Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #6
Lo miro fijo, sin pestañear, mientras intento contener las lágrimas. Mi pecho sube y baja con violencia, pero siento que me falta el aire, que ya ni siquiera soy capaz de procesarlo.
—¿Qué? —logro articular.
Suelta una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor. Solo hay desprecio.
—Está tan ciego por ti que ni siquiera lo ve. —Me apunta con el dedo—. Lo has vuelto débil. A él y a todos los que lo rodean.
La mención de Aleksei enciende una chispa dentro de mí y las palabras terminan escapándoseme solas:
—¿Qué tengo que ver yo con eso?
—¿¡Que qué tienes que ver!? —brama—. ¡Acabas de verlo! Ella ha muerto por ti. Podría haberte entregado y haberse marchado… No es la primera.
Su expresión vuelve a ensombrecerse, adquiriendo un matiz que se parece demasiado al dolor.
Se me seca la boca.
Continúa hablando, pero ya no parece dirigirse a mí. Es casi como si estuviera repasando los acontecimientos en voz alta, intentando convencerse de algo.
—Arkady empezó a mirar donde no debía. Iba a hablar con Dragunov. Tuve que quemarlo… Y Zaitsev… Que Dios ampare a ese crío.
No sé de qué diablos está hablando, pero, antes de que consiga preguntárselo, dice algo que vuelve a helarme la sangre.
—Me has costado caro, súka. Demasiado . —Una sonrisa cínica se le dibuja en los labios—. Espero que ellos te hagan sufrir como te mereces.
¿Ellos?
El instinto de supervivencia se me dispara y, de repente, mi mente parece despejarse, recordándome la jodida situación en la que me encuentro.
Estoy de rodillas, llorando, delante del cadáver de Svetlana.
Ella ha muerto para que yo consiga llegar a ese túnel.
Si no hago nada, van a matarme. Y, si me matan, su sacrificio habrá sido en vano.
No.
Me niego.
La parálisis empieza a desaparecer. Bajo la mirada hacia el cuerpo sin vida de mi amiga y entonces lo veo.
Su cuchillo.
Sin detenerme demasiado a pensarlo, tomo una decisión.
Rápida. Desesperada.
Contraigo el rostro, fingiendo que sus palabras han terminado de destrozarme. Me obligo a sollozar, a desplomarme sobre Svetlana mientras dejo escapar un sonido alto, desagradable y patético, esperando que mi interpretación resulte convincente.
Y funciona.
Yuri pone los ojos en blanco, frustrado y visiblemente asqueado por la escena. Aprovecho ese instante de desprecio lo mejor que puedo.
Deslizo una mano hasta el cuchillo y lo agarro sin que se dé cuenta.
Voy a hacerlo.
Como me enseñaste.
Por las dos.
Antes de que vuelva a fijarse en mí, me incorporo. Llevo el arma a mi espalda, ocultando la hoja mientras mantengo los dedos firmemente cerrados alrededor de la empuñadura, incapaz de apartar los ojos de él.
—¿Qué pasa, súka ? ¿Tu estúpido cerebro italiano por fin ha entendido cómo funcionan las cosas?
Trago saliva lentamente y asiento, interpretando mi papel. Permito que el pánico deforme mis facciones y dejo caer los hombros en un gesto de sumisión.
Si cree que soy una presa débil, se acercará un poco más.
Se confiará.
Vuelvo a sollozar, agachando la cabeza, y, tal como esperaba, el sonido termina por desesperarlo. Svet me lo había explicado mientras entrenábamos aquella tarde sobre el tapiz.
La debilidad es el talón de Aquiles de la Bratva. Les repugna, no soportan presenciarla. Desde pequeños les enseñan a reprimirla y a despreciarla en los demás.
Y Yuri no es ninguna excepción.
Acorta la distancia que nos separa de dos zancadas.
—¡Se acabaron tus putos lamentos, zorra! —brama, agarrándome del brazo y clavándome los dedos hasta hacerme daño mientras tira de mí—. Él espera.
¿Él?
Por supuesto.
No me resisto a su agarre. Me limito a levantar la barbilla.
—Trabajas para Petro —susurro.
El hombre de pelo castaño y tatuajes interrumpe el tirón.
Se queda observándome con una expresión casi lastimera, cargada de una burla que me revuelve las entrañas.
Como si acabara de escuchar la conclusión de una niña estúpida que todavía no comprende las reglas del juego en el que está metida hasta el cuello.
Pero las entiendo perfectamente.
—Trabajo para quien va a ganar —responde, reanudando el tirón de mi brazo en dirección contraria al túnel.
Hacia el hangar.
Hacia ellos .
Opongo un poco de resistencia, lo justo para conseguir que vuelva a mirarme.
—¿Cómo estás tan seguro?
Suelta una carcajada y el sonido me confirma que algo ha terminado de quebrarse dentro de él.
—Aleksei ni siquiera se ha dado cuenta de que su plan está comprometido. ¿De verdad piensas que va a ganar? —Sus ojos se afilan, destellando con una locura que ya ni siquiera intenta disimular—. A estas alturas debe de estar muerto. Y, si no lo está, lo estará antes de que acabe el día .
Muerto .
La palabra me golpea, pero no como una amenaza.
Sino como una cuenta atrás.
No puedo hacer nada por Aleksei ahora mismo, salvo apartar el puto pánico y confiar en que es el mejor en lo suyo. En que no va a morir. En que yo también voy estar a la altura.
En que voy a conseguir llegar al bosque
Voy a hacer de tripas corazón y a luchar como ella me ha pedido. Voy a recordar que Aleksei Volkov es el maldito pakhan de la Bratva y que, aunque todavía no sea la más fuerte de su equipo, al menos puedo ser lo bastantee hábil para ponerme a salvo.
Puedo hacerlo.
La muerte de Svetlana no habrá sido en vano.
No sin luchar.
Regresaré con él. Le demostraré que he sido capaz de cuidar de mí misma .
Que he conseguido sobrevivir.
—Vas a arrepentirte de esto —Mi voz sale mucho más firme de lo que esperaba—. De lo que has hecho.
—¿Qué? —Se ríe, aunque hay algo en mi tono que consigue hacerle fruncir el ceño durante un segundo—. ¿Has perdido la jodida cabeza?
Tal vez sí.
Porque, en un arranque ciego, me abalanzo sobre él.
Saco el cuchillo que llevaba escondido y, empuñándolo con fuerza, dirijo la hoja hacia su costado con todo lo que me queda en el cuerpo.
Pero, una vez más, él es más rápido.
Su mano libre me atrapa la muñeca antes de que el acero llegue siquiera a rozarle la ropa. Me estruja los dedos alrededor de los huesos y me retuerce el brazo hacia atrás con tanta violencia que la articulación del hombro cruje sordamente.
Un grito de dolor se me escapa entre los dientes y las lágrimas se agolpan en mis pestañas. El cuchillo tiembla en mi mano, pero no lo suelto.
No puedo soltarlo.
—Pero mira lo que tenemos aquí… —Su voz suena entretenida, como si mi ataque fuese algo que llevaba esperando desde el principio—. Si resulta que la cachorrita italiana es peleona.
Tira de mi brazo hacia arriba, obligándome a ponerme de puntillas mientras siento que el hombro está a punto de salírseme de su sitio.
Antes de que consiga pensar en cómo liberarme, me examina el rostro durante un instante y sus facciones se contraen en una mueca de verdadero asco.
Entonces me agarra del pelo con la otra mano, tan fuerte que el cuero cabelludo empieza a arderme.
No me da tiempo a reaccionar.
Tira de mi cabeza hacia abajo con una crueldad que hace que mi cuerpo se rinda de la manera más humillante posible.
Mi rostro choca contra el asfalto y, durante un instante, todo se vuelve negro.
Después, el impacto se repite y esta vez un estallido de luces blancas me ciega incluso detrás de los párpados.
El dolor me atraviesa el cráneo y el sabor metálico de la sangre me inunda los labios. Siento cómo se me abre la piel de la ceja cuando vuelve a estamparme la cara contra la gravilla, descargando todo su peso sobre mí.
—Veremos si le gustas tanto con la cara destrozada, puta.
Un líquido tibio me resbala por la sien y termina empapándome las pestañas, nublándome la visión del ojo derecho. El golpe me ha vaciado los pulmones y, aunque intento recuperar el aliento y me revuelvo con rabia bajo su agarre, no consigo apartarlo.
Estoy inmovilizada.
—No vales lo que él piensa que vales —masculla antes de echarse encima de mí—. Ni siquiera para eso. ¡Debería matarte!
Me aplasta contra el sueloy vuelve a estamparme el rostro contra el asfalto. Un pitido agudo me taladra los oídos y empiezo a ahogarme con mi propia sangre, incapaz de respirar con normalidad.
Dios, no. Así no.
Entonces noto cómo restriega su cadera contra mi cuerpo con una lentitud deliberada que me revuelve el estómago. Es un movimiento asqueroso, calculado para recordarme la posición en la que estoy y lo poco que puedo hacer para defenderme.
Para que tenga miedo.
—¡Suéltame! —grito, tosiendo por el esfuerzo.
—¿Sabes? Ese culo no vale una jodida guerra de este calibre —continúa junto a mi oído—. No vale que Volkov pierda a su gente. Que Svetlana esté ahí tirada. Nada de esto merece la pena por ti . Eres una italiana cualquiera.
Intento darle una patada, seguir revolviéndome, pero clava una rodilla sobre mi pierna, inmovilizándola, mientras el peso de su torso termina de asfixiarme.
Todavía tengo el cuchillo en la mano derecha, pero el ángulo es imposible. Mi brazo está doblado contra mi propia espalda y sé que, si continúo forcejeando de esta manera, terminará dislocándome el hombro.
—Suelta eso, súka —ordena, aumentando la torsión de mi muñeca hasta que los dedos empiezan a entumecérseme—. Suéltalo y a lo mejor dejo que sea otro el que te use primero.
Los ojos me escuecen. Por la sangre, por la frustración y por las lágrimas que me niego a derramar. El miedo vuelve a arañarme por dentro, intentando paralizarme.
Pero lo aparto. Lo empujo hacia el fondo de mi cabeza.
Piensa, Lili.
Es más grande. Mucho más fuerte.
¿Qué se hace en estos casos?
Y entonces la voz de Svetlana resuena en mi memoria, respondiendo a la pregunta:
«Si no puedes ganarle, fierecilla… Hazle creer que ha ganado».
Y lo hago.
Dejo de luchar. Aflojo los músculos y relajo los dedos alrededor del mango del cuchillo lo justo para que perciba el cambio, para que confunda mi quietud con una rendición.
Funciona.
La presión sobre mi muñeca disminuye ligeramente.
—Buena chica —masculla, satisfecho.
Y esa condescendencia es el único detonante que necesito.
En el instante en que baja la guardia, cuando desplaza el peso hacia delante para arrebatarme el arma, actúo.