CAPÍTULO 22 El precio de quedarse
Claire
La pantalla del móvil se apaga, devolviéndome el reflejo de mi propio rostro cansado en el cristal negro.
Dejo el aparato sobre la mesa de caoba, justo al lado de las cartas falsificadas.
El silencio regresa a la biblioteca, pero ya no tiene la densidad compartida de hace unos minutos; ahora es un vacío frío, con sabor a asfalto y a despachos de cristal de Lisboa.
Leo no se ha movido. Sigue apoyado contra la mesa, con los brazos cruzados y esos ojos grises fijos en mí, leyéndome la tensión en la línea de los hombros.
—Era Duarte —digo, y mi voz suena extrañamente lejana, desprovista de la rabia con la que planté cara a la City ayer—. Blackwell conozco ese instinto suyo, esa necesidad orgánica de buscar un pilar de carga que apuntalar, una solución de ingeniería que salve la estructura antes del derrumbe.
Pero esto no es un muro de piedra de Cornualles. Es ingeniería financiera internacional. Un arquitecto autónomo del condado no puede emitir un cheque que cubra la deuda de un estudio corporativo en el sur de Europa.
Da un paso hacia mí, acortando la distancia con una lentitud pesada. Sus ojos buscan los míos con una fijeza cargada de una impotencia sorda que le endurece las facciones.
—No necesito que me salves, Leo —le corto, antes de que pronuncie la primera palabra de consuelo.
Él se detiene a medio metro. La mandíbula tensa, el pecho subiendo al ritmo de una respiración contenida.
—Lo sé —responde.
—Entonces deja de mirarme como si estuvieras buscando una forma de hacerlo.
Sostengo su mirada, negándome a romperme frente a él.
La mujer que regresó a este cabo sabe perfectamente lo que cuesta levantar un nombre en el mercado financiero; sé lo que duele perderlo, pero también sé quela Claire de entonces se marchó de aquí sin defenderse.
Esta vez no va a ser igual. Si voy a perder Lisboa, al menos elegiré yo misma el motivo del naufragio.
Me acerco al buró de caoba y recojo las cartas falsificadas con dedos firmes. Las guardo en mi bolso junto a los datos de la transferencia puente de Truro.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta Leo, observando la frialdad metódica de mis movimientos.
—Vamos a coger tu todoterreno y vamos a ir al registro de Truro —digo, colgándome la correa del bolso al hombro—. Blackwell & Rowe cree que el miedo a la quiebra me va a hacer firmar ese papel antes de la noche. Creen que Lisboa es mi única línea roja.
—¿Y no lo es?
Me detengo frente a él, tan cerca que puedo oler el aroma a turba de su ropa. Le coloco una mano sobre el pecho, sintiendo el latido regular y potente de su corazón bajo la franela. No busco refugio. Busco suelo.
—Mi estudio me costó diez años de vida, Leo.
Pero esta casa me costó diez años contigo.
No voy a permitir que la misma mano que redactó esas notas falsas se quede con el ala oeste para convertirla en un hotel de lujo.
Si tengo que pagar un precio por saber la verdad, lo pagaré.
Pero primero quiero el nombre de la firma que falta.
Leo cubre mi mano con la suya, apretando mis dedos contra su pecho con una intensidad que me recorre la espina dorsal.
No hay discursos. No hay promesas de futuro.
Solo la solidez de sus dedos curtidos confirmándome que la frontera que cruzamos anoche sigue siendo el único suelo firme que nos queda.
—El coche está abajo —dice simplemente.
Salimos de la biblioteca en silencio. Al cruzar el vestíbulo principal, la luz del mediodía pincha los muebles cubiertos con sábanas blancas, dándoles el aspecto de fantasmas que aguardan el desenlace.
Abro el pesado portón de roble. Fuera, la niebla por fin se ha retirado hacia el mar, dejando los acantilados limpios bajo un cielo gris que amenaza con una lluvia fina y helada. El aire del norte nos golpea la cara, trayendo el olor a salitre y a pinos húmedos.
Subimos al todoterreno de Leo. El motor arranca con un rugido sordo que rompe la paz muerta del cabo, y los neumáticos muerden la grava húmeda del camino perimetral, alejándonos de la fachada de piedra de Ravenmere.
Miro por el retrovisor cómo las torres de la casa empiezan a empequeñecer tras los árboles. Sé que cada kilómetro que avanzamos hacia el archivo local de Truro es un paso más hacia la ejecución de mis avales en Portugal. El contador está en marcha.
La City no ha necesitado entrar por la fuerza. Me está cobrando el peaje desde mi propia mesa de despacho en Lisboa.
Pero mientras observo las manos de Leo firmes sobre el volante, entiendo que el verdadero peligro ya no es lo que Blackwell & Rowe pueda quitarme.
El peligro real es descubrir que, por primera vez en mi vida, estoy dispuesta a perderlo todo con tal de no volver a perderlo a él.