Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #5
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Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #5

Algo dentro de mí se relaja por primera vez desde que ha comenzado esta pesadilla y consigo respirar con normalidad durante un instante.

—¿Todo despejado ahí abajo? —pregunta Svet, dando un paso hasta él.

Pero él no contesta. Sus ojos, que hasta ahora habían permanecido fijos en ella, se desplazan hacia mí y su expresión cambia.

La sonrisa se le apaga lentamente.

Svetlana se da cuenta antes que yo.

—¿Qué pasa?

— Detochka…  —murmura él.

La rubia da otro paso hacia él, alarmada.

—No me digas que algo va mal.

Yuri expulsa una larga bocanada de aire y niega con la cabeza. Sus facciones se endurecen de una manera que no consigo comprender, pero que me pone inmediatamente la piel de gallina.

No.

Esto no es normal.

—Me la has traído… —dice, confirmando mis sospechas con un tono sombrío que se parece demasiado a un quejido.

Svet frunce el ceño.

—¿Qué?

—No tenías que ser tú.

Ella no se mueve.

No lo entiende.

Pero yo sí.

Porque ya he vivido esto antes. Porque conozco esa expresión y sé perfectamente qué significa.

La mirada de un hombre cegado por la ambición.

—Svet… —susurro, con una voz que apenas consigo arrancarme de la garganta.

Él me escucha y clava en mí unos ojos cargados de hostilidad. Lo oigo mascullar algo entre dientes, en ruso, pero no necesito ninguna traducción para comprender que no acaba de decir nada bueno.

Su expresión me deja claro que no es el aliado que estábamos esperando.

— Molchí, italyánskaya súka . [25]  ¹

Sin embargo, sea lo que sea lo que acaba de decir, parece activar algo en Svetlana. Su rostro cambia hasta adquirir una expresión feroz y la confusión que había en sus ojos se evapora por completo.

—¿Perdón? —Todavía suena atónita, pero su voz lleva implícita advertencia—. Es la mujer de tu maldito pakhan . Respétala o...

—¿O qué?

Ahora es él quién da un paso hacia nosotras. Solo uno, pero resulta suficiente para que algo cambie por completo en el ambiente.

—Yuri.

De repente, no hay ninguna orden en su tono. No hay rango ni autoridad. Hay otra cosa. Está intentando llegar a la persona que conoce, a ese hombre al que considera parte de su familia.

—Yuri, mírame. Tú no eres así.

Y él lo hace. La mira con la expresión de alguien que no quería que las cosas terminasen de esta manera, pero no retrocede.

—Svetlana… Eres inteligente. Sé que lo eres. Haz las cuentas. Hazlo fácil. Dámela.

Ella sacude la cabeza, incapaz de procesar lo que está escuchando.

—No. No vas a tocarla.

Una sonrisa cínica se dibuja en los labios de Yuri, aunque el gesto no llega a alcanzarle los ojos. Los dedos de Svetlana tiemblan un instante alrededor de los míos al reparar en su expresión, pero, aun así, no se amedrenta.

Me empuja hacia atrás, obligándome a retroceder para cubrirme con su cuerpo y, aprovechando ese mismo movimiento, levanta el arma en su dirección, dispuesta a disparar.

Pero no lo hace.

Lo encañona, aunque permanece inmóvil, con el cañón temblándole ligeramente y concediéndole la oportunidad de recular. De arrepentirse. Esperando que vuelva a convertirse en el hombre que ella creía conocer hace apenas medio minuto.

Es un instante. Solo uno.

Y es el más caro de su vida.

Yuri acorta la distancia antes de que ella consiga estabilizar el arma y la desarma de una patada certera en la muñeca, haciendo que la pistola salga despedida y derrape sobre el asfalto.

—Que Dios me perdone, detochka , pero has decidido apoyar al eslabón más débil de la hermandad.

Levanta su propia pistola.

—Y eso te ha condenado.

Svetlana da un paso al frente, pero no soy capaz de seguir mirando. Cierro los ojos, incapaz de hacer cualquier otra cosa que no sea aferrarme a mi amiga y esperar un milagro.

Sin embargo, no llega.

En su lugar, el disparo me revienta los oídos, extendiéndose por cada rincón de la explanada.

Un instante después, siento la vibración del impacto recorrerme el cuerpo entero. El estómago me da un vuelco violento y espero que todo termine de una maldita vez.

Pero el dolor no llega.

No sé si es por la adrenalina. No sé si me ha disparado en la cabeza y ya es demasiado tarde para que mi cerebro consiga procesarlo. Los pensamientos ni siquiera han terminado de formarse cuando alguien se desploma.

A mi lado.

Abro los ojos a tiempo para verlo. Para notar cómo esos dedos que me han protegido durante todos estos meses pierden la fuerza. Cómo el calor de su piel resbala contra la mía hasta desaparecer.

Su mano se desprende de la mía.

La veo caer hacia adelante, incapaz de sostenerse. Sus rodillas chocan contra la gravilla y la sangre comienza a brotar sin tregua, sin descanso, sin que exista absolutamente nada que yo pueda hacer para detenerla.

Empiezo a temblar y no consigo evitarlo. No puedo controlarlo.

Todo el mundo que se acerca a mí acaba igual.

Por protegerme.

Mi única amiga.

Ella… No.

No. No. ¡NO!

¡Ella confiaba en él!

Me dijo que todo iría bien.

Me dijo que íbamos a estar bien.

Todos .

—Svet, no… —Niego, agarrándola del brazo—. ¡Levanta, por favor!

La veo llevarse una mano al estómago. La sangre le empapa los dedos en cuestión de segundos, demasiado oscura, demasiado espesa.

Las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas.

— Fierecilla …

Vuelvo a tirar de ella, esta vez con mayor desesperación, y, ante mi insistencia, intenta incorporarse.

—¡Eso es, levántate! —exclamo, casi sonriendo cuando una pequeña chispa de esperanza se abre paso entre el terror—. ¡Tenemos que luchar! ¡Tenemos que hacerlo juntas!

Pero, por mucho que quiera, no lo consigue. Las piernas le fallan y vuelve a caer de rodillas. Esta vez, todo su cuerpo se dobla cuando empieza a toser, manchando de sangre el suelo.

Y es entonces cuando lo comprendo.

Es la señal de que levantarse ya no es una posibilidad. De que está perdiendo sangre demasiado deprisa y de que, por mucho que quiera quedarse conmigo, no hay forma humana de conseguirlo.

Pero, aun así, algo dentro de mí se niega a aceptarlo.

Vuelvo a tirar de ella, intentando ayudarla a incorporarse, pero entonces deposita su mano ensangrentada sobre la mía.

—Yo ya no puedo, liliya .

—No, Svet, no digas eso. Tú no…

—Liliana, tú. Por las dos. Como te enseñé.

Todavía mirándome, sonríe con los dientes manchados de sangre y consigue articular una última orden:

—Sálvate, fierecilla .

Sus ojos pierden el enfoque antes de que la última sílaba termine de apagarse en su garganta. La cabeza se le desploma contra el asfalto y algo en su rostro desaparece de repente.

—¿Svetlana?

No hay respuesta.

Es como si la luz de la mujer que conozco se hubiese extinguido hasta no dejar absolutamente nada. Como si la última chispa de vida que le quedaba se hubiese marchado con aquellas palabras.

Pero es imposible.

Ella me ha dicho que estaríamos bien.

Todos.

Lo ha hecho hace apenas unos minutos, en el avión, antes de que cruzáramos el hangar.

—Svet… —Le sacudo el brazo, que todavía mantengo entre mis manos—. No es gracioso, por favor. Respóndeme.

Vuelvo a zarandearla y entonces escucho una voz a mi espalda.

—Para. Tus lloros de mierda no van a resucitarla.

¿Resucitarla?

No. Ella no está muerta.

No. No puede estarlo.

Sacudo la cabeza y las lágrimas me inundan el campo de visión. Siento cómo el hombre tira de mi brazo, pero las piernas me fallan.

Caigo de rodillas junto a ella.

Y, de un instante a otro, dejo de oír.

Dejo de sentir.

No soy capaz de percibir el impacto contra el suelo ni cómo la gravilla me desgarra la piel. No noto el frío del asfalto ni nada que no sea el peso aplastante de lo que tengo delante.

La verdad.

—No... No, no, no. —musito, negando con desesperación algo que sé que ya no tiene vuelta atrás—. Svet, por favor...

La sujeto por los hombros y la miro, buscando cualquier cosa. Un parpadeo, un mínimo reflejo, alguna señal de que todavía queda algo de vida dentro de ella. De que aún podemos salvarla.

Aleksei lo consiguió .

Me aferro a ese pensamiento con todas mis fuerzas, aunque en el fondo sé que esta vez es diferente.

Veo sus ojos abiertos, clavados en la nada. Veo la sangre que continúa manchando el asfalto, extendiéndose, ya sin prisa porque no tiene lugar al que bombear. Veo sus labios entreabiertos y su piel, todavía caliente, perdiendo poco a poco el calor.

Y hago lo último que puedo hacer.

Llevo los dedos hasta su cuello, presiono sobre la carótida y busco un latido que no llega.

Confirmando lo evidente.

—Lo siento… Lo siento mucho…

Dejo caer la cabeza sobre su pecho sin importarme el peligro. El dolor es tan intenso que ni siquiera soy capaz de reparar en lo que me rodea. Solo puedo pensar en que ya no está. En que me la han arrebatado. En que lo ha hecho alguien en quién ella confiaba ciegamente.

Irónicamente, lo ha hecho  por protegerme.

Por mi culpa. Siempre por mi culpa.

Por mi culpa. Por mi culpa. ¡Por mi culpa!

Chillo. Un grito que ni siquiera reconozco como mío, que me desgarra desde lo más profundo del pecho.

—¡No!

El eco rebota contra los muros del hangar, mezclándose con el olor a pólvora, que ahora arrastra consigo un recuerdo nuevo, y durante un instante todo se reduce a la certeza insoportable de que no va a volver.

El silencio que sigue a mi grito es casi peor que el propio sonido. Y, en medio de él, escucho sus pasos.

No sé en qué momento se ha apartado de mí, cuándo ha decidido soltarme, pero ahora lo veo guardarse el arma con una tranquilidad que me revuelve el estómago. Sabe que no represento ninguna amenaza. Que no soy más que una niña que acaba de presenciar cómo asesinan a su amiga.

Sin embargo, no es eso lo que más me indigna, sino la forma en que me rodea sin dignarse siquiera a mirar el cuerpo que yace sobre el asfalto. Como si acabar con su vida no hubiese sido más que un trámite sin importancia.

Ella lo consideraba su familia.

Y él la ha matado.

—Ella seguiría viva si tú no existieses. Volkov debería haberte matado a ti también en ese accidente —escupe, examinándome de arriba abajo—. Buenos soldados han caído por tu culpa. No sabes la mierda que he tenido que hacer.

Debería haberte matado a ti también en ese accidente.

Las palabras dejan de tener sentido.