Sígueme el juego (Desastres 4) 23
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Riley

M

e levanto del sofá decidida. No tengo tiempo para darle más vueltas. El reloj marca la hora de ir a trabajar, y La Pequena París me espera. Si hay algo que puede ayudarme a desconectar, aunque solo sea por un rato, es la rutina de la cafetería.

El aire fresco me golpea al salir de casa, despejando un poco el nudo que llevo en el estómago desde la llamada.

Al llegar, el familiar aroma a café recién hecho y el dulce olor de los pasteles horneados me reciben como una vieja amiga.

Al menos aquí, todo parece estar bajo control, y eso es justo lo que necesito.

Enciendo las luces, abro las cortinas y me acerco al mostrador para prepararlo todo.

A medida que la manana avanza, los clientes habituales comienzan a entrar, y eso me permite, al menos por unos momentos, pensar en otra cosa.

Las tazas de café, las charlas triviales sobre el clima y el menú, cada detalle me ayuda a mantenerme ocupada.

A cada café que sirvo, me siento un poco más ligera, como si los problemas se disiparan con cada pedido que entrego.

A pesar de todo, las preguntas sobre Kai siguen ahí, en algún rincón de mi mente, flotando en segundo plano. «¿Por qué ahora?» es la que más me ronda, pero el ir y venir de los clientes me obliga a seguir adelante, manteniendo la sonrisa amable que tanto he perfeccionado.

Finalmente, tras atender a un cliente más, me permito un momento de respiro. Apoyo las manos en el mostrador y miro por el gran ventanal hacia la calle. El mundo sigue su curso, ajeno al caos en mi cabeza. Aquí, en la cafetería, puedo pretender que todo está bien. Al menos, por ahora.

El suave tintineo de las tazas chocando sobre los platos me envuelve en una calma pasajera, y durante unos segundos, permito que mi mente se quede en blanco.

Miro las nubes grises que se acumulan sobre la ciudad, anunciando una lluvia inminente.

Agradezco el murmullo bajo de las conversaciones, los susurros de los clientes que llenan el pequeno local, todo creando una especie de muralla sonora que bloquea el torbellino en mi mente.

Pero no pasa mucho antes de que las preguntas vuelvan a golpearme con fuerza.

«Te he visto en las noticias... con Dean Davis».

Las palabras de Kai me persiguen, apareciendo en mi mente como un eco imposible de ignorar.

Respiro hondo, tratando de sacudir esa sensación incómoda, pero es inútil.

A pesar de que me sumerjo en el trabajo, una parte de mí no puede evitar pensar que toda esta paz es solo temporal.

El caos no tarda en alcanzar a las personas, y yo estoy en el ojo de esa tormenta, esperando que todo explote.

Los clientes siguen entrando. Algunos son los de siempre, con sus sonrisas amables y pedidos ya conocidos. Otros son nuevos, pero eso no cambia mucho mi dinámica. Sirvo otro café, preparo un muffin

de arándanos para llevar, y mientras lo hago, el ruido de la cafetera me proporciona otra pausa momentánea en mis pensamientos. Agradezco cada segundo en que no tengo que enfrentar lo que está sucediendo en mi vida.

De vez en cuando, lanzo una mirada al reloj, esperando que el tiempo avance más rápido.

Aunque parte de mí no quiere que el día termine, otra parte solo quiere que todo pase de una vez, que lo que sea que esté por suceder finalmente ocurra.

Me concentro en lo que tengo frente a mí, en las pequenas tareas que ayudan a mantener mi mente ocupada: limpiar las mesas, acomodar los cupcakes

, llenar las jarras de leche. Cada gesto es una pequena distracción, pero a estas alturas, empiezo a darme cuenta de que ninguna de ellas será suficiente para evitar lo inevitable.

Un nuevo cliente entra, pero ni siquiera lo noto al principio.

Estoy demasiado absorta en el vapor que sale de la cafetera y en cómo el calor me reconforta, aunque solo sea de forma superficial.

Pero luego, una presencia familiar llena el ambiente, haciéndome sentir un ligero estremecimiento en la espalda.

Mi corazón da un salto inesperado cuando levanto la vista del mostrador y lo veo.

Dean Davis. Sin su gorra ni gafas de sol.

Sin intentar pasar desapercibido a los ojos de las personas que lo rodean.

Aparece en la entrada de la cafetería, el sol de la manana iluminando su figura a través del cristal de la puerta.

Hay algo en su postura, en la forma en que me mira, que me hace saber que este no es un encuentro casual.

Me quedo congelada, con las manos aún apoyadas en el mostrador, mientras él entra con paso decidido, su mirada fija en mí como si no hubiera nadie más en la habitación.

La atmósfera cambia de inmediato. Todo lo que había logrado bloquear de mi mente, todo ese caos, vuelve de golpe. Pero esta vez, la tormenta lleva su nombre.

De repente, siento cómo las miradas empiezan a caer sobre mí, como si todo el mundo en la cafetería supiera quién soy.

Puedo notar los susurros a mis espaldas, las conversaciones que disminuyen cuando Dean cruza el umbral.

«Esa es la chica que estaba con él en las noticias, ¿verdad?

», puedo imaginar que piensan, como si hasta ahora no se hubieran dado cuenta.

Aunque nadie dice nada en voz alta, la tensión en el aire es palpable.

Las sonrisas que me dedican algunos clientes ahora parecen cargadas de curiosidad, como si estuvieran a la espera de algo.

Me obligo a respirar hondo, pero no puedo evitar sentirme expuesta, como si todos estuvieran al tanto de mi vida privada, de cada decisión que he tomado en las últimas semanas.

El peso de las cámaras, de los titulares, se cuela en la cafetería, y de repente, este lugar ya no me parece tan seguro como antes.

Es como si las paredes se hubieran estrechado y la tranquilidad que tanto me costó mantener se desmoronara.

Dean se acerca, ajeno o tal vez completamente consciente de la atención que ha traído consigo, y su mirada sigue fija en mí. No tengo escapatoria. Ahora que está aquí, siento cómo mi corazón se acelera, y el mundo parece detenerse por un momento.

Dean está frente a mí, y aunque me esfuerzo por mantener la compostura, algo en el aire ha cambiado.

La presencia de su mirada, firme pero indescifrable, me pone en alerta.

Todo lo que estaba intentando enterrar, cada pedazo de mi pasado, parece estar asomándose en la superficie. Y sé que él lo nota.

Mientras acomodo las tazas y limpio el mostrador, me doy cuenta de que no es solo mi nerviosismo lo que me traiciona, sino también las pequenas senales que mi cuerpo emite sin permiso.

Me tiemblan los dedos, y siento cómo mi respiración se vuelve más superficial a cada segundo que pasa.

Dean no dice nada al respecto, pero lo percibo en su postura relajada, en la manera en que me observa, como si estuviera esperando algo más.

Intento encontrar una manera de retomar el control, de volver a esa aparente calma que la cafetería me proporciona, pero hoy es diferente. La conversación sigue siendo trivial en apariencia, pero debajo de la superficie, algo más está ocurriendo.

—Parece que tienes todo bajo control aquí —comenta Dean, como si su presencia no estuviera alterando cada fibra de mi ser.

Asiento, esbozando una sonrisa tensa. No quiero que él vea lo que está ocurriendo dentro de mí. Es demasiado pronto, demasiado arriesgado.

—Sí, ya sabes cómo es. Los días son ocupados pero predecibles —respondo, tratando de sonar más ligera de lo que me siento.

Pero justo cuando creo que el momento de tensión pasará desapercibido, Dean menciona algo, algo pequeno, algo que parece insignificante a simple vista, pero que me sacude por completo.

—A veces me pregunto cómo te las arreglas para mantener todo en pie... con todo lo que cargas —dice, su tono despreocupado, pero su elección de palabras me atraviesa como una daga.

Mi corazón da un vuelco. ¿Qué sabe él? ¿Cómo podría saberlo?

Las palabras resuenan en mi cabeza, y siento cómo el suelo bajo mis pies comienza a desmoronarse.

No puedo evitarlo. Mi mano, la que está secando una taza, se queda inmóvil en el aire por unos segundos.

Respiro profundamente, intentando controlar la sensación de vértigo que me invade.

Dean no parece darse cuenta del impacto que ha causado, pero eso no disminuye el efecto que tiene en mí. Todo lo que he intentado mantener enterrado, cada rincón de mi pasado, cada decisión que tomé para mantenerlo oculto, está al borde de la revelación.

—¿Cargar con qué? —pregunto, mi voz más firme de lo que me esperaba, aunque siento que por dentro me estoy desmoronando.

Dean frunce el ceno por un instante, como si estuviera evaluando su respuesta.

Pero antes de que pueda decir algo más, un cliente se acerca al mostrador, cortando el momento como una hoja afilada que parte en dos nuestra conversación.

Me apresuro a atenderlo, agradecida por la interrupción, aunque sé que este pequeno respiro es solo temporal.

Cuando el cliente se va, Dean sigue allí, mirándome, como si hubiera algo que aún no hemos resuelto. Y lo siento. Esa tensión que se acumula en mi pecho, la certeza de que no puedo seguir fingiendo que todo está bien.

—Escucha, Riley, sé que anoche me pediste tiempo pero... —empieza Dean, esta vez más despacio, más serio—. No sé qué es, pero... siento que hay algo que no me estás contando.

Mis defensas se levantan automáticamente. Todo mi ser quiere gritar que no, que no hay nada. Pero no puedo. No soy capaz de mentirle a Dean, no después de todo lo que hemos vivido juntos en estas últimas semanas. Sin embargo, decirle la verdad es igual de imposible.

—No sé de qué hablas —murmuro, desviando la mirada hacia las tazas, mis manos inquietas jugueteando con una cuchara. Pero el nudo en mi garganta está allí, atragantándome, y sé que él lo nota.

Dean no me presiona. En cambio, se queda en silencio, mirándome con esa intensidad que hace que todo a mi alrededor se desvanezca.

Y es en ese silencio donde más miedo siento.

Porque sé que esto no va a terminar aquí.

Sé que esta conversación, este momento, es solo el comienzo de algo más grande.

Algo que no sé si estoy lista para enfrentar.

Mientras el tiempo se detiene entre nosotros, mis pensamientos se agolpan, cada uno más pesado que el anterior.

¿Qué hago? ¿Cómo puedo explicarle lo que siento, lo que cargo sin perderme en el camino?

La presión aumenta, y antes de que me dé cuenta, mis manos comienzan a moverse, buscando algo en mi bolso.

No tengo idea de por qué, pero en un impulso casi involuntario, saco mi diario.

Mis dedos recorren la cubierta de cuero desgastada, el símbolo de todo lo que he guardado, mis secretos, mis pensamientos más íntimos.

No estoy segura de por qué lo tengo aquí, en la cafetería, pero el instinto me dice que es el momento de compartirlo, de dejar que él vea un pedazo de mí, aunque no esté lista para abrirme por completo.

—Toma —digo, extendiéndole el diario mientras mi voz tiembla—. Lee esto. Quizá me entiendas un poco mejor.

Dean me observa con sorpresa, sus ojos viajando entre mi rostro y el diario que le ofrezco. No espero que lo tome, que acepte el gesto, pero hay algo en su expresión que me hace sentir vulnerable. En su mirada hay curiosidad, una chispa de interés que me hace dudar.

—Riley, no tengo ni idea de qué estás tratando de hacer —responde, un tanto confundido.

—No lo sé tampoco —confieso, sintiendo cómo las palabras se agolpan en mi garganta—. Solo... necesito que entiendas. Hay cosas que no puedo explicar ahora, pero si lees esto, tal vez... tal vez te ayude a comprender.

Las palabras caen de mis labios con un peso que me alivia y me asusta al mismo tiempo.

El diario representa una parte de mí que he mantenido oculta, pero en este momento, parece que estoy ofreciendo un atisbo de mi alma, un destello de la carga que llevo conmigo.

Dean finalmente toma el diario, sus dedos rozando los míos por un instante.

El roce es eléctrico, y por un segundo, siento que todo lo demás se desvanece. Pero no hay tiempo para explorar esa conexión. La realidad se impone de nuevo, y la tensión que flota en el aire es palpable.

—Riley, no sé si esto es lo que necesitas —dice él, su tono ahora más serio—. Si me das esto, ¿estás segura de que estás lista para lo que viene después?

—No lo estoy —respondo con sinceridad, sintiendo que el nudo en mi garganta se aprieta—. Pero necesito que te vayas. Necesito un momento a solas.

Dean asiente lentamente, como si comprendiera la necesidad de espacio. Hay una chispa de dolor en sus ojos, pero no dice nada más. En su expresión hay una mezcla de respeto y preocupación, y eso me hace sentir aún más vulnerable.

—Está bien —dice al final, cerrando el diario con suavidad—. Lo leeré. Pero, por favor, no te sientas obligada a cargar con esto sola. Estoy aquí para ti, Riley.

Me aferro a su mirada, un último momento de conexión antes de que se dé la vuelta y se dirija hacia la puerta.

La campanilla suena suavemente al abrirse, y el sonido parece amplificarse en el silencio que queda atrás.

Cuando se va, el aire se siente más ligero, pero el peso de lo que he compartido se queda conmigo.

Me quedo de pie junto al mostrador, el corazón acelerado, sin saber qué esperar. Sé que el diario contiene mis pensamientos más profundos, mis luchas y mis esperanzas. Y ahora, en manos de Dean, esos secretos están a punto de ser revelados.

Siento que, de alguna manera, he dado un paso hacia adelante, pero también he dejado una parte de mí al descubierto. Y mientras miro por la ventana hacia la calle, sé que este es solo el comienzo. La tormenta está por llegar, y no estoy segura de estar lista para enfrentarlo.