Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #7
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Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #7

Giro la cadera con toda la fuerza que todavía me queda en la pierna libre. Aprovecho su propia inercia, la manera en que se ha inclinado sobre mí, tal y como Svetlana me obligó a repetir cientos de veces sobre el suelo de aquel sótano de Moscú.

Mi cadera golpea contra la suya. Enrosco la pierna alrededor de su rodilla y tiro con todo el cuerpo hacia el lado contrario, provocando un desequilibrio que lo pilla completamente desprevenido. Durante un segundo crítico, suelta mi brazo para intentar apoyar la mano en el suelo y evitar la caída.

Es suficiente.

Ha perdido.

Ruedo sobre mí misma y nuestras posiciones se invierten. Su espalda golpea contra el asfalto y un gruñido sordo se le escapa del pecho.

Me coloco a horcajadas sobre él, clavando las rodillas a ambos lados de sus caderas antes de que consiga reaccionar, antes de que sus manos vuelvan a encontrar mi cuerpo.

Levanto el brazo y hundo el cuchillo.

Sin pensar.

Directo en el cuello.

La primera puñalada le arranca un sonido gutural, húmedo, que no llega a convertirse en una palabra. Sus manos se levantan por puro instinto, intentando atraparme las muñecas, pero no consigue detenerme.

Extraigo la hoja y vuelvo a hundirla..

Una vez.

Y otra vez.

Y otra.

Y otra más.

No cuento las puñaladas. No pienso. Me limito a mover el brazo, arriba y abajo, sintiendo la resistencia del cartílago al romperse, la carne cediendo bajo el acero y la sangre brotando a borbotones, empapándole el cuello, escurriéndose por mis dedos hasta mancharme los nudillos.

Sus piernas se sacuden debajo de mí y sus manos intentan sujetarme, pero resbalan, incapaces de encontrar un agarre firme.

Y aun así, sigo.

No me detengo porque no siento que sea suficiente. Porque nada de esto puede compensar haberla perdido de aquella manera. No compensa lo que le ha hecho, la forma en que la ha dejado tirada sobre el asfalto después de que ella confiara en él.

Después de que la haya traicionado.

Los movimientos de Yuri empiezan a volverse torpes.

Después apenas perceptibles.

Hasta que finalmente… desaparecen.

Pero no paro.

No lo hago porque los sonidos que escapan de su garganta son demasiado parecidos a los que él mismo le arrancó a Svetlana y eso consigue que la rabia me haga temblar, que quiera hacerle mucho más de lo que ya estoy haciendo.

Continúo apuñalándolo incluso cuando ya no encuentro resistencia. Incluso cuando sus ojos están demasiados abiertos para estar fingiendo. Incluso cuando sé que su pecho ha dejado de moverse bajo mi peso hace rato.

Solo me detengo cuando el brazo empieza a pesarme tanto que los músculos me arden y termino quedándome allí, sentada sobre su cadáver, con el cuchillo todavía hundido en lo que queda de su garganta.

La sangre me cubre las manos, los brazos y buena parte del rostro.

No siento nada.

No siento el triunfo de haber sobrevivido. Tampoco alivio.

Solo puedo pensar en él . En su herida.

En ella.

En que no puedo llevarme su cuerpo. En que tengo que dejarla atrás.

Me limpio la sangre del ojo con el dorso de la mano y me obligo a ponerme en pie.

Tengo que ser fuerte.

Tengo que irme.

Me lo ha prometido . Ha dicho que volveríamos a encontrarnos.

«Voy a volver»

Oigo su voz en mi cabeza.

Escucho su voz dentro de mi cabeza con tanta claridad que casi parece que sigue aquí, a mi lado. Y sé que, para que pueda cumplir su palabra, yo también tengo que hacer mi parte.

Le doy la espalda al cadáver de Yuri y camino hacia la trampilla.

Las piernas continúan temblándome cuando alcanzo la entrada del túnel. Me aferro al borde metálico y miro hacia el pozo de oscuridad que se abre bajo mis pies, deteniéndome durante un instante.

Dudo.

Es inevitable. El miedo y la adrenalina siguen disputándose cada rincón de mi cuerpo después de lo que acabo de hacer.

¿Y si hay más traidores ahí abajo?

¿Y si todo sale mal?

Pero entonces me obligo a pensar y lo recuerdo.

Yuri me quería lejos de aquí. Lo he visto. Pretendía llevarme de vuelta al hangar, tenerme delante de él, en mitad del fuego cruzado, llorando y completamente indefensa.

Para conseguir que Aleksei perdiese.

Para que Petro ganase.

No voy a ser la pieza que les consiga eso .

Trago aire, me aferro al primer peldaño helado y, finalmente, comienzo a bajar

El aire sabe a tierra, a óxido y a cosas que ni siquiera quiero mencionar en mi cabeza.

No sé cuánto tiempo llevo aquí dentro ni cuántos metros, o kilómetros, he recorrido ya. Solo sé que la negrura hace horas que se ha tragado hasta el recuerdo de la luz.

Aquí abajo no hay nada.

Ni un miserable resquicio de claridad que me permita distinguir por dónde estoy caminando.

Pienso demasiado. Tengo flashbacks  del rostro de aquel hombre, de Svetlana, de las cosas que dijo y de lo que significaban. Pero no me detengo. Tal y como llevo haciendo durante todo el día, continúo avanzando a tientas, rozando la pared húmeda porque es el único estímulo que recibo.

Mantengo la otra mano extendida hacia delante, esperando encontrar algo. Cualquier cosa que me indique que estoy cerca de la salida.

Dios, estoy empezando a volverme loca.

¿Pero cómo no hacerlo?

El túnel parece estrecharse a medida que avanzo y cada uno de mis pasos resuena de una manera distinta al anterior, como si alguien estuviese siguiéndome.

Sé que no es imposible, pero tampoco creo que nadie intentara perseguirme a oscuras. Si hubiese alguien más aquí abajo, lo vería. O, al menos, eso es lo que me repito porque estoy demasiado cansada para continuar corriendo, para seguir huyendo de fantasmas invisibles.

Quiero sentarme.

Pero me niego a detenerme.     Simplemente, continúo caminando porque no tengo otra alternativa. Porque quedarme aquí, atrapada en mitad de la oscuridad, me parece mucho peor que cualquier cosa que pueda encontrarme al final.

Entonces, unos minutos después, mientras sigo perdida en mis pensamientos, un golpe inesperado me hace caer de espaldas contra el suelo.

Suelto un quejido demasiado fuerte que consigue sobresaltarme después de tanto silencio.

Me incorporo como puedo y, con ambas manos extendidas, intento avanzar de nuevo. Esta vez, algo se me clava en la espinilla y, cuando me agacho para comprobar de qué se trata, reconozco inmediatamente su forma.

Lo palpo una segunda vez para asegurarme.

Escaleras.

¡Dios mío, escaleras!

Sollozo. De alivio, de agotamiento, de todo lo que llevo tragándome desde que ella cayó al suelo.

Lo he conseguido.

Sola .

Y esa palabra me duele más de lo que puedo permitirme ahora mismo, porque no debería estarlo. Porque tendría que haber alguien a mi lado, subiendo estos peldaños conmigo.

Me aferro al primer escalón con fuerza, intentando apartar ese pensamiento, y comienzo a subir con el rostro empapado en lágrimas. Me cuesta. Las piernas me tiemblan por el cansancio, por el esfuerzo y por todo lo que ha ocurrido, pero no me permito detenerme.

Hasta que lo veo.

Un filo de luz grisácea se filtra por una rendija en lo alto, tan tenue que al principio creo que me lo estoy imaginando.

No me importa si es así .

Sigo subiendo porque arriba está la salida. Porque, si tengo suerte, al otro lado me estará esperando él. Porque quizás, cuando consiga salir de una maldita vez, todo haya terminado.

Por fin.

Empujo la tapa con las pocas fuerzas que me quedan y el aire fresco me recibe de golpe, acompañado del olor inconfundible del bosque.

Huele a tierra mojada, a pino, a algo parecido a la calma.

He llegado.

Saco el cuerpo del agujero y descubro que está cayendo una llovizna suave.

Y, a pesar de que odio las tormentas, esta vez la acepto.

Dejo que las gotas me resbalen por la cara, que arrastren parte de la sangre que llevo encima y se lleven consigo un poco de todo lo que estoy sintiendo.

Incluso me permito interpretarla como una señal de mis padres, como si fueran ellos quienes estuviesen     diciéndome que, por fin, estoy a salvo.

Sin embargo, no dejo que la lluvia me limpie las manos. Cierro los dedos en dos puños, conservando las manchas que todavía las cubren.

No hasta que vuelva a verlo.

No hasta que compruebe que está bien.

Inspiro profundo, aferrándome a esa idea.

Me dejo caer sobre el suelo y permanezco unos instantes tumbada entre las hojas mojadas, permitiendo que la llovizna me empape mientras recupero el aliento. Dejando que el silencio me conceda ese pequeño instante de tregua que no he tenido en todo el día.

Por encima de mí, las copas de los árboles permiten que se filtre la luz plateada de la luna.

La luna.

Ha anochecido por completo.

He pasado horas ahí abajo.

Y eso significa que la guerra tiene que haber terminado. Que, a estas alturas, alguien  debe de haber ganado.

Me aferro desesperadamente a esa posibilidad porque es lo único que me queda. Aleksei es el mejor en lo suyo. Siempre lo ha sido. Ha sobrevivido a cosas mucho peores y todo el mundo se ha encargado de recordármelo cientos de veces.

Sin embargo, hay una frase que no consigo quitarme de la cabeza. Algo que dijo Yuri y que entonces no comprendí.

Antes de que acabe el día.

Me incorporo despacio, apoyándome en el tronco de un árbol. Las piernas apenas consiguen sostenerme, pero me obligo a realizar un último esfuerzo a pesar del agotamiento.

Avanzo guiándome únicamente por el instinto, buscando cualquier indicio de que haya aliados cerca.

Y entonces los veo.

A lo lejos, entre los árboles, distingo un grupo de siluetas oscuras que se desplazan en formación, con las armas en las manos y la disciplina de quienes saben exactamente lo que están haciendo.

El corazón me da un vuelco.

Refuerzos.

¡Tienen que serlo!

¿Quién más iba a encontrarse en mitad de este bosque perdido?

Una carcajada histérica, a medio camino entre la risa y el sollozo, se me escapa de la garganta.

¡Tiene que estar con ellos!

Levanto el brazo y comienzo a agitarlo mientras acelero el paso, cojeando entre la maleza, dispuesta a gritarles, a conseguir que me vean, a suplicar que alguien me lleve hasta él de una maldita vez.

Abro la boca, pero no llego a emitir sonido alguno.