Sabía que no debía esperarte (Los Vaughan: Secretos de Londres nº 5) CAPÍTULO 23 La burocracia de la niebla
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CAPÍTULO 23 La burocracia de la niebla

Leo

El balanceo de los limpiaparabrisas marca el ritmo del viaje, un metrónomo constante contra la cortina de agua fina que empaña el parabrisas del todoterreno. Conduzco por la carretera comarcal en silencio, con los ojos fijos en el asfalto brillante y los baches inundados que cruzan el páramo gris.

A mi lado, Claire mira el paisaje a través de la ventanilla lateral.

Los árboles retorcidos por el viento del Atlántico desfilan como siluetas borrosas bajo el cielo de plomo.

No hablamos. No lo necesitamos. El silencio dentro del habitáculo ya no arrastra la frialdad defensiva de los primeros días; es la calma densa de dos personas que han decidido subirse al mismo vehículo sabiendo exactamente hacia dónde se dirigen.

Al detenernos en el semáforo a la entrada de Truro, noto un espasmo leve en su reflejo sobre el cristal. Claire mantiene las manos entrelazadas en el regazo, pero sus nudillos están demasiado pálidos. La llamada de Lisboa sigue pasándole factura por debajo de la piel.

No intento consolarla con promesas vacías.

Estiro el brazo derecho, giro el dial de la consola central y subo la calefacción al máximo, orientando las rejillas de ventilación directamente hacia sus dedos.

Claire no se mueve, pero exhala un suspiro lento y apoya la cabeza en el respaldo, aceptando el calor en silencio.

Truro nos recibe con sus calles de piedra gris y el olor a carbón húmedo que sube de las chimeneas victorianas. Aparco cerca de la oficina del registro del condado, un edificio de ladrillo oscuro metido en un callejón estrecho detrás de la catedral.

El interior huele a papel viejo, cera para el suelo y el vinagre rancio de los archivos de microfilmes.

Tras los mostradores de madera de acacia trabaja una funcionaria mayor, la señora Higgins, con unas gafas de lectura colgadas de una cadena de plata y las manos deformadas por décadas de ordenar legajos administrativos.

—Los Harrington de Ravenmere —murmura la mujer, revisando nuestra solicitud por encima de las lentes con una lucidez que no encaja con su ritmo pausado—. Hacía años que nadie preguntaba por el fideicomiso del cabo.

—Buscamos los registros de la cuenta puente de la firma de procuradores de hace diez años —explica Claire, dando un paso al frente y apoyando los brazos en el mostrador con aplomo corporativo—. El archivo perimetral del ala oeste debería contener la orden de retención de fondos.

La funcionaria suelta una risa corta, seca, que termina en una tos leve.

—Lady Margot nunca venía sola a resolver estos asuntos, señorita.

De hecho, apenas pisaba este registro en su última década.

Siempre mandaba a alguien de Londres para que firmara los anexos de retirada en su nombre.

Alguien que traía los documentos visados desde la capital mucho antes de que el banco del condado supiera que había una deuda.

Claire y yo nos miramos. La pista encaja con el asedio a distancia que intuíamos en la Habitación Azul. El enemigo nunca operó desde el pueblo; enviaba a sus emisarios con el trabajo de demolición legal ya redactado.

La señora Higgins regresa veinte minutos después arrastrando una caja de cartón rígido atada con una cuerda de lino verde. La deposita sobre la mesa de consulta del rincón con un golpe sordo que levanta una brizna de polvo gris.

Me siento junto a Claire bajo la luz mortecina de una lámpara de flexo. Desatamos el nudo y empezamos a pasar los folios técnicos del registro. Las hojas están numeradas con el membrete del registro provincial, pero a mitad del legajo, la tipografía cambia.

En el registro de control de la cuenta puente aparece un sello de tinta azul que identifica al emisor original de los fondos. No es Blackwell algún viejo socio de la firma familiar; o quizá Evelyn Vale, la mitad invisible de Wren & Vale Solicitors.

Claire sigue la dirección de mi mirada. Noto cómo su respiración se detiene al ver las iniciales escritas junto al sello de la capital. Gira el rostro hacia mí, con las pupilas dilatadas por la sorpresa y una pregunta suspendida en los labios que no se atreve a pronunciar en voz alta.

La firma sigue faltando. Pero sus iniciales acababan de aparecer en el margen.