CAPÍTULO 2 El hombre que esperó
Leo
Pensé que, si Claire Harrington volvía algún día, yo sabría qué hacer con las manos.
Imaginé que las metería en los bolsillos con indiferencia, o que cruzaría los brazos sobre el pecho para levantar un muro físico entre los dos.
Sin embargo, ahora mismo solo puedo mantener los dedos firmes contra el borde de la mesa de nogal, apretando la madera con tanta fuerza que los nudillos me han quedado blancos.
El polvo de yeso del techo se me pega a la piel, recordándome dónde estoy y quién soy.
El arquitecto encargado del inventario. El hombre que se quedó a recoger los pedazos.
Claire sigue de pie junto al umbral, con la mano crispada en el asa de una maleta pequeña.
Trae el abrigo empapado por el temporal de Cornualles, el pelo oscuro pegado a las mejillas por la lluvia y las pestañas todavía húmedas.
A la luz de mis linternas de trabajo, noto las leves ojeras que sombrean su mirada y la rigidez defensiva de sus hombros.
Sigue teniendo esa forma insoportable de parecer intacta justo cuando está a punto de romperse.
Ha vuelto con prisa. Se le nota en la respiración contenida, en la forma en que evita mirar las estanterías de la biblioteca y en esa urgencia administrativa por liquidar Ravenmere House en sesenta horas. Viene a vender, a firmar y a huir de nuevo hacia su vida en Lisboa.
Yo llevo tres meses viviendo en la antigua casa del jardinero mientras superviso Ravenmere. Tres meses abriendo ventanas hinchadas por la humedad, retirando cubos de goteras, apuntalando techos que nadie veía y aprendiendo el sonido exacto que hace esta casa cuando el viento entra por las grietas.
Claire ha vuelto con una maleta pequeña. Como si las ruinas ocuparan poco.
—¿Quién te ha autorizado a entrar aquí, Leo? —pregunta, y aunque intenta sonar implacable, detecto el sutil temblor en su tono—. El albacea me aseguró que las llaves solo las tenía el bufete de Londres.
Suelto la mesa despacio, doy la vuelta a los planos y me yergo cuán largo soy. Diez años de distancia no han acortado los tres centímetros que le saco de altura, ni el peso del silencio que siempre se instala entre nosotros.
—Margot me contrató antes de morir —respondo, manteniendo mi voz en esa frecuencia neutra y profesional que he tardado una década en perfeccionar.
Claire arquea una ceja, dando un paso al frente. El sonido de sus botas sobre el parqué desgastado me golpea directamente en el pecho.
—Margot no tenía derecho a decidir por mí. Esta casa es mía ahora.
—Eso no pareció detenerla nunca —replico con suavidad.
La alusión a su tía abuela queda flotando en el aire de la biblioteca, pesada como la humedad que amenaza los libros históricos. Claire tensa la mandíbula, pero no recoge el guante. Incluso muerta, Margot sigue teniendo la desagradable costumbre de decidir por todos.
—No me interesa el pasado, Leo —dice ella, desviando los ojos hacia los papeles extendidos—.
Mañana a primera hora viene un tasador de la City.
Quiero el informe de daños estructurales limpio.
Si hay que apuntalar el techo para que la venta no se caiga, hazlo, pero no quiero complicaciones legales ni retrasos patrimoniales.
La observo en silencio, sintiendo cómo una punzada de un viejo resentimiento me recorre la columna.
Claire siempre había tenido talento para marcharse antes de que algo pudiera pedirle que se quedara.
Lo hizo entonces y lo está haciendo ahora, tratando a Ravenmere como si venderla fuera más fácil que recordarla.
Fuera, el viento del Atlántico embiste los ventanales con un aullido sordo. El sonido del agua golpeando el cristal me arrastra, durante una fracción de segundo, a una noche idéntica hace diez años. El mismo olor a tormenta, el mismo frío calándole a uno los huesos.
A las once y media de aquella noche, todavía conservaba el billete en el bolsillo.
Estaba en el andén de la estación de tren, resguardado bajo el voladizo metálico, convencido de que su retraso se debía al barro del camino.
A medianoche, empecé a odiarla. A las doce y media saqué el papel del bolsillo y contemplé los dos nombres impresos en la tinta barata.
A las dos, comprendí que seguía esperando.
Nadie debería descubrir el final de una historia mirando el reloj de una estación.
Que ya no vendría. Que se había marchado sin una maldita palabra de despedida, dejándome a cambio una nota fría y breve que todavía tengo grabada a fuego en la memoria.
Ahora está aquí, a tres metros de mí, exigiendo prisa.
—La grieta del ala oeste no es un problema estético que puedas tapar con un poco de pintura para engañar a los compradores de Londres, Claire —digo, señalando el techo con el lápiz—.
Cruza la viga maestra. Si la carretera de la costa sigue inundándose al ritmo que va, el tasador no llegará mañana. Y tú tampoco podrás salir de aquí.
Ella da un respingo sutil, volviéndose hacia el ventanal oscuro donde solo se intuye el rumor salvaje del mar.
—El coche de alquiler tiene tracción —insiste ella, aunque la duda ya ha cruzado su rostro—. Puedo bajar al pueblo y quedarme en la posada del puerto. No voy a pasar la noche aquí contigo.
Doy un paso hacia ella, saliendo del círculo de luz de las linternas. La penumbra nos envuelve a ambos, reduciendo el mundo a la distancia exacta que nos separa. Huelo la lana mojada de su gabardina y el rastro sutil de lavanda que insiste en emanar de su piel.
—La carretera del acantilado se corta en cuanto sube la marea con este viento.
Si intentas bajar ahora, te quedarás atrapada en mitad del barro —le advierto, con una fijeza que la obliga a sostener la mirada—.
Así que no la pases conmigo. Pásala con la casa.
Ravenmere tiene doce habitaciones vacías. Elige una.
Claire contiene el aliento, con los labios sutilmente partidos.
Veo el conflicto en sus ojos: la necesidad urgente de huir chocando contra la realidad implacable del temporal de Cornualles.
Da un paso atrás, buscando apoyo en la mesa, y al mover el brazo, el pesado manojo de llaves que traía del albacea resbala de su bolsillo y cae sobre el nogal con un tintineo metálico y seco.
Me inclino por puro instinto para recogerlo antes de que caiga al suelo. Al tomar el anillo de hierro, mis dedos rozan los suyos durante un instante suspendido en el que el pulso se me desboca.
Me obligo a apartar la mano y a mirar el llavero.
Entonces veo la llave pequeña que cuelga del manojo de Claire.
Es de bronce envejecido, más pequeña que las demás, con una filigrana desgastada en el ojo. La reconozco al instante. La de la Habitación Azul. La única puerta de Ravenmere que Margot me prohibió abrir expresamente en su contrato.
Levanto la vista hacia Claire. Ella me la arrebata del manojo con un gesto rápido, casi felino, ocultándola en la palma de su mano como si guardara un fragmento de cristal prohibido.
—Buenas noches, Leo —murmura.
Da la vuelta y sale de la biblioteca, arrastrando su maleta hacia la oscuridad del vestíbulo, dejándome a solas con el plano de una ruina que ninguno de los dos sabe cómo reparar.