Sabía que no debía esperarte (Los Vaughan: Secretos de Londres nº 5) CAPÍTULO 24 Wren & Vale
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CAPÍTULO 24 Wren & Vale

Claire

El tintineo de una cucharilla contra la porcelana es el único sonido que compite con el golpeteo de la lluvia en los cristales de la cafetería.

Es un local pequeño y estrecho, a pocos metros del archivo del condado, con las paredes cubiertas de papel oscuro y un olor denso a tarta de jengibre que se me pega a la ropa.

Leo está sentado frente a mí. Ha dejado su abrigo de lana sobre el respaldo de la silla y tiene la tableta digital encendida entre los dos, conectada a la red móvil. Sus ojos grises fijos en la pantalla reflejan un brillo azulado que le endurece los rasgos.

Mis manos rodean una taza de té que ya se ha quedado fría. No he probado un bocado. Cada vez que miro la pantalla de mi teléfono, siento una punzada nítida en el estómago.

Un nuevo correo de Lisboa acaba de entrar.

No hay texto, solo un documento adjunto con el membrete del fondo de inversión y una hora límite marcada en rojo: 09:00 h.

de mañana. Si el preacuerdo de venta de Ravenmere no está firmado y validado por el registro de Truro antes de que abran las oficinas en Portugal, la línea de crédito de mi estudio cae.

El proceso de liquidación técnica de mi firma comenzará de oficio el lunes por la mañana.

Leo levanta la vista de la tableta. No necesita preguntar. Su mirada desciende un segundo hacia mis dedos, que aprietan el teléfono con una fuerza que me ha devuelto el color blanco a los nudillos, y luego vuelve a mis ojos.

—Es el último aviso —dice, y no hay reproche en su voz, solo una gravedad sorda que me corta el aire.

—Si no firmo antes de que amanezca, mañana a esta hora ya no tendré un estudio al que regresar —admito, bajando la voz para que no tiemble—.

Duarte dice que los socios ya están preparando la transición.

Blackwell es una mujer real, un sujeto jurídico con despacho en Mayfair que controlaba los hilos financieros de Margot Harrington.

Paso el dedo por el registro de la disolución, buscando alguna dirección de contacto actual, una firma sucesora o un fondo de pensiones donde rastrear su paradero. El resultado es una pared sin grietas.

—Desapareció del registro el mismo año que nuestras cartas —dice Leo, siguiendo el cursor con la mirada—.

No hay actividad profesional a su nombre en la barra de Londres desde hace una década.

Es como si hubiera cobrado la transferencia puente de Ravenmere y hubiera borrado su nombre del mapa de la City el mismo día en que tú subiste a ese tren en Paddington.

Miro la lluvia arreciar tras el cristal de la cafetería de Truro.

El laberinto ya no es una cuestión de planos antiguos o vigas que ceden por la humedad.

Las iniciales del margen acaban de convertirse en un rostro con nombre y apellidos: una mujer que estuvo en el lugar exacto donde nuestras vidas se partieron y que, seis años después, volvió a limpiar el archivo del condado.

E.V. ya no es solo una inicial en el margen. Es una mujer. Y desapareció del registro el mismo año que nuestras cartas.