Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #3
La voz me sale sola, apenas un hilo. Un ruego roto que clama por cosas a las que ni siquiera sé ponerles nombre ahora.
Quédate. No te vayas. No me dejes.
Me escucha. Cada maldita letra. Cada maldita palabra.
Su mirada se suaviza de esa forma que solo reserva para mí y veo cómo se le tensa el cuerpo entero. Cómo vacila.
Otra vez, por mi culpa.
Y ya no puedo ignorarlo. No después de haberlo sentido antes, no después de que la verdad se presente ante mí de una manera tan horrible.
Cuando se trata de mí, Aleksei no es el hombre al que todos temen. Ese del que habla Svetlana. Es simplemente alguien dispuesto a quedarse inmóvil a dos centímetros de una guerra porque yo lo miro. Porque lo llamo. Porque le suplico con los ojos que se quede.
Y lo sé.
Si sigo haciendo esto… Si sigo siendo su debilidad, va a perderlo todo.
Por mucho que me duela. Por mucho que me aterre.
Debo confiar.
Debo soltarlo.
Me trago las palabras pese a que se me agolpan en la lengua. Aprieto los labios hasta hacerme daño, hasta que el corazón parece protestarme dentro de la caja torácica y callarme empieza a dolerme mucho más que gritar.
Mi instinto me implora que le suplique, que corra hacia él, que lo abrace una última vez, al menos, pero me obligo a ignorarlo.
Porque, si lo hago, no va a irse.
Decido que Svet tiene razón. Soy yo quien tiene que hacerlo, porque, de lo contrario, ninguno de los dos será capaz y nos quedaremos así para siempre.
De modo que me muerdo la lengua, clavo la mirada en el suelo y dejo que lo haga.
Que se vaya.
Las lágrimas se me desbordan, calientes y silenciosas, hasta caer sobre el parqué y, apenas un segundo después, escucho cómo la puerta termina de abrirse. Quiero sollozar, pero me obligo a contenerme, a morderme el interior de la mejilla cuando lo oigo hablar:
—Cuida de ella, Svetlana. Voy a volver.
Ni siquiera se dirige a mí. No pronuncia mi nombre. No se despide.
Y se lo agradezco.
Porque, de haberlo hecho, de haberme llamado… No habría conseguido soportarlo. Habría levantado la mirada y corrido directamente hacia sus brazos.
Y él se habría quedado.
Cierro los ojos con todas mis fuerzas, imaginándome esa realidad, pero lo único que escucho es el sonido de la puerta cerrándose y el estruendo de los disparos, que ahora parecen resonar con mucha más fuerza.
Y me quiebro.
El llanto me sale de golpe. Pierdo la fuerza en las piernas y las rodillas comienzan a temblarme tanto que estoy a punto de desplomarme sobre ellas. Sin embargo, ni siquiera tengo tiempo de abandonarme al dolor.
La rubia no me lo permite.
Me recuerda que nosotras también tenemos una misión. Que todo esto está sucediendo por mí.
Por ponerme a salvo.
—Tenemos que movernos, Lili. Ahora.
Intento inhalar, pero el aire sabe a sangre y queroseno, una mezcla asquerosa que parece imposible de respirar.
Va a estar bien.
Me lo repito como un mantra, porque me lo ha prometido y Aleksei nunca rompe sus promesas.
Quiero confiar. Creérmelo de verdad. Quiero pensar que está todo previsto, que no va a sucederle nada, que conseguirá ganar, tal y como ha asegurado Svetlana.
Pero hay algo debajo de mis costillas que se niega a obedecer, una sensación que se enreda en mi pecho y me susurra que todo esto está sucediendo demasiado deprisa.
Que está herido. Que todo esto...
No.
No puedo pensar eso.
Pero…
— Fierecilla . —Svetlana me sujeta el rostro entre ambas manos y me obliga a mirarla—. Deja de pensar un momento, ¿sí? Tenemos un plan. Un buen plan. ¿Me oyes? Vamos a estar bien. Todos .
Asiento, porque de repente siento que la voz se me ha quedado sepultada en algún lugar de la garganta y, aunque consiguiera recuperarla, tampoco tendría nada positivo que decir.
Parece comprenderlo, porque me devuelve el gesto y, a pesar de que no hay absolutamente nada en mi expresión que indique que confío en sus palabras, ella no deja de hacerlo.
Me agarra y tira de mí, arrastrándome a grandes zancadas por el pasillo hasta el dormitorio.
Me dejo llevar y solo entrecierro los ojos cuando llegamos, intentando comprender por qué demonios estamos aquí, sobre todo cuando la veo arrodillarse junto a la cama.
—¿Qué estás…?
No llego a terminar la pregunta. Sus movimientos me dejan muda. Es rápida, eficiente de una forma que jamás le había visto, con una frialdad que no encaja en absoluto con la mujer que hace apenas unos minutos estaba temblando porque creía que Nikolai había muerto.
Y entonces comprendo lo que ha dicho antes.
Todos corremos riesgos con esto.
Entiendo que ella también tiene miedo. Que, a pesar de eso, sigue haciendo exactamente lo que debe.
El contraste consigue que me sienta todavía más patética.
De repente, comprendo que, para ellos, no soy más que una niña asustada que está estorbando. Una cría preocupada por una herida de bala que probablemente todos han visto cientos de veces.
Me obligo a contener lo que siento, con el orgullo hecho añicos.
Svetlana ni siquiera parece darse cuenta. Sus dedos se mueven frenéticamente sobre un panel táctil que no sé de dónde ha salido y, antes de que consiga procesarlo, un chasquido mecánico resuena bajo nuestros pies.
La cama comienza a desplazarse, dejando al descubierto una abertura oscura y estrecha que parece hundirse en las entrañas del avión.
Antes de que pueda formular una sola pregunta, Svetlana se descuelga hacia la penumbra sin vacilar.
—Baja. Rápido.
Desde el fondo, sus manos me agarran del brazo y, sin apenas darme tiempo a reaccionar, termino descendiendo hasta caer en aquel hueco asfixiante.
Huele a metal quemado y combustible. Las paredes están abolladas, maltrechas por los golpes del aterrizaje, y apenas parece quedar espacio suficiente para movernos.
Sin embargo, no es nada de eso lo que me preocupa.
Es la manera en que mi cuerpo, traicionero hasta el último momento, responde a la situación, impulsándome a volver hacia arriba, hacia la puerta por la que Aleksei acaba de marcharse.
Joder, no.
Quiero volver.
No quiero alejarme de él. Quiero meterme en mitad de esa maldita guerra y permanecer a su lado, aunque tenga que enfrentarme al mundo entero para conseguirlo.
Pero no lo hago.
Lucho contra el impulso con cada célula de mi cuerpo, porque soy consciente de la realidad: no sé luchar en condiciones. Apenas sé disparar. No tengo los conocimientos necesarios para ayudarlo.
Soy un lastre.
Y, en este preciso instante, lo único que puedo hacer es huir.
Sin embargo, me prometo que, si algo semejante vuelve a ocurrir, esa no será mi única alternativa.
La próxima vez estaré lo suficientemente preparada para luchar a su lado.
Sabré hacerlo sola.
Svet me ayudará a conseguirlo. Entrenaremos después de la guerra y puede que, dentro de unos meses, sea capaz de estar a la altura de lo que significa ser la mujer del pakhan de Saint Virell.
Porque todo va a salir bien.
Aprieto los puños, me trago las lágrimas y, finalmente, me aparto para permitir que Svetlana cierre la trampilla sobre nuestras cabezas.
El estruendo se apaga, sustituido por algo mucho más gélido que se me mete en las venas.
Silencio.
No es absoluto, pero los disparos se vuelven sordos, amortiguados por lo que ahora constituye nuestro techo. Lo único que consigo escuchar con claridad es mi propia respiración entrecortada, rebotando contra las paredes metálicas.
Es como si el oxígeno escaseara aquí dentro.
Empiezo a agobiarme, mirando desesperadamente a mi alrededor.
No hay sitio.
No puedo levantarme ni estirar los brazos, y la primera certeza que se instala en mi cabeza es que este lugar no parece diseñado para albergar nada que siga con vida.
El techo me raspa la espalda si intento enderezarme más de un palmo, las paredes metálicas me rozan los hombros a ambos lados y el aire es tan denso que cuesta introducirlo en los pulmones.
Sabe a combustible quemado, a goma y a un frío extraño que parece entrar a medias, como si alguien estuviese racionándolo con cuentagotas.
No he recorrido ni los primeros diez pasos cuando me doy cuenta de que Svetlana ya avanza delante de mí, encorvada, moviéndose por el conducto como si lo hubiese atravesado mil veces.
Seguramente sea así.
—Pégate a mí —susurra por encima del hombro—. No te separes. Y, pase lo que pase ahí arriba, no grites, Lili.
Asiento y comienzo a seguirla a gatas, intentando mantener su ritmo.
Me arrastro tras ella entre tuberías, cables y estructuras metálicas que apenas consigo distinguir en la penumbra, con las palmas y las rodillas castigadas por el suelo y el fuselaje temblando sobre mi espalda cada vez que un proyectil impacta contra él.
A medida que avanzamos, el estruendo vuelve a intensificarse. Las balas golpean sin tregua, demasiadas para contarlas, llegando desde ambos lados.
La incertidumbre me abrasa con cada inhalación, resonando dentro de mi cabeza como un eco macabro. Intento no pensar, pero el ruido me aplasta, machacando una y otra vez la misma frase contra mis pensamientos:
Que no sea él. Que no sea él. Que no sea él.
Dios mío, que no lo sea.
—Casi estamos —jadea Svet unos metros más adelante—. Aguanta, fierecilla .
Continuamos avanzando un poco más hasta que, de repente, se detiene.
Ante nosotras hay una escotilla en el suelo del pasadizo, una tapa metálica y redonda con una manivela en el centro.
Svetlana se gira en la penumbra y, por primera vez desde que ha comenzado esta pesadilla, la observo de verdad. Durante más de un segundo. No hay miedo en sus facciones, sino determinación. Hay dureza, una serenidad táctica que jamás le había visto hasta hoy.
Tenemos la misma edad, pero ella lleva toda la vida preparándose para cruzar el infierno sin parpadear.
Igual que Aleksei. Igual que todo su equipo.
—Vale, Lili, tengo que contarte algo. —Me sujeta la barbilla con una mano, obligándome a sostenerle la mirada en mitad de las sombras—. No voy a mentirte, así que necesito que no te pongas nerviosa.
Asiento, tragándome la inquietud que amenaza con desbordarme.