Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #8
Algo corta el aire antes de que la voz consiga abrirse paso por mis cuerdas vocales.
No lo proceso. O, por lo menos, no hasta que las piernas me fallan y caigo de rodillas contra el suelo sin quererlo, atravesada por un dolor tan intenso que me arranca el aire de los pulmones.
Intento levantarme, pero no puedo.
Entonces identifico de dónde procede y bajo la mirada.
Hay algo atravesándome la pierna, justo por encima de la rodilla.
No es una bala.
¿Qué está pasando?
No he oído nada.
Entrecierro los ojos, luchando contra la penumbra para distinguir aquello que sobresale de mi cuerpo y, cuando finalmente consigo enfocarlo, lo comprendo.
Es una flecha.
—No dañes la mercancía —escucho una voz que reconocería incluso en la peor de mis pesadillas—. Costará menos si tiene cicatrices.
Dejo de sentir calor.
Empiezo a negar con la cabeza, incapaz de hacer otra cosa.
No necesito girarme para saber quién acaba de hablar. He escuchado esa voz en mis pesadillas, en sus amenazas y en buena parte del terror que ha marcado los últimos siete años de mi vida.
—Enzo, amigo mío…
Esta vez no es la voz lo primero que reconozco.
Son sus pasos.
Esa manera de caminar, lenta y deliberada, que solo puede pertenecerle a él.
Petro .
Empiezo a temblar porque no puedo levantarme. Porque no tengo fuerzas para correr y, aunque las tuviera, la pierna no me permitiría huir.
—La trata es mi especialidad —continúa con sorna—. ¿Crees que no puedo vender algo por muy usado o marcado que esté?
El terror me atraviesa, mucho más afilado que el dolor que me desgarra la pierna.
Giro la cabeza, buscando desesperadamente a los soldados que he visto hace apenas un instante, rezando para que sigan ahí, para que me hayan escuchado, para que vengan a ayudarme.
Los veo virar en mi dirección, con las armas en alto, avanzando entre los árboles mientras barren la oscuridad con sus linternas.
No sé de quién son .
No me importa. No tengo otra alternativa.
Grito con todo el aire que me queda en los pulmones, con la garganta desgarrada de tanto hacerlo, intentando llamar su atención, suplicando que corran, que consigan llegar hasta mí antes de que sea demasiado tarde.
Pero, antes de que puedan acortar la distancia, Petro vuelve a cargar.
Dos virotes cortan el aire, secos y certeros, y veo caer al primero de los hombres antes siquiera de terminar de procesar lo que acaba de suceder.
El segundo se tambalea, herido, pero continúa avanzando mientras busca dónde cubrirse y grita algo que no consigo distinguir entre el pitido que me taladra los oídos.
Vienen.
Siguen viniendo.
Y eso es lo único que consigue darme fuerzas para moverme.
Porque, si vienen, significa que son aliados.
Que él está aquí.
Cierro los dedos alrededor del asta que sobresale de mi pierna y aprieto los dientes.
Entonces tiro... Pero no sale.
El grito me nace de un lugar que ni siquiera sabía que existía. La punta se engancha en mi carne y un dolor insoportable se extiende por todo el muslo, convirtiéndose en algo para lo que no encuentro ni una maldita palabra.
Suelto el asta y gimo, temblando de pies a cabeza, pero me niego a rendirme.
Vuelvo a agarrarla porque me acuerdo de ella.
Svet no ha muerto para que yo me quede aquí tirada.
Tiro otra vez, girando la muñeca. No sale, pero lo intento de nuevo. Una vez más. Y otra. Hasta que finalmente cede y la extraigo empapada de sangre, perdiendo el equilibrio por la fuerza del movimiento y cayendo de espaldas sobre las hojas mojadas.
Durante un segundo no hay bosque. No hay peligro. Solo un sonido sordo que me retumba en los oídos y el sabor metálico de la sangre inundándome la lengua.
Ponerme en pie no resulta fácil. La pierna no consigue sostenerme. Se dobla en cuanto intento cargar mi peso sobre ella y tengo que aferrarme al tronco de un árbol para no volver a desplomarme.
Así que no corro. Avanzo como puedo, de árbol en árbol, arrastrando la pierna herida detrás de mí y dejando un rastro oscuro sobre las hojas que ni siquiera me molesto en mirar.
—¡Ayuda! —grito, con la voz destrozada—. ¡Aquí! ¡Por favor!
A mi espalda, los pasos de Petro no se aceleran. Ni una sola vez. Y eso es precisamente lo que termina de convencerme de que estoy perdida.
El siguiente virote me alcanza el hombro y me deja clavada contra un árbol.
El dolor es tan descomunal que, durante un segundo, ni siquiera consigo gritar. Me limito a jadear, con los ojos anegados en lágrimas y el cuerpo entero sacudiéndose por el impacto.
Me niego a rendirme. Intento zafarme, tirar de mí misma, aunque lo único que consigo es desgarrarme la piel y hacer que la sangre empape el jersey de Aleksei.
Y, para cuando quiero darme cuenta, Petro ya está detrás de mí.
Lo sé. Lo siento en cada rincón del cuerpo, como un virus que empieza a extenderse por mis venas, y hago lo único que todavía puedo hacer.
Chillo.
Chillo y pataleo, retorciéndome contra la madera sin importarme que estoy destrozándome la piel, que cada movimiento consigue desgarrarme un poco más.
Los pasos de Petro se acercan con tranquilidad, sin ninguna prisa. Me rodea despacio hasta detenerse frente a mí.
Me agarra la barbilla con dos dedos y me obliga a levantar el rostro.
Me sonríe con dulzura, con esos ojos azules tan parecidos a los de Aleksei, aunque los suyos brillan con una oscuridad sádica bajo la luz de la luna.
— Dorogaya … —Su voz suena casi cariñosa, provocándome unas ganas insoportables de vomitar—. ¿Te parece bien desaparecer durante tantos días? Te he echado de menos. Estaba muy preocupado.
Le escupo directamente en la cara.
Sin importarme que la última vez que lo hice estuvo a punto de matarme estrangulándome.
Sin importar que ella ya no está para salvarme.
—Aleksei va a matarte —siseo, con la voz temblándome—. Te va a hacer pedazos, hijo de puta.
No parece darle ninguna importancia al gesto. Se limpia la mejilla con el dorso de la mano, sin perder la calma ni permitir que la sonrisa se le mueva un ápice del rostro.
—¿Aleksei? —repite, ladeando la cabeza con una expresión cargada de lástima—. Querida , Aleksei ya no está.
Se inclina un poco más, acercando el rostro al mío mientras me acaricia la mejilla con el dorso de la mano.
—Mírate, todavía tienes esperanza… —Me examina con una diversión que consigue revolverme las entrañas—. ¿Por qué crees que no está aquí? ¿Quién crees que ha ganado? ¿Él?
Cierro los ojos y las lágrimas empiezan a resbalarme por las mejillas, mezclándose con la sangre.
— Oh … sí que lo pensabas.
Un puchero burlón se dibuja en sus labios y la verdad implícita en aquel gesto termina de destrozarme por dentro, mucho más que cualquiera de las heridas que tengo abiertas. Aun así, no puedo evitar susurrar:
—No… No es verdad. Mientes. Es mentira.
—Está muerto, Liliana. —Su voz desciende hasta convertirse en un susurro oscuro—. Yo soy el nuevo pakhan . ¿Y sabes qué? Ahora que lo soy, voy a exprimir cada maldito centavo que pagué por ti.
No me da tiempo a responder.
Ni siquiera a procesar lo que acaba de decirme.
Levanta la ballesta y me golpea la sien con tanta fuerza que todo a mi alrededor comienza a desdibujarse. Lo último que alcanzo a sentir es la lluvia, que ha empezado a caer torrencialmente sobre mi cuerpo, empapándome, arrastrando la sangre y lo poco que todavía parece quedar de mí… y de él.
Su rastro, su aroma, su tacto. Todo termina desvaneciéndose de mis manos como si nunca hubiera existido. Como si antes de llevarme al infierno, la misericordia de lo que demonios haya ahí arriba, me hubiera concedido un pedazo de cielo y no estuviera de acuerdo en permitirme descender con él.
Y entonces, justo antes de que todo se apague por completo, escucho su voz.
«Te lo prometo».
«Voy a volver».
Y lo sé.
Es la primera vez que Aleksei Volkov no cumple una promesa.
Continuará…
2027.