Capítulo 28 Antes de que acabe el día.
Lili
Vamos a morir.
Eso es lo primero que cruza mi mente cuando el suelo empieza a vibrar. Las voces de ambos cesan en seco y sus miradas se dirigen hacia la cabina, como si entendiesen algo que yo no, como si estuviesen varios pasos por delante de mí.
Probablemente sea así.
Pero todo sucede en un pestañeo y no tengo tiempo de descifrarlo. Ni siquiera de preguntar qué está pasando.
De hecho, estoy a punto de abrir la boca cuando la cruel realidad me golpea de lleno.
Algo va mal.
Lo sé, porque él se mueve demasiado deprisa y me atrapa del brazo con una brusquedad que jamás había empleado conmigo, empujándome hacia uno de los asientos.
Y eso es precisamente lo que me asusta.
No el temblor. No. La forma en que me toca.
Entonces, antes de que consiga procesarlo, estalla el desastre.
El ángulo del avión cambia abruptamente, arrancándome de golpe toda la decepción y el dolor que sentía hace apenas un segundo para sustituirlos por algo mucho más visceral.
Más real.
El suelo desaparece bajo mis pies y ni siquiera tengo tiempo de reaccionar. La inercia me empuja hacia delante, alejándome de su mano antes de que consiga sentarme.
Algo se me rompe en la garganta, convirtiéndose en un alarido, y descubro que no sé hacer otra cosa más que gritar su nombre.
—¡Aleksei!
El pulso se me desordena, como si mi corazón quisiera escapar del hueco entre las costillas para regresar junto a él, pero mi cuerpo tiene otros planes. Salgo despedida hacia delante, incapaz de hacer absolutamente nada para impedirlo.
Intento agarrarme a algo, a cualquier cosa que encuentre a mi paso, pero mis manos no tienen la fuerza suficiente para sostenerme.
No consigo detenerme.
Solo grito hasta que las cuerdas vocales empiezan a arderme. Hasta que no me queda más remedio que cerrar los ojos y asumir que voy a morir estampada contra el mamparo.
Contengo la respiración. Los latidos me martillean en los oídos y entonces lo noto.
Un tirón brusco.
Mi cuerpo frenando en seco.
No me atrevo a mirar. Estoy temblando, con el estómago todavía encogido por el vértigo, pero termino haciéndolo. Bajo los ojos y ahí están.
Sus dedos aferrados a mi muñeca.
Otra vez .
Sosteniéndome como siempre lo hace .
Levanto un poco más la mirada, con los ojos empañados, y un sollozo se me escapa al descubrir sus músculos a punto de reventar bajo la camisa, tensos hasta el límite por el esfuerzo de mantenernos sujetos contra la inercia.
Sin embargo, no es comprender que estamos cayendo en picado lo que termina de destrozarme, sino lo que descubro en sus ojos.
No está sorprendido.
Está preparado para algo así.
Está calculando. El tiempo que nos queda, la altitud que hemos perdido y lo que todavía puede hacer con ambas cosas.
Y la única variable que no puede controlar soy yo.
Que, a qui en tiene que proteger, no s e h a sentado cuando debería.
El avión sufre otra sacudida y la violencia de la maniobra me arroja contra el torso de Aleksei, impidiéndome pensar, moverme o hacer cualquier otra cosa que no sea aferrarme a él.
El impacto le arranca un gruñido leve que ahoga entre dientes, pero sus manos no vacilan. Todo lo contrario. Sus dedos se hunden con firmeza en mi cintura, anclándome a su cuerpo para protegerme, a pesar de la herida que todavía tiene en el costado.
Por mucho que le duela, no piensa soltarme.
Está completamente rígido, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantenernos sujetos, y su respiración agitada me abrasa la nuca.
Entonces, el avión consigue estabilizarse ligeramente. El morro empieza a elevarse, luchando contra la caída en un intento desesperado por recuperar altura. Estamos tan cerca del suelo que apenas queda margen para hacer nada.
Están intentando derribarnos.
El pensamiento me asalta justo cuando se oye un disparo. La ventanilla por la que miraba hace un instante estalla en mil pedazos con un estruendo ensordecedor.
Separo los labios, pero ni siquiera sé si llego o no a chillar. El cambio de presión es tan repentino que cierro los ojos por puro reflejo. Sin embargo, lo escucho. Otro proyectil. Demasiado cerca.
Si hubiese estado sentada, ya me habrían volado el cráneo.
—Aleksei… —sollozo, incapaz de contenerme.
Sus dedos se afianzan todavía más en mi cintura cuando resuena otro disparo.
Busco su mano a ciegas, con el viento azotándome la cara. La encuentro y aprieto con todas mis fuerzas.
Mi mente ya no da para más. Todo se ha reducido al simple instinto de aferrarme a él y rezar. Para que sea rápido. Para que no sea doloroso. Rezo para que exista algo superior a nosotros ahí arriba. Algo capaz de escucharme y de impedir que esto suceda.
Pero, en mitad de mis oraciones, comprendo que nadie está oyéndome. Que, si de verdad existe alguien y está escuchando, no le importo una mierda.
Que nunca le he importado.
Entiendo que nadie va a salvarnos.
Abajo hay una maldita guerra. Petro es un monstruo que quiere vernos estrellarnos contra el suelo y, si no hacemos algo ahora, vamos a morir .
—¡Dragunov, situación! —exige Aleksei, inclinando la cabeza hacia su pinganillo.
Nadie responde a su grito, pero la aeronave vuelve a elevarse ligeramente. Apenas nada, lo justo para que podamos percibirlo.
Para ofrecernos una respuesta. Una que ninguno parece dispuesto a mencionar en voz alta.
El piloto sigue al mando .
Y eso debería ser una buena noticia, pero solo significa que el avión ha perdido el control por alguna otra razón.
Entonces, ¿qué ha fallado?
O, mejor dicho, ¿quién?
No soy la única que se hace esa pregunta. El rostro de Svetlana pierde el color de repente y la veo sacudir lentamente la cabeza, como si se negara a aceptar una posibilidad que acaba de cruzársele por la mente.
—No, él no —susurra, aferrándose al respaldo de un asiento—. ¡Nikolai, responde!
Aleksei no reacciona. Ni un músculo. Cualquiera que lo observase en este momento juraría que está hecho de piedra, pero yo sé que no es así.
Lo conozco.
Siento su corazón latiendo contra mí, con una fuerza que parece querer atravesarnos a ambos. Como si existiera una corriente invisible entre nuestros cuerpos, como si su preocupación pudiera viajar por mi torrente sanguíneo y terminar clavándose en algún lugar entre mis pulmones y las costillas.
Niega con la cabeza y aprieta la mandíbula con tanta fuerza que temo que el hueso termine partiéndose.
—¡Nikolai! —brama con una ferocidad que hace que la vibración me llega a la piel—. ¡Situación, maldita sea!
El silencio vuelve a ser la única respuesta y, ante eso, cada músculo de su cuerpo se contrae a mi alrededor.
Y lo sé.
Quiere ir a la cabina del piloto. Abrir esa puerta y averiguar qué demonios está sucediendo, pero no lo hace porque estoy yo. Porque están disparando y, si algo me ocurre en su ausencia, jamás conseguirá perdonárselo.
No es capaz de dejarme .
Aunque la situación requiera su presencia en otro lugar. Aunque exista la posibilidad de que haya perdido a su mejor hombre y amigo.
Y da igual lo asustada que esté ahora mismo. Lo furiosa o decepcionada que me sentía hace apenas unos minutos por haber sido la última en enterarme del plan. Sé que tiene razón. Sé que lo que siente por mí es un problema para él.
Algo se me revuelve por dentro.
No quiero ser eso.
Pero no hay tiempo para pensar en ello, para asimilarlo siquiera, porque, cuando abro la boca con intención de ordenarle que me suelte, que corra a comprobar la situación como el jefe de la mafia que es, un chasquido ahogado rompe la tensión.
El intercomunicador escupe una ráfaga de estática y me quedo completamente inmóvil.
Sin embargo, después no llega nada. Solo el silbido del viento colándose por la ventanilla destrozada. A pesar de eso, los tres agudizamos el oído, con la esperanza latiéndonos en algún lugar del pecho.
Miro a Aleksei, convencida de que su oído entrenado será capaz de distinguir algo antes que el mío, pero enseguida comprendo que no. Los segundos transcurren con una lentitud agónica y la vena de su cuello empieza a marcarse mientras se prepara para lo peor.
Hasta que una voz ronca consigue abrirse paso, casi imperceptible, a través de los altavoces.
—¿Vol… kov? ¿Me oy… es?
Es apenas un susurro, entrecortado por las interferencias y el ruido del viento. No reconozco la voz, pero él sí.
Su cuerpo se destensa, lo justo para que sus pulmones recuperen el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
Svetlana continúa con los ojos cerrados y los dedos clavados en el asiento. No sonríe. Se limita a expulsar el aire despacio y, con él, murmura dos palabras en ruso. Un susurro tan tenue que dudo que nadie más consiga escucharlo.
— Slava Bogu… [23] ¹
No entiendo lo que dice, pero, de alguna forma, lo sé.
Se alegra de que no esté muerto.
Aleksei no parece percatarse. Simplemente vuelve a presionar el botón de respuesta de su pinganillo con tanta fuerza que veo cómo se le contraen los músculos de la espalda.
—¡Te he pedido situación! ¡Responde! —Su voz es autoritaria, pero alcanzo a distinguir un deje de alivio.
También se alegra.
El estruendo de la ventisca y una tos errática llegan desde el otro extremo de la comunicación antes de que tenga tiempo de pensar mucho más en ello.
—Joder, hermano … —Por fin reconozco la voz de Nikolai, seguida del sonido de algo metálico golpeando el suelo—. ¿Crees que es fácil abatir a un maldito francotirador mientras…?
El ruido de los disparos se traga el resto de la frase. Aleksei se inclina hacia el auricular sin soltarme.
—¡Dragunov!
Transcurren varios segundos, pero su voz termina regresando.
—Sigo aquí, no te vuelvas loco, Volkov. Hace falta mucho más que un puto boyevik [24] con un KSVK para matarme —jadea, y puedo percibir el esfuerzo que le cuesta pronunciar cada palabra—. Como te iba diciendo… No es fácil abatir a los monos de tu hermano mientras piloto tu jodido jet gigante.
—¿Y la tripulación?
Escucho cómo suelta una carcajada y se me eriza la piel de todo el cuerpo, porque no hay absolutamente nada divertido en ese sonido.
—El piloto ha palmado —responde, sin el menor rastro de burla—. Y el copiloto…