22
Riley
E
l aroma del té recién hecho llena mi cocina mientras me apoyo en la encimera, observando cómo el vapor se eleva de la taza. A mi lado, una tostada fría que ni siquiera he tocado. Todo parece tan tranquilo en comparación con el caos que ha estado arremolinándose dentro de mí.
Anoche cambió todo.
Cada vez que cierro los ojos, siento el peso de las caricias de Dean sobre mi piel, su respiración caliente en mi cuello. No puedo dejar de pensar en él, en lo que hicimos, en cómo fue mucho más de lo que esperaba. ¿Cómo algo que comenzó siendo un simple acuerdo ha llegado a esto?
Respiro hondo, tomando un sorbo de té, intentando encontrar algo de claridad. Pero la confusión sigue ahí. Cada vez que intento racionalizar lo que pasó, me doy cuenta de que estoy cruzando una línea peligrosa. Ya no puedo fingir que esto es solo un juego.
Mis pensamientos vuelven a la conversación de anoche, cuando Dean se fue. Su voz, su tono de duda y de deseo no han dejado de resonar en mi mente. Me siento atrapada entre lo que quiero y lo que sé que es mejor para ambos. ¿Cómo puedo seguir adelante cuando mi pasado aún pesa tanto?
Justo en ese momento, escucho el sonido de un golpeteo suave en la puerta. Sé perfectamente quién es antes de abrir. Julie.
—¡Buenos días, carino! —dice Julie en cuanto abro, su expresión radiante, como si todo lo que ocurriera fuera un episodio de su telenovela favorita—. ¿No me vas a invitar a pasar? Huele delicioso aquí dentro.
La dejo pasar, esbozando una pequena sonrisa mientras ella se acomoda en mi cocina, moviéndose con la familiaridad de alguien que lo ha hecho miles de veces. Julie es como una ráfaga de aire fresco, siempre enérgica y directa, justo lo que necesito.
—¿No has tocado el desayuno? —pregunta, observando la tostada intacta mientras se sirve un poco de té sin pedir permiso—. ¿Es por ese chico? ¿Dean?
Mis mejillas se calientan, y suspiro, tomando asiento frente a ella.
—No lo sé, Julie. Todo es... complicado.
—Ya lo veo —responde ella, con una sonrisa pícara en los labios—. Estás en esa fase de negación total, ¿verdad? ¡Ay, la juventud! Lo que yo daría por estar en tu situación.
—No es tan sencillo —le digo, remojando mi tostada en el té sin ganas de comerla—. Se supone que todo esto es solo un acuerdo. Nada más.
Julie me mira por encima de su taza, sus ojos brillando con esa mezcla de sabiduría y diversión que la caracteriza.
—Carino, siempre hay algo más. Y si me preguntas, las reglas se hicieron para romperse.
Suelto una risa nerviosa. Julie siempre tiene una forma de ver las cosas de manera más ligera, pero no entiende lo que hay detrás de todo esto.
—Es diferente —continúo, mirando la taza de té entre mis manos—. Él no sabe todo sobre mí. No sabe lo que pasó en San Angelo, y...
Julie se inclina hacia adelante, dejándose de bromas por un momento.
—Riley, ¿cuánto tiempo vas a seguir cargando con todo eso sola? No puedes seguir huyendo de tu pasado para siempre. Algún día, tendrás que enfrentarte a ello.
—Lo sé —susurro—. Pero tengo miedo de lo que pasará cuando lo haga. No es solo mi pasado. Puede afectar a Dean, a su carrera, a todo. Lo que pasó en San Angelo puede arruinarlo todo.
Julie deja la taza en la mesa y me mira con una seriedad poco habitual en ella.
—Escucha, cielo. Ya te lo he dicho antes, pero te lo repito: no eres la misma chica que dejó San Angelo.
Has crecido, has aprendido, y sí, tienes cicatrices.
Pero no puedes dejar que esas cicatrices te definan.
Tienes que darle la oportunidad de conocer la verdadera Riley, no solo la fachada que le has mostrado.
Mis manos tiemblan ligeramente mientras intento procesar sus palabras. ¿Cómo puedo dejar que Dean vea esa parte de mí sin que todo se desmorone?
El silencio cae entre nosotras por un momento, interrumpido solo por el tintineo de la taza de Julie cuando la deja en la mesa.
—Deberías comer algo —dice al final, con una sonrisa cálida—. No puedo dejar que mi chica se desmaye de tanto pensar.
Sonrío débilmente, sabiendo que tiene razón. Tomo un bocado de la tostada mientras Julie se levanta para servirse otro té, como si fuera su propia casa.
—Y si necesitas un consejo —anade mientras revuelve el azúcar—, háblale, Riley. No puedes seguir evitando esto. A veces, enfrentarse al pasado es la única manera de seguir adelante.
Julie se marcha después de dejarme con una sonrisa y una caricia en el brazo, su manera de decirme que estará ahí cuando la necesite. La veo salir por la puerta y, de repente, el apartamento parece más grande, más vacío. Un vacío que pesa.
Recojo la taza de té casi vacía y me dirijo hacia el fregadero, mirando por la ventana de la cocina.
Desde aquí puedo ver la calle, la vida que sigue su curso mientras yo estoy atrapada en mi mente, pensando en las palabras de Julie.
Tiene razón. No puedo seguir huyendo. No puedo esconderme para siempre.
Pero hablar con Dean... contarle todo... me aterra.
Con un suspiro, apoyo las manos en el borde de la encimera.
Dean está cada vez más presente en mi vida, mucho más de lo que esperaba cuando todo esto comenzó.
Al principio, solo iba a ser un juego, una farsa para distraer a la prensa y mejorar su imagen.
Pero ahora... todo ha cambiado. Dean ha cambiado algo dentro de mí.
Me dejo caer en una de las sillas de la cocina, mis pensamientos girando en torno a él, a nosotros.
Cada vez que pienso en Dean, la imagen de lo que pasó anoche me asalta.
Sus manos en mi cuerpo, su mirada intensa y el modo en que me besó, como si el resto del mundo desapareciera a nuestro alrededor. ¿Cómo llegamos a este punto?
Pero junto a esa sensación de deseo también está el miedo. El miedo a que mi pasado arruine todo, a que la historia que he intentado dejar atrás se vuelva en mi contra. San Angelo. Esa pequena ciudad de la que hui, que me dejó cicatrices que aún no he podido sanar. Si Dean descubre la verdad...
Mis ojos se desvían hacia una pequena caja que está manana he llevado al estante del salón. Dentro está mi diario. No lo he tocado en semanas, pero hoy siento la necesidad de escribir. Necesito desahogarme de alguna forma, aclarar mis ideas.
Me acerco lentamente, abro la caja y saco el diario con su cubierta desgastada. Lo sostengo entre mis manos por un momento, simplemente sintiendo su peso. Es como si al abrirlo, todo lo que he mantenido enterrado pudiera salir a la superficie.
Me siento en el sofá, abro el diario en una página en blanco, y dejo que el bolígrafo haga el resto.
«Dean Davis. Nunca pensé que volvería a pronunciar su nombre, y mucho menos a tenerlo tan cerca. Era solo un crush
, un amor platónico al que nunca tendría que ver de nuevo. Pero aquí estoy, viviendo esta mentira, y sin embargo, siento que lo único falso en esto es mi intención de mantenerlo alejado de mi corazón».
Escribo sin parar, las palabras fluyendo sin que pueda controlarlas. Todo lo que siento, lo que pienso, lo que temo... todo está ahí, plasmado en esas páginas.
«No sabe quién soy, no sabe lo que he pasado.
San Angelo sigue siendo un secreto, y no sé cómo decírselo.
No quiero que me vea como la chica rota que fui.
Y aunque esta farsa empezó como un acuerdo, ahora siento que estoy atrapada en algo más grande, algo que no puedo manejar.
Dean está en mi mente todo el tiempo, y lo peor es que no puedo escapar de la idea de que, cuando descubra todo, va a alejarse. Y con razón».
Cierro el diario después de escribir varias páginas, sintiendo un pequeno alivio al haber liberado todo eso. Escribir siempre ha sido mi refugio, la forma en que logro entenderme a mí misma cuando las cosas se vuelven demasiado complicadas.
Dejo el diario de nuevo en la caja y la cierro, devolviéndola a su lugar en el estante. Pero esta vez, sé que no puedo dejarlo ahí para siempre. Algún día tendré que mostrarle todo a Dean. Quizás no hoy, pero sí pronto. Y cuando lo haga, todo va a cambiar.
El sonido de mi teléfono me saca de mis pensamientos, haciéndome volver a la realidad. Lo miro y veo un mensaje de Dean en la pantalla:
«¿Cómo estás?».
Cómo estoy... Esa es una buena pregunta. Pero no tengo la respuesta. No sé cómo estoy. Estoy confundida, asustada, atrapada entre lo que quiero y lo que me aterra.
Tecleo una respuesta rápida:
«Estoy bien, solo descansando un poco. ¿Tú?».
Dean responde casi al instante:
«Igual. Estaba pensando en lo de anoche... No quiero que sea incómodo entre nosotros».
Sus palabras me hacen detenerme un momento. ¿Incómodo? Claro que ha sido incómodo. Pero no porque haya pasado algo malo, sino porque ha sido demasiado real. Porque, aunque se suponía que era solo un juego, ya no lo es.
Miro la pantalla durante unos segundos antes de escribir:
«Lo sé. Tenemos que hablar, pero no ahora. Dame un poco de tiempo».
Presiono enviar y, por un momento, siento que puedo respirar. No tengo todas las respuestas, pero al menos estoy dando pequenos pasos. Pequenos pasos para enfrentar el futuro, sin dejar que el pasado me ahogue.
Después de dejar el teléfono a un lado, el silencio en el apartamento vuelve a ser abrumador. Me siento como si estuviera en una especie de limbo, atrapada entre lo que pasó anoche con Dean y lo que sé que está por venir. No puedo seguir evitando la verdad, ni sobre él ni sobre mí.
El reloj en la pared marca el tiempo, un tictac constante que parece sincronizado con los latidos de mi corazón.
Respiro profundamente y me levanto del sofá, sintiendo la necesidad de moverme, de hacer algo para despejar mi mente.
Camino por el apartamento, mis pies descalzos rozando el frío suelo, mientras mis pensamientos van y vienen.
Me detengo frente a la ventana del salón, mirando las luces de la ciudad que se extienden más allá. La vida sigue, aunque para mí todo parece estar en pausa. ¿Cuánto tiempo más puedo seguir así?
Sin pensarlo demasiado, empiezo a recoger el apartamento.
Doblo una manta aquí, ordeno algunos libros allá.
Es una forma de mantener mi mente ocupada, de evitar pensar en lo inevitable.
Pero cada vez que veo algo que me recuerda a Dean, como el póster en la cabecera de mi cama o el diario en el estante, siento una punzada en el estómago.
Todo se siente tan complicado.
Mientras organizo un pequeno montón de cartas y papeles en la mesa, mis dedos se tropiezan con una vieja fotografía.
La imagen está algo desgastada por el tiempo, pero aún se puede ver claramente.
Es una foto mía con Kai, Samantha y Matty, mis hermanos de acogida.
Estamos en el patio de la casa de acogida, sonriendo como si todo estuviera bien en el mundo.
Me detengo a mirar la foto por un momento, mis dedos rozando los bordes de la imagen.
No he pensado en ellos últimamente, en esa vida que dejé atrás, aunque de vez en cuando permanezcamos en contacto por teléfono.
No he tenido el valor de volver a San Angelo, de enfrentarme a lo que dejé allí. Y mucho menos de enfrentarme a ellos.
Guardo la fotografía en un caja, cerrando esa puerta suavemente. Hay días en los que el pasado me parece tan lejano, casi irreal. Pero luego, como ahora, vuelve con toda su fuerza, recordándome que está ahí, esperando a ser resuelto.
Dean no sabe nada de esto, pienso mientras me dejo caer en el sofá de nuevo, sintiendo el peso de las emociones acumuladas. Y no sé si estoy preparada para que lo sepa.
El sonido del teléfono rompe el silencio una vez más.
Miro la pantalla, medio esperando que sea Dean, pero no lo es.
Es Kai. El nombre en la pantalla me deja paralizada por un segundo.
Kai… Hace tanto que no hablo con él. La última vez que supe de él fue cuando se fue de San Angelo, poco después de que yo lo hiciera.
Desde entonces, nos hemos mantenido en contacto solo de manera superficial, mensajes ocasionales para decir que todo va bien, pero nada más.
Dudo un momento antes de contestar. Mi mano tiembla ligeramente mientras deslizo el dedo por la pantalla para aceptar la llamada.
—Riley... —Su voz es suave, pero en cuanto la escucho, todo lo que había intentado reprimir regresa de golpe—. ¿Estás bien?
¿Estoy bien? Esa es la pregunta del millón. No tengo idea de cómo responder. Pero lo que sale de mi boca es un simple:
—Sí, estoy bien. Solo... Ha sido una semana intensa.
Hay una pausa al otro lado de la línea. Sé que Kai puede notar cuando estoy mintiendo, siempre lo ha hecho. Debería contarle algo, pero no puedo. No aún.
—Te he visto en las noticias —dice Kai finalmente, su tono es neutral, pero sé que detrás de esas palabras hay muchas preguntas—. Con Dean Davis.
Mi corazón da un vuelco. No me sorprende que me haya visto. Después del beso frente a los periodistas y las cámaras, no es extrano que la noticia se haya esparcido como la pólvora.
—Sí, es una larga historia —respondo, intentando mantener la calma—. No es lo que parece.
—Riley, no tienes que contarme si no quieres. Solo quería asegurarme de que estás bien —me dice con suavidad, como si supiera que hay más detrás de todo esto, pero no quiere presionarme.
Me recuesto en el sofá, cerrando los ojos mientras escucho su voz. Kai siempre ha sido así, siempre entendiendo más de lo que yo era capaz de decir.
—Gracias, Kai. —Mi voz es apenas un susurro—. Estoy bien. Solo... necesito tiempo.
—Lo entiendo —responde él—. Pero si alguna vez necesitas hablar, sobre lo que sea, ya sabes dónde encontrarme.
La llamada termina, y me quedo mirando el teléfono durante unos minutos, perdida en mis pensamientos. Mis dos vidas se están entrelazando. Dean y mi presente, San Angelo y mi pasado. Es solo cuestión de tiempo antes de que todo salga a la luz.
Pero lo que más me aterra no es que Dean descubra la verdad. Lo que más miedo me da es lo que podría pasar cuando lo haga. ¿Se alejará? ¿Me verá de la misma manera? Esa es una pregunta para la que aún no tengo respuesta.