Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #4
—El aterrizaje improvisado nos ha dejado lejos del túnel. Tendríamos que haber aterrizado justo encima, pero no ha sido así.
El corazón parece congelárseme durante un segundo entero.
—¿Cuánto?
—Poco —responde, aunque algo me dice que no tiene ninguna manera de saberlo con certeza.
—¿Y qué sig —
—Significa que vamos a tener que salir por aquí —me interrumpe, señalando la escotilla—. Y cruzar a pie una parte del hangar para llegar hasta él. —Su pulgar continúa sosteniéndome la mandíbula—. Yuri nos espera al otro lado. No va a permitir que nos pase nada. Tranquila.
Algo se me comprime por dentro.
—¿Confías en él?
Svetlana no responde inmediatamente. Tampoco me mira. Se limita a comprobar el agarre de su arma, recolocarse el cinturón y ajustar algo que no consigo distinguir por culpa de la oscuridad.
—Es familia —contesta finalmente.
—Eso no es un sí.
Esta vez sí levanta los ojos hacia los míos.
—Es un sí, fierecilla .
Frunzo el ceño, pero no me da tiempo a decir nada más. Se gira hacia la escotilla, dando la conversación por terminada.
Yuri .
Es la primera vez en mi vida que escucho ese nombre. No sé qué aspecto tiene ni conozco absolutamente nada sobre él. Y odio el pensamiento que se me ocurre a continuación, porque no puedo evitarlo, porque a Petro también lo llamaban familia.
Porque Enzo era mi familia.
Y nada de eso los frenó jamás.
—Svet…
Suspira, como si después de tantos meses juntas hubiese aprendido a reconocer el funcionamiento de mi cerebro y todas las dudas que es capaz de fabricar. Me sostiene la mirada, esta vez con una severidad que no tenía hace unos segundos.
—No todos somos como los Volkov ni como los tuyos, Liliana.
Asiento y bajo la cabeza, avergonzada de haberlo pensado siquiera.
Porque tiene razón.
Quiero articular una disculpa, pero no me da tiempo. Deposita una mano sobre mi hombro y una sonrisa diminuta aparece en sus labios.
—Lo único que necesito saber ahora es si podrás ser rápida —dice, suavizando el tono—. ¿Crees que podrás serlo, fierecilla ?
Aprieto la lengua contra los dientes e inspiro profundamente, intentando que las piernas dejen de temblarme.
Quiero estar a la altura. Ser tan valiente como todos están siéndolo, conseguir que el terror que me trepa por la tráquea deje de asfixiarme y que esa parte de mí que solo desea acurrucarse en algún rincón para llorar se calle de una maldita vez.
Así que pienso en él .
En que la única manera de volver a verlo es cruzar esos metros.
En qu e va a ganar esta guerra, como ha ganado todas las demás.
—Sí, puedo serlo. Voy a serlo.
La luz del exterior me golpea en cuanto abandonamos el interior del avión, pero, aunque me cuesta enfocar la vista, no hay tiempo para detenerse a pensar en ello.
Antes de que consiga darme cuenta de dónde estamos, el aire cambia y vuelve a llenarse de esa mezcla asfixiante de pólvora y metal que tengo tan profundamente arraigada en la memoria.
Sangre. El accidente. Mis padres.
No, ahora no.
Inspiro con fuerza por la nariz, intentando bloquear los recuerdos. Pongo la mente en blanco y hago exactamente lo que Svetlana me ha pedido.
Corro.
Sin detenerme. Sin pensar.
Cuando vuelvo a ser consciente de lo que me rodea, descubro que los músculos han empezado a protestarme.
Estamos mucho más lejos de aquel «poco» que me había prometido Svetlana.
Pero ninguna de las dos lo menciona en voz alta.
No nos detenemos.
Mis piernas continúan moviéndose a una velocidad que apenas puedo controlar, casi sin tocar el suelo, arrastradas por la fuerza con la que la rubia tira de mi mano.
Llevamos los dedos entrelazados con tanta firmeza que empiezan a dolerme los nudillos, pero no la suelto.
No lo hago porque, ahora mismo, ella es lo único que me impide detenerme.
Lo único que consigue recordarme que, pese al cansancio, debo seguir corriendo porque, de lo contrario, las consecuencias serán irremediables.
Svet no titubea ni un instante. Nos guía a través del tiroteo, buscando la manera de evitar que nos convirtamos en un blanco fácil. Procurando, además, que no tenga que presenciar aquello que ningún civil debería ver jamás.
Pero de repente, lo veo todo.
Y no es lo que esperaba.
Es peor. Mucho peor.
Tanto que, a pesar de que apenas tengo tiempo físico para procesar lo que ocurre a mi alrededor, mi cerebro consigue registrar cada fotograma con una claridad insoportable.
El hangar es una carnicería.
Hay cuerpos desmembrados sobre el asfalto. Charcos oscuros bajo nuestros pies. Y ni siquiera el estruendo de los fusiles consigue ahogar por completo los gritos de quienes suplican clemencia.
Cierro los ojos un instante. La boca se me seca y corro todavía más deprisa, sintiendo cómo los proyectiles zumban a escasos centímetros de nosotras.
Sé que hay enemigos que se giran al vernos pasar. Los escucho. Me reconocen, gritan mi nombre y varias palabras en ruso que no entiendo, pero, antes de que puedan hacer nada, Svetlana los abate. Sin frenar, sin titubear, sin soltarme la mano ni un solo segundo.
Dispara con la que tiene libre, abriéndonos camino y manteniéndose delante de mí por si alguien intenta interceptarnos.
—¡Lili, tienes que girar cuando yo lo haga, ¿vale ?! —grita por encima del ruido, sin volver la cabeza—. ¡Ya casi llegamos! ¡No frenes! ¡No pares!
Asiento, aunque sé que no está mirándome.
Acelero el paso y entonces veo cómo abaten a un hombre alto, de pelo oscuro, con tres disparos en el pecho. No tengo oportunidad de comprobar de quién se trata, ni mucho menos de distinguir sus facciones antes de que se desplome.
Giro la cabeza para intentarlo, pero la rubia tira de mí con violencia, impidiéndomelo.
—¡No es él, Liliana!
Y, a pesar del pánico, del instinto de supervivencia y de lo que acaba de asegurarme Svetlana, una parte de mí necesita mirar. Quiere hacerlo aunque eso suponga tropezar.
Aunque eso suponga morir.
Sacudo la cabeza para apartar el pensamiento y esa necesidad enfermiza de examinar cada maldito rincón de la masacre. De escudriñar los cadáveres junto a los que pasamos únicamente para asegurarme de que él no se encuentra entre ellos.
Si estuviese muerto… Nadie seguiría luchando, ¿no?
La guerra habría terminado.
Estarían vitoreando. Nadie ha dicho nada.
No es él.
Intento convencerme de ello mientras me muerdo el labio con tanta fuerza que el sabor de mi propia sangre termina inundándome la boca.
Me obligo a mantener la vista clavada en la espalda de mi compañera, a correr hasta que respirar se vuelve doloroso.
Hasta que el ritmo de mis pasos me arde en los t endones .
Hasta que cada zancada me abrasa los talones.
Hasta que los latidos de mi maltrecho corazón amenazan con reventarme las costillas y se convierten en lo único que soy capaz de escuchar, incluso por encima de la balacera.
Los pulmones me exigen un aire que ya no consigo darles, pero no me detengo.
No lo hago hasta que un hombre se cruza en nuestro camino, interponiéndose directamente en nuestra huida.
No tengo tiempo de gritar.
Ni siquiera he conseguido separar los labios cuando Svetlana le mete un balazo en el cuello.
Sin pestañear.
Sin comprobar siquiera a qué bando pertenece.
El gorgoteo que escapa de su garganta me arranca un jadeo.
Y me detengo en seco.
No lo decido. No puedo controlarlo. Simplemente, mi cuerpo se niega a seguir avanzando y me quedo contemplando cómo un hombre deja de existir delante de mis ojos, con la boca abierta e incapaz de cerrarla.
Un tirón brusco me devuelve a la realidad del hangar.
Svetlana ni siquiera ha mirado atrás. Sus dedos estrujan los míos hasta hacerme daño y me arrastra antes de que el cadáver termine de desplomarse sobre el asfalto.
—¡Ahora!
Vira hacia la derecha con tanta brusquedad que ambas derrapamos, moviéndonos tan deprisa que nadie parece llegar a vernos.
Terminamos en un ángulo muerto, protegidas por una de las paredes de la inmensa nave.
El estruendo de los disparos disminuye unos cuantos decibelios. Me escuecen los ojos por el humo y el combustible y todavía no he conseguido recuperar el aliento cuando lo veo.
La explanada.
El punto exacto donde deberíamos haber aterrizado.
Contengo el aliento.
Algo se me enciende dentro de mí, pequeño y ridículo, y tardo un instante en reconocerlo.
Esperanza.
El túnel tiene que estar cerca.
La zona está completamente despejada. No hay una sola alma, ni un disparo, ni una voz. Y, en lugar de ponerme en alerta, aquel vacío consigue aliviarme, porque, al menos durante unos segundos, puedo respirar.
Dejar de correr.
Continuamos jadeando cuando cruzamos hacia el fondo, sin soltarnos de la mano, dejando atrás la guerra y los restos del avión.
Nos detenemos frente a un grupo de bidones de combustible industrial y frunzo el ceño, confundida, sin entender por qué Svetlana examina sus etiquetas con tanto detenimiento.
Entonces elige uno y empieza a tantearlo con las manos.
Le propina dos golpes rápidos que resuenan huecos por todo el espacio.
No pasa nada.
Svetlana se queda inmóvil y yo la imito mientras cuento mis latidos.
Uno, dos, tres…
Y justo cuando estoy a punto de preguntar qué demonios estamos esperando, el suelo responde.
Un chirrido áspero rompe la quietud. El asfalto bajo el cilindro cede y comienza a elevarse, dejando al descubierto lo que esconde debajo: una trampilla a ras de suelo.
El túnel.
Estoy a punto de sonreír. De asumir que estamos a salvo y que, por fin, lo peor ha terminado, pero el alivio apenas me dura un suspiro.
Ni siquiera consigo llenarme los pulmones de aire antes de retroceder por puro instinto cuando un hombre asoma por la abertura, subiendo por una escalera.
—Tranquila, Liliana. Es de los nuestros. —Svetlana me acaricia el dorso de la mano, intentando tranquilizarme.
Y entonces la escucho reír por lo bajo, aliviada. De una manera en la que no la había oído reír jamás desde que la conozco.
—¡Yuri!
El hombre termina de subir, se sacude la tierra de la ropa y le sonríe. Una sonrisa amplia, sincera y genuina, de esas que únicamente le dedicas a alguien a quien quieres de verdad.