como riesgo laboral y las gafas de sol que le tapaban media cara con un logo gigante en las patillas que podía verse desde Formentera.
Cuando decía «para ya», lo hacía en un tono suave y educado, pero luego se quedaba callada de un modo tan intimidante que Irene acababa haciendo lo que le había pedido sin recordar en qué momento había aceptado.
—¿Qué hago? ¿Adónde voy?
—Un cliente ha cancelado la reserva a última hora.
—¿Cuál? ¿El que pidió que la temperatura del agua de la piscina fuera emocional?
—No preguntes —le exigió Milda.
—Qué rabia, de verdad. ¿Para eso me pasé tres horas buscando olíbano porque el cliente tenía el capricho de que la villa oliera a iglesia cara?
—Ya sabes dónde se vende.
—No pienso escuchar ningún tema suyo en la vida. ¿Tú sabes el calor que hacía ayer? —se lamentó Irene.
—No te comenté que fuera cantante.
—La indiscreta fue su secretaria —se excusó Irene—. Las víctimas siempre acaban compartiendo información.
—La villa la va a ocupar otro cliente. Llega a las siete. Necesita las llaves que ya sabes dónde están, explicaciones básicas de la casa y discreción absoluta. Nadie puede saber que está en la isla. Nadie. ¿Estamos?
—No. No estamos. En la isla hay paparazzi hasta dentro de las papeleras.
—Tendrás que esforzarte para que nadie sepa que está aquí.
—Me esfuerzo —replicó Irene—, pero luego ellos se ponen a morrearse en el Ushuaïa encima de una mesa, rodeados de quinientas personas con el móvil grabando en vertical. Si quieren discreción que se vayan a veranear con los pingüinos.
—Es un cliente muy exigente. Espero que estés a la altura.
—¿Más exigente que la que pidió que el mar estuviera orientado al este y las buganvillas fueran del color 210 C de Pantone?
—Necesita tranquilidad y que nadie le moleste.
—A ver si es verdad y no se dedica a dar por saco.
Al otro lado hubo un silencio que Irene conocía demasiado bien, era el silencio de cuando Milda calculaba cuánto iba a costar despedirla.
Pero no había podido evitar soltar todo aquello. Siempre era sincera y, cuando no dormía lo suficiente, lo era muchísimo más.
—A las siete, Irene —dijo Milda en un tono que sonó a ultimátum.
Irene miró la hora de nuevo y vio que aquello era imposible.
—¿Por qué no va Bruno? Y no te lo digo porque sea una perra y me cueste salir de la cama. Yo estoy aquí para darlo todo por la empresa.
—Ya.
—Tú lo sabes, Milda. Soy capaz de mover cielo y tierra para encontrar cubitos de hielo en forma de diamante.
—Ya —murmuró más borde aún.
—Estoy para todo y más. Pero lo lógico es que vaya Bruno que vive al lado de Santa Eulalia. Va a llegar mucho antes que yo.
—Se ha levantado con un flemón que le ha deformado media cara.
—¿Y Lucía? Ella está también más cerca que yo.
—Lucía libra.
—¿Y tú? Total, es un paseíto muy bonito en esta mañana preciosa de sol —propuso Irene como si aquello fuera lo más lógico, pues su jefa vivía en una casa blanca preciosa en San Carlos.
—¿Sol? ¿Dónde ves el sol? ¿Aún no has levantado la persiana?
—No. Es por el calor. Entonces, ¿vas tú?
—Yo soy tu jefa. A las siete.
Y colgó.
Irene se quedó mirando el móvil con la boca entreabierta y soltó:
—Buenos días para ti también, Milda.
Salió de la cama y se fue directa a la ducha con la camiseta vieja del instituto puesta.
Precisamente en el instituto de Madrid era donde había conocido a Maica.
Y ahora vivían juntas, después de que su amiga hubiera tenido la suerte de heredar el pisito que había pertenecido a su tía Casilda.
Una sevillana soltera que se fue a trabajar a la isla años atrás y que había fallecido dos años antes.
El piso tenía dos habitaciones, una terracita al mar que hacía que la humedad se pegara a las paredes, un baño diminuto, desagües que se atascaban cada dos por tres, goteras en la cocina cada vez que llovía con ganas, suelos antiguos, ventanas de madera que se abrían solas con el viento de levante y muebles y objetos viejos y desparejados que Maica adoraba.
Había estudiado Conservación y Restauración y heredado de su tía la costumbre de ver potencial donde los demás solo veían trastos.
Se pasaba los ratos libres lijando sillas, reparando marcos, cambiando tiradores y arreglando muebles que cualquier persona sensata llevaría al punto limpio sin mirar atrás.
Además, tenía la suerte de trabajar de cajera en el Mercadona que estaba al lado de su casa, otra de sus grandes pasiones. Desde niña había jugado más con cajas registradoras y supermercados de plástico que con muñecas.
Así que cuando no estaba cobrando la compra de los clientes, devolvía el color a bodegones apagados, marinas atormentadas y retratos de antepasados que miraban al futuro con cara de susto.
Ella siempre decía que se dedicaba a restaurar el alma del pueblo y por eso se daba por bien pagada.
Pero cobraba. Unas veces poco y otras aceptaba cafés, tomates o un tapete de crochet para cubrir el sofá.
Así era feliz, y más desde que se había jubilado anticipadamente del amor.
Maica tenía veintiocho años y había decidido que no quería saber nada de los hombres.
Después de una colección de decepciones, había llegado a la conclusión de que se quedaba con sus trastos viejos.
A diferencia de los hombres, los objetos del año de la pera ni mentían, ni desaparecían cuando se complicaban las cosas, ni se enrollaban con su compañera de trabajo en los baños del parking , ni decían que necesitaban tiempo y espacio para encontrarse a sí mismos en un retiro tibetano.
Y además tenía a Irene, que era mucho mejor que un novio.
Eran amigas desde los quince años y, cuando Maica decidió instalarse en Ibiza porque allí podía seguir trabajando en lo mismo que en Madrid y, además, tenía casa, Irene no se lo pensó: hizo las maletas y se fue con ella.
Por aquel entonces, Irene encadenaba contratos precarios que no le permitían ni alquilar un trastero.
Y la cosa no tenía pinta de que fuera a cambiar.
Aparte de que resistir en Madrid sin Maica era más duro todavía.
Así que se mudó a Ibiza y al poco tuvo la suerte de encontrar el trabajo mejor pagado de su vida.
No era exactamente lo que había imaginado cuando estudió ADE y soñaba con convertirse en una ejecutiva de esas que toman decisiones millonarias mientras miran gráficos incomprensibles en una sala llena de cristal.
Pero, de momento, estaba contenta.
Le gustaba organizar llegadas, coordinar llaves, resolver problemas imposibles, sobrevivir a clientes caprichosos y gestionar cocinas con más instrucciones de funcionamiento que una central nuclear.
Lo que ya le gustaba menos era que la llamaran a las seis de la mañana.
Como aquel día en que se había duchado con agua fría porque el termo del piso tenía dos únicas opciones: convertir la ducha en una experiencia cercana al achicharramiento o que saliera el agua helada.
Siempre optaba por la segunda opción.
Se colocó el albornoz a toda prisa, se secó el pelo con una toalla, lo peinó y se fue a su habitación a vestirse.
Se puso un vestido blanco corto y sandalias planas y luego se recogió la melena castaña, larga, ondulada y aún húmeda, en un moño hecho de cualquier manera.
Ni tenía tiempo y tampoco merecía la pena esforzarse mucho porque lo iba a echar a perder con el casco.
En medio minuto se colocó colorete, rímel, gloss y perfume y se fue a la cocina a encender la cafetera.
Después se plantó frente a la nevera y allí estaba él.
Mateo Rivelles, que sonreía desde una foto grande, recortada del Marca hacía años, pegada con ocho imanes de corazones rojos.
La foto llevaba allí desde el primer día que había llegado a la casa y era parte de la familia.
—Mira qué horas —le dijo Irene con los ojos entornados.
Luego, como siempre, se imaginó la respuesta de Mateo y volvió a hablar: