Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #2
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Capítulo 28 Antes de que acabe el día. #2

Se detiene, como si estuviera observando algo, y de fondo se cuela un lamento agónico. Oigo varios murmullos en ruso, demasiado alejados del micrófono para que Aleksei o Svet puedan traducírmelos, pero Nikolai no tarda en regresar a la radio y, cuando lo hace, su voz suena jodidamente urgente.

—El copiloto está medio muerto. Le han volado las manos y el estómago. Sigue vivo, aunque no por mucho tiempo. Está explicándome cómo hacer volar esta mierda. Ya sabes, para no caer en picado y convertirnos en la papilla carbonizada de tu querido  hermano.

El pánico me trepa por todo el cuerpo. Estoy a punto de soltar un grito al escucharlo, pero, antes de que el terror consiga apoderarse de mí por completo, añade:

—Para vuestra gran suerte, tengo la licencia de vuelo al día.

Ni siquiera llego a alegrarme cuando Aleksei interviene:

—Un helicóptero y esto no son lo mismo, Dragunov.

Los dedos con los que me sujeta se aprietan hasta que los nudillos se le vuelven blancos.

—Es lo que te toca, Volkov. Confiar en mí y en las habilidades de mando de tu copiloto zombi.

Se oye otro golpe. Otro disparo, que a estas alturas ni siquiera soy capaz de identificar de dónde procede, seguido de un gruñido que tampoco sé si pertenece al tripulante herido o al rubio tatuado.

—Fuera de bromas, jamás he pilotado una bestia así —admite finalmente, sin rastro de su habitual fanfarronería—. Puede que sea un desastre.

Nos quedamos en silencio. Lo único que llena la radio es su respiración pesada y errática, hasta que vuelve a hablar, rompiendo una tensión que amenaza con asfixiarme.

—Agarraos fuerte y rezad. El aterrizaje es inminente. Tengo que forzarlo y no va a ser suave…

Aleksei maldice entre dientes en ruso mientras me estrecha todavía más contra él.

Aprieto los ojos.

Y, tal y como ha advertido Nikolai, no es suave.

El avión vuelve a descender bruscamente. Los motores emiten un quejido ensordecedor y toda la estructura comienza a temblar. La gravedad parece desaparecer de nuevo y la inercia amenaza con arrancarme otra vez de sus brazos.

Pero, antes de que sea fatal, él actúa.

Tira de mí con fuerza e invierte nuestras posiciones para ser él quien choque de lleno contra el mamparo. Lo hace justo antes de que el avión se desplome sobre la pista.

Un latido después, el tren de aterrizaje impacta violentamente contra el suelo.

Aleksei recibe el golpe de lleno. El latigazo le atraviesa la espalda y me alcanza a través de su cuerpo. Todos sus músculos se contraen por el esfuerzo, resistiendo por los dos.

Trato de aferrarme a él, de clavar los dedos en su ropa, pero es inútil. La tela está húmeda y las manos se me resbalan.

No tengo tiempo de preguntarme por qué. La sacudida es demasiado repentina y el impacto, sobrecogedor.

Un pitido agudo me taladra los oídos y los bordes de mi visión empiezan a oscurecerse. Ni siquiera él consigue retenerme cuando una nueva sacudida me arranca de sus brazos.

Suelto su mano.

O él suelta la mía.

No lo sé.

Lo único que tengo claro es que, de pronto, mi mundo se reduce al avión derrapando sin control por el hangar y a los disparos, cada vez más constantes, que revientan el revestimiento.

Estamos en la guerra.

Pierdo la noción del tiempo. Todavía estoy desorientada, luchando por enfocar la vista y mantenerme en pie, cuando el avión termina de detenerse y, apenas un suspiro después, la puerta de la cabina se abre de una patada.

Nikolai sale al pasillo buscando a Aleksei con una urgencia que no deja tiempo para recomponerse, que exige entrar en combate de inmediato.

El de los tatuajes tiene arañazos profundos en la cara y una herida de bala en el hombro derecho que no deja de sangrar, empapándole la ropa.

Una lesión que no parece importarle lo más mínimo.

Como la última vez.

Trago saliva, saboreando el metal. Mi mirada viaja desde el hombro destrozado de Nikolai hasta el hombre que acaba de salvarme la vida, que respira con dificultad.

Y entonces me miro las manos.

Están manchadas.

Y lo recuerdo.

Tiene una herida de bala reciente en el costado. Acaba de soportar un aterrizaje horrible.

Está sangrando.

Va a salir ahí fuera. Van a matarlo.

No. No puede hacerlo. No así.

Es un puto suicidio.

Me arden los ojos, al borde de las lágrimas.

No quiero que salga ahí fuera.

No quiero que lo maten.

Tiene que haber otra solución. Alguna alternativa que no implique verlo marcharse en semejantes condiciones.

Puede venir con nosotras.

Lo pienso pese a lo que significaría. Pese a la posición de debilidad en la que lo dejaría frente a sus hombres y enemigos. Pese a todo, porque ahora mismo nada de eso me importa una mierda.

Claro que no .

No cuando lo tengo delante, respirando con dificultad y obligando a su cuerpo malherido a mantenerse en pie.

No puedo.

—Tenemos que salir, Volkov —masculla Nikolai—. Ahora. Ha llegado el momento.

Aleksei baja la barbilla apenas un centímetro, asintiendo. Al otro lado, Nikolai aparta los escombros a empujones y abre un compartimento en el suelo, del que extrae dos fusiles de asalto que ni siquiera sabría identificar.

—Petro debe de estar fuera. Reventemos a ese cabrón.

Le lanza una de las armas a Aleksei y él la atrapa al vuelo, sin titubear, sin la menor torpeza, como si escuchar el nombre de su hermano hubiese conseguido borrar de golpe el dolor y las consecuencias del accidente.

Lo observo fijamente y juro que puedo verlo. Veo al líder indiscutible, al hombre al que todos están esperando ahí fuera, pero también percibo el esfuerzo que le cuesta enderezarse. Sus dedos manchados.

Lo sabe.

Sabe que está sangrando.

Y eso termina de destrozarme, porque parece que a nadie más le importa. Que soy la única persona en este maldito avión a la que todo esto le parece una auténtica locura.

Pierdo el control de mis extremidades sin darme cuenta. Mis pies se ponen en movimiento y doy un paso al frente, a punto de romper la distancia que nos separa, de desgarrarme las cuerdas vocales gritándole que se detenga, suplicándole con cada fibra de mi ser que no salga ahí fuera.

Pero no llego a hacerlo.

Unas manos me atrapan por los hombros y tiran de mí hacia atrás antes de que consiga avanzar.

—No lo hagas —susurra Svetlana junto a mi oído.

—No. Tú no lo entiendes, él está...

—Liliana, lo sé. Por eso tienes que detenerte.

La miro, incrédula, porque solo soy capaz de escuchar que lo sabe. Que también se ha dado cuenta de lo malherido que está y que, aun así, parece dispuesta a permitir que salga a combatir.

—¿¡No te importa!?

Su rostro se contrae en una expresión que no consigo interpretar.

—Lili, por favor.

Me revuelvo con cada gramo de fuerza que me queda, clavando los talones en el suelo y empujando hacia delante como si todavía pudiera hacer algo para impedirlo.

—¡Déjame, Svet! —exijo, aunque la voz se me quiebra en algo patético, a medio camino entre una orden y una súplica—. ¡No voy a quedarme aquí cruzada de brazos viendo cómo sale a morir!

Su agarre se vuelve más firme y, por primera vez, su voz adquiere un filo que no le había escuchado nunca.

—Y yo no voy a permitir que cruces esa puerta para que te maten a ti también. Lo siento, Liliana, pero por encima de mi cadáver . Él ha elegido esto.

Sus palabras consiguen detenerme durante un instante.

—No me hagas usar la fuerza contigo, por favor. —Su tono se suaviza hasta convertirse en un ruego.

Sin embargo, ya no me importa lo que diga, porque puedo verlo. Veo cómo Aleksei, con el arma todavía en la mano, vuelve a llevarse la otra al costado.

—¡No!

Forcejeo de nuevo, esta vez con tanta desesperación que ambas perdemos el equilibrio. Trastabillamos entre los escombros y sus dedos se clavan en mis brazos, intentando sujetarme mientras las lágrimas amenazan con desbordárseme por las mejillas.

—¡No puedes pedirme que me quede quieta mientras…!

—¿Mientras qué? —me interrumpe bruscamente, con los ojos anegados en lágrimas, pero la mirada firme—. ¿Mientras hace lo que lleva haciendo toda su vida? ¿Lo que seguirá haciendo siempre, le pese a quien le pese?

Me da la vuelta, colocándome de espaldas a Aleksei.

No quiere que me vea así.

—Liliana, escúchame —me exige, con un tono que esta vez no admite réplica—.

Sé que ahora mismo tú solo ves al amor de tu vida, indefenso, a punto de jugarse el cuello, pero yo veo a Aleksei Volkov.

A nuestro pakhan . A punto de ganar. Todos estamos corriendo riesgos con esto, pero él…

—Lo señala con un movimiento de cabeza—.

Él ha luchado por este momento durante toda su vida.

Por difícil que sea, tienes que entender que su lugar está ahí fuera.

Niego. Intento girarme, buscarlo por encima del hombro, pero lo único que consigo distinguir es la silueta de su espalda, ligeramente encorvada por el dolor.

Me cuesta respirar con normalidad y Svetlana me obliga a retroceder otro paso, alejándome todavía más de la puerta

—Confía, liliya . Volvió del infierno solo para estar contigo. ¿De verdad crees que esto va a acabar con él?

Sus palabras quedan suspendidas entre nosotras.

No respondo.

No puedo.

Porque, si abro la boca, si me atrevo a contestarle, tendría que reconocer que no lo sé.

Tendría que admitir que esto  está devorándome viva y que lo único que tengo claro ahora mismo es que he vuelto a sentir en la lengua el mismo sabor amargo que me acompañó hace siete años, después del entierro de mis padres.

Y que lo detesto .

Detesto que salir ahí fuera a luchar por lo que le pertenece signifique que esta podría ser la última vez que nos veamos.

Detesto no poder hacer nada por él que no sea huir.

Y entonces, como si hubiese conseguido escuchar mis dudas por encima del estruendo que nos rodea, Aleksei se detiene en seco.

Su mano queda suspendida a escasos centímetros del marco de la puerta y sus ojos empiezan a buscarme a través del caos, a través del humo.

Me giro antes de que Svetlana pueda impedírmelo, parpadeando deprisa porque las lágrimas vuelven borrosa su figura.

—Aleksei…