CAPÍTULO 3 La taza tibia
Claire
Elijo la habitación de invitados del ala norte por una única razón: es la más alejada de la Habitación Azul y la que tiene las ventanas orientadas hacia el camino de entrada, no hacia el acantilado.
Necesito ver la vía de escape, aunque ahora mismo sea solo una franja de barro sepultada por la tormenta.
Dejo la maleta sobre el colchón desnudo.
La estancia huele a cerrado, a alcanfor y a ese frío denso que se acumula en las casas victorianas cuando nadie enciende una chimenea en meses.
Me siento en el borde de la cama sin quitarme la gabardina.
Fuera, el viento golpea los postigos con un gemido rítmico y de fondo, muy abajo, llega el eco sordo de unos golpes metálicos.
Clanc. Clanc. Clanc.
Leo trabaja en alguna parte profunda de la estructura. El sonido no es molesto, pero se filtra por las tuberías y las vigas, recordándome que no estoy sola en esta inmensidad gris. Ravenmere parece latir a través de sus herramientas.
El frío termina por vencerme a la media hora. Con el cuerpo entumecido, salgo al pasillo oscuro guiada por la luz de la pantalla de mi teléfono. Decido bajar a la cocina con la esperanza de encontrar un hervidor eléctrico o algo caliente que llevarme a las manos antes de sepultarme bajo las mantas.
Cruzo el vestíbulo principal. A la luz de la pantalla, los muebles tapados con sábanas parecen fantasmas alineados en un baile estático. Al llegar a la zona de servicio, el olor a abandono cambia de golpe.
La cocina no está muerta.
Hay una hilera de herramientas ordenadas sobre la mesa de servicio y una cazadora de cera oscura, gastada por el uso y con restos de barro seco en el bajo, colgada de un gancho junto a la puerta del jardín. Doy dos pasos más y me detengo frente a la encimera.
Hay una cafetera italiana de acero y, justo al lado, una taza de loza marrón. Me acerco por puro impulso y rodeo la cerámica con los dedos.
Todavía está tibia.
Un calor mínimo, casi imperceptible, pero real.
Sentir ese rastro humano en mitad de la penumbra me revuelve el estómago.
Leo no solo pasa el día aquí revisando grietas; Leo habita la casa.
Deja su taza, su abrigo, el espacio configurado a su medida mientras yo estoy a mil kilómetros intentando convencerme de que este lugar ya no existe.
—Hay leña seca en el cesto de la esquina —dice una voz desde el umbral.
Me sobresalto, retirando la mano de la taza como si me hubiera quemado.
Leo está apoyado en el marco de la puerta de la despensa. Se ha cambiado la camisa sucia de yeso por un jersey de lana oscura y grueso, de cuello alto, que lo hace parecer aún más grande en la estrechez del pasillo. Tiene los ojos fijos en mis manos.
—No busco husmear —digo, recuperando la postura y cruzando los brazos sobre el pecho—. Solo intento encontrar algo caliente.
—El agua del grifo es potable, pero el calentador tarda en arrancar —responde él sin moverse. Su tono no es hostil, es simplemente el de alguien que conoce las manías de un edificio antiguo—. Si quieres té, hay una caja en el segundo armario. Yo acabo de apagar el fuego.
Avanza hacia la encimera con esa familiaridad pesada que me desarma. Coge su taza tibia, vierte el resto del agua caliente que queda en el hervidor en un segundo vaso de cristal y me lo tiende. No hay contacto entre nuestros dedos. El cristal quema, pero me aferro a él como si fuera un salvavidas.
—Gracias —murmuro, dando un sorbo corto.
Nos quedamos en silencio, separados por apenas un metro de granito desgastado. La cocina de Ravenmere es enorme, pero con él allí dentro, el espacio parece encogerse hasta volverse claustrofóbico.
—La carretera del este ya se ha inundado —comenta Leo, rompiendo el silencio mientras mira de reojo la ventana donde rebota la lluvia—. El tasador de Londres no va a poder cruzar el puente del valle mañana. Tendrás que cancelar la cita.
—Puedo llamarlo temprano. —Miro el vaso de cristal—. Supongo que esto me da veintiocho horas más de margen.
—¿Tanta prisa tienes por deshacerte de esto? —pregunta. No hay rabia en su voz, solo una curiosidad limpia, casi clínica.
Levanto la vista, sosteniendo sus ojos grises.
—Tengo una vida en Lisboa, Leo. Proyectos, clientes, un estudio que gestionar. No gano nada quedándome varada en un acantilado viendo cómo se pudre el patrimonio de los Harrington.
Leo asiente despacio, da un sorbo a su taza y apoya el peso del cuerpo contra la encimera, mirándome de frente.
—Vender esta casa no va a borrar lo que pasó aquí, Claire. Aunque le cambien el nombre, aunque derriben el ala oeste. Los cimientos siguen siendo los mismos.
—Venderla hará que no tenga que volver a mirarlos —replico, y la frase suena más afilada de lo que pretendo.
Una microfisura cruza la expresión de Leo, una sombra imperceptible que desaparece tan rápido como llega. Deja la taza sobre la encimera con un golpe seco que resuena en toda la cocina.
—La habitación del ala norte tiene corrientes en la ventana —dice, cambiando de tema con una brusquedad profesional—. Si pasas frío, hay mantas de lana en el arcón del pasillo. Buenas noches, Claire.
Coge su cazadora de cera del gancho, se la echa al hombro y cruza la puerta trasera que conecta con el jardín exterior, hundiéndose en la noche y el temporal hacia la casa del jardinero.
Me quedo sola en la cocina, con el vaso de cristal enfriándose entre las manos y el peso de una casa que, tal como él ha dicho, se niega a cambiar sus cimientos.
Entonces, desde algún lugar del piso superior, oigo cerrarse una puerta. Una puerta que no he abierto.